El sexto Mandamiento


El sexto Mandamiento

Exposición del caso:

En la clase de Sofía (casi todas las alumnas tienen 16 años) anuncian unos días de reflexión religiosa, en régimen de convivencia, para la siguiente semana. Se apuntan muchas, aunque Sofía sospecha que en algún caso el motivo es perderse dos días de clase más que otra cosa. Ella no tiene muchas ganas de ir, pero viendo que van varias amigas suyas, que se iba a aburrir quedándose, y pensando que también le puede venir bien, decide asimismo apuntarse.

Una de las actividades de esos días es una charla sobre la castidad. En ella, una profesora de Religión (de las más mayores del Instituto, por cierto), pasa revista a una serie exhaustiva de comportamientos. Sofía va oyendo cosas tales como que “ponerse una minifalda es ir provocando”; “comprarse un bikini es una indecencia”; “un cristiano decente no puede ir a la playa”; “entrar en una discoteca es anunciar que se pueden pasar contigo”; “la tele prácticamente no hay que verla, se acaba siempre con malos pensamientos o cosas peores”; “hay que tener mucho cuidado si se sale con chicos, y procurar no quedarse a solas”; “ir por la calle sin la vista recogida es exponerse a que entre mucha porquería”.

Sofía, aunque intentaba aparentar serenidad, se iba poniendo nerviosa e indignando progresivamente. Todo eso le parecía una exageración. Pensaba que había mucha gente normal que hacía cosas de esas. Se le ocurría que veía la tele y no había acabado la cosa con malos pensamientos: una cosa eran determinadas películas y otra la programación normal, que podía incluir a veces alguna “escena”, pero que no se había fijado mucho en eso; que había “bikinis y bikinis”, y “discotecas y discotecas”, y que no se podía generalizar así; y, en fin, que cómo quería que fuera por la calle, ¿con gafas negras? Le disgustaba además lo que se le antojaba un tono recriminatorio y hasta un poco desafiante, como si en el fondo fueran todas unas cochinas aunque lo disimularan. Asimismo, pensaba que si tan contundentemente sentenciaba, tendría que explicar los porqués. Y le parecía que proponía un tono de vida agobiante, en el que una se acabaría obsesionando porque todo eran peligros.

Por la noche, Sofía se juntó en una habitación con el grupo que pensaba que iba a comentar esa charla, y más negativamente. No era difícil acertar. Se oyó de todo. Descalificaciones aparte, cada una expuso sus argumentos. Para Loreto había “machismo”: ¿por qué iban a ser ellas las que “iban provocando”, y los chicos no, vistieran como vistieran y fueran como fueran? Diana pensaba que eso era “puritanismo”, pues “no te dejan hacer nada, todo está mal, todo es pecado; sólo te puedes poner una falda hasta el tobillo y quedarte en casa, pero sin tele, y mejor también sin la radio, que vete a saber qué dicen, y sin poner música, que sueltan cada barbaridad en las letras, y sin leer, que con lo que se escribe…” La que más habló fue Gloria. Dijo que trataba de estas cosas a menudo con su hermana mayor, que estaba en el último curso de Psicología. Para ella, el sexo tenía que dejar de ser una especie de tabú, porque en realidad era algo natural. Y así, tan natural era, por ejemplo, el que el sexo esté unido a la afectividad, como por tanto que fuera lógico ejercerlo con quien se estuviera unido afectivamente -el novio, por ejemplo-. La masturbación era una posibilidad, asimismo natural porque así estamos hechos, de descarga de tensiones físicas y anímicas. Y también, por ejemplo, la homosexualidad era una tendencia que se encontraba, no se elegía, y que por tanto para cada cual lo natural era seguir la inclinación que encontraba en sí mismo. Lo que pasaba era que había que dejar conceptos antiguos que agobiaban, y ver las cosas con una mentalidad nueva libre de prejuicios.

Sofía siguió pensando en esto. Si lo que había oído por la mañana le había parecido una exageración, tampoco quedaba satisfecha con lo oído por la noche. Algunos argumentos le parecían más fruto del enfado que otra cosa. Si era sincera, tenía que reconocer que alguna vez “había metido la pata”, y normalmente al principio había algún descuido en cosas que no parecían tener mucha importancia; que a veces se excusaba diciendo que algunas cosas “no le afectaban”, pero eso era una verdad a medias: en el momento no, pero en un momento de vagancia o aburrimiento le venían a la cabeza, a veces “en tromba”. Y, desde luego, no habían sido experiencias “liberadoras” ni habían descargado tensión; más bien había estado tensa hasta que por fin se había confesado, que su trabajo le había costado. Al final, intuía que esas cosas debían ser más serias de lo que había pensado. A su vez, se daba cuenta de que había aspectos que no comprendía bien, y se propuso aprender bien, porque se jugaba más de lo que antes pensaba.

Preguntas que se formulan:

-¿Son verdaderamente “cosas serias” las que afectan a la sexualidad? ¿Por qué? ¿Qué relación tienen con la persona y la personalidad? ¿Es algo meramente físico o fisiológico? ¿Cómo incide esta “seriedad” en la moralidad?

-¿Qué entiende Gloria por “algo natural”? ¿Lo es realmente? ¿Qué noción de ser humano está implícita en esa consideración? ¿Hay algún ejemplo de comportamiento antinatural entre los que señala? ¿Por qué? ¿Es la homosexualidad simplemente una “tendencia” tan natural como la heterosexualidad? ¿Qué es en realidad? ¿Es algo que “se encuentra” o se adquiere? ¿Qué juicio moral merece?

-¿Justifica la inclinación afectiva el ejercicio sexual? ¿Por qué? ¿Cómo juzgarías la afirmación de Gloria? ¿Merece el mismo juicio si la relación es formal, como en el noviazgo? ¿Por qué?

-¿Es cierto lo que dice Loreto? ¿Hay algo de verdad en ello? ¿Hay diferencias en esto entre hombre y mujeres? ¿Por qué hay que procurar evitar lo que pueda suponer “una provocación”?

-¿Cómo juzgarías los ejemplos que aparecen en la charla? ¿Son comportamientos propiamente sexuales? ¿Qué relación tienen con esta materia? ¿Qué es una ocasión de pecado? ¿Cómo se valoran moralmente las que tienen relación con la pureza? ¿Qué es el pudor? ¿Qué sentido tiene? ¿Hay también algún ejemplo de conducta que es indirectamente sexual? ¿Qué significa eso? ¿Qué valoración moral tiene?

-¿Qué opinión te merecen las objeciones de Sofía? ¿Cómo habría que explicar estas cosas? ¿Vivir bien la pureza lleva consigo algún agobio? ¿Cuál es la actitud correcta? ¿Hay alguna manera de evitar los escrúpulos y las ideas obsesivas sobre esta materia? ¿Tiene algo que ver en ello la sinceridad?

-¿Cómo responderías a los planteamientos finales de Sofía? ¿Enseñan algo sobre los medios para vivir bien esta virtud? ¿Podrías añadir alguno más? ¿Refleja lo que piensa una trivialización de estos temas en la sociedad actual? ¿Por qué sucede? ¿Cuáles son sus consecuencias?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 371-372, 2331-2359.

Comentario:

Cuando se trata de la castidad, la principal cuestión es entender bien su sentido. El resto se deduce solo, completándose con la aplicación a este terreno de lo que se ha explicado sobre la prudencia en algunos casos anteriores. Por eso el caso aborda directamente los fundamentos, sin perderse en la multiplicidad de conductas que pueden atentar contra este mandamiento; de todas formas, algunas han ido apareciendo incidentalmente en otros casos.

De las opiniones expresadas por las compañeras de Sofía, la más interesante es la de Gloria. En la historia ha habido dos grandes errores sobre este tema que, como suele ocurrir, se contraponen entre sí. El primero es despreciar lo sexual. No entraremos aquí en la explicación de las posturas filosóficas que han sustentado esta visión, sino en su resultado. Éste era ver al sexo como algo malo, o al menos vergonzoso, que se “toleraba” en determinadas condiciones -en el matrimonio- por pura necesidad: hay que perpetuar la especie. Más o menos a esto se refiere considerarlo como un “tabú”. Pero una visión serena de las cosas debe desbaratar esa visión. El sexo, como parte de la naturaleza humana, es un don de Dios, destinado a cumplir una función que no tiene nada de vergonzosa -la reproducción-, y a configurar un amor -el esponsal- que cuando es auténtico es de las cosas humanas más nobles, y así ha sido reconocido siempre.

Es demasiado frecuente en la historia de la humanidad pasar de un extremo erróneo al extremo contrario, también erróneo, como si no hubiera más posibilidades. Es lo que sucede con Gloria, y con tanta gente en nuestros días. El resultado es trivializar lo sexual. Alega para ello que es algo “natural”, y la verdad es que podemos llamar a su postura “naturalismo”. ¿Qué falla en ella? Dos cosas.

La primera, y con esto contestamos también a Diana, es el estado de esa naturaleza. Quienes no conozcan o no crean en el pecado original, al menos tendrían que tener ojos para ver sus consecuencias. La naturaleza humana está, desde entonces, herida. Tiene una tendencia al descontrol, a dejarse llevar por las pasiones las apetencias, y con ello al mal. Y el instinto sexual es fuerte, de forma que se descontrola con facilidad. De ahí que, por mucho que proteste Diana con ejemplos claramente exagerados, resulta obvio que es necesario cuidarse y tomar medidas para evitar males, a la vez que se protege la intimidad ante una situación que se presta a su desprecio o “cosificación”: tomar a una persona como cosa apetecible, y nada más. Hay que aceptar las cosas como son. Cuando el ser humano tenía una naturaleza íntegra, nos cuenta el Génesis que Adán y Eva iban desnudos sin avergonzarse por ello. Tras la caída, lo primero que hicieron fue… vestirse. Sería sin duda maravilloso que tuviéramos una naturaleza íntegra, perfectamente dominada por la razón, pero esa no es la que tenemos. Siempre ha sido un sueño de la humanidad una naturaleza perfecta, pero sería un funesto error confundir la realidad con un sueño o con un deseo.

El segundo error de la postura de Gloria es lo que ésta parece entender por naturaleza humana. Es incompleto. El ser humano es un único ser, con cuerpo y espíritu, en el que se entrelazan ambas realidades. En el sexo esto se puede ver bien. No es algo puramente fisiológico. Es también anímico, y tiene una vertiente espiritual. Es algo que abarca la persona entera: el “yo” personal no es asexuado, sino el de un hombre o una mujer. El sexo está en lo físico, en lo psíquico y en lo espiritual. Pero, y seguimos sin salirnos de lo sexual, como en todo lo que concierne al hombre, el escalón inferior debe subordinarse y orientarse al superior. Y así, resulta que el sexo, en el ser humano, está hecho para vivirse en el amor auténtico, un amor que compromete a la persona entera y apto para transmitir la vida de forma humana, creando una familia donde pueda desarrollarse la descendencia como corresponde a la dignidad humana. Ése es el amor conyugal, el de los esposos. La “unión afectiva” de la que habla Gloria parece que no llega tan alto; suena a la tan cacareada actualmente “unión sentimental”, término bastante expresivo, pues parece que no se alcanza a comprender que el amor auténtico va más allá del sentimiento. A un nivel más bajo, se puede decir algo parecido de lo que piensa Gloria sobre la masturbación: podrá descargar tensiones físicas -¡como si no hubiera otros modos de descargarlas!- pero crea otras espirituales más profundas. Sofía es sincera reconociéndolo.

La sexualidad hace referencia a todos los aspectos de la persona humana. Y el ser humano es complejo. Por tanto, la sexualidad también lo es, más de lo que puede parecer a simple vista. Esta es la razón por la que pueden darse trastornos con cierta facilidad. Pueden ser constitutivos, de desarrollo, motivados por vivencias negativas -“traumáticas”-, etc. Uno de los más conocidos es la homosexualidad. Como puede deducirse de lo dicho, no puede señalarse una causa única que explique el fenómeno, pero lo que sí puede decirse es que es un trastorno de la sexualidad, y, por eso, de la personalidad. Un trastorno en sí mismo no es algo culpable, y en su génesis puede serlo o puede no serlo, o a medias. Por eso es necesario distinguir entre el estado y el ejercicio. Éste último no sólo es un pecado, sino también algo aberrante, por ser una sexualidad ejercida de modo antinatural. Lo mismo sucede, en menor grado, con la masturbación: el sexo no está hecho para ejercerlo en solitario. Lo “natural”, no es, como Gloria parece creer, lo que “naturalmente” apetece, sino la configuración de las cosas tal como viene dada por la naturaleza.

Si la sexualidad se refiere a toda la persona, también se deberá referir a la personalidad. Por eso las diferencias hombre-mujer no sólo son las físicas. También las hay anímicas, y espirituales. No se trata, por supuesto, de ser “más” ni “menos”, sino sencillamente distintos. En el caso, eso es algo que no parece tener en cuenta Loreto. O, al menos, ignora todas sus consecuencias. “Provocar”, por supuesto, es algo que pueden hacer tanto los chicos como las chicas. Pero lo hacen de modo diferente. Ellos, “provocando” directamente; ellas, “haciéndose provocativas”. Son diferencias de matiz, pero que deben ser tenidas en cuenta. No se trata aquí de explicar los rasgos psicológicos predominantes de cada uno, sino más bien de dejar constancia de que existen. Por eso, ellos deben tener más cuidado con su conducta, y ellas con su aspecto. No se trata de disminuir la elegancia; al contrario, lo digno de la persona es cuidar su estética -y es un favor que hacemos al prójimo-, pero cuidarla de forma que se sea contemplado como persona, no como objeto. Diciéndolo de modo expresivo, hay que procurar que se nos mire como personas, dirigiendo la mirada a lo más personal y significativo que tenemos: el rostro.

El amor, bien entendido, es entrega. Cuando la sexualidad está por medio, la entrega es de la propia intimidad, y de una dimensión muy personal. Por eso el único amor que se ajusta a la sexualidad y que alcanza lo que requiere es el amor conyugal. Por eso el sexo, en los hombres, está hecho para el matrimonio y sólo para él. Ni siquiera el noviazgo llega a la altura requerida. Puede que sea un noviazgo comprometido…, pero no con el suficiente compromiso: éste no se alcanza hasta el matrimonio. De ahí que la educación sexual -incluida la etapa del noviazgo, la última previa al matrimonio- sea educación para el amor. Consiste en enseñar a reservar esa capacidad de amar para el único amor que verdaderamente lo merece, sin que se estropee con otras cosas que podrán ser atractivas, incluso afectivamente atractivas, pero que en comparación al amor conyugal, al que la naturaleza llama a los hombres -por eso es verdadera vocación humana, que la gracia eleva y convierte en vocación cristiana-, no es más que una degeneración. Por eso la intuición final de Sofía es muy cierta: estamos ante algo serio. Por eso, también, su transgresión directa es siempre objetivamente grave -aunque el pecado pueda ser venial por falta de advertencia o consentimiento adecuados-.

¿Y tiene razón Sofía al indignarse por lo que oye de la profesora? ¿Es exagerado? Habría que oír la sesión completa para juzgar bien, pero lo que da la impresión es que el fallo no está tanto en el contenido como en las formas. Lo importante no es tanto “sentenciar” comportamientos de manera drástica, sino explicar el sentido de la sexualidad y de la virtud de la castidad. Y, por supuesto, también es necesario sacar conclusiones prácticas, si es necesario detalladas. Gente como Sofía lo necesita, ya que está más influida por el ambiente de relajación general de lo que ella es consciente. Pero, si se quiere enseñar con los ejemplos, hay que saber explicarlos bien. Y hay que ser positivos: si se piden esfuerzos, es por conseguir algo que valga la pena el esfuerzo.

¿Y es tanto el esfuerzo? ¿Es agobiante? A veces puede se costoso, pero no debe ser en ningún caso agobiante; si lo es, puede deducirse que hay algo mal planteado en ese esfuerzo. Como para todo esfuerzo, el cristiano debe contar con la gracia (oración, sacramentos…). Por lo demás, no es tan difícil si se cuidan los medios que la sensatez aconseja: evitar la pereza -física y mental-, y cuidar, una vez más, la prudencia: evitar las ocasiones de pecado. Y con una añadidura que puede tener su importancia: que una caída no es una catástrofe irreparable, sino un tropiezo del que hay que levantarse enseguida, con una lucha renovada y reforzada por la contrición.

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