Homilía de la Misa de la Cena del Señor. Jueves Santo. Ciclo C


Al inicio del capítulo 12 del libro del Éxodo se narra la institución de la Pascua judía y están contenidas una serie de normas para celebrarla y el acontecimiento que en ella se conmemora, que es el de mayor relieve de la historia del Pueblo elegido, la liberación de la esclavitud. Dios habla al pueblo israelita de la Pascua, del paso del Señor. Este día será memorable para vosotros, en él celebraréis la fiesta del Señor, institución perpetua para todas las generaciones (Ex 12, 14). Por tanto, esta fiesta está conectada con la salida de los israelitas de Egipto, y era celebrada en familia, manteniéndose siempre el carácter de sacrificio, de banquete familiar y, muy especialmente, de memorial de la liberación llevada a cabo por Dios en la noche de la Pascua del Señor, cuando el ángel exterminador dio muerte a los primogénitos de los egipcios. Yo pasaré esta noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos del país de Egipto, desde los hombres hasta los ganados, y me tomaré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo, el Señor. La sangre será vuestra señal en las casas donde moráis. Cuando yo vea la sangre pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora cuando yo hiera el país de Egipto (Ex 12, 12-13).

Jesucristo, antes de su Pasión, quiso celebrar la Pascua con sus Apóstoles. Las familias hebreas inmolaban su cordero la víspera de la Pascua, según el mandato divino recibido a la salida de Egipto, cuando Dios los libró de la esclavitud del Faraón. Esta liberación prefigura la que Jesucristo vendría a realizar: redimir a los hombres de la esclavitud del pecado, mediante su sacrificio en la cruz. Por tanto, la celebración de la Pascua hebrea era el marco más adecuado para instituir la nueva Pascua cristiana. Y así fue. Durante la Cena Pascual instituyó la Eucaristía. Institución que los católicos conmemoramos el Jueves Santo. Al celebrar la última cena con sus apóstoles en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio un sentido definitivo a la pascua judía. En efecto, el paso de Jesús a su Padre por su muerte y resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía y anticipa el paso final de la Iglesia en la gloria del Reino (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1340).

Para los judíos la Pascua se interpreta como el paso del Señor, que será exterminio para los egipcios y salvación para los hebreos. En el Nuevo Testamento la Pascua es el paso de Cristo al Padre por medio de la muerte y resurrección, y al paso de la Iglesia al Reino eterno. La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su resurrección (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 677). Para los cristianos, el Jueves Santo es día memorable. La Misa de la Cena del Señor, que abre el Triduo Pascual de la Pasión y Resurrección del Señor, conmemora la institución de la Sagrada Eucaristía y la del sacerdocio de la Nueva Ley, así como el amor infinito de Cristo por los hombres, con su mandamiento sobre la caridad fraterna manifestado con el signo del lavatorio de pies.

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13, 1). Con estas palabras comienza san Juan el relato de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor. Palabras que indican la intensidad del amor de Cristo por los suyos, por nosotros, que llega hasta el extremo de dar su propia vida por la salvación de todos los hombres. Comenta el papa Francisco: Jesús nos amó. Jesús nos ama. El amor de Jesús por nosotros no tiene límites: cada vez más, cada vez más. No se cansa de amar. A ninguno. Nos ama a todos nosotros, hasta el punto de dar la vida por nosotros. Sí, dar la vida por todos nosotros; sí, dar la vida por cada uno de nosotros. Y cada uno puede decir: “Dio la vida por mí”. Por cada uno. Ha dado la vida por ti, por mí, por él… por cada uno, con nombre y apellido. Su amor es así: personal. El amor de Jesús nunca defrauda, porque Él no se cansa de amar, como no se cansa de perdonar, no se cansa de abrazarnos. Jesús nos amó, a cada uno de nosotros, hasta el extremo.

Estando Jesús reunidos con sus Apóstoles en el cenáculo, y antes de comenzar la celebración Pascual, el Señor se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó. Después echó agua en una jofaina y empezó a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido (Jn 13, 4-5). Lavar los pies era una costumbre de entonces, antes de los almuerzos y de las cenas, porque la gente caminaba por caminos polvorientos unas veces, o enfangados en los días lluviosos. Era tarea de los siervos.

Jesucristo, consciente de ser el Hijo de Dios, se humilla voluntariamente hasta realizar la tarea propia de los criados de la casa. El Señor había dicho que Él vino al mundo para servir y no para ser servido. Y en el lavatorio de los pies lo pone en práctica con un hecho concreto, exhortándonos así a servirnos los unos a los otros con toda humildad y sencillez. El lavatorio de pies es un gesto del amor de Cristo que, al igual que a sus discípulos, ama a todos los hombres hasta el extremo. No sólo lava nuestros pies sucios, sino principalmente nuestra alma, al perdonarnos los pecados. Con la humildad de su servir nos purifica de la enfermedad de nuestra soberbia (Benedicto XVI).

Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros” (Jn 13, 12-15). Toda la vida de Jesús fue ejemplo de servicio a los hombres, cumpliendo la Voluntad del Padre hasta la muerte en la Cruz. Con su ejemplo nos promete el Señor que, imitándole a Él, el Maestro, en un servicio desinteresado que siempre implica sacrificio, encontraremos la verdadera felicidad que nadie nos podrá arrebatar. “Os he dado ejemplo”, insiste Jesús, hablando con sus discípulos después de lavarles los pies, en la noche de la Cena. Alejemos del corazón el orgullo, la ambición, los deseos de predominio, y, junto a nosotros y en nosotros, reinarán la paz y la alegría enraizadas en el sacrificio personal (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 94). Con este gesto de amor y servicio, el Señor nos da el mandamiento de la caridad cristiana.

¿En qué consiste el lavarnos los pies unos a otros? La respuesta la da Benedicto XVI: Cada buena obra hecha a favor del prójimo, especialmente a favor de los que sufren y los que son poco apreciados, es un servicio como lavar los pies. El amor a Dios y el amor fraterno se funden entre sí. Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama (Benedicto XVI). Para el que ama, no supone sacrificio ayudar al hermano necesitado.

El evangelista san Lucas recoge las palabras de Jesucristo al comienzo de la cena: Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer (Lc 22, 15). Sí, ardientemente deseó Jesús la llegada de aquel instante, en el cual iba a celebrar la Pascua con los Apóstoles, porque es el momento de la efusión de amor más íntima, del mayor derroche de amor.

Cristo Jesús, además de dejarnos un ejemplo maravilloso de vida, de mostrarnos con sus enseñanzas el camino que conduce a la vida eterna, donde gozaremos de la visión beatífica, quiso al final de su paso por la tierra instituir la Eucaristía, donde se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. La Eucaristía es la más bella expresión del amor de Jesucristo a los mortales. Por ella vive con nosotros siempre y en todas las partes; nos habla a toda hora, y con su palabra nos ilumina, con su consejo nos guía, con su fuerza nos sostiene, con su virtud nos santifica, con su amor nos embriaga santamente y con su presencia nos consuela (Beato Marcelo Spínola, Pastoral, 30.V.1903).

En el Nuevo Testamento hay cuatro relatos de la institución de la Eucarístía, en los tres evangelios sinópticos y en la Primera Carta a los Corintios. En la Misa de la Cena del Señor se lee el relato de san Pablo. Porque yo recibí del Señor lo que también os transmití: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y dando gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en conmemoración mía. Y de la misma manera, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, hacedlo en conmemoración mía (1 Co 11, 23-26). Estos versículos son una clara manifestación de la fe en el misterio de la Eucaristía que, desde los inicios de la Iglesia, viven los primeros cristianos.

En la Última Cena Jesucristo nos deja la prenda más valiosa: la Eucaristía, bella expresión de su amor a los hombres. Este misterio de amor habla muy bien los sentimientos del Corazón de Jesús. Desear estar junto al amado es propio de todo el que ama. Y este deseo del Corazón de Jesús es el que le ha obligado a instituir la Eucaristía.

La autenticidad de la unión con Jesús Sacramentado ha de traducirse en un amor verdadero a todas las personas, empezando por quiénes están más próximas. Habrá de notarse en el modo de tratar a la propia familia, compañeros y vecinos; en el espíritu por vivir en paz con todos; en la prontitud para reconciliarse y perdonar cuando sea necesario. De este modo, será la Sagrada Eucaristía fermento de caridad y vínculo de aquella unidad de la Iglesia querida por Cristo.

Haced esto en conmemoración mía. El Señor, al instituir la Eucaristía, mandó que se repitiera hasta el final de los tiempos. Cada vez que hacemos el memorial del Señor en la Eucaristía hacemos comunión con Cristo Siervo para obedecer a su mandamiento, el de amarnos como Él nos ha amado. Si nos acercamos a la santa Comunión sin estar dispuestos sinceramente a lavarnos los pies unos a los otros, no reconocemos el Cuerpo del Señor (Papa Francisco).

En la escuela de María, mujer “eucarística”, aprendamos a tratar a Jesús escondido en las Sagradas Especies. Terminamos con unas palabras de san Juan Pablo II: ¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz (Encíclica Ecclesia de Eucharistia n. 56).

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