Conferencias cuaresmales. Tema 14


Muerte de Jesús en la Cruz

Y tanto amaste al mundo, Padre santo, que, al cumplirse la plenitud de los tiempos, nos enviaste como salvador a tu único Hijo. (…) Para cumplir tus designios, él mismo se entregó a la muerte y, resucitando, destruyó la muerte y nos dio nueva vida (Plegaria eucarística IV).

Vamos a contemplar ahora la Pasión y Muerte del Señor. La muerte de Cristo es el signo supremo del amor de Dios por nosotros pecadores, y es modelo de la entrega del hombre en las manos del Padre. Por esto justamente es fuente de vida, victoria sobre el mal y el pecado, principio de vida vivida en obediencia, fidelidad, entrega a Dios y a los hermanos (San Juan Pablo II).

Es cosa muy buena y santa pensar en la Pasión del Señor y meditar sobre ella, ya que por este camino se llega a la santa unión con Dios. En esta santísima escuela se aprende la verdadera sabiduría: en ella la han aprendido todos los santos (San Pablo de la Cruz, Cartas).

Los evangelistas narran con detalles los sucesos de la Pasión del Señor. Estos sucesos quedaron muy grabados en la memoria de los discípulos del Maestro: así se percibe en los discursos de los apóstoles en el libro de los Hechos de los Apóstoles y en la intensidad de la narración de los cuatro evangelios. ¡Ojalá también queden bien grabados en nuestros corazones!

San Mateo pone de relieve dos cosas: la grandeza de Jesús ante la perfidia de sus acusadores, y el motivo por el cual sufrió todas esas afrentas: lo hizo porque Él es el Siervo doliente, anunciado por los profetas, que cargó con nuestros pecados.

San Marcos destaca, sobre todo, la actuación de las personas que intervinieron en el drama: las autoridades de Israel que, casi con tenacidad, llevaron a la muerte a Jesús, y los discípulos, testigos impotentes, que no sólo no entendían el sentido de los gestos de Cristo, sino que lo dejaron solo en tan dolorosos momentos. Pero en ese marco se levanta la majestad de Jesús: Él sabe lo que le va a ocurrir y sabe que conviene que ocurra. Por eso es Él quien toma la iniciativa en todos los acontecimientos. Con alusiones a diversos textos del Antiguo Testamento revela a los Apóstoles el sentido de cuanto está aconteciendo: la muerte en la cruz ha de consumarse, pero la última palabra es la resurrección.

San Lucas resalta especialmente la misericordia de Jesús que, aun en medio de sus sufrimientos, se preocupa de aquellos con quienes se encuentra: cura al siervo herido de espada, consuela a las mujeres y promete el paraíso al ladrón arrepentido.

San Juan presenta la pasión y muerte de Jesús como una glorificación. Con numerosos detalles destaca que en la pasión se realiza la suprema manifestación de Jesús como el Mesías Rey. Así cuando dice yo soy, los que van a prenderle retroceden y caen por tierra; ante Pilato se declara Rey; y, en todo momento, con actitud de serena majestad, manifiesta su pleno conocimiento y dominio de los acontecimientos en los que se cumple la Voluntad del Padre.

¿Quieres acompañar de cerca, muy de cerca, a Jesús?… Abre el Santo Evangelio y lee la Pasión del Señor. Pero leer sólo, no: vivir. La diferencia es grande. Leer es recordar una cosa que pasó; vivir es hallarse presente en un acontecimiento que está sucediendo ahora mismo, ser uno más en aquellas escenas.

Entonces, deja que tu corazón se expansione, que se ponga junto al Señor. Y cuando notes que se escapa -que eres cobarde, como los otros-, pide perdón por tus cobardías y las mías (San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, 9ª Estación, n. 3).

Sí, hay que leer, meditar, las páginas del Evangelio ensangrentadas con la Sangre del Hijo de Dios hecho hombre. Sangre que nos purifica, que limpia todas nuestras iniquidades, que ha sido derramada por nuestra salvación. Y en esas páginas veremos a Cristo sufriente, sudando gotas de sangre en Getsemaní; a Cristo azotado y coronado de espinas; a Cristo caminando con la cruz a cuestas hacia el Calvario; a Cristo crucificado y agonizante; a Cristo sin vida en los brazos de su Madre.

A los sufrimientos físicos se une la humillación, el deshonor de padecer un tormento reservado a los esclavos; las befas e injurias del populacho, el desamparo y la ausencia de todo consuelo. Pero ese cúmulo de sufrimientos de Jesús –siendo tan grande- no es comparable con la amargura que le supone cargar con todos los pecados de la humanidad. En el Calvario Él soportaba nuestros dolores (…) ha sido herido por nuestras rebeldías (Is 53, 4-5).

Cuando ese pueblo embravecido grita su odio y destroza a nuestro Señor con una corona, con clavos; cuando la gente le escupe, ve que se ahoga y no puede respirar –es una imagen trágica, dolorosa, dura- Jesús está purificando nuestros pecados y ganando el perdón de Dios para nosotros. Cuando le gritan: “¡Si eres rey de los judíos, sálvate a ti mismo!”, ese Jesús aparentemente derrotado está triunfando, está redimiendo a la humanidad, salvando a los hombres y abriéndoles las puertas del Cielo.

Sí, la Pasión es la hora en que culmina el odio de sus adversarios y del mundo hacia Jesús: la hora del poder de las tinieblas que alcanza incluso a sus discípulos pues le abandonan o niegan. Pero al pie de la cruz se da también la suprema confesión de fe en Él: la fe de la Santísima Virgen, a la que el Señor entrega como Madre de los hombres representados en el discípulo amado. Cristo con su muerte redentora quita el pecado del mundo. Junto con la sangre, del costado del Señor brota agua, símbolo del bautismo y del Espíritu Santo prometido.

Se cuenta en la biografía de santa Brígida de Suecia que, cuando tenía diez años, se le apareció Cristo en la Cruz, diciéndole: -Mira cómo estoy herido. -¿Quién te ha hecho eso, Señor? -Los que me desprecian y se olvidan de mi amor me han hecho esto, le dijo el Señor.

Fijémonos en primer lugar en Judas Iscariote. Entonces, uno de los doce, el que se llamaba Judas Iscariote, fue donde los príncipes de los sacerdotes a decirles: -¿Qué me queréis dar a cambio de que os lo entregue? Ellos le ofrecieron treinta monedas de plata. Desde entonces buscaba la ocasión propicia para entregárselo (Mt 26 14-16).

Desde algún tiempo antes de su traición, Judas se fue separando poco a poco de Jesús. Dejó de vibrar como al principio, ante los horizontes sobrenaturales que el Maestro abría a sus discípulos. Cada vez con más frecuencia, disentía en su interior de las enseñanzas y el espíritu de Jesucristo; en ocasiones, incluso lo manifestó exteriormente, como cuando María de Betania derramó un rico perfume sobre los pies del Señor. Jesús intentó por todos los medios recuperar su amistad; la última vez, en el huerto donde Nuestro Señor se había recogido en oración. Pero Judas no reaccionó. No cortó a tiempo y se obcecó en el mal.

Judas se ve abandonado por aquellos que han sido cómplices de su traición. Y no teniendo ningún asidero en el que apoyarse, por haber rechazado el único que podía dárselo, arroja al suelo del Templo las monedas de plata, precio de su traición, con la misma fuerza con la que hubiera deseado arrojar de sí el pecado cometido. La tragedia de Judas consiste en que, conociendo el error de su conducta, en lugar de esperar en la misericordia del Maestro -él, que ha sido testigo de ella tantas veces- se desespera: fue y se ahorcó, relata escuetamente el Evangelio.

Otro apóstol protagonista del drama fue san Pedro. Salió entonces el otro discípulo que era conocido del sumo sacerdote, habló con la portera e introdujo a Pedro. La muchacha portera le dijo a Pedro: -¿No eres también tú de los discípulos de este hombre? -No lo soy -respondió él. Estaban allí los criados y los servidores, que habían hecho fuego, porque hacía frío, y se calentaban. Pedro también estaba con ellos calentándose (…) y le dijeron: -¿No eres tú también de sus discípulos? Él lo negó y dijo: -No lo soy. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo: -¿No te he visto yo en el huerto con él? Pedro volvió a negarlo, e inmediatamente cantó el gallo (Jn 18, 16-18. 25-27). Entonces Pedro se acordó de las palabras que le había dicho Jesús: “Antes que cante el gallo dos veces, me habrá negado tres”. Y rompió a llorar (Mc 14, 72).

El arrepentimiento de Pedro fue bueno. También él -como Judas- ha traicionado al Maestro: ha negado conocerle por tres veces. Sin embargo, al darse cuenta de la maldad de su crimen, confiando en la misericordia del Señor, llora y pide perdón. ¡Bien experimentado tiene, como Judas, que Jesús está siempre dispuesto a perdonar!

Otro personaje: el procurador romano Poncio Pilato, que fue el que condenó a muerte a Jesús. Pilato se dirigió otra vez a los judíos y les dijo: -Yo no encuentro en él ninguna culpa. Vosotros tenéis la costumbre de que os suelte a uno por la Pascua, ¿queréis que os suelte al Rey de los judíos? Entonces volvieron a gritar: -¡A ése no, a Barrabás! -Barrabás era un ladrón. Entonces Pilato tomó a Jesús y mandó que lo azotaran (Jn 18, 38-19, 1). Y tiene lugar la flagelación del Señor, que se considera en el segundo misterio doloroso del Santo Rosario.

El misterio trae a nuestra memoria el suplicio, tan despiadado, de los innumerables golpes sobre los miembros inmaculados y santos de Jesús.

El compuesto humano comprende alma y cuerpo. El cuerpo experimenta las tentaciones más humillantes; la voluntad, más débil quizá, puede ser arrastrada fácilmente. Encontraremos, pues, en el misterio una llamada a la penitencia, penitencia saludable porque implica y produce la verdadera salud del hombre, que es salud en su validez corporal y al mismo tiempo salud en el sentido de salvación espiritual.

Grande es la enseñanza que de aquí se desprende para todos. No seremos llamados al martirio cruento, pero sí a la disciplina constante, a la mortificación cotidiana de las pasiones. Ahora bien, por este camino, verdadero “viacrucis”, camino cotidiano, inevitable, indispensable, que a veces incluso puede resultar heroico en sus exigencias, paso a paso llegamos a una semejanza cada vez más perfecta con Jesucristo, a participar en su méritos, a ser lavados en su sangre inmaculada de toda culpa, nosotros y todos (Cardenal Roncalli -San Juan XXIII).

Es duro leer, en los Santos Evangelios, la pregunta de Pilato: “¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, que se llama Cristo?” -Es más penoso oír la respuesta: “¡A Barrabás!”

Y más terrible todavía darme cuenta de que ¡muchas veces!, al apartarme del camino, he dicho también “¡a Barrabás!”, y he añadido “¿a Cristo?… ‘Crucifige eum!’ -¡Crucifícalo!” (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 296).

Pilato, queriendo contentar a la muchedumbre, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado (Mc 15, 15). La sentencia más injusta que ha habido en toda la historia de la humanidad, la sentencia de Pilato, que condena a muerte al Hijo de Dios, fue permitida por Dios Padre a causa de su infinito amor al hombre.

Jesús camina con la cruz a cuestas hacia el Calvario. Es el tercer misterio doloroso.

La vida humana es un peregrinar continuo, largo y pesado. Siempre hacia arriba, por la cuesta pedregosa, por el camino marcado a todos en aquella colina. En este misterio Jesús representa al género humano. ¡Ay si no tuviéramos, cada uno de nosotros, su cruz1 El hombre, tentado de egoísmo, de insensibilidad, antes o después sucumbiría en el camino.

Contemplando a Jesús que sube al Calvario aprenderemos, antes con el corazón que con la mente, a abrazar y besar la cruz, a llevarla con generosidad, con entusiasmo, según las palabras de la Imitación de Cristo: “En la cruz está la salvación, en la cruz está la vida, en la cruz está la protección frente a los enemigos, la efusión de una celeste suavidad (Cardenal Roncalli -San Juan XXIII).

Cuando llegaron al lugar llamado “Calavera”, le crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda (Lc 23, 33). Pongámonos frente a Jesús sobre el Calvario. Y miremos lo que ha hecho por nosotros y los que nosotros hemos hecho por Él. ¡Qué diferencia! Pues que sepamos comprender el amor que debemos sentir por Él.

Sólo unas pocas almas fieles acompañan al Señor en el abandono del Gólgota: ni el odio de los príncipes de los judíos, ni la brutalidad de los soldados, ni las burlas y ofensas de la muchedumbre, han podido alejarlas de este escenario de amor y de dolor. En primer lugar, la Madre de Jesús, María. Ella no se había hallado presente en la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén, ni en los momentos de los grandes milagros, excepto el de Caná de Galilea. Pero en el momento del fracaso humano de Cristo, cuando recibe vituperios en vez de alabanzas, allí está, junto a la cruz de su Hijo. Se encuentra junto a Jesús para ofrecerle un poco de consuelo en aquella hora de dolor, dispuesta a colaborar con Él hasta el fin en el rescate de los hombres.

Y desde la Cruz, Cristo imparte la lección de Las Siete Palabras.

Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34). Amor y perdón. ¿Hasta siete veces? No, hasta setenta veces siete, siempre. Que sepamos perdonar a los que nos ofenden. No he tenido que aprender a perdonar, porque Dios me enseñó a amar (San Josemaría Escrivá).

Hoy estará conmigo en el Paraíso (Lc 23, 43). Misericordia divina y valor del arrepentimiento final. Siempre hay esperanza en esta vida.

Ahí tienes a tu madre… He ahí a tu hijo (Jn 19, 26-27). La Virgen es nuestra Madre. A Cristo le han quitado todo, pero Él nos da a su Madre.

Tengo sed (Jn 19, 28). Sed de almas, ansia de redención. Alma sacerdotal de Cristo: salvar a todos. Pidámosle tener sus mismos sentimientos redentores.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mc 15, 34). La soledad, el sufrimiento.

Todo está consumado (Jn 19, 30). Todo lo hizo bien.

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46). Abandono filial. Confianza y abandono en nuestro Padre Dios.

La muerte de Jesús es fruto del amor: de un amor incomensurable a la humanidad entera y a cada uno de los hombres y mujeres que han venido y vendrán a la tierra. Y amor con amor se paga. Contemplar la figura de Cristo muerto en la Cruz por nosotros, nos interpela a cada uno directamente y nos mueve a tratar de devolverle amor, a ser generosos en la entrega.

Junto a María, esperemos la resurrección de Cristo, el triunfo definitivo del Señor.

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