Homilía de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Ciclo C


En las tres lecturas de la liturgia de la Palabra de Misa de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús se hace referencia, aunque sin nombrarla, a la misericordia de Dios. Tanto en el pasaje bíblico del Antiguo Testamento (del profeta Ezequiel) como en el texto evangélico aparece la figura del pastor que cuida de sus ovejas, y si una se ha perdido va en busca de ella. En la Carta del Apóstol se habla del amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rm 5, 5). El amor del que habla san Pablo es, a la vez, el amor con que Dios nos ama, y el amor que Dios pone en nuestras almas para que le podamos amar. Y es que la fiesta del Sagrado Corazón es la fiesta del amor, pues el Corazón de Jesús es misericordioso, es la ternura de Dios. El Señor quiso mostrarnos su corazón como un corazón amante, un corazón que tanto nos ama. La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros (Rm 5, 8).

Dios es misericordioso. Creó al hombre y le ofreció su amistad. En el Paraíso reinaba la amistad entre Dios y el hombre. Cuando éste por desobediencia perdió esa amistad, Dios compasivo no abandonó a su criatura al poder de la muerte, sino que le prometió un futuro Redentor y ofreció de nuevo su amistad al género humano. Y la enemistad introducida por el pecado de Adán fue sustituida por la amistad que nos obtuvo Cristo con su muerte en la Cruz. La medida de la misericordia de Dios, de su amor por nosotros se pone de manifiesto en la reconciliación de que habla san Pablo: Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! (Rm 5, 10). Esta reconciliación tuvo lugar en el Calvario, cuando Cristo murió en la Cruz. Allí, dando muerte en sí mismo a la enemistad, estableció la paz y nos reconcilió con Dios.

Cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la cólera! Y no solamente eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación (Rm 5, 6.10-11). La esperanza en Cristo Jesús no defrauda. En Él confiamos. ¡Cuántas veces hemos dicho la jaculatoria: Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío! Sabemos bien de quien nos fiamos. Tenemos la seguridad, la certeza que jamás quedaremos defraudados. Jesús permanece siempre fiel, no traiciona jamás. Aun cuando nos equivocamos, Él nos espera siempre para perdonarnos: es el rostro del Padre misericordioso. Esta fidelidad del Señor manifiesta la humildad de su corazón: Jesús no vino a conquistar a los hombres como los reyes y los poderosos de este mundo, sino que vino a ofrecer amor con mansedumbre y humildad (Papa Francisco). La fidelidad de Dios nos enseña a acoger la vida como acontecimiento de su amor.

Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Ga 2, 20). Nos ha amado a todos con un corazón humano.

El Corazón de Jesús es el corazón que más ha amado y sigue amando a todos los hombres, también a los que lo traspasaron con la lanza. Un corazón traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación, es considerado como el principal indicador y símbolo… del amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres (Pío XII, Encíclica Hauretis aquas). De este sacratísimo corazón brotó la fuerza del agua y de la sangre: los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía, en los que nos infunde y alimenta nuestra fe y nuestro amor a Dios y a nuestro prójimo.

La devoción al Corazón traspasado de Jesucristo fue muy común en la Edad Media. Más tarde, ya en la Edad Moderna, las apariciones a Santa Margarita María de Alacoque dieron un gran impulso a todo lo referente al Sagrado Corazón de Jesús. El mismo Jesucristo expresó su deseo a la santa de que instituyera la fiesta del Sagrado Corazón. He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y de los cuales es tan poco amado. Se trata, pues, de una fiesta de reparación al Amor que no es amado, reparación honrosa que glorifica los triunfos pacíficos de ese Amor eterno.

En el texto de Ezequiel, el profeta enseña que es Dios mismo quien se constituye en pastor para su pueblo. Así dice el Señor Dios: Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él (Ez 34, 11). Y es un pastor solícito de sus ovejas: les pasa revista una por una, las atiende y las cuida. Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas. Las recobraré de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas. Yo mismo apacentaré mis ovejas y yo las llevaré a reposar, oráculo del Señor Dios (Ez 34, 12.15). Es el buen pastor que busca la oveja perdida, hace volver a la descarriada, cura a la herida, conforta a la enferma (Ez 34, 16).

Este bello oráculo resuena en los labios de Jesucristo al exponer la alegoría del Buen Pastor que cuida de sus ovejas, al enseñar que se identifica con el Padre celestial en la alegría de encontrar a la oveja perdida. El pasaje evangélico es el de la parábola de la oveja perdida, narrada por relatada por san Lucas. ¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido”.

En esta parábola Jesucristo graba su propia imagen, la imagen de Aquél que sigue la oveja perdida hasta las montañas y hasta los espinos y abrojos de los pecados de este mundo, dejándose herir por la corona de espinas de estos pecados, para tomar la oveja sobre sus hombros y llevarla a casa. Él lleva a cuestas la oveja perdida, enferma o débil, para conducirla al redil, a las aguas de la vida. Para los Padres de la Iglesia, la oveja perdida es la humanidad, que andaba descarriada por el desierto de la vida sin encontrar la senda hacia Dios. Pero el Hijo de Dios no consistió que ocurriera esto, y no abandonó a la humanidad a una situación tan miserable. El Verbo, descaminada la humanidad por el pecado, sale a su encuentro en la Encarnación. Se alzó en pie, abandonó la gloria del cielo, para ir en busca de la oveja e ir tras ella, incluso hasta la cruz. La puso sobre sus hombros, cargó con nuestra humanidad, nos lleva a nosotros mismos, pues Él es el buen pastor, que ofrece su vida por las ovejas. Al asumir la naturaleza humana, Él mismo cargó con nuestros pecados.

En los Santos Evangelios vemos cómo Jesús busca a las ovejas perdidas: la samaritana, Zaqueo, la mujer pecadora que le ungió con perfume… La conversión de estas ovejas produjo alegría en el Cielo. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión (Lc 15, 7). No quieren decir estas palabras que el Señor no estime la perseverancia de los justos, sino que aquí destaca el gozo de Dios y de los bienaventurados ante el pecador que se convierte. Es una clara llamada al arrepentimiento y a no dudar nunca del perdón de Dios.

Y también vemos cómo el corazón de Nuestro Señor se compadece al ver a muchedumbres extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor (Mt 9, 36). Jesús se conmovió al ver al pueblo, porque sus pastores -los dirigentes religiosos- en lugar de guiarlo y cuidarlo, lo descarriaban, comportándose más como lobos que como verdaderos pastores de su propio rebaño. Cristo ve en la situación de su tiempo cumplida una profecía de Ezequiel en la que Dios por medio del profeta, increpa a los malos pastores de Israel, en sustitución de los cuales enviará al Mesías. En Él se cumplen estas palabras: Las sacaré de en medio de los pueblos, las reuniré de los países, y las llevaré de nuevo a su suelo. Las pastorearé por los montes de Israel, por los barrancos y por todos los poblados de esta tierra. Las apacentaré en buenos pastos Su aprisco estará en los montes altos Israel. Allí reposarán en un aprisco bueno; y encontrarán abundantes pastos en los montes de Israel (Ez 34, 14-15).

En abierta oposición a los falsos pastores, Jesús se presenta como el verdadero y único Pastor del pueblo. Jesús nos dice: Yo conozco a mis ovejas. Es conocer una por una, con su nombre. Así nos conoce Dios: no nos conoce en grupo, sino uno a uno. Porque el amor no es un amor abstracto, o general para todos; es un amor por cada uno. Y así nos ama Dios. Dios se hace cercano por amor y camina con su pueblo. Y este caminar llega a un punto inimaginable: jamás se podría pensar que el Señor mismo se hace uno de nosotros y camina con nosotros, y permanece con nosotros, permanece en su Iglesia, se queda en la Eucaristía, se queda en su Palabra, se queda en los pobres y se queda con nosotros caminando. Ésta es la cercanía. El pastor cercano a su rebaño, a sus ovejas, a las que conoce una por una (Papa Francisco).

Nuestro Señor Jesucristo quiso que en su Iglesia -el nuevo Pueblo de Dios- hubiera pastores puestos por el Espíritu Santo para regir el Pueblo de Dios. Y estos pastores son los obispos y los sacerdotes. Un sacerdote, un pastor de almas debe preocuparse ante todo por los que creen y viven con la Iglesia, por los que buscan en ella el camino de la vida. Pero también debe salir siempre de nuevo “a los caminos y cercados” para llevar la invitación de Dios a su banquete también a los hombres que hasta ahora no han oído hablar para nada de Él o no han sido tocados interiormente por Él.

El verdadero pastor -no el mercenario- conoce a sus ovejas y ellas lo conocen a él. Su conocimiento debe ser siempre también un conocimiento de las ovejas con el corazón. Pero a esto sólo podemos llegar si el Señor ha abierto nuestro corazón, si nuestro conocimiento no vincula las personas a nuestro pequeño yo privado, a nuestro pequeño corazón, sino que, por el contrario, les hace sentir el corazón de Jesús, el corazón del Señor. Debe ser un conocimiento con el corazón de Jesús, un conocimiento orientado a Él, un conocimiento que no vincula la persona a mí, sino que la guía hacia Jesús, haciéndolo así libre y abierto (Benedicto XVI). Recemos por los pastores de la Iglesia, por todos los obispos -y de manera especial por el Obispo de Roma- y todos los sacerdotes para que tengan en su corazón los mismos sentimientos del Corazón de Jesús. Decía el beato Palafox: Que los buenos pastores han de ser más madres que Padres de sus feligreses, y en ningún caso Señores (Trompeta de Ezequiel).

El dulcísimo Corazón de María latió al unísono con el Corazón de su Hijo. Por eso le pedimos que nos consiga de Dios la misma gracia para cada uno de nosotros.

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