Homilía del sexto domingo de Pascua. Ciclo C


Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables (Hch 15, 28). Por una controversia surgida en el seno de la Iglesia primitiva, en tiempos apostólicos, tuvo lugar el concilio de Jerusalén. El tema controvertido era el de la circuncisión de los gentiles que se convertían al cristianismo. Unos que bajaban de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circundaban como manda la ley de Moisés, no podían salvarse (Hch 15, 1). Los apóstoles zanjan la cuestión: no es necesaria la circuncisión. Para el cristiano está el sacramento del Bautismo.

En la vida de la Iglesia se han planteado con frecuencia cuestiones controvertidas, ya sean dogmáticas, morales, litúrgicas; algunas veces, a propósito de cuestiones opinables en las cuales la Iglesia deja libertad para que cada uno defienda su punto de vista; pero en otros casos, la Iglesia se ha pronunciado en un sentido preciso, de manera que ya no es posible disentir.

El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado únicamente al Magisterio de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo (Concilio Vaticano II, Constitución Dei Verbum).

La expresión: “Roma ha hablado”, indica que el Papa ha dicho ya la última palabra sobre un asunto debatido. Significativa es esta anécdota: En el Concilio de Calcedonia se impuso la doctrina sobre las dos naturalezas de Cristo y se condenó el monofisismo. Se leyó la carta de san León Magno a Flaviano, donde se rebatían los errores monofisitas y los asistentes proclamaron: Creemos lo que han creído nuestros Padres. Ésta es la fe de los Apóstoles. ¡Pedro ha hablado por boca de León!

Recordemos algunas cuestiones debatidas zanjadas por Roma. Sobre el control de la natalidad, el beato Pablo VI dijo: Hay que excluir absolutamente, como medio lícito de regulación de los nacimientos, la interrupción directa del proceso generador ya iniciado y, sobre todo, el aborto directamente querido y procurado, aunque sea por razones terapéuticas. Se excluye igualmente toda acción que, en previsión del acto conyugal, o en su realización o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio hacer imposible la procreación.

Sobre el aborto, san Juan Pablo II definió: Con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos, declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave. Y sobre el sacerdocio femenino: En virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia.

Es necesario tener la fe de la Iglesia para salvarse, para alcanzar el Cielo, de ese Cielo del cual san Juan escribió en el Apocalipsis: El ángel me llevó en espíritu a un monte de gran altura y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo de parte de Dios, reflejando la gloria de Dios (Ap 21, 10-11). La ciudad santa es el cielo, la morada de Dios con los hombres: Habitará con ellos y ellos serán su pueblo, y Dios, habitando realmente en medio de ellos, será su Dios (Ap 21, 3). En la Gloria seremos eternamente felices, gozando de la visión beatífica. La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero. En el Cielo se realizarán las aspiraciones más profundas del hombre. Allí el hombre habrá alcanzado el estado supremo y definitivo de felicidad. La bienaventuranza eterna es el fin último del hombre. El Cielo consiste en una perfecta comunión de vida y de amor con Dios, con la Virgen María, los ángeles y los santos.

La vida humana tiene un destino que no se identifica con la oscuridad de la muerte. Hay una patria futura para todos nosotros, la casa del Padre, a la que llamamos Cielo. En el arco de la Revelación sabemos que el “cielo” o la “bienaventuranza” en la que nos encontraremos no es una abstracción, ni tampoco un lugar físico entre las nubes, sino una relación viva y personal con la Santísima Trinidad. Es el encuentro con el Padre, que se realiza en Cristo resucitado gracias a la comunión del Espíritu Santo.

Estamos llamados, permaneciendo en la tierra, a mirar fijamente al Cielo, a orientar la atención, el pensamiento y el corazón hacia el misterio inefable de Dios. Estamos llamados a mirar hacia la realidad divina, a la que el hombre está orientado desde la creación. En ella se encierra el sentido definitivo de nuestra vida.

¿Cómo podremos entender el Cielo? Por mucho que profundicemos, nunca llegaremos a explicar este misterio. Pero pensemos que Dios todopoderoso nos tiene preparado todo su Amor. En el Cielo sólo hay bienes, cosas buenas, sin mezcla de mal alguno. Todo será maravilloso, grandioso. Y sin peligro de aburrimiento o de acostumbramiento a tanta belleza. Pero sobre todo, es el reino del Amor. Allí todos nos sentiremos amados por Dios, por la Virgen, por los Ángeles y por los Santos.

Para el que ama a Dios, ya la tierra es un anticipo del Cielo. San Juan de la Cruz dice: La fe nos da y comunica al mismo Dios, y Cuánto más fe el alma tiene, más unida está con Dios. Y santo Tomás de Aquino afirma que la fe es inchoatio visionis, el comienzo -todavía oscuro ¡qué duda cabe!- de la visión beatífica de Dios. Porque así como ésta nos unirá completamente con Dios, así la fe nos une ya con Él. Por eso, no hay diferencia esencial entre la fe y la visión; ambas nos unen con Dios; la fe, todavía en la oscuridad del camino terreno; la visión, en la claridad de la luz que no tendrá atardecer.

Dijo Jesús a sus discípulos: “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él (Jn 14, 23). Estas palabras las pronunció Jesucristo antes de su partida. A continuación promete el envío del Espíritu Santo y nos da su paz: La paz os dejo, mi paz os doy: No como os la da el mundo (Jn 14, 27). La paz que da el mundo puede ser superficial y aparente, compatible con la injusticia. A veces es una paz basada en un equilibrio de fuerzas, frágil e inestable. Sin embargo, la paz de Cristo es sobre todo reconciliación con Dios y entre los hombres, y es uno de los frutos del Espíritu Santo.

Bien explicó san Juan Pablo II estos dos tipos de paz: Aquella que los hombres son capaces de construir por sí mismos y la que es un don de Dios. La primera es frágil e insegura, porque se funda en el miedo y la desconfianza. La segunda, en cambio, es una paz fuerte y duradera, porque fundándose en la justicia y en el amor, penetra en el corazón. (…) Cuando el hombre olvida su destino eterno y el horizonte de su vida se limita a la existencia terrena, se contenta con una paz ficticia, con una tranquilidad sólo exterior a la que pide la salvaguardia del máximo bienestar material que puede alcanzarse con el mínimo de esfuerzo. De este modo, construye una paz imperfecta e inestable, pues no está radicada en la dignidad de la persona humana, hecha a imagen y semejanza de Dios y llamada a la filiación divina. Vosotros jamás tenéis que contentaros con estos sucedáneos de paz; sería un grave error, cuyo fruto produciría la más amarga de las desilusiones (Discurso 24.III.1986).

Hablando de la paz, dijo el papa Francisco: “¡Paz a vosotros!”. No es un saludo ni una sencilla felicitación: es un don; más aún, el don precioso que Cristo ofrece a sus discípulos después de haber pasado a través de la muerte y los infiernos. Da la paz, como había prometido (…). Esta paz es el fruto de la victoria del amor de Dios sobre el mal, es el fruto del perdón. Y es justamente así: la verdadera paz, la paz profunda, viene de tener experiencia de la misericordia de Dios. ¡Tengamos nosotros más valor para testimoniar la fe en el Cristo Resucitado! ¡No debemos temer ser cristianos y vivir como cristianos! Debemos tener esta valentía de ir y anunciar a Cristo Resucitado, porque Él es nuestra paz, Él ha hecho la paz con su amor, con su perdçon, con su sangre, con su misericordia.

Si la paz es anhelo de todas las personas de buena voluntad, para los discípulos de Cristo es mandato permanente que compromete a todos; es misión exigente que los impulsa a anunciar y testimoniar “el evangelio de la paz”, proclamando que el reconocimiento de la plena verdad de Dios es condición previa e indispensable para la consolidación de la verdad de la paz. Ojalá que esta conciencia aumente cada vez más, de forma que cada comunidad cristiana se transforme en “fermento” de una humanidad renovada en el amor. San Josemaría Escrivá decía que debemos ser sembradores de paz y alegría.

En el mismo día de su Resurrección, Cristo se apareció a los apóstoles. Estos estaban en el cenáculo con las puertas cerradas. Y el saludo del Señor fue: La paz esté con vosotros (Jn 20, 19). Cristo resucitado nos da la paz y la reconciliación como su primer don. Dios, paz eterna, ha dado la paz al mundo a través de Cristo, Príncipe de la paz. La paz ha sido derramada en nuestros corazones y en ellos está esparcida más profundamente que todas las inquietudes de nuestras mentes, más que todos los tormentos de nuestros corazones. Que el Dios de la paz dirija nuestras mentes y nuestros corazones. Que Dios nos dé su paz, no como una posesión para retener, sino como un tesoro que poseemos sólo cuando lo compartimos con los demás.

Al final de las Letanías lauretanas invocamos a Santa María como Regina pacis, Reina de la paz. Con su ayuda maternal deseamos comprometernos a trabajar solícitamente en la “obra” de la paz, tras las huellas de Cristo, Príncipe de la paz. Siguiendo el ejemplo de la Virgen Santísima, queremos dejarnos guiar siempre y sólo por Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre.

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