Homilía de la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María. (Año 2019)


El pasaje evangélico de la Misa de la Asunción de la Virgen es el de la Visitación de Santa María a su prima santa Isabel. Después de enterarse por la revelación del arcángel san Gabriel de que Isabel estaba esperando un hijo desde hacía seis meses, María -movida por la caridad- se fue con prontitud a la casa de su pariente para prestarle ayuda. La Virgen no reparó en las dificultades del desplazamiento. El trayecto desde Nazaret hasta la montaña donde estaba la ciudad de Judá donde vivía Isabel suponía un viaje de cuatro días. Al llegar entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel (Lc 1, 40). Este hecho de la vida de la Virgen tiene una clara enseñanza para los cristianos: hemos de aprender de Ella la solicitud por los demás.

En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1, 41-45). Con el saludo del ángel -Dios te salve, llena de gracia- y el de santa Isabel –Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno- invocamos a la Virgen al rezar el Avemaría, pues repetimos esas salutaciones divinas.

Al llamar Isabel, movida por el Espíritu Santo, a María “madre de mi Señor”, manifiesta que la Virgen es Madre de Dios. Ya entonces María llevaba en sus purísimas entrañas al Hijo de Dios encarnado. La presencia de Jesucristo y de la Santísima Virgen santificó a Juan Bautista en el seno de su madre santa Isabel. Así, el Precursor del Señor, aunque fue concebido en pecado -el pecado original- como los demás hombres, sin embargo, nació sin él. San Ambrosio comenta esta escena evangélica diciendo: Isabel fue la primera en oír la voz, pero Juan fue el primero en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero en cambio, Juan se alegró a causa del misterio. Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia, ellos, viviéndolas interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, por un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración de sus propios hijos.

“Dichosa tú, que has creído”. Dichosa eres, María, que has creído, cuando el mensajero de Dios te ha hablado. Dichosa tú, que has creído “que se cumplirá lo que te ha dicho el Señor”. Bendice tu fe Isabel. Bendice tu fe toda la Iglesia. Bendice tu fe la humanidad entera (San Juan Pablo II). Santa Isabel alaba a la Virgen por su fe. No ha habido fe como la de Santa María; en Ella tenemos el modelo más acabado de cuáles han de ser las disposiciones de la criatura ante se Creador: sumisión completa, acatamiento pleno.

La Virgen María, aun siendo entre todas las criaturas humanas la más cercana a Dios, caminó día a día como en una peregrinación de la fe, conservando y meditando constantemente en su corazón las palabras que Dios le dirigía, ya sea a través de las Sagradas Escrituras o bien mediante los acontecimientos de la vida de su Hijo, en los que reconocía y acogía la misteriosa voz del Señor. Al concebir en sus purísimas entrañas al Hijo de Dios encarnado, Santa María, dócil al Espíritu de Dios, comenzó a recorrer un nuevo camino en su vida y se dejó conducir solamente por Dios. En ese camino descubrió el misterioso designio de Dios para la salvación del mundo.

Al saludo de su prima, la Virgen responde con el cántico del Magnificat. Es un canto de esperanza. Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abrahán y de su linaje por los siglos (Lc 1, 46-55).

En las maravillas que ha realizado el Señor en María, Ella reconoce el estilo y modo de actuar de su hijo en la historia de la salvación. Trastocando los juicios mundanos, destruyendo los ídolos del poder, de la riqueza, del éxito a todo precio, denunciando la autosuficiencia, la soberbia y los mesianismos secularizados que alejan de Dios, el cántico mariano (“Magnificat”) proclama que Dios se complace en trastocar las ideologías y jerarquías mundanas. Enaltece a los humildes, viene en auxilio de los pobres y pequeños, colma de bienes, bendiciones y esperanzas a los que confían en su misericordia, mientras derriban de sus tronos a los ricos, potentes y dominadores. Jesucristo es el único Señor, el “libertador” de todas nuestras esclavitudes y miserias derivadas del pecado (Papa Francisco).

En el Magnificat María glorifica a Dios por haberla hecho Madre del Salvador, hace ver el motivo por el cual la llamarán bienaventurada todas las generaciones y muestra cómo en el misterio de la Encarnación se manifiestan el poder, la santidad y la misericordia de Dios. También en este cántico la Virgen enseña cómo en todo tiempo el Señor ha tenido predilección por los humildes resistiendo a los soberbios y jactanciosos. Y por último, proclama que Dios, según su promesa, ha tenido siempre especial cuidado del pueblo escogido, al que le va a dar el mayor título de gloria: la Encarnación de Jesucristo, judío según la carne. Nuestra oración puede acompañar e imitar esa oración de María. Como Ella sentiremos el deseo de cantar, de proclamar las maravillas de Dios, para que la humanidad entera y los seres todos participen de la felicidad nuestra (San Josemaría Escrivá, es Cristo que pasa, n. 144). Unámonos también nosotros, con el corazón, a este cántico de paciencia y victoria, de lucha y alegría.

También en la liturgia de la Palabra de la Misa de la Asunción están estos versículos del Apocalipsis: Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el Santuario. Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza (Ap 11, 19; 12, 1). Podemos ver en este texto neotestamentario la entrada en el Cielo de la Virgen, a la que en las letanías lauretanas la invocamos como Arca de la Alianza. La Mujer vestida de sol es Santa María. Así lo dice san Bernardo: En el sol hay color y esplendor estables; en la luna sólo resplandor completamente incierto y mutable, pero nunca permanece en el mismo estado. Con razón, pues, María se presenta vestida de sol, ya que ella penetró el profundo abismo de la sabiduría divina más allá de cuanto pudiera creerse.

Los rasgos con los que aparece la mujer representan la gloria celeste con que ha sido revestida, así como su triunfo al ser coronada con doce estrellas, símbolo del pueblo de Dios -de los doce patriarca y de los doce apóstoles-. De ahí, que la Iglesia haya visto en esta mujer gloriosa a la Santísima Virgen asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial, ensalzada por el Señor como reina universal con el fin de que se asemejase de forma plena a su hijo, Señor de señores y vencedor del pecado y de la muerte (Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, n. 59). La Santísima Virgen es ciertamente la gran señal, pues, como escribe san Buenaventura, Dios no hubiese podido hacerla mayor. Dios hubiese podido hacer un mundo más grande y un cielo mayor; pero no una madre mayor que la misma Madre.

La Madre de Jesús es glorificada en los cielos. María, una humilde y sencilla joven de un pueblecito perdido de la periferia del Imperio romano, justamente porque acogió y vivió el Evangelio, fue admitida por Dios para estar en la eternidad al lado del trono de su Hijo. La Asunción de María concierne a cada uno de nosotros, atañe a nuestro futuro, nos hace mirar al cielo, preanuncia “los cielos nuevos y la tierra nueva”, con la victoria de Cristo resucitado sobre la muerte y la derrota definitiva del Maligno (Papa Francisco).

La Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma al Cielo es motivo de esperanza para los cristianos. Al igual que Santa María, todo cristiano tiene un camino de seguimiento de Jesús, y al final de ese camino está una meta bien concreta: la victoria definitiva sobre el pecado, sobre la muerte, y la comunión plena con Dios. La Virgen ya entró en la plenitud de la unión con Dios, con su Hijo, y nos atrae y nos acompaña en nuestro camino.

Continuemos leyendo el pasaje del Apocalipsis. Y apareció otra señal en el cielo: un gran Dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas. Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser allí alimentada mil doscientos sesenta días. Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus Ángeles fueron arrojados con él (Ap 12, 3.6-9). La lucha entre la serpiente y sus ángeles contra Miguel y los suyos, y la derrota de aquélla, aparecen íntimamente relacionadas con la muerte y glorificación de Cristo. Y la Virgen María es partícipe de la gloria de su Hijo.

En la vida de todo hombre se da esa tensión entre el bien y el mal. En esta tierra estamos como en un viaje por un mar borrascoso, pero en esa travesía María es la estrella que nos guía hacia su Hijo Jesús, sol que brilla sobre las tinieblas de la historia, y nos da la esperanza que necesitamos: la esperanza de que podemos vencer. En la Virgen elevada al cielo contemplamos la coronación de su fe, del camino de fe que ella indica a cada uno de nosotros; camino que finaliza en el Cielo.

Santa María ha experimentado, como ninguna otra criatura, la especialísima unión con Dios y su protección de los poderes del mal, incluso de la muerte. En los versículos de la Primera Carta a los Corintios que se leen en la Misa de la Asunción, san Pablo habla de la resurrección del Señor. Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron. Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo (1 Co 15, 20-22). La Virgen, por su maternidad divina, fue asociada a la Redención de una manera activa; por ello, también debía estar asociada al triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte. Victoria que alcanza su plenitud en la Resurrección del Señor, y que se extiende a aquella por la que nos vino la Vida: La muerte ha sido absorbida por la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? (1 Co 15, 54-55). Santa María aplastó la cabeza de la serpiente infernal. Ella, que no fue tocada por el pecado original, no había de sufrir la corrupción de la muerte, aunque se sometiera a la misma, a imitación de su Hijo.

Al cumplirse los días de su vida mortal, la Madre de Dios fue llevada a los cielos, pues no había de conocer la corrupción quien no había sido corrompida por el pecado. La Asunción es expresión cabal de la plenitud de gracia, que se extiende hasta la glorificación del mismo cuerpo. María, la Mujer vestida de sol, aparece ya triunfante como tipo y realización presente del futuro escatológico de la Iglesia.

Oí entonces una fuerte voz que decía en el cielo: “Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo” (Ap, 12, 10). Cristo reina, y ha puesto a todos sus enemigos bajo sus pies (1 Co 15, 25). El último enemigo destruido ha sido la Muerte. Y con Cristo reina en el Cielo su Madre. A Ella nos encomendamos para que también nosotros después de la resurrección de los muertos al final de los tiempos estemos en cuerpo y alma en el Cielo por toda la eternidad.

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