Homilía de la Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista. Ciclo C


Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino que debía dar testimonio de la luz (Jn 1, 6-8). Juan Bautista, el Precursor del Señor, aparece en un momento muy concreto de la Historia de la Salvación para dar testimonio de Jesucristo ante los hombres. Así dirá san Agustín: Porque el Verbo Encarnado era hombre y ocultaba su divinidad, le precedió un gran hombre con la misión de dar testimonio a favor del que era más que hombre.

Se puede decir que todo el Antiguo Testamento, desde los mismos orígenes de la humanidad, es una larga espera y una preparación para la venida de Nuestro Señor Jesucristo. Así los Patriarcas y Profetas anunciaron de diversas maneras la salvación que vendría por el Mesías. Pero Juan Bautista, el más grande nacido de mujer, pudo señalar con el dedo al propio Mesías, siendo el testimonio del Bautista la culminación de todas las profecías.

El hombre enviado por Dios llamado Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos testamentos, el Antiguo y el Nuevo. Comenta san Agustín: Porque personifica lo antiguo, nace de padres ancianos; porque personifica lo nuevo, es declarado profeta en el seno de su madre. Aún no ha nacido y, al venir la Virgen María, salta de gozo en las entrañas de su madre. Con ello queda ya señalada su misión, aún antes de nacer; queda demostrado de quién es precursor, antes de que él lo vea.

La misión de Juan Bautista como testigo de Jesucristo es tan importante que los Evangelios Sinópticos comienzan la narración del ministerio público de Jesús por ese testimonio del Precursor. Los discursos de san Pedro y los de san Pablo, recogidos en los Hechos de los Apóstoles, también aluden al testimonio del Bautista. El Evangelio según san Juan lo menciona siete veces. Sabemos, además, que el apóstol san Juan había sido discípulos de san Juan Bautista antes de serlo de Jesús, y que precisamente el Precursor del Señor fue quien lo había encaminado hacia Cristo.

Los escritos neotestamentarios enseñan la transcendencia de la misión de san Juan, al mismo tiempo que la clara conciencia de éste de no ser más que el Precursor inmediato del Mesías prometido; por eso insiste claramente en su papel de testigo del Señor y en su misión de preparar el camino al Mesías.

El evangelista san Lucas narra el nacimiento de san Juan Bautista. Antes hace referencia a la aparición del arcángel san Gabriel para anunciar a Zacarías que su mujer santa Isabel va a tener un hijo. Tanto Zacarías como santa Isabel eran personas santas. Es un ejemplo de matrimonio santo. Ambos se ayudarían en su vida de piedad. No tenían hijos pues santa Isabel era estéril. Cuando el ángel les comunicó que tendría un hijo, los dos eran ya de edad avanzada (Lc 1, 7).

Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella (Lc 1, 57-58). La Iglesia celebra tres natividades: la de Jesucristo (25 de diciembre), la de Santa María (8 de septiembre) y la de san Juan Bautista (24 de junio). El nacimiento del Precursor está relatado en tercer Evangelio. ¿Por qué se celebra el nacimiento de Juan? Normalmente se celebra de los santos el dies natalis, es decir, el día del nacimiento a la vida eterna que tiene lugar en el momento de su muerte, pero no el de su nacimiento a esta vida terrena. Sin embargo, en la liturgia está la solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista porque éste, aunque concebido en pecado -el pecado original- como los demás hombres, sin embargo nació sin él porque fue santificado en las entrañas de su madre santa Isabel ante la presencia de Jesucristo (entonces en el seno de María) y de la Santísima Virgen. Al recibir este beneficio divino san Juan manifiesta su alegría saltando de gozo en el seno materno.

San Juan Crisóstomo comenta este hecho: Ved qué nuevo y admirable es este misterio. Aún no ha salido del seno y ya habla mediante saltos; aún no se le permite clamar y ya se le escucha por los hechos; aún no ve la luz y ya indica cuál es el sol ; aún no ha nacido y ya se apresura a hacer de Precursor. Estando presente el Señor no puede contenerse ni soporta esperar los plazos de la naturaleza, sino que trata de romper la cárcel del seno materno y se cuida de dar testimonio de que el Salvador está a punto de llegar.

Al Bautista se le puede aplicar perfectamente estas palabras del profeta Isaías: El Señor desde el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre recordó mi nombre (Is 49, 1). Y también las del libro de Jeremías: Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles (Jr 1, 5). Su nombre es Juan, que significa Yavé es favorable. También hay otros significados: El fiel a Dios, Dios es misericordioso o Dios ha perdonado.

Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo: “No; se ha de llamar Juan”. Le decían: “No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre”. Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Él pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre”. Y todos quedaron admirados (Lc 1, 59-63). Con la imposición del nombre de Juan se cumplió lo que había mandado Dios a Zacarías por medio del arcángel san Gabriel.

Por su incredulidad a lo que el ángel le dijo, Zacarías había quedado mudo. A pesar de saber que el anuncio de Gabriel venía de parte de Dios, no lo creyó posible al considerar solamente la incapacidad suya y de su mujer, olvidándose de la omnipotencia divina. El mismo arcángel explicará a la Virgen María, refiriéndose a la concepción del Bautista, que para Dios no hay nada imposible (Lc 1, 37). Cuando Dios pide nuestra colaboración en una empresa suya, hemos de contar más con su omnipotencia que con nuestras escasas fuerzas.

El castigo de la mudez acabó cuando escribió en la tablilla Juan es su nombre. Al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios (Lc 1, 64). En este hecho milagroso se cumplió exactamente lo que había profetizado el ángel a Zacarías, cuando el anuncio de la concepción y nacimiento del Bautista. Observa san Ambrosio: Con razón se soltó enseguida su lengua, porque la fe desató lo que había atado la incredulidad. Es un caso semejante al del apóstol santo Tomás, que se había resistido a creer en la Resurrección del Señor, y creyó después de las pruebas evidentes. Con estos dos hombres Dios hace el milagro y vence su incredulidad; pero ordinariamente Dios nos exige fe y obediencia sin realizar nuevos milagros. Por eso reprendió y castigó a Zacarías, y reprochó al apóstol santo Tomás: Porque me has visto has creído; bienaventurado los que sin haber visto han creído (Jn 20, 29).

En el relato de la circuncisión de Juan Bautista, san Lucas hace notar el asombro de los que lo presenciaron. Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: “Pues ¿qué será este niño?” Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él (Lc 1, 65-66). Este niño había sido elegido por Dios para una misión, y a los que Dios elige para una misión los dispone y prepara de suerte que resulten idóneos para desempeñar la misión para la que fueron elegidos (Santo Tomás de Aquino).

¿Y cuál fue la misión de Juan? Responde a esta pregunta el papa Francisco: ¿Qué hizo Juan? Ante todo anunció al Señor. Anunció que estaba cerca el Salvador, el Señor; que estaba cerca el Reino de Dios. Un anuncio que él había realizado con fuerza: bautizaba y exhortaba a todos a convertirse. Juan era un hombre fuerte y anunciaba a Jesucristo: fue el profeta más cercano a Jesucristo. Tan cercano que precisamente él lo indicó a los demás. Cuando vio a Jesús, exclamó: “¡Es aquél!” Juan tenía mucha autoridad moral, mucha. Toda la gente iba él. El Evangelio dice que los escribas se acercaban para preguntarle: “¿Qué debemos hacer?” Lo mismo hacía el pueblo y los soldados. “¡Convertíos!” era la respuesta de Juan, y “no estaféis”.

Con sinceridad y valentía el Bautista predicaba las exigencias morales para recibir al Mesías. A todos -fariseos, publicanos, soldados- les pedía una profunda renovación interior, una conversión de corazón que les llevara a vivir las normas de la justicia y de la honradez. A veces empleó palabras fuertes hablando con crudeza, por ejemplo, cuando dijo a la muchedumbre: Raza de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira venidera? (Lc 3, 7), por lo que se puede poner en su boca las palabras de Isaías: Hizo mi boca como espada afilada, en la sombra de su mano me escondió; hizo de mí como saeta aguda, y me guardó en su aljaba (Is 49, 2). Como el profeta, se sabe elegido por Dios desde el seno materno para siervo suyo, para hacer que Jacob vuelva a él, y que Israel se le una (Is 49, 5). Su misión es preparar el camino del Señor, la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1, 9), el cual ha sido puesto para ser luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los extremos de la tierra (Is 49, 6).

El Precursor del Señor existe para proclamar, para ser voz de una Palabra. La Palabra no es él, es otro. El misterio de Juan es que nunca se adueña de la Palabra. Es voz, no Palabra; luz, pero no propia. San Pablo, en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, habla de la misión del Bautista: De la descendencia de éste (David), Dios, según la Promesa, ha suscitado para Israel un Salvador, Jesús. Juan predicó como precursor, ante su venida, un bautismo de conversión a todo el pueblo de Israel. Al final de su carrera, Juan decía: “Yo no soy el que vosotros os pensáis, sino mirad que viene detrás de mí aquel a quien no soy digno de desatar las sandalias de los pies” (Hch 13, 23-25).

Juan Bautista cumplió su misión. Jesucristo destacó con claridad su voluntad recia y su empeño en cumplir la misión que Dios le había encomendado. Su vida estuvo al servicio del plan salvífico de Dios, de la redención obrada por Cristo. Él preparó el camino del Señor, predicando la necesidad de hacer penitencia y anunciando que el Mesías ya había llegado. Mostró a sus discípulos al Cordero de Dios. Es el pregonero de la Salvación. Pero simple pregonero, simple voz que anuncia.

También a nosotros se nos pide esta tarea: Preparar el camino, anunciar a Cristo. No es tarea fácil, pero es lo que Dios nos pide y contamos con su ayuda. También debemos pedir a nuestros coetáneos un cambio de mentalidad y de costumbres a los hombres sumergidos en una sociedad descristianizada. Nos imaginamos a san Juan ir a contracorriente y a nosotros no nos queda otro remedio. Vemos como muchos semejantes nuestros viven como si Dios no existiera, una ausencia de lo trascendente en el horizonte de una gran mayoría de los seres humanos, una indiferencia religiosa, y lo que es peor, como se rechaza a Dios (en las leyes, familias, escuelas…) en nombre del bien de la humanidad. Y como Juan Bautista lo haremos nuestra tarea con humildad, valentía y espíritu de oración.

San Juan tuvo un breve tiempo de vida, un breve tiempo para anunciar la Palabra de Dios. Acabó mal, víctima de un hombre débil y lujurioso. Fue decapitado por orden del tetrarca de Galilea Herodes Antipas: el precio de un espectáculo para la corte en un banquete. Su cabeza acabó sobre una bandeja como gran regalo de una bailarina a una adúltera. En Juan está la imagen y la vocación de un discípulo. La fuente de esta actitud de discípulo ya se reconoce en el episodio evangélico de la visita de María a Isabel, cuando Juan saltó de alegría en el seno de su madre. Jesús y Juan, en efecto, eran primos y tal vez se encontraron después. Pero ese primer encuentro llenó de alegría, de mucha alegría, el corazón de Juan. Y lo transformó en discípulo, en el hombre que anuncia a Jesucristo, que no se pone en el lugar de Jesucristo y que sigue el camino de Jesucristo (Papa Francisco).

El Bautista cumplió su misión de anunciar al Señor. Cuando le preguntaron: ¿Tú quién eres? (Jn 1, 22), él respondió: Yo soy la voz que grita en el desierto (Jn 1, 23). San Juan era la voz; pero el Señor era la Palabra que en el principio ya existía (Jn 1, 1). El Precursor era una voz pasajera, Cristo la Palabra eterna desde el principio. Esa voz grita también hoy en los desiertos de la humanidad, que son -¿cuáles son los desiertos de hoy?- las mentes cerradas y los corazones duros, y nos hace preguntarnos si en realidad estamos en el buen camino, viviendo una vida según el Evangelio. Hoy, como entonces, nos advierte con las palabras del profeta Isaías: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos (Is 49, 4). Es una apremiante invitación a abrir el corazón y acoger la salvación que Dios nos ofrece incesantemente, casi con terquedad, porque nos quiere a todos libres de la esclavitud del pecado.

El pasaje evangélico de la circuncisión de san Juan acaba diciendo: El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel (Lc 1, 80). Pidamos a la Virgen María para cada uno de nosotros el crecimiento en la vida de piedad y el fortalecimiento del espíritu para que, como el Precursor del Señor, sepamos anunciar a Jesucristo a las personas que están en los desiertos de hoy. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre (Benedicto XVI). Pongámonos en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquél que nos da la vida, y la vida en plenitud.

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