Homilía del Domingo de Resurrección. Ciclo C


En los Hechos de los Apóstoles se narra la conversión del centurión Cornelio. San Pedro aceptó la invitación de hospedarse en la casa Cornelio. Estando allí, tomó la palabra y dijo: Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él; y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; a quien llegaron a matar colgándole de un madero; a éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos (Hch 10, 37-41).

Es toda una catequesis. San Pedro cumple el mandato del Señor de predicar al pueblo y de dar testimonio de Él. Por eso, habla de Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios. Hace una síntesis de la vida de Jesús, que culmina con la afirmación de la resurrección del Señor. Porque Jesucristo es la gracia que ha aparecido en el mundo, ha venido a nuestra historia, ha compartido nuestro camino. Es la Buena Nueva que anuncia nuestra liberación de las tinieblas del pecado y nos da la luz de la salvación. Nos ha traído la misericordia y la ternura de Dios.

San Pedro hace hincapié en la resurrección del Señor, porque es el misterio central de la fe cristiana. Jesús, el Hijo de Dios encarnado, no se ha quedado en el sepulcro, porque no podía permanecer bajo el dominio de la muerte, y la tumba no podía retener al que vive (Ap 1, 18), al que es la fuente misma de la vida. La Vida pudo más que la muerte. Este misterio nos habla de esperanza, como bien afirmó san Agustín: la Resurrección del Señor es nuestra esperanza. Este Padre de la Iglesia explicaba que Jesús resucitó para que nosotros, aunque destinados a la muerte, no desesperáramos, pensando que con la muerte se acaba totalmente la vida. Cristo ha resucitado para darnos la esperanza. Jesucristo, crucificado y sepultado, ha resucitado con su cuerpo glorioso. Jesús ha resucitado para que también nosotros, creyendo en Él, podamos tener la vida eterna (Benedicto XVI).

La resurrección del Señor es la culminación del Evangelio, es la Buena Noticia por excelencia: Jesús, el crucificado, ha resucitado. Este acontecimiento es la base de nuestra fe y de nuestra esperanza. Si Cristo no hubiera resucitado, el cristianismo perdería su valor. Es más, según san Pablo: Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo. Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados (1 Co 15,14.19). Pero Cristo resucitó. El mensaje que los cristianos llevan al mundo es éste: Jesús, el Amor encarnado, murió en la cruz por nuestros pecados, pero Dios Padre lo resucitó y lo ha constituido Señor de la vida y de la muerte. En Jesús, el Amor ha vencido al odio, la misericordia al pecado, el bien al mal, la verdad a la mentira, la vida a la muerte (Papa Francisco).

San Pedro termina haciendo referencia a la misión judicial de Cristo, que está constituido por Dios juez de vivos y muertos. De éste todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados (Hch 10, 42-43). El Señor, al resucitar ha sido hecho Juez soberano de todos los hombres para el momento de su segunda venida a la tierra. Que Cristo se presente como Juez implica que deberemos dar cuenta de nuestra vida. Pero con la confianza de que por haber creído en Él, hemos alcanzado el perdón de nuestros pecados.

San Pablo, en la Carta a los Colosenses, también hace referencia a la esperanza que nos viene de la resurrección del Señor. Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él (Col 3, 1-4). Jesucristo, con su muerte y resurrección, nos libró del poder de Satanás y de la muerte. Por el Bautismo los hombres son efectivamente injertados en el misterio pascual de Cristo: mueren con Él, son sepultados con Él y resucitan con Él (Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, n. 6). Esto es, los cristianos hemos resucitado a una vida nueva, que es sobrenatural, pues participamos ya en este mundo de la vida gloriosa de Jesucristo resucitado. Esta vida es de momento espiritual y oculta, pero en la Parusía, cuando nuestro Señor venga con toda su gloria, llegará a ser manifiesta y gloriosa.

El evangelista san Juan narra cómo san Pedro y él fueron en la mañana del domingo al sepulcro y lo encontraron vacío. Esto hizo que él creyera desde ese momento en la resurrección de su Maestro. El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: “Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos (Jn 20, 1-9).

Las palabras que emplea san Juan expresan con vivo realismo la impresión que les causó lo que san Pedro y él allí encontraron, y cómo quedaron grabados en su memoria algunos detalles. Los lienzos caídos, es decir, aplanados, como vacíos al resucitar y desaparecer de allí el cuerpo de Jesús, como si Éste hubiera salido de los lienzos y vendas sin ser desenrollados, pasando a través de ellos. El sudario… aparte, todavía enrollado, en un sitio. De estos detalles se desprende que el cuerpo del Señor tuvo que resucitar de manera gloriosa, transcendiendo las leyes físicas.

Los evangelistas narran el hecho de la resurrección del Señor. Lo acontecido en aquella mañana del primer día de la semana es el tema principal de la predicación de los Apóstoles: Y los apóstoles daban testimonio con gran fortaleza de la resurrección del Señor Jesús (Hch 4, 33). El Viernes Santo, el cuerpo sin vida de Cristo fue bajado apresuradamente de la cruz y puesto en el sepulcro. En la mañana del domingo, María Magdalena y María la de Santiago y Salomé (Mc 16, 1), tristes y desconsoladas, fueron al sepulcro y se encontraron con que la piedra había sido removida del sepulcro (Lc 24, 2). Al entrar no hallaron el cuerpo del Maestro. Mientras estaban allí, perplejas y confusas, dos hombres con vestidos resplandecientes las sorprendieron, diciendo: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado (Lc 24, 5-6). Acojámoslo con íntimo asombro y gratitud. El Señor ha resucitado y nos da su alegría.

El sepulcro vacío, ese sepulcro nuevo situado en un jardín, donde José de Arimatea colocó devotamente el cuerpo de Jesús, es el lugar de donde salió el anuncio de la resurrección. No tengáis miedo, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ha resucitado como había dicho (Mt 28, 5-6). Desde aquella mañana, las palabras de los ángeles: Jesús Nazareno, el crucificado, ha resucitado siguen resonando en el universo como anuncio perenne, que atraviesa los siglos. Jesús con su cuerpo lleno de vida, vencida la muerte y rotas las barreras del sepulcro, nos repite hoy el anuncio gozoso de la Pascua: He resucitado y estoy aún y siempre contigo. La resurrección de Cristo es el acontecimiento que ha traído la novedad radical para todo ser humano, para la historia y para el mundo: es el triunfo de la vida sobre la muerte

Este anuncio, confirmado por el testimonio de aquellos a quienes se apareció el Señor Resucitado, es el corazón del mensaje cristiano, trasmitido fielmente de generación en generación. Todo bautizado en Cristo ha resucitado espiritualmente en este sepulcro, porque todos en el Bautismo hemos sido realmente incorporados al Primogénito de toda la creación, sepultados con Él, para resucitar con Él y poder caminar en una nueva vida. Detengámonos con devoto recogimiento ante el sepulcro vacío, para redescubrir la grandeza de nuestra vocación cristiana: somos hombres y mujeres de la resurrección, no de la muerte. Aprendamos a vivir nuestra vida, los afanes de la Iglesia y del mundo entero a la luz de la mañana de Pascua (Papa Francisco).

La Iglesia, al celebrar la resurrección del Señor, invita al gozo, reptiendo en su liturgia: Éste es el día en que actuó el Señor. Sea nuestro alegría y nuestro gozo. Es una alegría auténtica, profunda, basada en la certeza de que Cristo resucitado ya no muere más, sino que está vivo y operante en la Iglesia y en el mundo. Jesús está vivo y la alegría llena el corazón. Es nuestra fe: Creemos en un Resucitado que venció el mal y la muerte. La resurrección de Cristo es nuestra mayor certeza; es el tesoro más precioso que tenemos. Los Apóstoles dieron testimonio del Resucitado. Nosotros, cristianos, igualmente debemos dar testimonio, proclamar esta certeza, que no es sólo para nosotros, sino para transmitirla a los demás, haciéndoles partícipes de la alegría de la Pascua de Resurrección.

La contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el Resucitado! La Iglesia ha expresado siempre esta convicción de fe, invitando al creyente a superar la oscuridad de la Pasión para fijarse en la gloria de Cristo en su Resurrección y en su Ascensión (San Juan Pablo II). Por tanto, hay que dejar en el sepulcro del Señor los andrajos del hombre viejo, y resucitar con Él a una vida nueva de gracia y santidad. Vida rejuvenecida en una primavera espiritual de esperanza, vida perennemente orientada hacia el Cielo, adonde Cristo sube para preparar el lugar a sus discípulos; vida regida por ese Espíritu celestial, que el mismo Jesús envía a la tierra para continuar su obra.

Alégrate, Reina del Cielo; porque el que mereciste llevar en tu seno, ha resucitado según predijo. Santa María no fue al sepulcro en la madrugada del día primero de la semana. Su fe en la resurrección de su Hijo era total. Posiblemente Ella fue la primera persona a la que se apareció Cristo una vez resucitado. Invoquemos a María, Estrella de la Esperanza, para que nos conduzca siempre a su Hijo, crucificado y resucitado, Rey victorioso.

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