Conferencias cuaresmales. Tema 16


La Resurrección del Señor

Los cuatro evangelistas narran el hecho de la Resurrección del Señor. Lo acontecido en aquella mañana del primer día de la semana es el tema principal de la predicación de los apóstoles: Y los apóstoles daban testimonio con gran fortaleza de la resurrección del Señor Jesús (Hch 4, 33). Si no fuera así, no tendría sentido nuestra fe: Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es vana (1 Co 15, 17).

El 26 de marzo del año 2000, san Juan Pablo II celebró la Santa Misa en la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. Al inicio de la homilía, el Santo Padre dijo: Aquí, en la Basílica del Santo Sepulcro, me arrodillo ante el lugar de su sepultura: “Ved el lugar donde le pusieron”. (…) La tumba está vacía. Es un testimonio silencioso del evento central de la historia humana: la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Cristo vive. Ésta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 102). La Iglesia celebra con júbilo el triunfo de Cristo, su Resurrección, que es la prueba mayor de la divinidad de Nuestro Señor. La fe de los cristianos es la Resurrección de Cristo; esto es lo que tenemos por cosa grande: el creer que resucitó (San Agustín).

La Buena Nueva de la Resurrección nunca puede ser separada del misterio de la Cruz (…) La Resurrección de Jesús es el sello definitivo de todas las promesas de Dios, el lugar del nacimiento de una humanidad nueva y resucitada. (…) En el umbral de un nuevo milenio, los cristianos pueden y deben mirar al futuro con gran confianza en la potencia gloriosa del Resucitado de hacer nuevas todas las cosas (San Juan Pablo II, Homilía)

La Resurrección de Jesucristo es prenda de nuestra resurrección. Mas ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primicia de los que murieron. Puesto que por un hombre vino la muerte, también por un hombre la resurrección de los muertos (1 Co 15, 20-21). Y en la Carta de san Pablo a los filipenses leemos: Esperamos un Salvador, el Señor Jesucristo, que transformará el cuerpo de nuestra humillación, conforme a su cuerpo glorioso, según el poder que Él tiene de someter a Sí todas las cosas (Flp 3, 20-21).

Nuestra resurrección espiritual en Jesucristo: ¿O ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, sepultados juntamente con Él por medio del bautismo en orden a la muerte, para que como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminaremos en nueva vida (Rm 6, 3-4); Por consiguiente, si habéis resucitado con Cristo buscad las cosas de arriba donde Cristo está sentado a la diestra de Dios; pensad en lo de arriba no en las cosas de la tierra. Estáis muertos y vuestra vida permanece oculta con Cristo en Dios (Col 3, 1-3).

Por eso, fe en la resurrección del Señor, fe en que resucitaremos corporalmente un día. Fe también en esas resurrecciones espirituales después de nuestras caídas y miserias: todo lo puedo en Aquél que me conforta (Flp 4, 13). El bautismo ha puesto en nosotros el germen de la gracia, que -cuando la hemos perdido- recuperamos por la penitencia. Necesidad de continuas conversiones, para vivir vida sobrenatural.

Lo que de verdad me interesa es que Cristo haya resucitado, porque es el único hecho que me lleva a pensar que, si el poder de Dios se ejerció en Él, puedo yo tener la esperanza de que se ejerza también misericordiosamente en mí (Teresa Berganza).

San Mateo recoge en su evangelio estas palabras de Cristo: El que persevere hasta el fin, se salvará (Mt 10,22). Ahora le pedimos a Dios que nos ayude a perseverar en el camino emprendido. Y esta perseverancia supone recomenzar cada día. Que cada acto de contrición señale un nuevo paso. Comenzar es de todos; perseverar, de santos. Que tu perseverancia no sea consecuencia ciega del primer impulso, obra de la inercia: que sea una perseverancia reflexiva (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 983).

Confianza en Dios, porque el que ha empezado en vosotros la buena obra, la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús (Flp 1, 6). Además: Pues yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y os abrirán. Porque el que pide recibe; y el busca, halla, y al que llama, han de abrirle (Lc 11, 9-10). Seguiremos teniendo que luchar. Y avanzar paso a paso en el camino de nuestra santificación. Aunque me canse, aunque no pueda, aunque reviente, aunque me muera (Santa Teresa de Jesús).

San Damián de Molokai, más conocido como el Padre Damián, fue a Molakai, donde estaban los leprosos. Al poco tiempo de estar en aquel infierno de la tierra escribe: Comenzar no es difícil, la dificultad es perseverar. Y persevera aun conociendo que le cuesta. La vista de mis queridos leprosos resulta repugnante… Un día, durante la Misa solemne, estuve a punto de abandonar el altar para respirar aire puro; el recuerdo de Nuestro Señor al abrir la tumba de Lázaro me retuvo.

En el campamento de la IPS (milicia universitaria) se estudiaba las ordenanzas militares. Una de ellas era muy escueta: El Oficial que recibiere la orden de mantener su posición, a toda costa lo hará. Tampoco caben vacilaciones en los hombres de Dios.

Escribió un Padre de la Iglesia: Por una sola razón Dios quiere que los hombres le sirvan: porque, siendo bueno y misericordioso, desea llenar de bienes a quienes perseveran en su servicio. Dios no necesita de nadie, pero el hombre tiene necesidad de la comunión con Dios: perseverar y permanecer en el servicio divino (San Ireneo de Lyon).

Enemigo de la perseverancia: el desaliento, al ver que llegan momentos de lucha: echo de ver otra ley en mis miembros, la cual resiste a la ley de mi espíritu y me sujeta a la ley del pecado, que está en los miembros de mi cuerpo. ¡Oh, qué hombre tan infeliz soy! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? La gracia de Dios por Jesucristo Señor nuestro (Rm 7, 23-24). Y diremos con el Salmista: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? (Sal 26, 1).

A los cristianos nos está prohibido el desaliento por fuertes que sean las contrariedades que se presenten en el camino. Tenemos que seguir caminando. Se hace y se rehace la vida cuantas veces sea preciso. Todo menos pararse. Si hay que llorar, se llora, pero caminando. No te detengas. Si el aluvión ha anegado tu alma, la amistad con Dios, has de levantarte ¡en seguida! Deja en el barro tu orgullo, abandona el lugar del tropiezo, pide perdón y… ¡adelante! Si cien veces has caído, cien veces tienes que levantarte.

Si a pesar de vuestro esfuerzo personal por seguir a Cristo, alguna vez sois débiles no viviendo conforme a su ley de amor, a sus mandamientos, ¡no os desaniméis! ¡Cristo sigue esperando! Él, Jesús, es el Buen Pastor que carga con la oveja perdida sobre sus hombros y la cuida con cariño para que sane. Cristo es el amigo que nunca defrauda (San Juan Pablo II).

Conveniencia de hacer propósitos concretos. Un propósito que nos puede ayudar mucho: constancia en la confesión y en la dirección espiritual.

En estos días no ha cambiado el mundo. Pero puede haber ocurrido algo mucho más importante: que hayamos descubierto que no son las cosas las que tienen que cambiar, sino que hemos de cambiar nosotros, divinizarnos y, a la vez, hacer nuevas todas las cosas. Las mismas cosas que hacíamos las podemos ahora vivir con una dimensión nueva: si somos fieles a esos propósitos, que libremente queremos hacer, convencidos de que no serán un peso, o mejor, de que es el peso de las alas que nos permiten volar, volar hacia arriba, en lugar de arrastrarnos.

Cada ser humano tiene bien experimentado en su propia alma esa tensión espiritual entre el pecado y la gracia, entre las pasiones malas y las virtudes, entre el deseo de amar a Dios y el atractivo de las cosas mundanas. Pero comprendemos también, por propia experiencia, cómo se facilita esa lucha interior cuando nos acogemos a la protección maternal de la Santísima Virgen.

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