Homilía del vigésimo quinto domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C


Disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo (Am 8, 5-6). El profeta Amós denuncia a los que son injustos y explotan a los pobres. En el Decálogo está el séptimo mandamiento: No hurtarás, que trata de la virtud de la justicia. Este precepto de la ley de Dios ordena hacer buen uso de los bienes terrenos. Manda Dios respetar el derecho del prójimo a los bienes de fortuna, y de guardar la justicia en todo lo que mira a la hacienda de los demás. Su cumplimiento es la salvaguardia de la justicia y del derecho de propiedad, y el fundamento del orden, de la paz y de las relaciones laborales.

Es obligación de justicia: pagar las deudas, dar el justo jornal a los operarios, pagar los impuestos, buscar al dueño de aquello que se ha encontrado, y -en caso de infracción- restituir cuanto antes lo robado y reparar la injusticia cometida. Y exige respetar las promesas y los contratos estipulados.

Las palabras de amenaza del profeta están dirigidas a los corruptos del pueblo de Israel. Y pone en boca del Señor: ¡No olvidaré jamás ninguna de sus obras! Hoy día vemos que hay corrupción, mucha corrupción, e injusticias. Pero Dios es justo y pagará a cada uno según sus obras. Si éstas son corruptas, nadie que las haya hecho escapará al castigo divino.

El séptimo mandamiento se quebranta con los actos externos contrarios a la justicia y al derecho de la propiedad, como son el hurto, la rapiña, el fraude, la usura, la retención injusta, la cooperación injusta, y cualquier otra acción voluntaria que cause daño al prójimo en sus bienes, como sería no pagar maliciosamente las deudas y los salarios debidos, o percibir éstos sin haberlos ganado; violar los contratos y compromisos adquiridos, la especulación, la falsificación de cheques y facturas; el abuso privado de bienes sociales; los trabajos culpablemente mal realizados y el despilfarro.

Cuando se ha faltado al séptimo mandamiento hay que reparar la injusticia causada. Esta reparación puede comprender tanto la devolución de la cosa injustamente robada como la compensación del daño injustamente causado. Todo el que tiene algo que no le pertenece, o que ha causado un daño injusto, debe restituir. La obligación de hacerlo, en el caso de materia grave, es absolutamente necesaria para obtener el perdón de los pecados. Si el impío hiciere penitencia y restituye lo robado, tendrá la vida verdadera (Ez 33, 15).

En el Evangelio según san Lucas está la parábola del administrador infiel. Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes (Lc 16, 1). El administrador no es el dueño de los bienes de su señor. Igualmente una persona que ocupa un cargo gubernativo no es propietario del dinero público. Su misión es administrarlo en beneficio de los ciudadanos, para acrecentar el bien común. La corrupción está en apoderarse del dinero público para beneficio propio. Y por desgracia hay personas que, llevadas por la avaricia o por un afán desmesurado de riquezas y de lujo, caen en la corrupción. Y otras, que derrochan lo que no es suyo haciendo gastos excesivos para darse todo tipo de caprichos, ya sea en la comida o en trajes, o bien en actividades recreativas o en otras cosas. También están los funcionarios que, como Zaqueo antes de su conversión, cobran más de lo estipulado, o sólo conceden una licencia si hay un “sobre” por medio, o para agilizar una gestión exigen la clásica “mordida”. Tales comportamientos son gravemente pecaminosos porque van contra la virtud de la justicia.

Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad (1 Tm 2, 1-2). El apóstol san Pablo, en su primera carta a Timoteo, exhorta a rezar por los que tienen cargos públicos. Es muy importante que los constituidos en autoridad vivan bien la justicia.

El hombre es administrador de los bienes que ha recibido de Dios. Esta tierra pertenece a Dios, pero ha sido dada al conjunto de los hombres. Dios no quiere el despilfarro de los unos y el hambre de los otros, la abundancia de unos porque su suelo es generoso, y el despojamiento de los otros porque no tienen esta suerte. No tiene que haber privilegios para los ricos y los fuertes, e injusticia para los pobres y los minusválidos. Todos son iguales en dignidad (San Juan Pablo II).

Es bueno que cada uno tenga una responsabilidad personal, desarrolle sus talentos y tome una parte de la naturaleza para revalorizarla. Pero Dios ha querido un mundo en el que se compartan las cosas, se sea solidario y se preste ayuda mutua.

En la citada parábola, la conducta del administrador infiel es totalmente inmoral. Cuando su señor le dijo: ¿Qué oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando (Lc 16, 2), aquel hombre añade otras injusticias para no tener que mendigar ni trabajar. Ya sé lo que voy a hacer, para que cuando sea removido de la administración me reciban en sus casas. Y convocando uno por uno a los deudores de su señor, dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?” Respondió: “Cien medidas de aceite”. Él le dijo: “Toma tu recibo, siéntate en seguida y escribe cincuenta”. Después dijo a otro: “Tú, ¿cuánto debes?” Contestó: “Cien cargas de trigo”. Dícele: “Toma tu recibo y escribe ochenta” (Lc 16, 4-7). En la parábola se dice que el amo alabó al administrador infiel por haber actuado sagazmente (Lc 16, 8). El Señor da por supuesta la inmoralidad del administrador, pero quiere enseñar a sus discípulos que deben servirse de la sagacidad y el ingenio para la extensión del Reino de Dios.

Tras la parábola, el evangelista recoge unas máximas del Señor. Tal vez la más expresiva es: Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero (Lc 16, 13), donde el amor a las riquezas se concibe como una idolatría. El beato John Newman dijo en un discurso sobre la fe: Todos se inclinan ante dinero. A la riqueza tributa siempre la multitud de los hombres un homenaje instintivo. Miden la felicidad por la riqueza, y por la riqueza miden, a su vez, la respetabilidad de la persona. Riqueza es el primer ídolo de este tiempo. ¡Cuántas personas hay que divinizan el dinero! No quepa la menos duda que son idólatras.

Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad (1 Tm 2, 4) escribe san Pablo a Timoteo. Y en otra epístola, el Apóstol de los gentiles dice: ¿Es que no sabéis que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni lo idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los injuriosos, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios (1 Co 6, 9-10). Cita a los idólatras, entre los cuales están los que sirven al dinero y no a Dios, los que honran a las riquezas en lugar de Dios. El apego a los bienes materiales puede ser una verdadera idolatría que impide el acceso al Reino de Dios. Y el Señor lo explica utilizando quizás un proverbio: Os digo que es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios (Mt 19, 24). En otra ocasión dijo esta imprecación: ¡Ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! (Lc 6, 24).

La riqueza se parece al agua del mar: cuanto más se bebe, más se siente la sed. Otro tanto cabe decir respecto a la gloria (Schopenhauer). Este dicho refleja muy bien lo que le pasa a los corruptos. El afán de poseer más les lleva a prácticas injustas, a quebrantar el séptimo mandamiento del Decálogo. La actitud ante los bienes materiales debe ser: de sobriedad en la comida, en la bebida, en el tabaco; de templanza en el descanso y en las relaciones sociales. Los viajes, las diversiones, el uso de instrumentos de distracción, de descanso, de deporte…, todo ha de estar informado por esa digna sobriedad, que tanto atrae a las almas.

La pobreza, en el sentido que le da Jesús -el sentido de los profetas-, presupone sobre todo estar libres interiormente de la avidez de posesión y del afán de poder. Se trata de la purificación del corazón, gracias a la cual se reconoce la posesión como responsabilidad, como tarea con respecto a los demás, poniéndose bajo la mirada de Dios y dejándose guiar por Cristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros.

Cristo nos exhorta a buscar sobre todo el Reino de Dios viviendo con serenidad cada día, poniendo las preocupaciones espirituales por delante de las materiales. Comenta san Juan Crisóstomo: No dijo el Señor que no haya que sembrar, sino que no hay que andar preocupados; no que no haya que trabajar , sino que no hay que ser pusilánimes, ni dejarse abatir por las inquietudes. Si, nos mandó que nos alimentáramos, pero que no anduviéramos angustiados por los alimentos.

Al final de la parábola del administrador infiel Nuestro Señor dice unas palabras que debemos meditar despacio: Los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz (Lc 16, 8). Sí, tenemos que espabilarnos, no quedarnos dormidos cuando los enemigos de Dios y de la Iglesia siembran abundantes cizaña en el campo del mundo. ¡Cómo aprovechan los medios de comunicación para propagan sus errores! San Josemaría Escrivá animaba a difundir la doctrina cristiana, las maravillas del Señor con publicaciones y utilizando la prensa, el cine, la radio y la televisión. No citó el internet porque en su época no existía la informática.

Acudamos a Santa María, Abogada nuestra. Ella, como Madre de Misericordia, tratará los negocios de nuestra salvación.

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