Homilía de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Ciclo C


Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: “Éste es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en conmemoración mía”. Y de la misma manera, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: “Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces lo bebáis, hacedlo en conmemoración mía”. Pues cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga (1 Co 11, 23-26). Este texto de san Pablo está incluido en la liturgia de la Palabra de la misa de la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Y es una clara manifestación de la fe en el misterio de la Eucaristía que, desde los inicios de la Iglesia, viven los primeros cristianos.

San Pablo escribe estas palabras hacia el año 57 -unos veintisiete años después de la institución de la Eucaristía-, recordando a los corintios lo que les había enseñado unos años antes, cuando hacia el año 51 estuvo por primera vez en Corinto. El Apóstol de los gentiles dice: Recibí del Señor, que puede expresarse: Recibí por la Tradición que se remonta hasta el mismo Cristo. También nosotros, refiriéndonos a las enseñanzas de la Iglesia, podemos decir que las recibimos de Cristo, porque Jesucristo instituyó en la Iglesia un magisterio vivo y auténtico, investido de su propia autoridad, y quiso que las enseñanzas doctrinales de este magisterio fuesen recibidas como las suyas propias.

Este relato paulino de la institución de la Eucaristía es uno de los cuatro que aparecen en el Nuevo Testamento. Los otros tres están en los evangelios sinópticos. El texto contiene los puntos fundamentales de la fe cristiana sobre el misterio eucarístico: 1) Institución de este Sacramento por Jesucristo y presencia real del Señor. 2) Institución del sacerdocio cristiano. 3) La Eucaristía, Sacrificio del Nuevo Testamento o Santa Misa.

Es certeza para los cristianos: el pan se convierte en carne, y el vino en sangre, se proclama en la secuencia de la misa del Corpus Christi. Esta fiesta de la Eucaristía nació con la finalidad precisa de reafirmar abiertamente la fe del pueblo de Dios en Jesucristo vivo y realmente presente en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Además se nos invita a adorar, alabar y dar públicamente las gracias al Señor, que en el sacramento eucarístico Jesús sigue amándonos hasta el extremo (Jn 13, 1), hasta el don de su cuerpo y de su sangre.

El sacerdocio ministerial ha nacido en el cenáculo junto con la Eucaristía. Jesucristo, al instituir la Eucaristía, mandó que se repitiera hasta el fin de los tiempos instituyendo así el sacerdocio. Nuestro Señor en la Última Cena ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y de vino, y bajo los símbolos de esas mismas cosas los entregó, para que lo tomaran, a sus Apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento, y a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio les mandó -con las palabras: “Haced esto en conmemoración mía”- que lo ofrecieran. Así lo entendió y enseñó siempre la Iglesia (Concilio de Trento). De ahí que sea la Eucaristía la principal y central razón de ser del Sacramento del sacerdocio nacido efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía y a la vez que ella (San Juan Pablo II).

Cuando Jesucristo manda a sus Apóstoles haced esto en conmemoración mía, no se trata de recordar meramente su cena, sino de renovar su propio sacrificio pascual del calvario, que ya está anticipadamente presente en la Última Cena. La Misa no es una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino un Sacrificio propio y verdadero por el que el Sumo Sacerdote, mediante su inmolación incruenta, repite lo que una vez hizo en la Cruz, ofreciéndose enteramente al Padre como víctima gratísima. Una sola e idéntica es la Víctima; y el que ahora se ofrece por ministerio de los sacerdotes, es el mismo que entonces se ofreció a Sí mismo en la Cruz, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse (Concilio de Trento).

El pasaje del Antiguo Testamento de la misa del Corpus Christi es el encuentro de Abrahán con Melquisedec. Entonces Melquisedec, rey de Salem, presentó pan y vino, pues era sacerdote del Dios Altísimo, y le bendijo diciendo: “¡Bendito sea Abrán del Dios Altísimo, creador de cielos y tierra, (20) y bendito sea el Dios Altísimo, que entregó a tus enemigos en tus manos!” Y le dio Abrán el diezmo de todo (Gn 14, 18-20). En Salem se adoraba al verdadero Dios, creador del cielo y de la tierra, con el nombre de Dios Altísimo. El pan y el vino son ofrecidos entre las primicias de la tierra como sacrificios en señal del reconocimiento al Creador. A Melquisedec se le atribuye un carácter sacerdotal anterior y más excelso que el de la familia de Aarón, cuando se canta al Rey Mesías: Tú eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec (Sal 110, 4).

En el Nuevo Testamento, la misteriosa figura sacerdotal de Melquisedec es presentada como tipo del sacerdocio de Cristo, ya que éste, sin pertenecer a la familia de Aarón, es realmente sacerdote eterno. En efecto, este Melquisedec, rey de Salem, sacerdote de Dios Altísimo, que salió al encuentro de Abrahán cuando regresaba de la derrota de los reyes, y le bendijo, al cual dio Abrahán el diezmo de todo, y cuyo nombre significa, en primer lugar, “rey de justicia” y, además, rey de Salem, es decir, “rey de paz”, sin padre, ni madre, ni genealogía, sin comienzo de días, ni fin de vida, asemejado al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre (Hb 7, 1-3). La liturgia cristiana ha vista prefigurada la Eucaristía en el pan y el vino presentados por Melquisedec: éste es contemplado por la Tradición como figura de los sacerdotes de la Nueva Ley.

El episodio del evangelio de la misa del día del Corpus Christi es el del milagro de la multiplicación de los cinco panes y los dos peces. El día había comenzado a declinar, y acercándose los Doce, le dijeron: “Despide a la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar deshabitado”. Él les dijo: “Dadles vosotros de comer”. Pero ellos respondieron: “No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente”. Pues había como cinco mil hombres. Él dijo a sus discípulos: “Haced que se acomoden por grupos de unos cincuenta”. Lo hicieron así, e hicieron acomodarse a todos. Tomó entonces los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente. Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos (Lc 9, 12-17).

Fijémonos en los gestos del Señor en la realización de este milagro. Ordena a los discípulos que hagan sentar a la gente, luego toma los cinco panes y los dos peces, da gracias al Padre y los distribuye. Estos gestos anticipan la Última Cena, que dan al pan de Jesús su significado más auténtico. El pan de Dios es Jesús mismo. Al comulgar con Él, recibimos su vida en nosotros y nos convertimos en hijos del Padre celestial y hermanos entre nosotros. Recibiendo la comunión nos encontramos con Jesús realmente vivo y resucitado. Participar en la Eucaristía significa entrar en la lógica de Jesús, la lógica de la gratuidad, de la fraternidad.

El milagro consistió en que los trozos de pan se multiplicaron en las manos de Jesús. Luego los discípulos los repartieron a la muchedumbre. Es de destacar la manera de actuar del Señor: busca la libre cooperación del hombre; a la hora de hacer el milagro quiere que los discípulos aporten los panes y los peces, y su propia actividad. También hay que subrayar comieron todos. La Eucaristía es para todos. Es deseo de Jesucristo y de la Iglesia que todos los fieles se acerquen con frecuencia al sagrado convite, porque la comunión nos da fuerza para superar la concupiscencia, para borrar las culpas veniales en las que diariamente incurrimos y para evitar los pecados graves a los que la debilidad de la naturaleza humana está expuesta.

La Eucaristía, además de ser una llamada a la santidad, es también una invitación a la entrega de sí a los hermanos. Cristo, antes de realizar el milagro, pide la contribución de aquellos panes y peces. Una aportación pobre pero necesaria, que Él transformó en don de amor para todos.

El papa Francisco comenta este pasaje evangélico diciendo: ¿Cómo es posible que demos de comer a una multitud? “No tenemos más que cinco panes y dos peces”. Pero Jesús no se desanima: pide a sus discípulos que hagan sentarse a la gente, eleva los ojos al cielo, reza la bendición, parte los panes y los da a los discípulos para que los distribuyan. Es un momento de profunda comunión: la multitud saciada por la palabra del Señor se nutre ahora por su pan de vida. Y todos se saciaron. Nosotros somos la multitud del Evangelio, también nosotros buscamos seguir a Jesús para escucharle, para entrar en comunión con Él en la Eucaristía, para acompañarle y para que nos acompañe. Preguntémonos: ¿Cómo sigo yo a Jesús? Jesús habla en silencio en el Misterio de la Eucaristía y cada vez nos recuerda que seguirle quiere decir salir de nosotros mismos y hacer de nuestra vida no una posesión nuestra, sino un don a Él y a los demás.

He aquí el pan de los ángeles, pan de los peregrinos, verdadero pan de los hijos (Secuencia). Dios alimentó a los israelitas en su peregrinación por el desierto con el maná. Además del hambre física, el hombre lleva en sí otra hambre, un hambre de vida, hambre de amor, hambre de eternidad. El signo del maná -con toda la experiencia del Éxodo- contenía en sí esta dimensión: era figura de un alimento que satisface esta profunda hambre que hay en el hombre. Jesús nos da este alimento, es más, es Él mismo el pan vivo (Jn 6, 51) que da la vida al mundo. Su Cuerpo es verdadero alimento bajo la especie del pan; su Sangre es verdadera bebida bajo la especie del vino. No es un simple alimento con el cual saciar nuestro cuerpo, como el maná; el Cuerpo de Cristo es el pan de los últimos tiempos, capaz de dar vida, y vida eterna, porque la esencia de este pan es el Amor. Por tanto, el maná era figura de la Eucaristía que es el alimento reservado a los que en el bautismo han sido liberados de la esclavitud y han llegado a ser hijos, y por la gracia de Dios nosotros somos hijos; es el alimento que los sostiene en el largo camino del éxodo a través del desierto de la existencia humana (Benedicto XVI).

El relato del milagro acaba haciendo constar la abundancia de los panes multiplicados, pues se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos. Aquí podemos ver lo que sucede en el Santo Sacrificio de la Misa. Después de distribuirse la comunión a los fieles, las sagradas Formas que quedan se reservan en el sagrario. ¿Para qué? Para poder llevar la comunión a los enfermos y para la adoración del Santísimo Sacramento, manifestando nuestra fe en la Eucaristía. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea (Benedicto XVI). Los cristianos sólo nos arrodillamos ante Dios, ante el Santísimo Sacramento, porque sabemos y creemos que en él está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su Hijo único.

La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística; en ella el alma sigue alimentándose: se nutre de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza, pues Aquél ante el cual nos postramos no nos juzga, ni nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma.

Existe un vínculo estrechísimo entre la Eucaristía y Santa María, pues la carne de Cristo en la Eucaristía es, sacramentalmente, la carne asumida de la Virgen. Por eso María guía a los fieles a la Eucaristía.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s