homilía del tercer domingo de Cuaresma. Ciclo C


Moisés era pastor del rebaño de Jetró su suegro, sacerdote de Madián. Una vez llevó las ovejas más allá del desierto; y llegó hasta Horeb, la montaña de Dios. El ángel del Señor se le apareció en forma de llama de fuego, en medio de una zarza. Vio que la zarza estaba ardiendo, pero que la zarza no se consumía. Dijo, pues, Moisés: “Voy a acercarme para ver este extraño caso: por qué no se consume la zarza”. Cuando vio el Señor que Moisés se acercaba para mirar, le llamó de en medio de la zarza, diciendo “¡Moisés, Moisés!” Él respondió: “Heme aquí”. Le dijo: “No te acerques aquí; quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada”. Y añadió: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios. Dijo el Señor: “Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto, y he escuchado su clamor en presencia de sus opresores; pues ya conozco sus sufrimientos. He bajado para librarle de la mano de los egipcios y para subirle de esta tierra a una tierra buena y espaciosa; a una tierra que mana leche y miel”. Contestó Moisés a Dios: “Si voy a los israelitas y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros; cuando me pregunten: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les responderé?” Dijo Dios a Moisés: “Yo soy el que soy”. Y añadió: “Así dirás a los israelitas: Yo soy me ha enviado a vosotros”. Siguió Dios diciendo a Moisés: “Así dirás a los israelitas: El Señor,, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Éste es mi nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación” (Ex 3, 1-8.13-15).

En este pasaje bíblico se relata la vocación de Moisés. Dios, dentro de una impresionante teofanía, elige a Moisés para que sea él quien libere a los israelitas de la esclavitud de los egipcios. La tarea encomendada no es fácil, pero ante la llamada de Dios no hay que detenerse en la dificultad de la misión encomendada, o en las pocas cualidades de uno, o en sus defectos. Hay que confiar en el querer y poder de Dios. En el relato, todos los detalles del pasaje realzan el carácter sencillo y a la vez prodigioso del actuar divino: las circunstancias son ordinarias: pastoreo, monte, zarza…; pero los fenómenos que ocurren son extraordinarios: ángel del Señor, llama incombustible, voz perceptible.

En el pasaje se puede distinguir tres momentos. El primero es la llamada. Dios llama a Moisés por su nombre. El hecho de la repetición del nombre acentúa la importancia del acontecimiento. En el segundo, se presenta como el Dios de sus antepasados. Y en el último, Dios descubre a Moisés con términos entrañables el proyecto de liberación de su pueblo de la esclavitud de Egipto. Y después, le transmite imperiosamente su misión.

Preguntémonos: ¿Qué es la vocación? En primer lugar, vocación es el llamamiento de Dios a la fe y a la vida eterna; es la invitación a aceptar el beneficio de la salvación dirigida a toda persona humana. Es asimismo, el llamamiento a seguir a Jesús y a oír el Evangelio, la Buena Nueva. Esta vocación es universal y es santa. Pero también hay vocaciones particulares que Dios dirige a algunas personas para que sirvan a Dios y a la Iglesia, y trabajen por la salvación de las almas, según un carisma específico. En el Evangelio vemos cómo el Señor llamaba a algunos para que le siguieran. También recogen los evangelistas las hermosas respuestas que dieron la mayoría de los llamados. Pues bien, desde los tiempos evangélicos hasta nuestros días, Dios no ha dejado de llamar a un grandísimo número de hombres y mujeres. Y son una infinidad los que han respondido con un sí lleno de voluntariedad y con plena consciencia a la llamada del Señor. Los jóvenes, en la primavera de su vida, deben estar a la escucha de la voz de Dios, para saber qué quiere Dios de ellos.

¿Cómo sabe uno que Dios le llama?, es la pregunta que suele hacerse quien se plantea la posibilidad de seguir una vocación. Dios, ordinariamente, se vale de medios humanos para llamar a muchas personas a una vida de entrega total. Y son muy diversas las maneras con las que el Señor hace conocer a los hombres su voluntad y lo que quiere para cada uno de ellos. Pero además, conviene añadir hay que la vocación sólo prospera en un corazón generoso, capaz de jugarse toda la vida por amor de Dios. Es posible que uno tenga proyectos de futuro y, de pronto, Dios le dé a conocer sus planes respecto a él. No hay que admitir la duda. Que se olvide de sus proyectos y siga la llamada de Dios. ¿Vale la pena renunciar a una serie de cosas por seguir a Cristo? Posiblemente, será esto lo que se pregunten hoy los jóvenes ricos de nuestro tiempo, aburguesados y con un corazón tibio. Pero un joven que ama a Jesús ni siquiera se plantea la cuestión, porque sabe que Dios nunca se deja ganar en generosidad.

Volvamos al pasaje bíblico. Dios encarga a Moisés que saque a los israelitas de Egipto y los conduzca a una tierra muy fértil y extensa. ¿Por qué esta misión? Sencillamente porque Dios ha visto la aflicción de su pueblo sometido a dura esclavitud. El Señor, con cuatro verbos, explica a Moisés su decisión: he observado…, he escuchado…, he comprendido…, he bajado para liberarlos. Dios no es indiferente a la suerte de los hombres, porque Dios es amor, tiene entrañas de misericordia. Dios es Dios de los patriarcas, el que los había llamado y guiado en sus peregrinaciones. Es el Dios fiel y compasivo que se acuerda de ellos y de sus promesas, viene para liberar a sus descendientes de la esclavitud. Es el Dios que más allá del espacio y del tiempo lo puede y lo quiere, y que pondrá en obra toda su omnipotencia para este designio. El rostro con el que Dios se ha revelado a sí mismo lo ha hecho caminando con la humanidad, interviniendo en la historia de los hombres, ha hecho historia con nosotros. Su alegría es compartir su vida con nosotros.

Dios ha caminado con su pueblo en la historia del pueblo de Israel y Jesús caminó siempre con nosotros y nos prometió el Espíritu Santo, que es fuego, que nos enseña todo lo que no sabemos, que nos guía en nuestro interior, que nos da buenas ideas y buenas inspiraciones. Alabamos a Dios, no por un misterio particular, sino por Sí mismo, por su inmensa gloria, como dice el himno litúrgico. Lo alabamos y le damos las gracias porque Él es Amor, y porque nos llama a entrar en el abrazo de su comunión, que es la vida eterna (Papa Francisco).

Moisés se resiste a llevar a cabo aquella misión, poniendo una serie de excusas, sólo ve sus limitaciones. Dios le promete que estará con él. A pesar de esta promesa del Señor, Moisés expone una nueva dificultad para su misión: no conoce el nombre de Dios, que le envía. Y Dios le revela su nombre. Yo soy el que soy. Con este nombre Dios manifiesta su propia naturaleza de ser subsistente, el que es por sí mismo, el ser absoluto. Este Nombre Divino es misterioso como Dios es Misterio. Es a la vez un Nombre revelado y como la resistencia a tomar un nombre propio, y por esto mismo expresa mejor a Dios como lo que él es, infinitamente por encima de todo lo que podemos comprender o decir: es el “Dios escondido” (s 45, 15), su nombre es inefable, y es el Dios que se acerca a los hombres (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 206).

El segundo mandamiento de la Ley de Dios dice: No tomarás el Nombre de Dios en vano. Su enunciado indica lo que está prohibido, pero tiene una parte, como los demás mandamientos, positiva, unas obligaciones. Este mandamiento nos manda invocar, bendecir, alabar, respetar, glorificar y honrar el Santo Nombre de Dios. El uso del nombre de Dios en vano consiste en proferir sin motivo alguno o sin la debida reverencia el nombre santo de Dios. Por extensión se aplica también al nombre de María y al de los santos. Las palabras mal sonantes que emplean el nombre de Dios sin intención de blasfemar son una falta de respeto hacia el Señor. El segundo mandamiento prohíbe también “el uso mágico” del Nombre divino (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.149). Igualmente, si uno pronuncia con irreverencia alguna palabra que hace referencia a la Sagrada Eucaristía, peca, aunque sea una costumbre muy extendida. Y es una expresión irreverente emplear la palabra hostia como sinónimo de bofetada.

Por fin, Moisés acepta su misión, saca a los israelitas de Egipto y los conduce a través del desierto a la tierra prometida. San Pablo en Carta I a los Corintios se refiere al éxodo de los israelitas que estuvo acompañado de abundantes hechos prodigiosos. No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar; todos fueron bautizados en Moisés, por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo (1 Co 10, 1-4). Efectivamente, Dios os precedía en columna de nube durante el día, para marcarles el camino; atravesaron por medio del Mar Rojo; fueron alimentados con el maná y bebieron de las aguas que Moisés hizo brotar de la roca.

A pesar de tantos prodigios como Dios fue haciendo con los israelitas durante el Éxodo, sólo algunos de los que habían salido de Egipto pudieron entrar en la Tierra Prometida, como recuerda san Pablo. Pero la mayoría de ellos no fueron del agrado de Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros para que no codiciemos lo malo como ellos lo codiciaron. Ni murmuréis como algunos de ellos murmuraron y perecieron bajo el Exterminador (1 Co 10, 5-6.10). La enseñanza que podemos sacar de este hecho es la siguiente: Dios libró a todos los israelitas de la esclavitud de Egipto, sin embargo sólo entraron en la Tierra Prometida los que agradaron a Dios. Igualmente Jesucristo ha redimido a todo el género humano, la Redención es universal, sin excluir a nadie. Pero, ¿todos se salvan? Dios quiere que todos los hombres se salven. Ahora bien, respeta nuestra libertad. Jesucristo ha indicado el camino del Cielo, sólo Él tiene palabras de vida eterna. Se salvarán todos los que sigan ese camino.

Todos pueden entrar en la vida, pero para todos la puerta es “estrecha”. No hay privilegiados. El paso a la vida eterna está abierto a todos, pero es “estrecho” porque es exigente, requiere empeño, abnegación, mortificación del propio egoísmo. Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna? (Mt 19, 16). Desde la profundidad del corazón surge la pregunta que el joven rico dirige a Jesús de Nazaret: una pregunta esencial e ineludible para la vida de todo hombre, pues se refiere al bien moral que hay que practicar y a la vida eterna. Si quieres entrar en la Vida, guardar los mandamientos (Mt 19, 17).

En los Santos Evangelios hay palabras de Jesucristo advirtiendo del peligro existente de no llegar al Cielo si no hay conversión. En aquel mismo momento llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo” (Lc 13, 1-5). Todos somos pecadores y merecemos un castigo peor que el de las desgracias terrenas: el castigo eterno; pero Cristo ha venido a reparar nuestros pecados y nos ha abierto las puertas del Cielo. Nosotros tenemos que arrepentirnos de nuestros pecados porque sólo así Dios nos librará del castigo merecido.

Dios no quiere la muerte del pecador, sino que convierta y viva (Ez 33, 11). Por eso tiene paciencia. San Pedro escribe en su segunda carta: Usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan sino que todos lleguen a la conversión (2 P 3, 9). Esta paciencia divina también aparece en el Evangelio, en la siguiente parábola: Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?” Pero él le respondió: “Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas” (Lc 13, 6-9). Dios es un Padre paciente, que nos espera siempre y nos espera con el corazón en la mano para acogernos, para perdonarnos.

La clemencia de Dios, su misericordia y paciencia, no pueden llevarnos a descuidar nuestros deberes cristianos dejándonos vencer por la pereza y la comodidad. Dios aunque misericordioso también es justo y castigará las faltas de correspondencia a su gracia. Pero tiene paciencia, sabe esperar. Por eso, cada vez que nos acercamos al sacramento de la reconciliación (confesión) cantamos un himno a la paciencia de Dios. ¡Cómo nos lleva el Señor sobre los hombros, con cuánta paciencia!

En este éxodo nuestro, en esta peregrinación terrena en la que caminamos hacia la meta última del hombre la Virgen María nos acompaña y nos ayuda para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

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