Homilía del décimo tercero domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C


En el libro 1 Reyes se cuenta que Dios mandó a Elías a ungir a Eliseo como profeta sucesor suyo. Y después narra la vocación de Eliseo. Elías se marchó de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, que estaba arando con doce yuntas de bueyes por delante; él estaba con la duodécima. Elías pasó junto a él y le echó el manto por encima. Él dejó los bueyes y corrió detrás de Elías diciendo: “Permíteme ir a besar a mi padre y a mi madre, y te seguiré”. Le respondió: “Vete y luego vuelva, porque ¿qué es lo que te hecho?” Aquél se dio la vuelta, tomó la yunta de bueyes y la sacrificó. Con los yugos de los bueyes coció la carne y la repartió a la gente para que comieran. Después se preparó y siguió a Elías poniéndose a su servicio (1 R 19, 19-21).

La respuesta de Eliseo a la llamada de Elías es ejemplar: deja todo y se pone al servicio del profeta. Así será también la respuesta de los apóstoles a Jesús y así habrá de ser la respuesta a la vocación cuando el Señor llama a una misión que exige dejarlo. En el pasaje bíblico vemos cómo el seguimiento a la vocación no está reñida con el cuarto mandamiento del Decálogo. Permíteme ir a besar a mi padre y a mi madre. Aunque el autor sagrado no dice nada, los padres de Eliseo no se opusieron a que su hijo siguiera al profeta Elías. Y después de haber cumplido un deber filial, Eliseo se hace discípulo de Elías.

Nunca unos padres cristianos han de obstaculizar la vocación divina de sus hijos, sea la que sea. Pueden, sí, dar su consejo prudente, facilitar el conocimiento de todas las circunstancias que consideren que hay que tener en cuenta, pero respetando absolutamente la libertad de las conciencias. Dios siempre llama en el momento apropiado. Si los padres se opusieran, correrían el riesgo de hacer un daño a veces irreparable, porque la tardanza y la resistencia pueden apagar la llama que ha encendido el Amor divino. Me gustaría gritar al oído de tantas y de tantos: no es sacrificio entregar los hijos al servicio de Dios: es honor y alegría (Surco, n. 22).

San Lucas relata en su evangelio que uno se acercó a Cristo y le dijo: “Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa”. Jesús le dijo: “Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios” (Lc 9, 61-62). Aquí, en este pasaje evangélico, vemos que la llamada de Jesús es más apremiante que la de Elías. Y es que obedecer a la llamada del Señor supone radicalidad en la entrega. No se sabe si Jesús permitió a aquel que se despidiera de su familia, pero sí que le advirtió -quizás por si se echaba atrás en su decisión- de la necesidad del desprendimiento de las criaturas para estar totalmente al servicio del Reino de Dios.

Durante el tiempo que Eliseo está con Elías fue aprendiendo de éste, para que cuando Elías sea arrebatado al cielo, él se quede en Israel como profeta. Igualmente ocurre con los apóstoles. Estos aprenden del Divino Maestro. Después de la Ascensión, los apóstoles anunciarán la buena nueva a todas las gentes. Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos a propósito del Verbo de la vida (…) os lo anunciamos (1 Jn 1, 1.3).

Una de las cosas que aprendieron los apóstoles de Cristo es que el celo por las cosas de Dios no debe ser áspero ni violento. Cuenta san Lucas que Juan y Santiago, indignados por no ser bien recibidos en una aldea de samaritanos, piden a Jesús: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma? (Lc 9, 54). A los hijos de Zebedeo, por el carácter impulsivo de ambos, se les llamó hijos del trueno. Bien se explica el apelativo por su reacción y deseo de venganza contra los samaritanos que no les recibieron bien. Pero los dos aprendieron de la mansedumbre del Maestro. Corregidos por el mismo Cristo por ese afán de venganza, asimilaron la enseñanza.

¿En cuántas ocasiones, al ver tantas injusticias, hemos dirigidos al cielo la misma petición que la de los hijos del trueno? Pero Cristo nos enseña que la virtud perfecta no guarda ningún deseo de venganza, y que donde está presente la verdadera caridad no tiene lugar la ira y, en fin, que la debilidad no debe ser tratada con dureza, sino que debe ser ayudada. La indignación debe estar lejos de las almas santas y el deseo de venganza lejos de las almas grandes (San Ambrosio).

Mientras iban de camino, uno le dijo: “Te seguiré adonde vayas”. Jesús le dijo: “Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza” (Lc 9, 57-58). Una de las exigencias de la vida cristiana es vivir la virtud de la pobreza. Cristo fue pobre y, en más de una ocasión, hizo elogios de la pobreza. Vivimos en una sociedad de consumo. Hemos de estar vigilantes para nos apegarnos a los bienes materiales. Donde está vuestro corazón, allí está vuestro tesoro (Lc 12, 34). ¡Qué triste sería tener puesto el corazón en bienes caducos y no tenerlo puesto en Dios! Jesús nos advierte: No podéis servir a Dios y a las riquezas (Mt 6, 24). Nadie puede servir a dos señores.

Dios no condena las riquezas, ni a quien las posee legítimamente; sí condena, en cambio, el apego a las mismas y el poner en los bienes materiales toda la confianza. La Iglesia, en relación a los bienes temporales, enseña que el hombre, al usarlas, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás (Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, n. 69 ).

Ser cristiano no es tarea fácil ni cómoda: es necesaria la abnegación y poner el amor a Dios antes que nada. Si a pesar de vuestro esfuerzo personal por seguir a Cristo, alguna vez sois débiles no viviendo conforme a su ley de amor, a sus mandamientos, ¡no os desaniméis! ¡Cristo os sigue esperando! Él, Jesús, es el Buen Pastor que carga con la oveja perdida sobre sus hombros y la cuida con cariño para que sane (San Juan Pablo II).

San Damián de Molokai, al poco tiempo de estar con los leprosos, escribió: Comenzar no es difícil, la dificultad es perseverar. Y persevera aun reconociendo que le cuesta. La vista de mis queridos leprosos resulta repugnante… Un día, durante la Misa solemne estuve a punto de abandonar el altar para respirar aire puro; el recuerdo de Nuestro Señor al abrir la tumba de Lázaro me retuvo.

Buscar a Jesús personalmente con el ansia y el gozo de descubrir la verdad, da honda satisfacción interior y gran fuerza espiritual para poner en práctica después lo que Él exige, aunque cueste sacrificio.

¿Has descubierto ya a Cristo, que es la verdad? La verdad es la exigencia más profunda del espíritu humano. Los jóvenes, sobre todo, están sedientos de la verdad sobre Dios, el hombre, la vida y el mundo. Cristo es la palabra de verdad pronunciada por Dios mismo como respuesta a todos los interrogantes del corazón humano. Es El quien nos revela plenamente el misterio del hombre y del mundo (San Juan Pablo II, Mensaje a los jóvenes, 1989).

Si vosotros permanecéis en mi palabra, sois en verdad discípulos míos, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (Jn 8, 31-32). Y Jesucristo es la Verdad hecha Persona. Con qué fuerza decía san Juan Pablo II: La Verdad es Jesucristo. Amad la Verdad; vivid en la Verdad; llevad la Verdad al mundo; sed testigos de la Verdad; Jesús es la Verdad que salva; Él es la Verdad entera hacia la cual nos guiará el espíritu de la Verdad. ¡Busquemos la Verdad en Cristo, en su Iglesia!, pero seamos coherentes; amemos la Verdad, vivamos la Verdad, proclamemos la Verdad; ¡oh, Cristo! ¡Enséñanos la Verdad! ¡Sé para nosotros la única Verdad! (Discurso 19.VIII.1989).

Y al comienzo de su pontificado, Benedicto XVI decía: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida. Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada -absolutamente nada- de lo que hace la vida libre, bella y grande. Sólo con la amistad con Jesús se experimenta lo que es bello y lo que nos libera. Cuanto más le amamos, cuanto más lo conocemos, tanto más crece nuestra verdadera libertad. Poniendo nuestra voluntad en las manos de Dios, nos da la verdadera libertad. Cristo es la Verdad que nos hace libres, que nos liberado del yugo del pecado.

Para esta libertad Cristo nos ha liberado. Manteneos, por eso, firmes, y no os dejéis sujetar de nuevo bajo el yugo de la servidumbre (Ga 5, 1). La libertad del cristiano es fruto de la obra redentora de Cristo. Para san Pablo, la libertad no significa libertinaje. Por eso escribe a los cristianos de Galacia: Fuisteis llamados a la libertad. Pero que esta libertad no sea pretexto para la carne, sino servíos unos a otros por amor. Porque la carne tiene deseos contrarios al espíritu, y el espíritu tiene deseos contrarios a la carne, porque ambos se oponen entre sí, de modo que no podéis hacer los que os gustaría (Ga 5, 13.17). Quien da satisfacción a la concupiscencia de la carne pierde la libertad, ya no puede hacer lo que le gustaría hacer.

La libertad quiere decir que el hombre es capaz de caminar hacia Dios, su verdadero y último fin. Se es libre cuando se es conducido por el espíritu de Dios. Por eso el Apóstol de los gentiles insiste: Caminad en el Espíritu (Ga 5, 16). Este Espíritu da fuerza al espíritu humano -el alma- para superar las inclinaciones de la carne, cuyas obras son la fornicación, la impureza, la lujuria (Ga 5, 19), que esclavizan al hombre. Por los pecados de la carne el hombre queda de tal manera sujeto a los caprichos de la pasión, que rebaja su dignidad racional a la de un simple bruto incapaz de dominar el instinto. Además, con estos pecados el hombre mancha y pervierte su propio cuerpo, reduciéndolo a simple instrumento de placer. Y, sobre todo, infringe un mandato positivo de Dios y frustra la voluntad divina que a todos llama a hacer de su cuerpo un templo del Espíritu Santo y un miembro vivo del Cuerpo Místico de Cristo.

En los momentos en que nos asalte la duda, la dificultad, el desconsuelo, que acudamos rápidamente a Santa María, que es para nosotros consolación y paz. La Madre de Dios nos pide nuestro sí. Nos pide la entrega radical a Cristo. Nos pide que nos atrevamos a seguirle poniendo nuestras vidas en las manos de Dios, para que nos convirtamos en instrumentos de un mundo mejor que éste en que vivimos. La Virgen espera de nosotros que respondamos generosamente a la llamada de su Hijo si Él nos lo pide todo.

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