Beatificación de Guadalupe Ortiz de Landázuri


Mujer pionera en la Universidad (Beata Guadalupe Ortiz de Landázuri)

En el seno de una familia cristiana

Guadalupe Ortiz de Landázuri nació en Madrid, España, el 12 de diciembre de 1916. Era la cuarta y la única chica del matrimonio de Manuel Ortiz de Landázuri y Eulogia Fernández-Heredia. Sus padres la educaron en la fe cristiana. Cuando era pequeña, murió su hermano Francisco, que la precedía. Con 10 años, se trasladó con su familia a Tetuán, en el norte de África, por el trabajo de su padre, que era militar. En esta ciudad del Protectorado español estudió en el colegio de los marianistas, siendo la única chica del alumnado. En su infancia destacaban ya dos rasgos definitorios de su personalidad: la reciedumbre y la valentía.

Guadalupe guardó un profundo agradecimiento a sus padres, por el cariño y ejemplo que recibió en casa. Fue allí donde aprendió a tratar a Dios y a querer a los demás. De su padre decía: a él le debo seguramente la vocación, recordando que san Josemaría Escrivá solía decir que los fieles del Opus Dei deben el noventa por ciento de su vocación a sus padres.

A Manuel, su padre, le gustaba ayudar en las cosas de la casa: en la atención a sus hijos a los que cambiaba los pañales; en darles de comer o en servir los platos durante las comidas para que su mujer descansara. Cuentan que, por las noches, se iba a la habitación de los chicos -Manuel, Eduardo y Francisco- para ayudarles a rezar, y su esposa hacía lo mismo con Guadalupe.

Eulogia, su madre, era una mujer generosa y consciente de que sus hijos eran sobresalientes, llamativos por sus talentos, aunque no se vanagloriaba por ellos. Procuró educarlos en el uso de la libertad y, por eso, a medida que crecieron, dejó que cada uno siguiera su camino, y cuando fue necesario, se sacrificó maternalmente por sus proyectos. Era austera, decidida y plenamente dedicada a su familia. Decía que no era habilidosa, pero sacaba adelante todo lo que se proponía.

Guadalupe heredaría de su padre virtudes como la reciedumbre, la austeridad y la capacidad de decisión. De su madre recibiría la delicadeza en el trato, la discreción y su constante sonrisa. De los dos, la simpatía y su gran corazón. Era una familia que se mantuvo siempre muy unida porque se querían mucho.

La muerte de su padre

En 1932 regresaron a Madrid, donde acabó el bachillerato en el Instituto Miguel de Cervantes. En 1933 se matriculó en la carrera de Ciencias Químicas en la Universidad Central. Era una de las 5 mujeres de una clase de 70. Más tarde, empezó el doctorado, porque quería dedicarse a la docencia universitaria. Sus compañeros de universidad la recuerdan seriamente dedicada al estudio, con gran simpatía y amante de lo imprevisto.

Durante la Guerra Civil Española (1936-1939), su padre fue hecho prisionero y, finalmente, condenado a ser fusilado. Guadalupe, que tenía entonces 20 años, junto con su hermano Eduardo y su madre pudo despedirse de él horas antes de su muerte y darle serenidad en esos duros momentos. Perdonó de corazón a los que habían decidido la condena de su padre. Eduardo recuerda así aquellas horas: Guadalupe demostró su fortaleza espiritual cuando con 20 años, el 7 de septiembre de 1936, acompañó a mi padre hasta que en la madrugada le fusilaban. Mucho se podría contar de aquella noche; del valor de Guadalupe que externamente no se inmutó, dando fuerzas con su serenidad a mi madre y desde luego, a mí. En 1937, consiguió pasar con su hermano y su madre a la otra zona de España, donde se encontraba su hermano Manolo. Se instalaron en Valladolid hasta el final de la guerra.

La llamada de Dios

Volvieron a Madrid en 1939. Guadalupe comenzó a dar clases en el colegio de La Bienaventurada Virgen María, de la Congregación de Jesús (Madres Irlandesas), y en el Liceo Francés. Un domingo de 1944, al asistir a misa se sintió “tocada” por la gracia de Dios. Al regresar a su casa, encontró a un amigo al que manifestó su deseo de hablar con un sacerdote. Este le facilitó el teléfono de san Josemaría Escrivá. El 25 de enero acudió a una cita con él en el que era el primer centro de mujeres del Opus Dei, en la calle Jorge Manrique. Guadalupe recordaba ese encuentro como su descubrimiento de la llamada de Jesucristo a amarlo sobre todas las cosas a través del trabajo profesional y de la vida ordinaria: ese era el mensaje que Dios quería recordar a los hombres sirviéndose del Opus Dei. Al final de su vida, Guadalupe escribió su recuerdo de ese decisivo encuentro: Recuerdo cuándo conocí al Padre. Una tarde de fines de enero del invierno madrileño de 1944. Yo acababa de terminar la carrera de Ciencias Químicas y estrenaba mi primer trabajo. Por medio de un compañero con quien me unía amistad y confianza, Jesús Serrano de Pablo, a quien hablé de mi deseo de tener un director espiritual, me puse en contacto por teléfono y acudí a la dirección que me dieron para conocer a don Josemaría Escrivá de Balaguer de quien yo no sabía, hasta ese momento, absolutamente nada, ni tampoco, naturalmente, de la existencia del Opus Dei. La entrevista fue decisiva en mi vida, en un hotelito de la Colonia del Viso, entonces casi en las afueras de Madrid, en una salita alegre, tapizada de rosa viejo, se destacó la figura del Padre. Me preguntó: “¿qué quieres de mí?” Yo contesté sin saber por qué: Creo que tengo vocación. El Padre me miraba: “Eso yo no te lo puedo decir. Si quieres puedo ser tu director espiritual, confesarte, conocerte”. Eso era exactamente lo que yo buscaba y tuve la sensación clara de que Dios me hablaba a través del aquel sacerdote. Sentí una fe grande, fuerte reflejo de la suya, y me puse enteramente en sus manos para toda mi vida

Por aquellas fechas, Guadalupe había leído unas palabras que san Josemaría Escrivá había escrito sobre la manifestación de la llamada de Dios en el interior de un alma y, como en soliloquio, al recordar aquel primer encuentro se dijo: ¡Eso fue! ¿eso fue lo que me ocurrió a mí aquel día! Éstas eran las palabras del Fundador del Opus Dei: Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio. Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación. La vocación nos lleva -sin darnos cuenta- a tomar una posición en la vida, que mantendremos con ilusión y alegría, llenos de esperanza hasta en el trance mismo de la muerte. Es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de misión, que ennoblece y da valor a nuestra existencia. Jesús se mete con un acto de autoridad en el alma, en la tuya, en la mía: ésa es la llamada.

Después de considerar el asunto en la oración y de asistir a unos días de retiro espiritual, el 19 de marzo de 1944 decidió responder que sí a la llamada del Señor y pidió la admisión en el Opus Dei, en una carta dirigida a san Josemaría Escrivá. Guadalupe tenía 27 años. Padre le pido como la mayor gracia que se me puede conceder, ser admitida en la Obra, ya que Dios en su gran bondad quiere que trabaje en ella con todas mis fuerzas, lo que prometo cumplir con la ayuda de Dios, y de la Virgen Santísima, y de San José a quien desde hoy considero como mi especial protector en el Cielo.

A partir de ese momento, intensificó su trato con Dios, viviendo su entrega sin ningún tipo de condiciones a los requerimientos divinos. Cumplía con amor sus ocupaciones y buscaba pasar ratos de oración junto al sagrario.

Primeros encargos

El Opus Dei estaba en sus primeros años y, entre las tareas que había que llevar a cabo, era importante atender la administración doméstica de las residencias de estudiantes que se estaban poniendo en marcha, en Madrid (Colegio Mayor Moncloa) y en Bilbao (Colegio Mayor Abando). Guadalupe se dedicó durante unos años a estas labores. Además realizó viajes a Zaragoza y Salamanca para dar a conocer la Obra a jóvenes que lo deseaban. Eran años de escasez y cartillas de racionamiento y, a estas dificultades exteriores, se sumaba su esfuerzo por aprender un trabajo para el que no tenía especial habilidad. No por eso menguó su pasión por la Química y, siempre que podía, continuaba estudiándola.

Durante el curso 1947-1948 fue la directora de la Residencia Universitaria Zurbarán. Conectaba fácilmente con las universitarias, que respondían con confianza a la paciencia y al cariño que les mostraba y al sentido del humor con que les ayudaba en su vida académica y personal.

Los años de México

El 5 de marzo de 1950, por invitación de san Josemaría Escrivá, se trasladó a vivir a México para colaborar en los inicios del Opus Dei en ese país, llevando el mensaje de la llamada universal a esas tierras. Se fue muy ilusionada con el trabajo que se haría en este país, bajo el amparo de la Virgen de Guadalupe. Se matriculó en el doctorado de Ciencias Químicas, que había empezado en España. Con quienes la acompañaron, puso en marcha una residencia universitaria. Su experiencia, su fe y su alegría fueron decisivas en la puesta en marcha de la Residencia Universitaria Copenhague, que pronto sería un foco activo desde el que se impulsaron diversas iniciativas de carácter académico, de formación cristiana y de asistencia a los más necesitados. Fomentaba en las residentes que tomaran en serio su estudio y les abría horizontes de servicio a la Iglesia y a la sociedad de la que formaban parte.

Guadalupe había aprendido de san Josemaría Escrivá que la única ambición, el único deseo del Opus Dei y de cada uno de sus hijos es servir a la Iglesia. Cuando llegó a México, visitó al cardenal primado Luis María Martínez y conoció a los obispos de Toluca y Tacámbaro, cuyas sobrinas vivieron en Copenhague; este último, Mons. Abraham Martínez encontró en Guadalupe y en las demás personas de la residencia una eficaz ayuda en la promoción de jóvenes de las zonas rurales de su diócesis que, en aquellos momentos, tenían escasas posibilidades de mejorar su nivel de instrucción.

Destacaba en Guadalupe su preocupación por los pobres y ancianos. Entre otras iniciativas, creó con una amiga -médico de profesión- un dispensario ambulante: iban casa por casa en los barrios más necesitados, pasando consulta a las personas que allí vivían y facilitándoles los medicamentos gratuitamente. Impulsó la formación cultural y profesional de campesinas, que vivían en zonas montañosas y aisladas del país y que muchas veces no contaban con la instrucción más básica. Apenas un año después de su llegada a México, Guadalupe escribió a san Josemaría Escrivá contándole la respuesta generosa de las personas de aquella tierra a la llamada de Dios: Se va conociendo la Obra de norte a sur, en tierras calientes y en tierras frías, y con qué alegría se recibe en todas partes. Padre, ¿verdad que no es ya precisa la fe para ver que es la Obra de Dios y que Él nos prepara los caminos?

Cuando en 1952 una familia amiga puso a disposición de las iniciativas apostólicas del Opus Dei la antigua hacienda colonial de Montefalco (Morelos), que estaba en ruinas al ser abandonada tras la Revolución de 1910, Guadalupe comenzó allí las primeras actividades, haciendo soñar a las que le acompañaban con la labor de promoción social y humana que se podría desarrollar con los habitantes de las poblaciones cercanas, una vez que se reconstruyera. Seis años después en aquella finca empezaba a funcionar una granja-escuela; más tarde una escuela de Telesecundaria, pionera en la zona. Con el paso del tiempo, además del bachillerato técnico, en Montefalco se imparten cursos de Magisterio y Secretariado, y se ofrecen programas de orientación familiar y capacitación de adultos, así como cursos de asesoramiento para empresas familiares.

Guadalupe tenía un gran corazón y un carácter resuelto, que procuraba dominar esforzándose por expresarse con delicadeza y suavidad. Su optimismo cristiano y su sonrisa habitual atraían, y esa alegría se expresaba muchas veces en canciones, aunque no cantase especialmente bien. Recuerda la historiadora Beatriz Gaytán: Siempre que pienso en ella oigo, a pesar del tiempo trascurrido, su risa. Guadalupe era una sonrisa permanente: acogedora, afable, sencilla. Durante los años que estuvo en México fue una de las impulsoras de Montefalco, que hoy es sede de un centro de convenciones y casa de retiros y de dos instituciones educativas: el Colegio Montefalco y la Escuela Rural El Peñón.

Enfermedad cardíaca

En 1956 se trasladó a Roma para colaborar más directamente con san Josemaría Escrivá en el gobierno del Opus Dei. Él mismo le comunicó la noticia. La anotación que Guadalupe hizo en su agenda, muestra con gran sencillez su alegría por hacer lo que veía que era el querer divino: Vi al Padre (el Fundador del Opus Dei) después de cinco años. Me dijo que me quedaba en Roma, que no volvía a México. Estupendo. Que Dios me ayude y sea útil. Sabía que era lo que la Obra -su familia de vínculos sobrenaturales-, le pedía en ese momento y lo afrontaba como el modo concreto de seguir la voluntad de Dios.

En ese año se desatan los primeros síntomas de una afección cardíaca y debe ser operada en Madrid. A pesar de la buena recuperación, su cardiopatía se hace más grave y debe regresar definitivamente a España.

Mientras Guadalupe esperaba el momento de la operación, no perdió su alegría y optimismo; quitaba importancia a la enfermedad y a la difícil intervención que se avecinaba. Agradecía los detalles de interés y afecto, a la vez que cumplía las indicaciones de los médicos sobre la medicación, el descanso o el régimen de vida.

En esos días se mostró más claro su abandono en las manos de Dios y buen humor como cuenta una persona que la visitó pocas horas antes de la operación: La última noche llevé a la persona que iba a acompañarla hasta la mañana siguiente, cuando sería la operación. Subí a verla y estaba llena de sondas y tubos, con los brazos abiertos, como en cruz. Me sonrió pero se dio cuenta de que yo me quedé algo impresionada al verla. Le pregunté, por decir algo: “¿qué quieres que te traiga mañana?” y, riéndose, como para quitarme la primera impresión, me contestó: “tráeme chocolate con churros”. En aquel momento, sin saber si iba a sobrevivir a la operación, supo hacer la vida agradable a las demás. Recuerdo que cuando la operación estaba aún reciente, se reía. Yo le decía: “Guadalupe, no te rías tanto, que van a saltar los puntos” y, en medio de más carcajadas, decía: “No te preocupes, me han cosido muy bien”.

Profesora

En Madrid reinicia su trabajo profesional como profesora de Química, primero en el Instituto Ramiro de Maeztu durante dos cursos (1962-63 y 1963-64). Este Instituto había sido creado en los años inmediatamente posteriores a la guerra civil española con un carácter emblemático, junto al Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En octubre de 1964 fue nombrada profesora adjunta de Ciencias en la Escuela Femenina de Maestría Industrial de Madrid. En marzo de 1968 gana unas oposiciones y toma posesión como profesora titular en la misma Escuela. En este centro educativo estuvo diez, del que llegó a ser subdirectora. La docencia, además de ayudarle a completar su formación profesional, le abría campos apostólicos, pues procuraba impregnar de sentido cristiano las enseñanzas que impartía.

Poseía un don especial para dar clase porque resultaba amena y sabía interesar e involucrar a los chicos en las explicaciones, que alternaba con prácticas bien seleccionadas. Conseguía así la difícil atención de los alumnos de los últimos años de bachillerato. Se trataba de un trabajo de enorme proyección apostólica que desde el primer momento le interesó -recordaba un sobrino suyo que también fue catedrático de Instituto-; le permitiría conocer una gran número de gente joven de los más distintos ámbitos profesionales del mundo laboral… Guadalupe estaba muy ilusionada con su Instituto: nos envió una foto donde aparecía rodeada de sus alumnas haciendo una práctica de peluquería en el laboratorio de Química.

Guadalupe se preocupaba de proporcionar a sus alumnas una formación humana, que iba más allá de la simple enseñanza de Química o Física. Carmen Molina, que luego trabajó en ese centro, recordaba muy bien los años de adolescencia en los que asistió a sus clases: Fue para mí una profesora especial a la que nunca he podido olvidar. A las alumnas nos trataba muy bien, con comprensión y afecto. Relata también que casi sin salirse del tema que explicaba, procuraba darles una formación completa: Recuerdo cómo, separándose de la pizarra llena de fórmulas químicas, hacía reflexiones profundas sin perder el hilo de la explicación. Nos hablaba de lo que se podía hacer con las combinaciones de diferentes elementos químicos y mostraba que todo era una manifestación impresionante de la diversidad de la creación. Nos hacía ver que todo aquello no podía proceder de una evolución simplemente mecánica y concluía: ¡Fijaos cómo hace Dios las cosas!

Su actividad docente se extiende hasta abril de 1975, poco antes de fallecer. Desde 1968 hace compatible su tarea con la participación en una experiencia innovadora: una escuela de Ciencias Domésticas, y también asesoró a otros centros de enseñanza, que pudieron beneficiarse de su experiencia. Uno de estos centros fue Senara, un colegio femenino situado en el barrio de Moratalaz de Madrid.

Atención a las personas necesitadas

Guadalupe enseñaba con naturalidad a preocuparse por los necesitados. En Madrid, durante las Navidades de 1959, movió los corazones de las amigas que trataba apostólicamente, y organizó un gran despliegue de caridad, para que muchas personas desfavorecidas recibieran el calor de esas fiestas. Así se lo contaba al Fundador del Opus Dei en una carta, con una referencia simpática a sus dolencias cardíacas: El día de Nochebuena conseguimos un donativo de bolsas con la cena y comida de Navidad bastante completa. Todas las familias de los dos barrios donde tenemos los dispensarios (Belmonte y Valdebebas) comieron ese día jamón, chorizo, turrones…, lo que comen los ricos. Las bolsas las llevamos casa por casa. Padre, estoy segura de que le hubiera gustado ver cómo colaboraba todo el mundo. Los chóferes de los camiones, los maridos de las señoras. Los chicos del barrio que nos llevaban las cajas llenas de bolsas. También llevamos algunas a los pobres del barrio de la Basílica de San Miguel. Cada día aquella gente está más asombrada. Ahí la mayoría eran viejecitas de casi 80 años (casi todas enfermas del corazón -lo que quiere decir que es una garantía de llegar a vieja-). Muchos lloraban al ver el cariño con el que las señoras les llevaban cosas.

Pero sus metas en la virtud de la caridad no eran sólo por unos días. En este relato aparece su afán apostólico para llegar a todos los ambientes. En una carta a san Josemaría Escrivá escribe: Padre, encomiende mucho toda la labor de cooperadores. Estamos tratando con mucha gente de todos los ambientes altos y hay mucho por hacer. También en los barrios pobres, donde tenemos los dispensarios y catequesis, vamos ayudando a la gente sencilla. Hoy precisamente fue la romería de un grupo de chicas que se reúnen los domingos por la mañana y se les da un círculo en Valdebebas (con obreras de 18 a 20 años) y se les ve cómo se acercan al Señor.

Afán apostólico

El deseo de que todos encuentren a Jesucristo y le sigan de cerca -fruto de su amor a Dios- fue una constante en la vida de Guadalupe. Así puso en práctica las enseñanzas del Fundador del Opus Dei cuando recordaba la llamada universal a la santidad: De cien almas nos interesan las cien.

Esta aspiración se manifestaba en sus cartas. En una escrita a san Josemaría Escrivá le dice: Padre, ya me conoce, si alguna pasión me domina es el apostolado. Creo que mi ilusión es cada día mayor, crece con los años. Siempre consideró su labor docente con visión apostólica. Su trabajo le permitió conocer a muchas jóvenes de los más distintos ámbitos.

Por su modo de ser -alegre, entusiasta y humilde- inspiraba fácilmente confianza y llegaba a una profunda amistad con todo tipo de personas, a las que ella procuraba acercar a Dios. Tenía capacidad de querer y de interesarse por los demás, sin acepción de personas. Trataba a todo tipo de gente. Sabía siempre escuchar, comprender, ser amable y bondadosa, lo mismo si era una campesina, que una universitaria o que una señora de clase social alta. Para todas tenía comprensión y afecto humano. A los pocos meses de su llegada a México, en julio y agosto, se incorporaron al Opus Dei las dos primeras mexicanas.

Ilusión profesional

Conservaba un ladrillo refractario que era el resultado de una investigación que después de años de trabajo, culminó en 1965 con una tesis doctoral calificada con sobresaliente cum laude. Obtuvo el Doctorado en Químicas con un estudio sobre Refractarios aislantes en cenizas de cascarilla de arroz, investigación galardonada con el Premio “Juan de la Cierva”.

La ilusión por el estudio que mostró desde muy joven recibió un estímulo: la luz sobrenatural de su vocación. ¡Es posible santificarse con ese trabajo! Del que hizo un auténtico servicio, como reflejan las palabras que dirigió al Fundador del Opus Dei: Padre, en estos folios va el resumen de muchas horas de trabajo. Hace unos momentos acaba de ser calificados “cum laude” y quiero apresuradamente ponerlo en sus manos, con todo lo que soy y tengo, para que sirva. Su hija Guadalupe. Ciudad Universitaria, 8-VII-65.

Desde sus primeros años en el Opus Dei, compaginó su dedicación generosa a las diversas tareas apostólicas que emprendió, con su labor docente y de investigación. Aprovechó resquicios de tiempo para seguir ampliando conocimientos en Química. Había obtenido la licenciatura en 1940, pero no dejó de estudiar. Sabía aprovechar minutos escasos de tiempo que quizá otras personas desperdician. Además tenía una gran capacidad de concentración que le permitía realizar el trabajo profesional con facilidad y de que el tiempo le cundiese. Si disponía de cinco minutos antes de empezar una actividad, abría el libro que siempre llevaba en la mano e inmediatamente estaba completamente inmersa en lo que estaba leyendo.

Desde 1956, cuando fue operada de una afección cardíaca, su salud empezó a mermar de modo patente. Incluso en esas circunstancias, desplegó gran capacidad de trabajo. Además de su dedicación a la docencia, durante unos años fue directora de un centro del Opus Dei, con todo lo que supone ocuparse de las personas que allí vivían. En 1960 comenzó a dirigir una de las labores apostólicas del Opus Dei en Madrid, la Escuela de Arte y Decoración Montelar. No regateó tiempo a nadie.

A partir de 1968 participa en la planificación y puesta en marcha del Centro de Estudios e Investigación de Ciencias Domésticas (CEICID), del que será subdirectora y profesora de Química de textiles. Para impartir la asignatura con rigor, Guadalupe tuvo que prepararse para darle contenido científico y, a la vez, una visión práctica, aplicada. Ella conocía la composición química de las telas, pero había que adecuar esos conocimientos teóricos al comportamiento de esos materiales cuando se manipulan. Y viajó a varias ciudades catalanas, para adquirir conocimientos directamente de profesionales de diferentes centros textiles. Luego, ella misma diseñó un método de reconocimiento de las fibras textiles con ayuda del microscopio. No era de esas personas que se detienen ante los problemas, sino que ponía sus energías e iniciativa para resolverlos.

Sin embargo, su actividad profesional no se limitó a la química y a la docencia, pues desarrolló una gran variedad de actividades laborales: se ocupó también de trabajos referentes a la puesta en marcha y dirección de residencias universitarias, centros de capacitación para la mujer, actividades educativas con métodos pedagógicos avanzados, atención de Administraciones domésticas de Centros del Opus Dei, tareas de gobierno y de formación a distintos niveles…

Quienes coincidieron con ella recuerdan que era más comprensiva que exigente con las personas, y que se veía que buscaba a Dios a lo largo del día: se sabía mirada por Él y por la Santísima Virgen, siempre que podía hacía breves visitas al Sagrario, para hablar a solas con Jesús sacramentado, a la vez que pensaba en sus alumnos al preparar con rigor y dedicación las clases. Tenía muchas amistades, a las que dedicaba tiempo y sus mejores energías sin descuidar a quienes convivían con ella, a las que atendía con mucho cariño.

Vida de oración

Guadalupe fue un “alma contemplativa” en medio del mundo, tal como deseaba san Josemaría Escrivá para todas sus hijas e hijos en el Opus Dei. Su vida ayuda a entender que la llamada a la santidad es universal y que todos los bautizados pueden ser santos, si son fieles a las gracias que Dios no niega a los que están dispuestos a recibirlas.

La acción de la gracia de Dios en Guadalupe encontró una correspondencia generosa. La hondura de su oración fue creciendo de día en día. Su deseo lo escribió en su agenda: Profundizar en el silencio hasta llegar hasta donde solo está Dios. Donde ni los ángeles, sin permiso nuestro pueden entrar. Y, allí, adorar a Dios y alabarle, y decirle cosas tiernas.

La fortaleza con que realizaba el trabajo y llevaba la responsabilidad que recaía sobre sus espaldas en el desarrollo de nuevas labores era notaria. Ella era humilde y sencilla sin alardes y sabía tratar igual a las señoras de más alcurnia y a las campesinas. Era un don que Dios le dio. Pero el hilo conductor de toda su vida y de su actuar era su profundo amor a Dios. Su vida interior era manifiesta en sus obras. Supo meterse en el corazón de las personas que trataba para llevarlo a Dios.

Tenía una preocupación tan grande por todas las que empezaban a asistir a los medios de formación que ella impartía en los Centros de la Obra. Las asistentes se sentían verdaderamente queridas y se daban cuenta de que su preocupación por cada una era tan grande que, por escucharlas y tratar de ayudarlas, no pensaba para nada en ella. Sabía tratar a toda la gente con gran delicadeza. No se recuerda haberla visto de mal humor o impaciente. Era muy serena, fruto de su visión sobrenatural: tenía mucha fe y una gran confianza en Dios.

En Guadalupe, la correspondencia a la gracia creció continuamente, de manera que la gente que la conoció fue consciente de su cercanía a Dios. Notaron que su cercanía humana, por la que se mostraba siempre sonriente y sencilla, era un reflejo de su presencia de Dios; realmente sus obras manifestaron que la gracia del Señor estaba con ella. La fuerza que la impulsaba al apostolado no era suya, sino que venía de lo alto, y Guadalupe fue un instrumento en el que la naturalidad de su vida fue reflejo de lo sobrenatural.

Amor a la Virgen María

La vida de Guadalupe está comprendida entre dos fiestas de la Virgen María: 12 de diciembre -Nuestra Señora de Guadalupe- y 16 de julio -Virgen del Carmen-; y se puede decir que fue mariana. El amor a Santa María fue una constante en la vida de Guadalupe. Había aprendido del Fundador del Opus Dei a amar a todas las advocaciones de Nuestra Señora y, siguiendo su ejemplo, acudía siempre que podía a visitarla en distintos santuarios y ermitas. A los pocos días de llegar a México, el 9 de marzo de 1950, Guadalupe envió una carta a san Josemaría Escrivá: Padre, nada más llegar fuimos a ponernos bajo la protección de la Virgen de Guadalupe en su Basílica. Estuvimos allí una media hora. ¡Qué pronto se me pasó! Había que pedir tanto. Yo creo que nos oyó.

Son muchos los testimonios sobre ese cariño a Nuestra Señora. Dice Encarnita Ortega: Tenía una gran devoción a la Virgen, de un modo especial bajo la advocación de Guadalupe. Cuando estaba en México iba frecuentemente a la Villa a contar a la Virgen sus preocupaciones y a hacerla partícipe de sus alegrías.

Sabía poner en manos de Santa María todas sus inquietudes, y acudía para todo a su intercesión. Su gran cariño a la Virgen era muy notorio. Demostraba su devoción a la Virgen con el rezo pausado del Rosario, del Ángelus; jaculatorias durante la jornada; el “Acordaos” encomendando a la persona que más lo necesitara; y tres Avemarías por la noche pidiendo la santa pureza, En mayo visitaba algunos santuarios marianos, mostrándole su cariño iba a decirle que la quería, que le ayudara en su trabajo y en toda la labor apostólica que tenía confiada.

Ya ingresada en la Clínica de la Universidad de Navarra, poco antes de fallecer, un día que le dijeron que podía hacer un paseo más largo, quiso ir a la ermita de Nuestra Señora del Amor Hermoso del campus universitario. Aquella era la visita más deseada desde que los médicos la encerraron en su habitación. Se arregló elegantemente, y pasó a los pies de la Virgen un buen rato rezando el Rosario. Después, con pausa, recitó la Salve .

Hospitalizada en Pamplona

A pesar de su enfermedad cardíaca, Guadalupe no se quejaba y procuraba que no se notase el cansancio que le producía caminar, subir escaleras, etc. Se esforzaba por escuchar con interés a los demás y quería pasar inadvertida, buscando centrar la conversación en los otros. En 1975, los médicos deciden que la mejor opción es operarla y deja su casa en Madrid para ingresar en la Clínica Universitaria de Navarra.

Durante la última estancia de Guadalupe en la Clínica Universitaria de Navarra, los médicos la sometieron a muchas pruebas, y como siempre reaccionó sin quejarse y alegremente, pensando en los demás. Un día tuvo que tomar una medicina de sabor muy desagradable, le advirtieron que algunos enfermos solían esconderla y luego tirarla. Ella la ingirió sin hacer un gesto, diciendo: voy a ser honrada. Luego le salió la vena de investigadora y añadió: tendré que estudiar alguna forma de encapsulación o de disimular el mal sabor porque, verdaderamente, no es agradable.

Durante esos días fueron a visitarla muchas amigas, y quedó agotada. Dos conocidas suyas, al saber que estaba en la Clínica -habían acompañado a sus maridos a un Congreso de Cardiología en la Facultad de Medicina- se acercaron a verla. Le contaron sus vidas, tragedias, dolores y, en fin, de todo. Al irse, como de casualidad, preguntaron: Oye, y tú ¿qué haces aquí? Ella respondió, sin darle importancia, que se iba a operar de corazón.

Encima de su mesilla de noche tenía una caja de cerámica con bombones y caramelos, que le habían regalado, y cuando las limpiadoras llegaban para arreglarle la habitación, no permitía que empezaran su trabajo sin haber tomado uno, por lo menos. Luego conversaba con ellas sobre sus cosas, y al finalizar agradecía el servicio prestado.

En esos días fue atendida, entre otras, por una enfermera muy joven, que estaba haciendo el primer año de especialidad en cardiología- se encontraba, por tanto, en sus primeras experiencias profesionales- y comentó: En mi corta experiencia en la profesión de enfermería, apenas había atendido a nadie que estuviera a punto de morir; pero no me parece que fuera ésta la razón por la que aquella paciente me llamó tanto la atención. Había algo más. Guadalupe era distinta a los demás enfermos. Por la dificultad que tenía para respirar, apenas dormía ni podía realizar esfuerzos; no obstante, en ningún momento le oí quejarse ni hacer el más mínimo comentario sobre lo que, lógicamente, le tenía que costar aquella situación. Yo no salía de mi asombro, ni sabía qué pensar. Distinguía perfectamente entre una persona fuerte, que aguanta la enfermedad, y ella, que lo que hacía era aceptarla de aquel modo tan extraordinariamente sereno.

Otra de las que la acompañó en la Clínica hasta el final escribió de ella: me impresionaba cómo enfocaba la muerte. Estaba convencida de que no iba a salir de la operación y le ilusionaba tremendamente pensar que Dios se la podía llevar. Me decía: estoy en las manos de Dios; si quiere que me ponga buena, también me dará mucha alegría seguir viviendo para servir a la Obra. Pero a mí me alegraría mucho ver a Dios, estar con Él. ¡Cuánto le atraía la posibilidad de ir al Cielo!

Muerte santa

El 1 de julio es operada. Pocos días antes, el 26 de junio, había fallecido en Roma el Fundador del Opus Dei. Guadalupe recibió la noticia con gran dolor pero con la paz y la alegría de saber que ya gozaba de Dios. Ella misma, a los pocos días, iba a enfrentar su propia muerte con esa serenidad. Aunque el resultado de la operación fue satisfactorio, cuando estaba recuperándose sufrió una repentina insuficiencia respiratoria.

En sus últimos momentos tenía en sus manos la estampa de la Patrona de América y una de las personas que la acompañaban le dijo: Guadalupe, ahora va a venir la Virgen a cogerte de la mano para llevarte al cielo como tú siempre querías. Le dieron a besar el crucifijo y esa estampa y dejó de respirar. Eran las seis y media de la madrugada y despuntaba la aurora del día 16 de julio de 1975, fiesta de la Virgen del Carmen. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de Pamplona. El 5 de octubre de 2018 se trasladaron sus restos a la iglesia madrileña de Caballero de Gracia, donde reposan esperando la resurrección de los muertos.

Proceso de beatificación

Guadalupe murió con fama de santidad. Vivió sólo 58 años. Su vida es un ejemplo atractivo de cómo encontrar y ayudar a muchas personas a buscar la plenitud de vida cristianas en las circunstancias ordinarias. La oración, la ilusión profesional en el trabajo científico y docente, la caridad generosa, la fortaleza y la alegría en la salud y en la enfermedad han sido su camino para llegar al encuentro definitivo con Dios. Guadalupe confirmó con su muerte santa que el Opus Dei fue para ella alegría para vivir y alegría para morir

El 18 de noviembre de 2001 el cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, a instancias del Opus Dei, y después de haber considerado atentamente toda la vida, las virtudes y la fama de santidad de Guadalupe, decreta la Introducción de su Causa de Canonización y nombra los delegados que tienen que ocuparse de reunir todas las pruebas que necesita la Congregación para las Causas de los Santos. Este proceso diocesano se clausuró el 18 de marzo de 2005.

Desde que monseñor Rouco, publicó el Decreto de Introducción de la Causa los jueces valoraron la conveniencia de recoger en México los testimonios sobre su vida y virtudes durante su etapa mexicana. Con la autorización del cardenal arzobispo de México, el Juez delegado del arzobispo de Madrid, recibió las declaraciones procesales de los testigos mexicanos. El acto inaugural tuvo lugar en el Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresa (IPADE), y comenzó con unas palabras del Postulador de la Causa, que explicó cómo Guadalupe conoció el Opus Dei en 1944, directamente del Fundador, y cómo su generosidad la llevó a ser fiel a esa llamada hasta el final de su vida. Señaló también que Guadalupe cumplió siempre el querer de Dios, y buena prueba de ello fue su constante y contagiosa alegría y el incesante trabajo que realizó hasta el límite de sus fuerzas; esta perseverancia en las cosas ordinarias, incluso en las más pequeñas, constituye el núcleo de la virtud heroica.

El día 4 del mes de mayo del año del Señor 2017, en Roma se da a conocer el Decreto sobre las virtudes de la sierva de Dios Guadalupe Ortiz de Landázuri. En dicho decreto se dice: Sobresalen en Guadalupe la alegría contagiosa, la fortaleza para afrontar las adversidades, el optimismo cristiano en circunstancias difíciles y su entrega a los demás. Su fe teologal relucía sobre todo en el amor a la Santísima Eucaristía y en la alegre aceptación a la voluntad de Dios. Cultivaba la esperanza, acrisolada con el correr de los años. Vivió de modo heroico la caridad con Dios y con el prójimo. Realizaba sus prácticas de piedad con gran devoción y frecuentemente rezaba ante el Sagrario. Impulsada por la gracia divina, llegó a una armoniosa unidad de vida y ofrecía a Dios las diversas tareas de su vida diaria. Se dirigía a la Santísima Virgen María con gran afecto, sobre todo en su advocación de Nuestra Señora de Guadalupe.

Se mostraba solícita con las necesidades de los demás. Se comportaba con idéntica delicadeza y amabilidad con las jóvenes universitarias, con las campesinas, con las alumnas de las escuelas en las que enseñó y con sus amigas.

Siempre estuvo preparada para ser útil a los demás y para obedecer. Estaba dotada de muchas cualidades humanas y profesionales, pero nunca se jactaba; al contrario, estaba dispuesta a servir a los demás y escogía para sí los trabajos más humildes. Vivió con gran sobriedad y aceptó con alegría las privaciones que con frecuencia pasaba cuando empezaba la actividad apostólica en alguna ciudad. Cumplía con tenacidad y perfección los encargos que se le encomendaban y empleaba sus ratos libres en ocupaciones provechosas, mostrándose afable y dispuesta para servir a otros. Cuando enfermó, se esforzó perseverantemente en seguir realizando sus tareas.

El 8 de julio de 2018, el papa Francisco autorizó a la Congregación para las Causas de los Santos la publicación sobre el milagro atribuido a la intercesión de Guadalupe. Y el 18 de mayo de 2019 fue beatificada en Madrid.

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