Homilía de la Solemnidad de Pentecostés. Ciclo C


Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse (Hch 2, 1-4). Cristo resucitado, en una de sus apariciones a sus discípulos, les dijo: Seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días (Hch 1, 5).

Los Apóstoles después ver a Jesús subir al Cielo regresaron a Jerusalén, y en el cenáculo perseverando unánimemente en la oración, junto con algunas mujeres y con María la Madre de Jesús y sus hermanos (Hch 1, 14) esperaron el cumplimiento de la promesa del Señor. Y en el día en que los judíos celebraba el final de la cosecha y la acción de gracias a Dios por ella, y en el que también conmemoraban la promulgación de la Ley dada por Dios a Moisés en el Sinaí, el Espíritu Santo, en forma de lenguas de fuego, descendió sobre los reunidos en el cenáculo.

En el fuego se encuentra el simbolismo de la acción del Espíritu Santo, que al iluminar las inteligencias de los discípulos, les hace entender las enseñanzas de Jesús; al inflamar de amor sus corazones, elimina sus temores y les mueve a predicar a Cristo con valentía. Gracias al Espíritu Santo, ellos comprenden “toda la verdad”, esto es: que la muerte de Jesús no es su derrota, sino la expresión extrema del amor de Dios. Amor que en la Resurrección vence a la muerte y exalta a Jesús como el Viviente, el Señor, el Redentor del hombre, el Señor de la historia y del mundo. Y esta realidad, de la cual ellos son testigos, se convierte en Buena Noticia que se debe anunciar a todos (Papa Francisco).

Vemos la transformación obrada por el Espíritu Santo en los Apóstoles. Descendiendo sobre ellos les hace salir de la sala en la que estaban cerrados por el miedo, los hace salir de sí mismos, y los convierte en anunciadores del Evangelio. Por ser Pentecostés una de las tres grandes fiestas judías, muchos israelitas habían peregrinado a la Jerusalén para adorar a Dios en el Templo. Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo (Hch 2, 5). Al ser el viento y el ruido venido del cielo tan intensos atrajeron a mucha gente hacia el lugar donde estaban los discípulos del Señor. Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua (Hch 2, 6). San Lucas cita las diversas procedencias de los que acudieron a oír a los Apóstoles. Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios” (Hch 2, 9-11).

En Pentecostés ocurrió lo contrario que en Babel. Los Santos Padres señalan el contraste entre la confusión de las lenguas que se dio en Babel -castigo divino por el orgullo y la arrogancia de los hombres, que querían construir, con sus propias fuerzas, sin Dios, una ciudad y una torre cuya cúspide llegara al cielo (Gn 11, 4)- y la superación de dicha confusión, por la gracia del Espíritu Santo, el día de Pentecostés. Estupefactos y admirados decían: “¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? (Hch 2, 7-8). Gente de diversas razas e idiomas escuchan y entienden las palabras que les dirigen los Apóstoles como si fueran dichas en su propia lengua. Y ocurrió esto porque con sus palabras les anunciaban un nuevo idioma, el del amor que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones; un lenguaje que todos puedan entender y que, acogido, se puede expresar en la vida y en todas las culturas (Papa Francisco).

Los cristianos, al realizar nuestra actividad apostólica, necesitamos y pedimos al Espíritu Santo este don para que sepamos expresarnos de manera que aquellos a quienes se dirige nuestro apostolado nos entiendan; para que sepamos adecuar nuestra exposición a la mentalidad y capacidad del que escucha y podamos así transmitir fielmente a nuestros oyentes la verdad de Cristo. Cuando Albino Luciani -futuro Juan Pablo I- era seminarista y en los períodos de vacaciones ayudaba en la parroquia de su pueblo, aprendió a hablar con sencillez. El párroco, don Filippo Carli, que fue la persona que más influyó en su vida en aquella época, le decía: Albino, cuando hables desde el púlpito, piensa siempre en la viejecita más inculta. Te debe entender ella también.

El Espíritu Santo descendió sobre los discípulos para permanecer eternamente con ellos. Lo prometió Nuestro Señor: Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre (Jn 14, 16). Como el día de Pentecostés, el Espíritu Santo es derramado continuamente también hoy sobre la Iglesia y sobre cada uno de nosotros para que salgamos de nuestras mediocridades y de nuestras cerrazones y comuniquemos a todo el mundo el amor misericordioso del Señor. Abramos, pues, nuestros corazones al poder del Espíritu de Cristo y a la riqueza de sus dones. Pero, ¿qué es este “poder” del Espíritu Santo? Es el poder de la vida de Dios. Es el poder del mismo Espíritu que se cernía sobre las aguas en el alba de la creación y que, en la plenitud de los tiempos, levantó a Jesús de la muerte. Es el poder que nos conduce, a nosotros y a nuestro mundo, hacia la llegada del Reino de Dios (Benedicto XVI).

Este “poder” fortalece la fe y la vida sobrenatural recibida en el Bautismo; concede la ayuda necesaria para no dejarse arrastrar por las tentaciones o por un ambiente contrario a la fe y a la moral de Jesucristo; introduce más profundamente la filiación divina; une más fuertemente con Cristo y hace más perfecto el vínculo con su Iglesia; en fin, fortalece en el alma con los dones del Espíritu Santo.

La fuerza del Espíritu Santo jamás cesa de llenar de vida a la Iglesia. A través de la gracia de los Sacramentos de la Iglesia, esta fuerza fluye también en nuestro interior, como un río subterráneo que nutre el espíritu y nos atrae cada vez más cerca de la fuente de nuestra verdadera vida, que es Cristo (Benedicto XVI). San Ignacio de Antioquía describió la fuerza del Espíritu Santo como una fuente de agua viva que surge en su corazón y susurra: Ven, ven al Padre.

Como fuente de nuestra vida nueva en Cristo, el Espíritu Santo es también el alma de la Iglesia, el amor que nos une al Señor y entre nosotros y la luz que abre nuestros ojos para ver las maravillas de la gracia de Dios que nos rodean. En el mismo día Pentecostés la Iglesia se manifestó públicamente delante de la multitud, empezó la difusión del Evangelio entre las gentes por la predicación, y quedó presignificada la unión de los pueblos en la catolicidad de la fe, por la Iglesia de la Nueva Alianza, que habla todas las lenguas, entiende y abraza todas las lenguas en la caridad y supera de esta forma la dispersión de Babel (Concilio Vaticano II, Decreto Ad gentes, n. 4).

La Iglesia está asistida por el Espíritu Santo. Él da la vida, suscita los diferentes carismas que enriquecen al Pueblo de Dios y, sobre todo, crea la unidad entre los creyentes: de muchos, hace un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo. Toda la vida y la misión de la Iglesia dependen del Espíritu Santo; Él realiza todas las cosas. Está prometido por Jesucristo: El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho (Jn 14, 26). San Juan Pablo II comentaba este versículo así: Cristo no ha dejado a sus seguidores sin guía en la tarea de comprender y vivir el Evangelio. Antes de volver a su Padre prometió enviar su Espíritu Santo a la Iglesia. (…) Este mismo Espíritu guía a los sucesores de los Apóstoles, vuestros Obispos unidos al Obispo de Roma, a quien se le encargó mantener la fe y “predicar el Evangelio a toda criatura” (Mc 16, 15). Escuchad su voz, pues os transmiten la palabra del Señor (San Juan Pablo II, Homilía 30.IX.1979).

El Padre y el Hijo envían al Espíritu Santo a nuestras almas, para que seamos hijos de Dios y corredentores con Cristo, para que participemos continuamente de la vida divina (Javier Echevarría, Carta 14.II.1997, n. 12). El Espíritu Santo nos enseña que, aunque avancen los años, podemos conservar la juventud espiritual. Nuestro testimonio cristiano debe ser siempre joven. Un verdadero testigo de Cristo no envejece nunca. En efecto, Cristo no envejece nunca, es el mismo ayer, hoy y siempre (Hb 13, 8). Él nos da al Espíritu Santo, que nos rejuvenece espiritualmente y mantiene a la Iglesia en una permanente juventud.

El Espíritu Santo -fuente inagotable de la vida de Dios en nosotros- habita en el alma en gracia y actúa en las personas haciéndolas capaces de recibir a Dios: Capax Dei, dicen los Santos Padres. Además nos introduce en la vida divina como “hijos en el Hijo Unigénito”, participando en la vida de Cristo, Hijo de Dios por naturaleza. Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios (Rm 8, 14-16).

Éste es el don precioso que el Espíritu Santo lleva a nuestro corazones: la vida misma de Dios, vida de verdaderos hijos, una relación de confidencia, de libertad y de confianza en el amor y en la misericordia de Dios Al ser nosotros, por adopción, verdaderamente hijos de Dios, tenemos -por decirlo así- un derecho a participar también en su herencia: la vida gloriosa en el Cielo. Somos, pues, herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados (Rm 8, 17).

Pongamos bajo la acción del Espíritu Santo nuestra vida de cristianos y la misión, que todos recibimos en virtud del Bautismo, para volver a encontrar la valentía apostólica necesaria para superar fáciles comodidades mundanas; para afianzar nuestra relación con la Iglesia; y para que nos conceda una fuerza especial para defender la fe y confesar el nombre de Cristo.

La Virgen María nos enseña el significado de vivir en el Espíritu Santo y qué significa acoger la novedad de Dios en nuestra vida. Ella concibió a Jesús por obra del Espíritu, y cada cristiano, cada uno de nosotros, está llamado a acoger la Palabra de Dios, a acoger a Jesús dentro de sí y llevarlo luego a todos. María invocó al Espíritu con los Apóstoles en el Cenáculo: también nosotros, cada vez aque nos reunimos en oración estamos sostenidos por la presencia espiritual de la Madre de Jesús, para recibir el don del Espíritu y tener la fuerza de testimoniar a Jesús resucitado. Que María nos ayude a estar atentos a lo que el Señor nos pide, y a vivir y caminar siempre según el Espíritu Santo (Papa Francisco).

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