INVITADOS A LA CENA DEL SEÑOR. Homilía del Domingo IV de Cuaresma (año 2019. Ciclo C)


El Señor dijo a Josué: “Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto”. Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron allí la Pascua el día catorce del mes, a la tarde, en los llanos de Jericó. Al día siguiente de la Pascua comieron ya de los productos del país: panes ázimos y espigas tostadas, ese mismo día. Y el maná cesó desde el día siguiente, en que empezaron a comer los productos del país. Los israelitas no tuvieron en adelante maná, y se alimentaron ya aquel año de los productos de la tierra de Canaán (Jos 5, 9-12). En estos versículos vemos el cumplimiento de la promesa de Dios. El Señor libró a los israelitas de la esclavitud de los egipcios y los introdujo en la Tierra Prometida. En los llanos de Jericó tuvo lugar la celebración de la Pascua por vez primera en la tierra de Canaán. La Pascua es una de las fiestas más importantes para los judíos porque se recuerda la liberación del pueblo de Israel del yugo egipcio, el abandono de la esclavitud y la salida al desierto en busca de la Tierra Prometida.

Jesucristo, antes de su pasión y muerte en la cruz, celebró la Pascua judía. Así la Última Cena y la crucifixión del Señor está ligada a la Pascua del Pueblo elegido, pero Jesús dio a la cena de Pascua un nuevo significado. Él es el Cordero de la Nueva Ley que convierte el pan y el vino en su cuerpo sacrificado y en su sangre derramada en el Calvario. Para los cristianos la Pascua es la resurrección de Cristo, el paso de la muerte a la vida, y la promesa de que los que han sido bautizados a su muerte resucitarán con Él. Con su pasión, muerte y resurrección, el Señor nos liberó de una triple esclavitud: la del pecado, la del demonio y la de la muerte eterna.

Gracias al maná los israelitas llegaron a la Tierra Prometida. En el desierto al no ser posible encontrar lo necesario para la subsistencia, Dios no tuvo inconveniente en alimentar prodigiosamente a su pueblo. Ya en la Tierra Prometida pudieron alimentarse con los medios ordinarios. Los cristianos tenemos como alimento la Eucaristía, que es prenda de la vida eterna. El pan eucarístico hará posible que comamos el pan en el Reino de Dios (Lc 14, 15). La expresión “comer el pan en el reino de Dios” significa en el lenguaje de la Biblia participar de la bienaventuranza eterna, simbolizada en un gran banquete.

En alguna parábola, Jesús habló del reino de Dios utilizando la figura de un gran banquete. Ya en el Antiguo Testamento el profeta Isaías dice que Dios ofrecerá a todos los pueblos, en este monte, un banquete de sabrosos manjares, un banquete de vinos añejos, manjares suculentos y vinos exquisitos (Is 25, 6). De este modo se expresa que el Señor hace partícipes a los hombres de alimentos divinos que superan todo lo imaginable. Es una prefiguración del banquete eucarístico, instituido por Jesucristo en Jerusalén, en el que se entrega un alimento divino, el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor, que vigoriza el alma en su peregrinación hacia la vida futura. La participación en la “cena del Señor” es anticipación del banquete escatológico por las bodas del Cordero (Ap 19, 9).

En la parábola del hijo pródigo también aparece la celebración de un banquete. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta (Lc 15, 23), dijo el padre cuando vio que su hijo había vuelto. Sí, una fiesta porque aquel joven que había estado esclavizado por el pecado había recobrado la libertad y, en palabras de su padre, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado (Lc 15, 24). Estaba muerto a la vida de la gracia por el pecado y recobró la vida por su arrepentimiento.

Reflexionemos en esta parábola. Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde”. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo lujuriosamente (Lc 15, 11-13). Aquel joven pensó que sería libre lejos de la casa paterna, pero se equivocó totalmente. Deslumbrado por los espejuelos de este mundo, se metió en el embarrado camino del pecado y de la perdición. Abandonó su hogar familiar con ansia de libertad, que bien pronto comprobó que era una libertad ilusoria, una verdadera esclavitud. Entregado a los placeres de la carne, al pecado de lujuria, perdió la herencia de la gracia. No encontró el bien, la felicidad, y es que el pecado, el único verdadero mal, envenena siempre, no eleva al hombre, sino que lo envilece y lo humilla; no lo hace más grande, más puro y más rico, sino que lo daña y lo empequeñece; no lo hace más libre, sino que lo esclaviza.

¡Cuántas personas no quieren llevar el yugo suave de Cristo! Y haciendo caso omiso de los mandamientos de la Ley de Dios se entregan al libertinaje. El hombre cuando peca pasa de la condición de hijo de Dios a ser esclavo de Satanás; de gozar de la libertad propia de los hijos de Dios a estar encadenado por el pecado. El pecador al quebrantar los mandamientos de Dios haciendo mal uso de su libertad lo único que encuentra es que ha perdido la libertad. No olvidemos nunca que el verdadero tesoro del hombre es la amistad con Dios, el estado de gracia. Con el pecado se pierde este tesoro. El alma queda privada de la gracia; la amistad con Dios se rompe; la paz y la alegría desaparecen; los méritos adquiridos anteriormente para alcanzar el premio de la felicidad eterna se esfuman.

Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba (Lc 15, 14-16). Aquí se ve las tristes consecuencias del pecado. Con esa hambre se nos habla de la ansiedad y el vacío que siente el corazón del hombre cuando está lejos de Dios, cuando ha querido encontrar la felicidad fuera de los caminos trazados por Dios, y resulta que no la encuentra. Con la servidumbre del hijo pródigo se nos describe la esclavitud a que queda sometido quien ha pecado. Así, por el pecado el hombre pierde la libertad de los hijos de Dios y se somete al poder de Satanás.

Estando en aquella situación de extrema miseria después de haber malgastado su fortuna, el joven recapacita. El recuerdo de la casa paterna y la seguridad en el amor del padre hacen que reflexione y se arrepienta. Entrando en sí mismo, dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros”. Y, levantándose, partió hacia su padre (Lc 15, 17-22). El joven reconoce su pecado, no lo justifica. Vence a la soberbia, pisotea su amor propio y se pone en camino hacia la casa paterna. Sabe que ha pecado contra Dios, contra su padre, y esto le duele. Hay contrición. Considera la bondad de su padre y el sufrimiento que le ha producido.

Cuando aún estaba lejos, le vio el padre, y, compadecido, corrió a él y se arrojó a su cuello y le cubrió de besos (Lc 15, 20). El padre del hijo pródigo es figura de Dios. De un Dios rico en misericordia, que sale al encuentro del hombre pecador. Es un Padre amoroso que no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. La acogida generosa y llena de alegría del padre habla de la misericordia divina y del perdón que Dios otorga al pecador en el sacramento de la Penitencia.

El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo” (Lc 15, 21). El padre otorga el perdón a su hijo, pues éste ha reconocido su falta. Asimismo Dios nos perdona en el sacramento de la Penitencia después de haber manifestado nuestros pecados. La acogida de la misericordia divina exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. Si decimos: no tenemos pecado: nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de todo injusticia (1 Jn 1, 8-9). Y san Juan Crisóstomo decía: Si no declaras la magnitud de la culpa, no conocerás la grandeza del perdón.

Después de que hijo manifestara su arrepentimiento, el padre dijo a sus siervos: “Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies” (Lc 15,22). Y dispone que se celebre la vuelta de su hijo con un banquete, pero antes hay que despojarle de los andrajos del pecado, de la suciedad del vicio, y por eso ordena que se le vista con un traje nuevo, limpio, el vestido de la gracia. En la parábola de los invitados a las bodas del hijo del rey, los comensales debían vestir con el traje de boda. Cuando el rey se fijó en un hombre que no vestía traje de boda (Mt 22, 11) lo echó del banquete. Al hablar del mejor vestido y del traje de boda, el Señor nos quiere decir que para participar en el banquete eucarístico, para recibir la sagrada Comunión, hay que tener el alma limpia, en gracia. Igualmente para formar parte de los bienaventurados llamados a la cena de las bodas del Cordero, de la que habla san Juan en el Apocalipsis, hay que preparar el vestido nupcial, mediante las buenas obras, la alabanza, la vida santa.

Para el hijo pródigo, ya de nuevo en la casa de su padre, pasó lo viejo, todo es nuevo (2 Co 5, 17), su mala vida quedó atrás. Ahora es feliz, gozando del amor de su padre. Este mismo contraste entre el antes y el después de su conversión sucede también en el hombre cuando pasa del estado de pecado a estar en gracia de Dios por medio del sacramento de la Penitencia. La reconciliación del pecador con Dios -cuya amistad había perdido al pecar- es posible gracias a la muerte de Cristo en la Cruz, como afirma el apóstol san Pablo: Todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación (2 Co 5, 18-19). En la Confesión Dios hace lo mismo que el padre de hijo pródigo: no toma cuenta los pecados del penitente, sino que lo reconcilia con Él.

El Señor confió el ministerio de la reconciliación a los Apóstoles para que lo haga llegar a todos los hombres. Y así, los Apóstoles fueron constituidos en embajadores del Señor ante los hombres, a los cuales san Pablo dirige una apremiante llamada: En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios! (2 Co 5, 20). Jesucristo instituyó en su Iglesia el sacramento de la Penitencia, para quienes han cometido pecados después del Bautismo sean reconciliados con Dios, al que han ofendido, y con la Iglesia misma a la que han herido.

San Juan Pablo II aconsejaba a los que se habían alejado de Dios como el hijo pródigo de su padre: Tened la valentía de alcanzar la gracia de Dios por medio de la Confesión Sacramental. ¡Esto os hará libres! Que el Espíritu Santo os conceda la gracia de un sincero arrepentimiento, de un firme propósito de la enmienda y de una sincera confesión de las culpas. En este sacramento maravilloso de la misericordia divina el Señor limpia el alma del pecador, tal como profetizó Isaías: Aun cuando vuestros pecados resalten como la púrpura, lavaré vuestras almas hasta tal punto que aparecerán resplandecientes como la nieve (Is 1, 28).

A Santa María, Refugio de pecadores, le pedimos que siempre tengamos el corazón bien contrito, y que no permita que nos alejemos de la casa paterna. Si alguna vez tenemos esa desgracia, que hagamos como el hijo pródigo y emprendamos enseguida el retorno a la casa del Padre para participar en el banquete eucarístico, anticipo de la cena de las bodas del Cordero en el Cielo.

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