¿Quién fue Saulo de Tarso?


Pablo. Santo. Apóstol de Cristo, aunque no perteneciente al grupo de los Doce. Antes de su conversión, persiguió a los cristianos. Camino de Damasco se le apareció el Señor, convirtiéndose. Predicó el Evangelio en numerosas ciudades. Es llamado el Apóstol de los gentiles. Escribió varias cartas inspiradas, que están en el Nuevo Testamento. Murió mártir en Roma durante la persecución del emperador Nerón.

Unas palabras sobre san Pablo de Benedicto XVI

Llamado por el Señor mismo, por el Resucitado, a ser también él auténtico apóstol, es Pablo de Tarso. Brilla como una estrella de primera magnitud en la historia de la Iglesia, y no sólo en la de los orígenes. San Juan Crisóstomo lo exalta como personaje superior incluso a muchos ángeles y arcángeles. Dante Alighieri, en la Divina Comedia, inspirándose en la narración de san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, lo define sencillamente como “vaso de elección”, que significa: instrumento escogido por Dios. Otros lo han llamado el “el decimotercer apóstol” -y realmente él insiste mucho en que es un verdadero apóstol, habiendo sido llamado por el Resucitado-, o incluso “el primero después del Único”.

Ciertamente, después de Jesús, él es el personaje de los orígenes del que tenemos más información, pues no sólo contamos con los relatos de san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, sino también con un grupo de cartas que proviene directamente de su mano y que, sin intermediarios, nos revelan su personalidad y su pensamiento. San Lucas nos informa que su nombre original era Saulo, en hebreo Saúl, como el rey Saúl, y era un judío de la diáspora, dado que la ciudad de Tarso está situada entre Anatolia y Siria. Muy pronto había ido a Jerusalén para estudiar a fondo la Ley mosaica a los pies del gran rabino Gamaliel. Había aprendido también un trabajo manual y rudo, la fabricación de tiendas, que más tarde le permitiría proveer él mismo a su propio sustento sin ser una carga para las Iglesias.

Para él fue decisivo conocer la comunidad de quienes se declaraban discípulos de Jesús. Por ellos tuvo noticia de una nueva fe, un nuevo “camino”, como se decía, que no ponía en el centro la Ley de Dios, sino la persona de Jesús, crucificado y resucitado, a quien se le atribuía el perdón de los pecados. Como judío celoso, consideraba este mensaje inaceptable, más aún, escandaloso, y por eso sintió el deber de perseguir a los discípulos de Cristo incluso fuera de Jerusalén. Precisamente, en el camino hacia Damasco, a inicios de los años treinta, Saulo, según sus palabras, fue “alcanzado por Cristo Jesús”.

Mientras san Lucas cuenta el hecho con abundancia de detalles -la manera en que la luz del Resucitado le alcanzó, cambiando radicalmente toda su vida-, él en sus cartas va a lo esencial y no habla sólo de una visión, sino también de una iluminación y sobre todo de una revelación y una vocación en el encuentro con el Resucitado. De hecho, se definirá explícitamente “apóstol por vocación” o “apóstol por voluntad de Dios”, como para subrayar que su conversión no fue resultado de pensamientos o reflexiones, sino fruto de una intervención divina, de una gracia imprevisible. A partir de entonces, todo lo que antes tenía valor se convirtió paradójicamente, según sus palabras, en pérdida y basura. Y desde aquel momento puso todas sus energías al servicio exclusivo de Jesucristo y de su Evangelio. Desde entonces su vida fue la de un apóstol deseoso de “hacerse todo a todos” sin reservas (Discurso 25.X.2006).

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