Homilía de la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz (Año 2019)


Los israelitas anduvieron por el desierto durante muchos años antes de llegar a la tierra prometida. Su peregrinación no fue nada fácil. Encontraron bastantes dificultades, pero el Señor siempre acudió en su ayuda. Pero no por ello dejaron de protestar cuando surgía un obstáculo. Cuando tuvieron que dar un gran rodeo en torno a Edom, el pueblo protestó contra Moisés, mas esa protesta era, al mismo tiempo, contra Dios. El pueblo se impacientó por el camino. Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés: “¿Por qué nos habéis subido de Egipto para morir en el desierto? Pues no tenemos ni pan ni agua, y estamos cansados de ese manjar miserable”. Envió entonces el Señor contra el pueblo serpientes venenosas, que mordían al pueblo; y murió mucha gente de Israel (Nm 21, 4-6).

Al ver el castigo, los israelitas reconocen su pecado, y le dicen a Moisés: Hemos pecado por haber hablado contra el Señor y contra ti. Ruega al Señor para que aparte de nosotros las serpientes (Nm 21, 7). Y Moisés se convierte una vez más en intercesor a favor del pueblo. Ante la súplica de Moisés, Dios se apiada de su pueblo y decide poner remedio contra las mordeduras de las serpientes. Dijo el Señor a Moisés: “Haz una serpiente venenosa y ponla sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y lo mire, vivirá”. Hizo Moisés una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida (Nm 21, 8-9). Hay que resaltar que quien curaba no era la serpiente hecha por Moisés, sino la misericordia de Dios. La serpiente de bronce era una señal de la salvación que Dios ofrece a todos los hombres.

La serpiente de bronce era signo de dos cosas: del pecado hecho por la serpiente, de la seducción de la serpiente, de la astucia de la serpiente; y también era señal de la cruz de Cristo. Era una profecía. La salvación sólo viene de la cruz, pero de esta cruz que es Dios hecho hombre. No hay salvación en las ideas, no hay salvación en la buena voluntad, en el deseo de ser buenos… No. La única salvación está en Cristo crucificado, porque sólo Él, como significaba la serpiente de bronce, ha sido capaz de tomar todo el veneno del pecado y nos ha curado allí (Papa Francisco).

La serpiente de bronce se menciona en el Evangelio como figura de Cristo clavado en la cruz, causa de salvación para cuantos dirigen a Él su mirada con fe: Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él (Jn 3, 14-15). En el Evangelio se contempla la acción salvadora de la serpiente levantada en lo alto aludiendo al levantamiento de Jesús en la cruz y a su eficacia salvífica. Si los israelitas miraban la serpiente de bronce se curaban: cuando se mira con fe al Crucificado se cura de todo el mal que anida en el corazón y lleva a la muerte. Por eso, la Iglesia, en la liturgia del Viernes Santo, invita a los fieles a mirad la cruz: Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo. Cuando Cristo es alzado sobre todas las realidades humanas, eleva todas las cosas hacaia Él, de modo que su glorificación es medio de curación defintiva para toda la humanidad.

La Cruz es el trofeo erigido contra los demonios, la espada contra el pecado, la espada con la que Cristo atravesó a la serpiente; la Cruz es la voluntad del Padre, la gloria del Hijo, el júbilo del Espíritu Santo, el ornato de los ángeles, la seguridad de la Iglesia, el motivo de gloriarse de Pablo, la protección de los santos, la luz de todo el orbe (San Juan Crisóstomo, Homilía sobre el cementerio y la cruz, 2). Y ahora nos preguntamos: ¿Qué es la cruz para nosotros? Es la señal del cristiano, porque en ella nos redimió Cristo. Cuando dirigimos la mirada a la cruz donde estuvo Jesús clavado, contemplamos el signo del amor, del amor infinito de Dios por cada uno de nosotros y la raíz de nuestra salvación. De esa cruz brota la misericordia del Padre, que abraza al mundo entero.

La Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz porque en ella se reveló al máximo el amor de Dios por la humanidad. Es lo que nos recuerda el Evangelio según san Juan en la liturgia de la Palabra de esta fiesta: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). El Padre “dio” al Hijo para salvarnos, y esto implicó la muerte de Jesús, y la muerte en la cruz. ¿Por qué? ¿Por qué fue necesaria la cruz? A causa de la gravedad del mal que nos esclavizaba. La cruz de Jesús expresa ambas cosas: toda la fuerza negativa del mal y toda la omnipotencia mansa de la misericordia de Dios (Papa Francisco). Dios puso en la cruz de Jesús todo el peso de nuestros pecados. En la cruz vemos la monstruosidad del hombre, cuando se deja guiar por el mal; pero vemos también la inmensidad de la misericordia de Dios que no nos trata según nuestros pecados, sino según su misericordia. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él (Jn 3, 17).

Jesús en la cruz siente el peso de todos los males -guerras, violencias, corrupción, injusticias, abusos sexuales, atropellos a la dignidad de la persona humana, abortos, explotación de los más débiles económicamente, despilfarro de bienes de primera necesidad, divorcios y también los pecados personales de los hombres, y un largo etcétera-. Pero Él con la fuerza del amor de Dios los vence. Este es el gran bien que Cristo hace a todos los hombres en el trono de la cruz. Por eso la cruz nos habla de la alegría de ser salvados.

¿Cómo amar de veras la Cruz Santa de Jesús?… ¡Deséala! …¡Pide fuerzas al Señor para implantarla en todos los corazones, y a lo largo y a lo ancho de este mundo! Y luego… desagráviale con alegría; trata de amarle también con el latir de todos los corazones que aún no le aman (San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, Estación 5ª n. 5). Por medio de la cruz de Cristo ha sido vencido el Maligno, ha sido derrotada la muerte, se nos ha dado la vida, devuelto la esperanza. La cruz de Jesús es nuestra única esperanza verdadera. Por eso la Iglesia “exalta” la Santa Cruz y también por eso, los cristianos bendecimos con el signo de la cruz.

La entrega de Cristo constituye la llamada más apremiante a corresponder a su gran amor. Amemos la cruz porque es una gran bendición de Dios: esa cruz de la que decía san Pablo que era escándalo para los judíos y necedad a los ojos de los gentiles, pero fuerza y poder de Dios para los que se salvan. En ella está nuestro Salvador, porque por especial designio de la voluntad de Dios, Cristo y la cruz van ineludiblemente unidos. Sin miedo a la cruz, pues toparse con la cruz es encontrarse con Cristo, es encontrar la felicidad. También la cruz nos habla de desagraviar, de reparar por los pecados. El terrible suplicio de la cruz nos enseña en una insustituible lección, de la manera más expresiva -sin palabras, con hechos- de la gravedad del pecado. Ese pecado que ha exigido la muerte del mismo Dios hecho hombre.

Los Padres de la Iglesia han contrapuesto el árbol del conocimiento del bien y del mal, en el Paraíso, con el árbol de la cruz, en el Calvario. El del Paraíso había hecho tanto mal, cerrando las puertas del Cielo En él la serpiente venció al hombre. Y el del Calvario nos trajo la salvación, fue la llave que nos abrió las puertas de la Gloria. La cruz parece determinar el fracaso de Jesús, pero en realidad manifiesta su victoria. En ella Jesús ha vencido a la antigua serpiente, a Satanás. Cristo, muriendo en la cruz, entregando su vida por amor, nos ha dado la verdadera vida, la de la gracia.

Este árbol de la Cruz nos salva, a todos nosotros, de las consecuencias de ese otro árbol, donde comenzó la autosuficiencia, el orgullo, la soberbia de querer conocer -nosotros-, todo, según nuestra mentalidad, de acuerdo con nuestros criterios, incluso de acuerdo a la presunción de ser y de llegar a ser los únicos jueces del mundo. Esta es la historia del hombre: desde un árbol a otro. En la cruz está también “la historia de Dios” para que podamos decir que Dios tiene una historia. Es un hecho que Dios ha querido asumir nuestra historia y caminar con nosotros: se ha abajado haciéndose hombre, mientras nosotros queremos alzarnos, y tomó la condición de siervo, haciéndose obediente hasta la muerte en la Cruz, para levantarnos (Papa Francisco).

Este abajamiento de Dios lo explica san Pablo a los cristianos de Filipos. En una apremiante exhortación a la humildad, presenta a Jesucristo como modelo mediante un himno, en el canta la humillación y posterior exaltación de la Humanidad de Nuestro Señor. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre (Flp 2, 6-11).

En este pasaje neotestamentario, incluido en la liturgia de la Palabra de la Misa de la Exaltación de la Santa Cruz, el Apóstol de los gentiles afirma la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y hace referencia a su humillación al hacerse hombre, proclamando hasta qué límite llegó su humildad: en su condición de hombre aceptó por obediencia morir en la cruz. La humillación de Jesús no consistió en hacerse hombre -semejante en todo a nosotros menos en el pecado- ocultando la gloria de su Divinidad en su Humanidad santísima, sino que además llevó una vida de sacrificios y sufrimientos, que alcanzarían su consumación en la cruz, en la que fue despojado de todo como un esclavo y contado entre los malhechores. Pero una vez cumplida su misión redentora, vuelve a manifestarse con toda gloria que en virtud de su naturaleza divina le corresponde, y que su naturaleza humana había merecido.

Jesucristo, Dios y Hombre, culmina su existencia terrena en la cruz, y, por la cruz, entra en su gloria, como Señor y Mesías. Este acontecimiento pone a todo el universo en camino de salvación. La humillación de Cristo y su obediencia hasta la muerte son una manifestaciónde su amor hacia los hombres, pues nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos (Jn 15, 13). El Señor nos da una admirable lección de humildad y obediencia. Aprendamos de esta actitud de Jesús. En su vida en la tierra, no ha querido ni siquiera la gloria que le pertenecía, porque teniendo derecho a ser tratado como Dios, ha asumido la forma de siervo, de esclavo. El cristiano sabe así que es para Dios toda la gloria, y que no puede utilizar como instrumento de intereses y de ambiciones humanas la sublimidad y la grandeza del Evangelio. Aprendamos de Jesús. Su actitud, al oponerse a toda gloria humana, está en perfecta correlación con la grandeza de una misión única: la del Hijo amadísimo de dios, que se encarna para salvar a los hombres (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 62).

La Virgen estuvo en el Calvario, junto a la cruz de Jesús. El fiat de María en la Anunciación encuentra su plenitud en el fiat silencioso que repite al pie de la Cruz. Desde que concibió virginalmente a su divino Hijo, Ella no tuvo más corazón ni más vida que la de Jesús. Acudamos a la Madre de Dios pidiéndole que nos conceda la gracia de estar como Ella en el Calvario, porque allí nos encontramos con la Cruz del Señor, esa Cruz gloriosa con la que Jesús, muerto por nosotros, nos redimió.

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