Homilía del vigésimo sexto domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C


Para meditar sobre los novísimos abrimos el Evangelio según san Lucas y en el capítulo 16 leemos la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro.

Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes. En cambio, un pobre llamado Lázaro yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico (Lc 16, 19-20). Así comienza Jesucristo la parábola. Esta parábola es un ejemplo en la que se expresa la doctrina evangélica sobre las riquezas. Del rico Epulón no se dice explícitamente que hiciera nada malo, como emborracharse o que además de comer inmoderadamente cometiese otros excesos. Aunque ya el dejarse llevar por la gula es una cosa mala. No hay que olvidar que la gula es un pecado capital, y los pecados capitales son aquellos afectos desordenados que son como las fuentes de donde proceden todos los demás pecados. Como consecuencia de la vida regalada que llevaba no podía ver al prójimo en el pobre Lázaro.

La parábola tiene bastante actualidad. ¿Cuántos hay que viven como el rico Epulón? Personas con abundancia de bienes, que no ven a su lado pobres que carecen de lo más necesario para vivir; ricos que despilfarran el dinero en caprichos lujosos y no ayudan económicamente a los necesitados. El Concilio Vaticano II dice: Descendiendo a consecuencias prácticas de máxima urgencia, el Concilio inculca el respeto al hombre, de forma que cada uno, sin excepción de nadie, debe considerar al prójimo como “otro yo”, cuidando en primer lugar de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente, no sea que imitemos a aquel rico que se despreocupó por completo del pobre Lázaro (Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 27).

Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán; murió también el rico y fue sepultado (Lc 16, 22). La muerte alcanza a todos. Es universal. Bien lo expresó el poeta Jorge Manrique en la estrofa XIV de las Coplas por la muerte de su padre: Estos reyes poderosos // que vemos por escrituras // ya pasadas, // con casos tristes, llorosos, // fueron sus buenas venturas // trastornadas. // Así que no hay cosa fuerte, // que a Papas y Emperadores // y Prelados, // así los trata la Muerte // como a los pobres pastores // de ganados.

El recuerdo constante de la muerte nos ayudará a tomarnos en serio esta vida aprovechando bien el tiempo y viviendo cada día, cada hora, como si fuese la última: Vigilad, pues, porque no sabéis el día ni la hora (Mt 25, 13). Pensar en la muerte no debe ser para el cristiano algo sobrecogedor, sino un poderoso estimulante del sentido de la responsabilidad. ¡Cuántas veces decimos para justificar una comisión, un conato de pereza, un deseo de no complicarnos la vida, o una chapuza: mañana será otro día, más adelante…, cuando cambie esta situación…! Siempre estamos aplazando el cortar con un abuso o el decidirnos a hacer las cosas bien, con rectitud. Pero ¿quién nos asegura que habrá un mañana, un más adelante?

Jesucristo dice lo que le pasó a los dos después de la muerte. Lázaro fue llevado al seno de Abrahán, y Epulón descendió a los infiernos. Nuestro Señor, con esta parábola disipa dos errores: el de los que negaban la supervivencia del alma después de la muerte -y por tanto, el Juicio y la retribución ultraterrena- y el de los que interpretaban la prosperidad material en esta vida como premio a la rectitud moral, y la adversidad, en cambio, como castigo. Este segundo error está presente en el calvinismo.

La fe católica dice que después de la muerte el alma es juzgada por Dios de todos sus actos, recibiendo el premio o el castigo merecido. Quien se comporte como el rico Epulón, y no ayude al desvalido, que no espere otra suerte distinta del rico de la parábola. En una tumba del cementerio de La Almudena de Madrid está este epitafio: Yo no le temo a la muerte, que la muerte es natural. Sólo le temo a la cuenta que a Dios le tengo que dar.

Todos nos presentaremos al juicio divino. Está establecido que los hombres mueran una vez, y después de esto el juicio (Hb 9, 27). ¿En qué consiste el juicio divino? En la comparación de cada uno de nosotros con Cristo. El juicio divino será la comparación de nuestro rostro con el de Cristo; de nuestra vida con la de Cristo; de nuestro corazón con el de Cristo.

“Me hizo gracia que hable usted de la ‘cuenta’ que le pedirá Nuestro Señor. No, para ustedes no será Juez -en el sentido austero de la palabra- sino simplemente Jesús”. -Esta frase escrita por un Obispo santo, que ha consolado más de un corazón atribulado, bien puede consolar el tuyo (Camino, n. 168).

Otra enseñanza de esta parábola es que los bienes terrenos -también los sufrimientos- son efímeros: se acaban con la muerte. La vida del hombre es tiempo de prueba, donde hay posibilidad de pecar o de merecer. Al morir el hombre, comienza de forma inmediata para él el gozo del premio o el sufrimiento del castigo, merecidos durante la prueba de la vida. Las almas de todos los que mueren en gracia de Dios reciben el premio de la gloria eterna. Distinta suerte corren los que mueren en pecado; éstos, inmediatamente después de morir, van al infierno.

Quizás alguno se pregunte: ¿Pero hay gente que todavía cree en estas cosas? Para negar esta verdad de fe habría que arrancar bastantes páginas del Evangelio, las páginas en las que Cristo habla de este lugar de castigo eterno. Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles. (…) E irán al suplicio eterno (Mt 25, 41.46). Más claro no se puede decir.

Estando (el rico Epulón) en los infiernos, en medio de los tormentos, levantando sus ojos vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno (Lc 16, 23). La doctrina cristiana enseña que con la expresión “seno de Abrahán” se indica el estado en que se encontraban las almas de los santos antes de la resurrección de Cristo. Allí, sin sentir dolor, sostenidos con la esperanza de la redención, disfrutaban de una condición pacífica. A estas almas, que estaban en seno de Abrahán, liberó Cristo Nuestro Señor al bajar a los infiernos y resucitar de entre los muertos.

El Símbolo de los Apóstoles dice que Cristo descendió a los infiernos. El Catecismo de la Iglesia Católica lo explica. La Escritura llama infierno, sheol o hades, a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios. Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos, lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro recibido en el “seno de Abrahán. “Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abrahán, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos”. Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados ni para destruir el infierno de condenación sino para liberar a los justos que le habían precedido (n. 633).

Y gritando, dijo: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y me refresque la lengua, porque estoy atormentado en estas llamas”. Contestó Abrahán: “Hijo, acuérdate de que tú recibiste bienes durante tu vida y Lázaro, en cambio, males; ahora aquí él es consolado y tú atormentado” (Lc 16, 24-25).

La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, el fuego eterno. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.035).

En el diálogo entre el rico Epulón y Abrahán, éste dice al otro: Entre vosotros y nosotros hay interpuesto un gran abismo, de modo que los que quieren atravesar de aquí a vosotros, no pueden; ni pueden pasar de ahí a nosotros (Lc 16, 26). Con estas palabras se manifiesta que tras la muerte y resurrección no habrá lugar para penitencia alguna. Ni los impíos se arrepentirán y entrarán en el Reino, ni los justos pecarán y bajarán al infierno. Éste es un abismo infranqueable (Afraates).

El rico Epulón pide a Abrahán que le envíe a casa de sus padres para que pueda advertir a sus cinco hermanos del peligro que corren de ir al mismo lugar de tormentos en el que se encuentra él. Abrahán le responde: Tienen a Moisés y a los Profetas. ¡Que los oigan! (Lc 16, 29). Sin embargo, el rico Epulón insiste argumentando que si un muerto se les aparece, se convertirá. Este parte del diálogo es una escenificación didáctica para que todos grabemos las enseñanzas de la parábola, ya que, en sentido estricto, en el infierno no se puede dar compasión alguna.

Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque un muerto resucite (Lc 16, 31). Hay quienes dicen: Yo creo en Dios, pero no en la Iglesia. A ésos les diría Abrahán: Si no escucháis la voz de los legítimos Pastores (el Papa, los Obispos); si no seguís la enseñanza del Magisterio de la Iglesia, no es verdad que creáis en Dios, pues Jesucristo dijo: “Quien a vosotros os oye, a mí me oye; quien a vosotros os desprecia, a mí me desprecia; y quien a mí me desprecia, desprecia al que me ha enviado” (Lc 10, 16).

En la parábola se habla del seno de Abrahán, pero no se menciona el Cielo. Hay que tener en cuenta que antes de la muerte y resurrección de Cristo las puertas del Cielo estaban cerradas. Hablando del Cielo, de la vida eterna, enseña la Iglesia: Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo”. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.024).

San Pablo aconseja a Timoteo: Corre al alcance de la justicia, de la piedad, de la fe, de la caridad, de la paciencia en el sufrimiento, de la dulzura. Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado (1 Tm 6, 11-12). Pedimos a la Santísima Virgen María la gracia de alcanzar la bienaventuranza del Cielo.

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