Homilía del vigésimo cuarto domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C


Israel es el pueblo de la Antigua Alianza. Dios saca a su pueblo de la esclavitud de Egipto realizando grandes prodigios. El Señor ama a Israel con el amor de una peculiar elección, semejante al amor de un esposo, y por esto perdona sus culpas e incluso sus infidelidades y traiciones. Cuando Dios ve la penitencia, la conversión auténtica de los israelitas, devuelve de nuevo la gracia a su pueblo. El libro del Éxodo narra la travesía por el desierto del pueblo judío antes de entrar en la tierra prometida. En un momento, durante aquella peregrinación, parece que la paciencia de Dios se agota. Mientras Moisés está en el monte Sinaí con Dios, los israelitas, desviándose del camino que Dios les había señalado, se han hecho un toro de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: “Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto” (Ex 32, 8).

Es el pecado de idolatría; un pecado que se da con bastante frecuencia en nuestros días. La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátase de dioses o demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del estado, del dinero, etc. La idolatría rechaza el único Señorío de Dios; es, por tanto, incompatible con la comunión divina (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2213).

Volvamos al relato del Éxodo. Dios manifiesta a Moisés la decisión de acabar con el pueblo judío. Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo (Ex 32, 9-10). Moisés, como en otro tiempo Abrahán hizo en favor de la ciudad de Sodoma, intercede ante el Señor por el pueblo. ¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? (Ex 32, 11). En el cara a cara con Dios, su oración es una intercesión que espera en la misericordia de Dios. Pero esta vez la intercesión tiene éxito, porque Israel es el pueblo a quien el Señor ha hecho suyo: lo eligió, sacándolo de Egipto con poderío; por eso, ahora no puede volverse atrás; más aún, lo había elegido desde el juramento hecho a Abrahán. Y este juramento se lo recuerda Moisés en su intercesión: Acuérdate de Abrahán, de Isaac y de Jacob a quienes juraste por ti mismo diciendo: “Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo; y toda esta tierra que os he prometido se la daré a vuestra descendencia, para que la posean en herencia, para siempre (Ex 32, 13).

Interceder, pedir en favor de otro, es, desde Abrahán, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos. En la intercesión, el que ora busca no su propio interés sino el de los demás, hasta rogar por los que le hacen mal (recuérdese a Esteban rogando por sus verdugos, como Jesús) (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2635). Aunque Dios le había dicho de ti haré un gran pueblo, Moisés sólo quiere que Dios perdone a su pueblo; no busca su propio interés sino el de los demás. Su oración fue eficaz porque el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo (Ex 32, 14). Es una de las veces que la Sagrada Escritura dice que Dios se arrepiente. Gracias a Moisés, el pueblo elegido fue perdonado por Dios.

Dios perdona a su pueblo, no porque lo merezca, sino por pura misericordia y movido por la intercesión de Moisés. Así el perdón y la conversión son igualmente iniciativa divina.

En el Antiguo Testamento hay bastantes pasajes en los que hay cambios de planes por parte de Dios, y estos cambios hablan de la misericordia divina: Sodoma no hubiera sido destruida si hubiera habido 10 justos. Y Nínive no fue destruida porque Dios vio el arrepentimiento y la penitencia de sus habitantes, de cómo los ninivitas se habían convertido de su mala conducta, tuvo compasión de ellos y no llevó a cabo el mal con el que había amenazado.

En el Nuevo Testamento está la plenitud de la Revelación. Cristo nos revela a Dios como Padre, que es misericordioso y Dios de todo consuelo (2 Co 1, 3), porque es la encarnación de la infinita bondad de Dios, el rostro de la misericordia del Padre. En Él se hace visible un Dios misericordioso.

La misericordia de Dios aparece repetidas veces en el Evangelio, especialmente en los pasajes en los cuales Cristo perdona los pecados (por ejemplo, al paralítico de Cafarnaún, a la mujer sorprendida en adulterio, a la pecadora que le ungió los pies con perfume) y en las parábolas de la misericordia, recogidas por san Lucas. En estos relatos evangélicos se ve la misericordia del Señor, a un Dios encarnado que perdona.

En las parábolas de la misericordia, de un modo gráfico, Jesús habla de la infinita y paternal misericordia de Dios, de su desvelo por cada uno de los hombres y de su alegría por la conversión del pecador. Son tres: la oveja descarriada, la dracma perdida y el hijo pródigo. Jesucristo contó las dos primeras, que son parábolas parecidas, para referirse a la alegría que hay en el Cielo cuando un pecador se reconcilia con Dios. Como los publicanos y pecadores solían acudir a Jesús para escucharle, los fariseos y escribas murmuraron de esto, diciendo: Éste recibe a los pecadores y come con ellos (Lc 15, 2). Esta murmuración fue el motivo por el cual Cristo les propuso dos parábolas: la de la oveja descarriada y la de la dracma perdida.

Jesús les dijo esta parábola: “Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido” (Lc 15, 3-6).

La tradición cristiana, fundada también en otros pasajes evangélicos, aplica esta parábola a Cristo, Buen Pastor, que echa de menos y busca con afán la oveja perdida: el Verbo, descaminada la humanidad por el pecado, sale a su encuentro en la Encarnación. En este sentido comenta san Gregorio Magno: Puso la oveja sobre sus hombros, porque, al asumir la naturaleza humana, Él mismo cargó con nuestros pecados.

En el Evangelio, ese pastor que sale, va a buscar aquella oveja perdida, podía hacer la cuenta de un buen comerciante: por noventa y nueve, si pierde una no hay problema; el balance… Ganancias, pérdidas. No. Tiene corazón de pastor. Sale a buscarla hasta que la encuentra y allí hace fiesta, está feliz. La alegría para salir a buscar a los hermanos y a las hermanas que están lejos. Ésta es la alegría de la Iglesia. Allí la Iglesia se convierte en madre, se hace fecunda. Cuando la Iglesia no hace esto, cuando la Iglesia se encierra en sí misma, tal vez se ha organizado bien, organigrama perfecto, todo en su lugar, todo limpio, pero falta alegría, falta fiesta. Y así se convierte en una Iglesia desalentada, triste, una Iglesia que tiene más de solterona que de madre. Que el Señor nos dé la gracia de trabajar, ser cristianos alegres en la fecundidad de la madre Iglesia y nos libre de caer en la actitud de ser cristianos tristes, impacientes, desalentados, y nos consuele con la consolación de la ternura de Jesús y de su misericordia en el perdón de nuestros pecados (Papa Francisco).

Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse (Lc 15, 7). No quiere esto decir que el Señor no estime la perseverancia de los justos, sino que aquí se destaca el gozo de Dios y de los bienaventurados ante el pecador que se convierte. Es una clara llamada al arrepentimiento y a no dudar del perdón de Dios.

La parábola de la dracma perdida es muy semejante a la de la oveja perdida. En ella se hace referencia a los ángeles. Así, os digo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente (Lc 15, 10).

La tercera parábola de la misericordia es la del hijo pródigo, que quizás es la parábola más comentada de todas. Conforma una de las páginas más bellas del Evangelio. En ella, de modo gráfico, Cristo se refiere a la infinita y paternal misericordia de Dios. Algunos señalan que mejor sería llamarla la parábola del padre misericordioso. Benedicto XVI señala que se tiende a denominarla parábola de los dos hermanos.

El hijo pródigo veía en la casa de su padre una serie de limitaciones que coartaban su libertad. Lo tenía todo. El amor de su padre, el bienestar, la consideración de hijo, la honra… pero para él esto era contrario a su libertad, y tomó la decisión de abandonar la casa paterna, después de exigir a su padre la parte de la herencia que le correspondía. Se produjo una ruptura en las relaciones con su padre. Y esto es el pecado: el rechazo del amor paterno de Dios y de los dones derivados de ese amor. Hay personas que ven en los mandamientos del Decálogo preceptos que limitan su libertad, pero se equivocan, porque en el cumplimiento de la ley de Dios está nuestro bien.

Malgastó su fortuna viviendo lujuriosamente (Lc 15, 13). Aquel joven se dejó arrastrar por las más bajas pasiones. En lugar de vivir como una persona humana tuvo un comportamiento más propio de los animales, que se dejan llevar por el instinto sexual. Llenó su corazón de impurezas. Y los pecados de la carne provocan la insensibilidad para las cosas de Dios, y también para muchas cosas humanas rectas, entre ellas, la de enamorarse castamente. El hijo pródigo perdió la capacidad de amar.

El cristiano no mira la actividad sexual como algo malo, sino como facultad otorgada por Dios para la transmisión de la vida dentro de la unión matrimonial. Pocas cosas pueden tanta dignidad en la tierra como esta capacidad que se ordena a dar la vida. Dios ha dado a la especie humana el precepto de multiplicarse y poblar la tierra, y para facilitar el cumplimiento de esta obligación, asoció un placer al acto generativo. Buscar ese placer fuera de las condiciones establecidas por Dios es ir contra el plan divino, es un pecado grave. Por tanto, sólo es lícito hacer uso de la facultad generativa dentro del matrimonio.

El joven, al verse en la situación en que había caído, recapacita. Me levantaré e iré a mi padre (Lc 15, 18). Por muy enfangada que esté un alma, siempre es posible salir de esa situación. Se requiere humildad para reconocer el pecado e ir a la casa del Padre. Pronto, traed la túnica más rica y vestídsela, poned un anillo en su mano y unas sandalias en sus pies (Lc 15, 22). El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de la vida nueva, pura, digna, llena de gozo que es la vida del hombre que vuelve a Dios. Eso sí es rehacer la vida.

En la casa del Padre está la felicidad. Sólo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza. Con esta parábola Jesucristo desea convencer a los que entonces le oían, y a los hombres de todos los tiempos, que nunca es tarde para el arrepentimiento; que nuestro Padre-Dios nos espera en todo momento, siempre pronto a recibirnos con misericordia y a limpiar nuestra alma -si hemos tenido la desgracia de alejarnos de Él por el pecado- en cuanto abrimos el corazón con sinceridad en la Confesión.

El Señor comienza la parábola hablando de dos hijos. Hasta ahora sólo se ha hablado del menor, pero en la parte final del relato se habla del hijo mayor, cuyo comportamiento también deja mucho que desear. La conducta del hijo mayor era una reacción de despecho, que causó pena al padre. ¿Cómo era posible no gozarse ante la recuperación del hermano perdido?

San Pablo, en la primera carta que escribe a Timoteo, hace referencia a la misericordia que tuvo Dios con él. Doy gracias a Cristo Jesús nuestro Señor que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio. Eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un violento. Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía, Dios derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor cristiano (1 Tm 1, 12-14). La conversión del joven Saulo es un ejemplo del milagro realizado por la gracia; sólo por la misericordia de Dios se ha convertido en Apóstol de los gentiles, en un ministro fiel del Evangelio. De ahí que esta transformación suya sirviera también para infundir en los cristianos de su época -y en los de los siglos venideros-, y en todos los que se acercan a la Iglesia, una gran confianza en el perdón de Dios, que -como buen Padre- siempre acoge al pecador arrepentido.

Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo: Que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero. Y por eso se compadeció de mí: para que en mí, el primero, mostrara Cristo toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en él y tendrán vida eterna. Al rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén (1 Tm 1, 15-17).

Si los ángeles de Dios y los santos del cielo se alegran mucho por la conversión de un pecador, cuánta más alegría será la de la Virgen María, que es Refugio de los pecadores y Madre llena de misericordia.

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