Homilía del vigésimo segundo domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C


En el libro de Eclesiástico el autor sagrado se dirige a su lector como el maestro a su discípulo. Hay unas enseñanzas prácticas: deberes con los padres, solicitud por los necesitados, amor a la sabiduría, vergüenza buena y mala, sinceridad y generosidad, vida doméstica, vida social, prudencia con las compañías, y otras muchas más. Entre otros temas está la virtud de la humildad, que es una virtud fundamental para el amante de la sabiduría, porque hace reconocer las propias carencias y abrirse confiadamente con ánimo de aprender.

Cuando Sirácida escribió el Eclesiástico, la filosofía griega y los nuevos conocimientos deslumbraron a muchos. Algunos abandonaron la Ley de Dios y la enseñanza tradicional de Israel para seguir a los maestros extranjeros. El orgullo de la razón que se consideraba capaz de encontrar respuestas para todo, les impedía acoger con sencillez las verdades que Dios había puesto al alcance de quienes lo buscan sinceramente.

Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Cuanto más grande seas, tanto más debes humillarte, y encontrarás gracia ante el Señor. (Si 3, 19-20). Forma parte del legado del Antiguo Testamento la idea de que Dios concede su favor a los humildes. El Nuevo Testamento pone en boca de Santa María en el canto del Magnificat una expresión llena de gozo al experimentar esa realidad. La Virgen se siente humilde esclava del Señor y proclama que Dios la ha favorecido escogiéndola como instrumento para manifestar la salvación a su pueblo. De ahí que pueda clamar: Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones (Lc 1, 48).

La humildad es una virtud que nos ayuda a conocer, simultáneamente, nuestra miseria y nuestra grandeza. La persona humilde reconoce lo que hay de bueno en su vida (dones, talentos…) sin vanagloriarse, porque no cae en el error de apropiarse de esas cualidades, sino que se las agradece a Dios. Y su humildad les lleva a pensar que otros hubieran correspondido a esos dones mucho mejor y les hubieran sacado mayor partido. ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué gloriarte como si no lo hubieras recibido? (1 Co 4, 7).

El humilde también es consciente de su miseria y de sus flaquezas, pero sabe aprovechar su debilidad para ponerse más cerca del Señor y para pedir el auxilio divino en las tentaciones. Acepta con alegría las correcciones que se le hacen; y si alguna vez tropieza, reconoce su pecado y acude con el corazón contrito a la Confesión. Y sus pecados se disolverán como el hielo en un día sereno (Si 3, 17). Sin embargo, el soberbio que por su corazón obstinado nunca ve nada de qué arrepentirse acumulará pecado tras pecado (Si 3, 29). Porque para llaga de soberbio no hay curación, porque la planta del mal ha echado en él raíces (Si 3, 30).

Señor, Tú nos has prometido hacernos como el polvo de la tierra y como las estrellas del firmamento. Ya somos como el polvo de la tierra: ¿cuándo nos harás semejantes a los astros del cielo? (Frug).

Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas (Mt 11, 29). Cristo Jesús se pudo poner de ejemplo de todas las virtudes (obediencia, justicia, prudencia, fortaleza, castidad, humildad, caridad, pobreza, templanza…). Pero cuando dijo que aprenderíamos de Él, se refirió, sobre todo, a la humildad. ¡Qué grande es la humildad de Jesús!

Toda su vida es un ejemplo de humildad. Humildad, por ejemplo, en Belén, donde tuvo por cuna un pesebre, Él que pudo elegir el lugar donde nacer; humildad también en Nazaret, donde pasa por uno más de los habitantes de aquella pequeña aldea, Él que es Señor de todo lo creado; humildad en su vida pública, pues fue predicando el Reino de los cielos con mansedumbre, Él que es el único que tiene palabras de vida eterna; humildad en su entrada en Jerusalén el día de Ramos, montado en un borrico, Él que por ser Rey del universo podía haber elegido otro trono; humildad en la Pasión, donde es tratado como un malhechor, Él que es la Inocencia; y humildad en el Sagrario, donde está a nuestra disposición, escondido en las especies eucarísticas, Él que es Pan de vida.

El Señor nos pone en guardia frente a la autosuficiencia, que pone un límite a su amor ilimitado. Nos invita a imitar su humildad, a tratar de vivirla, a dejarnos “contagiar” por ella. Nos invita -por más perdidos que podamos sentirnos- a volver a casa y a permitir a su bondad purificadora que nos levante y nos haga entrar en la comunión de la mesa con Él, con Dios mismo (Benedicto XVI).

Los humildes son sencillos expertos en el bien, prudentes, ponderados, benévolos, sabios, pacientes, íntegros, serenos, pacíficos, misericordiosos, dispuestos a convertirse, profundos, ponderados y agradables. Y no olvidemos que Dios resiste a los soberbios y otorga su gracia a los humildes (St 4, 6).

Durante una comida a la que había sido invitado por uno de los principales fariseos, Nuestro Señor habla de humildad. Una vez más aprovecha la ocasión para dar a conocer sus enseñanzas mediante una parábola. Además de Jesús estaban en casa de aquel fariseo otros invitados. Cristo viendo cómo estos invitados elegían los primeros puestos, desarrolló una lección sobre la virtud de la humildad. Cuando alguien te invite a una boda, no vayas a ponerte en el primer puesto, no sea que otro más distinguido que tú haya sido invitado por él y, al llegar el que os invitó a ti y al otro, te diga: “Cédele el sitio a ésta”, y entonces empieces a buscar, lleno de vergüenza, el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a ocupar el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy honrado ante todos los comensales. Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que su humilla será ensalzado (Lc 14, 8-11).

En nuestros días, ¡cuántas gentes buscan sobresalir, estar en primera fila! Sin embargo, los santos siempre han buscado pasar desapercibidos. Eso sí, haciendo mucho bien. Es el caso del beato Álvaro del Portillo. Éste, siguiendo los pasos de san Josemaría Escrivá, buscó pasar oculto. ¡Y qué bien lo hizo! Siendo Prelado del Opus Dei era como la sombra benéfica del santo Fundador, al que hacía presente en todos los lugares donde se hallaba.

Y después de la parábola, sigue Jesús enseñando con la imagen del banquete. Y dirigiéndose al fariseo que le había invitado le dice: Cuando des una comida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos, no sea que también ellos te devuelvan la invitación y te sirva de recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, llama a pobres, a tullidos, a cojos y a ciegos; y serás bienaventurado, porque no tienen para corresponderte. Se te recompensará en la resurrección de los justos (Lc 14, 12-14). Con estas palabras Jesús quiere manifestar que la humildad ha de completarse con la práctica de la caridad. También al dar hay que desechar todo deseo de vanagloria, de quedar bien o de recompensa humana.

Si acudimos a la Sagrada Escritura, veremos cómo la humildad es requisito indispensable para disponerse a oír a Dios. “Donde hay humildad hay sabiduría”, explica el libro de los Proverbios. Humildad es mirarnos como somos, sin paliativos, con la verdad. Y al comprender que apenas valemos algo, nos abrimos a la grandeza de Dios: ésta es nuestra grandeza (Amigos de Dios, n. 96).

La humildad hace que nos reconozcamos pecadores, como el publicano de la parábola del fariseo y el publicano que subieron al templo a orar. Y acudimos a Jesús mediador de la nueva alianza y a la sangre derramada, que habla mejor que la de Abel (Hb 12, 24). La sangre de Cristo derramada en la cruz habla mejor que la derramada por Abel, porque ésta exigía venganza mientras que la sangre de Cristo exige el perdón (Santo Tomás de Aquino).

Siendo humildes los errores no nos apartarán de Dios, pues nos llevarán a decir: mea culpa! Escribió san Alfonso María de Ligorio: Pecadores, ¡felices de vosotros, que después de pecar acudís a Jesús crucificado, que derramó toda su sangre para ponerse como mediador de paz entre Dios y los que pecan, y recabar de Él vuestro perdón! Si contra vosotros claman vuestras iniquidades, a favor vuestro clama la sangre del Redentor, y la divina justicia no puede menos de aplacarse a la voz de esta sangre (Práctica del Amor a Jesucristo, 3). Sólo cuando se es humilde hay capacidad para el arrepentimiento, para reconocer los errores cometidos. Ejemplos claros de humildad son el rey David y san Pedro. El primero compuso el salmo Miserere, en el cual acude a la misericordia de Dios pues reconoce que ha pecado. Y el Príncipe de los Apóstoles lloró amargamente su pecado, con verdadero arrepentimiento.

Por la senda de la humildad se va a todas partes…, fundamentalmente al Cielo (Surco, n. 282). Siendo humildes nos acercamos al Monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a las miríadas de ángeles, a la asamblea gozosa y a la Iglesia de los primogénitos inscritos en los cielos, al Dios Juez de todos, a los espíritus de los justos que han alcanzado la perfección, a Jesús mediador de la nueva alianza (Hb 12, 22-24).

Se ha dicho que el Cielo es el momento sin fin del amor. Allí nada nos separará de Dios, al que veremos cara a cara -visión beatífica-; a quien amará nuestra alma que ya le busca en esta vida. Pero además está la gloria accidental, la de gozar de la compañía de todos los ángeles y santos, y especialmente de la Virgen. Con ellos nos alegraremos por siempre en Dios y con Dios. Y con nuestra Madre, Santa María.

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