Homilía del vigésimo séptimo domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C


La vida cristiana no es cómoda. Esto lo dijo claramente Benedicto XVI después de ser elegido papa: Los caminos del Señor no son cómodos, pero no estamos hechos para la comodidad. Frecuentemente hay que ir contracorriente, y esto siempre exige esfuerzo. Jesucristo exige, entre otras cosas, que perdonemos siempre a quienes nos ofendan. Si tu hermano peca, repréndele; y, si se arrepiente, perdonale. Y si peca siete veces al día contra ti, y siete veces vuelve a ti, diciendo: “Me arrepiento”, le perdonarás (Lc 17, 3-4). Otra de las exigencias evangélicas es el amor a los enemigos. Dijo Jesús a sus discípulos: habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Mas yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, y rogad por los que os persiguen y calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos (Mt 5, 43-45).

El Señor, sabiendo que los apóstoles son conscientes de la dificultad de esas exigencias, les dice que con fe en Dios no hay nada imposible. Los apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe” (Lc 17, 5). La vida del cristiano es un camino de fe. Y hoy día, cuando la sociedad padece eclipse de Dios, el creyente debe profundizar más en la fe para poder realizar la nueva evangelización de un mundo que se aleja de Dios. Le pedimos a Dios -como hicieron los apóstoles- que nos aumente la fe. Y el Señor nos dice también a nosotros: Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: “Arráncate y plántate en el mar”, y os habría obedecido (Lc 17, 6).

Queremos vivir una fe con obras. Señor Jesús: Haz que, fieles a las promesas del Bautismo, vivamos con coherencia nuestra fe, dando testimonio constante de tu palabra, para que en la familia y en la sociedad resplandezca la luz vivificante del Evangelio (San Juan Pablo II, Oración).

Cristo nos dice: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, y quien busca halla, y al que llama se le abre (Lc 11, 9-10). La confianza en la divina Providencia es la fe firme y viva en que Dios nos puede ayudar y lo hará. Que nos puede ayudar es evidente, porque es omnipotente. Que nos ayudará es seguro, porque lo ha prometido en muchos lugares de la Sagrada Escritura y es fiel a todas sus promesas.

Para que sea eficaz nuestra petición a Dios hemos de pedir con fe, con una oración humilde y perseverante. Por tanto, pidamos seguros de que el Señor nos lo concederá. Si uno tiene mucha confianza y sobre todo mucha fe, Dios le concede todo lo que es necesario, porque Dios es mucho mejor de cuanto se piensa. Generalmente, nosotros no creemos que lo que Jesús ha dicho sea verdad; no creemos en todas las cosas maravillosas del Evangelio, no nos parecen del todo ciertas. En el curso de mi vida he visto, en cambio, que el Evangelio es verdad: Dios no me ha dejado nunca solo, me ha ayudado siempre. El Evangelio es auténtico, pero es preciso tener el coraje de llevarlo a la práctica (Warenfried van Straaten).

Dios cuenta con el tiempo. El profeta Habacuc le dice a Dios: ¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que me escuches? (Ha 1, 2), y se lamenta enumerando los desastres que sufre el pueblo elegido: iniquidades, violencia, robo, incumplimiento de la Ley, injusticias, etc. Y ante todos estos males, al profeta le parece que el Señor permanece impasible, sin actuar. Pero Dios si actúa, la respuesta a su petición llegará y así se lo hace ver a Habacuc, diciéndole: Aguarda su tiempo, aspira a su fin, pero no defrauda; si se demora, espérala, pues de cierto llegará sin falta (Ha 2, 3). Es posible que pase el tiempo, pero no su palabra.

Creer en Dios, el Único, y amarlo con todo el ser tiene consecuencias inmensas para toda nuestra vida. Es reconocer la grandeza y la majestad de Dios: Sí, Dios es tan grande que supera nuestra ciencia (Jb 26, 26). Por esto debe ser “el primer servido” (Santa Juana de Arco). Es vivir en acción de gracias: Si Dios es el Único, todo lo que somos y todo lo que poseemos viene de Él: ¿Qué tienes que no hayas recibido? (1 Co 4, 7). ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? (Sal 116, 12). Es reconocer la unidad y la verdadera dignidad de todos los hombres: Todos han sido hechos a imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 26). Es usar bien de las cosas creadas: La fe en Dios, el único, nos lleva a usar de todo lo que no es Él en la medida en que nos acerca a Él, y a separarnos de ello en la medida en que nos aparta de Él. Señor mío y Dios mío, quítame todo lo que me aleje de Ti. Señor mío y Dios mío, dame todo lo que me acerca a Ti. Señor mío y Dios mío, despójame de mí mismo para darme todo a Ti (San Nicolás de Flue). Es confiar en Dios en todas las circunstancias, incluso en la adversidad. Una oración de santa Teresa de Jesús lo expresa admirablemente: Nada te turbe, / Nada te espante, / Todo se pasa, / Dios no se muda, / La paciencia todo lo alcanza; / Quien a Dios tiene / Nada le falta: / Sólo Dios basta.

La fe es don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo. Con frecuencia, la pérdida de la fe se debe a un comportamiento pecaminoso. El incumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios hace que a uno le asalte incluso la idea de que Dios no existe. Por el contrario, para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios.

San Pablo aconsejó a Timoteo: Ten por norma las palabras sanas que me escuchaste con la fe y la caridad que tenemos en Cristo Jesús. Guarda el buen depósito por medio del Espíritu Santo que habita en nosotros (2 Tm 1, 13-14). ¿De qué depósito habla el Apóstoles de los gentiles? Contesta san Juan Crisóstomo: ¿Qué se entiende por depósito? La fe, la predicación. El mismo que me ha confiado el depósito sabrá guardarlo intacto. Yo sufro todo para que este tesoro no sea arrebatado. Yo no me retraigo por los males que haya de sufrir, me basta que este depósito se conserve puro.

El vocablo depósito designa aquello -normalmente bienes económicos- que se entrega a una persona con la obligación de custodiarlo para restituirlo cuando el que lo deposita lo requiera. Pero en este texto bíblico se aplica a la Revelación y a la fe, y así ha pasado a la tradición teológica. ¿Qué es el “depósito”? Es aquello que se te ha confiado, no lo que tú has descubierto; lo que recibiste, no lo que tú pensaste; lo que es propio de la doctrina, no del ingenio; lo que procede de la tradición pública, no de la rapiña privada. Algo que ha llegado hasta ti, pero que tú no has producido; algo de lo que no eras autor, sino custodio; (…) Conserva inviolado y sin mancha el talento de la fe católica. Lo que has creído, en tu poder permanezca y por ti sea entregado a otro (San Vicente de Lerins).

Hay obligación de alimentar y guardar con prudencia y vigilancia la fe recibida, y rechazar todo lo que se opone a ella. Por eso, pecan contra la virtud de la fe los que se ponen voluntariamente en peligro de perder la fe. Del mismo modo que para conservar la salud nadie ingiere un alimento desconocido, sin informarse antes de si puede hacerle daño, también para conservar la fe es necesario tomar medidas de prudencia. Por ejemplo, antes de leer un libro cualquiera -sobre todo si trata de temas religiosos o de filosofía- hay obligación de informarse sobre su contenido con personas de criterio, y de abandonar su lectura en caso de que represente un peligro contra la fe.

También se debe evitar frecuentar determinados ambientes que representen un peligro concreto contra la fe. Quien de modo imprudente considerase que a él no le afectan esas lecturas o esos ambientes, por su madurez o formación, demostraría precisamente inmadurez y ligereza, muchas veces alimentadas por el amor propio o la curiosidad incontrolada.

Se tiene fe cuando se cree firmemente todas las verdades reveladas por Dios, y que la Iglesia nos enseña en virtud de la autoridad que ha recibido del mismo Dios. Dos son los motivos fundamentales para creer. El primero, es la autoridad y soberana veracidad de Dios que las reveló y que no puede engañarse (es infinitamente sabio, por tanto no se puede equivocar) ni engañarnos (es infinitamente bueno, y la mentira va contra la bondad); y el segundo, es el magisterio infalible de la Iglesia que no puede equivocarse porque tiene una asistencia especial del Espíritu Santo que Cristo le prometió para enseñar sin error.

Por la virtud de la fe creemos en Dios, que ha hablado a todos los hombres; creemos a Dios, porque nos fiamos de su santidad y veracidad; y creemos lo que Dios ha revelado, que está en la Sagrada Escritura y en la Tradición. Para los católicos es necesario, en orden a la salvación, creer todas las verdades que están contenidas en el Credo, sin excluir ninguna.

La fe está unida a la humildad. Después de decirles a sus apóstoles que con fe se obra milagros –podriáis decir a este monte: “Trasládate de aquí allá”, y se trasladaría (Mt 17, 20); habríais dicho a este sicómoro: “Arráncate y plántate en el mar”, y os habría obedecido (Lc 17, 6)- Jesús dice: ¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: “Pasa al momento y ponte a la mesa?” ¿No le dirá más bien: “Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?” ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer (Lc 17, 7-10).

Diciendo esto, Jesús quiere que los apóstoles -y con ellos nosotros- eviten todo engreimiento. Nos enseña que la virtud desplegada y los prodigios que obrará la gracia al cumplir sus mandatos despertarán admiración de los demás. Pero entonces, en lugar de engreírnos, debemos considerar que cumplimos solamente el plan de Dios. Porque tenemos fe, sabemos que Dios cumple sus promesas. Después comerás y beberás tú. Con esto se nos que después de servir y amar a Dios en esta tierra, participaremos del banquete de la mesa celestial.

La fe de la Virgen María estuvo sometida a una triple prueba: a la prueba de lo invisible, a la prueba de lo incomprensible y a la prueba de las apariencias contrarias. Observaba Roschini: Esta triple prueba la superó la Virgen de manera verdaderamente heroico. Vio, en efecto, a su Hijo en la cueva de Belén, y lo creyó Creador del mundo. Lo vio huyendo de Herodes, y no dejó de creer que Jesús era el Rey de reyes. Lo vio nacer en el tiempo, y lo creyó eterno. Lo vio pequeño, y lo creyó inmenso. Lo vio pobre, necesitado de alimento y de vestido, y lo creyó Señor del universo; lo vio débil y miserable, tendido en el heno, y lo creyó omnipotente. Observó su mudez, y creyó que era el Verbo del Padre, la misma sabiduría increada. Lo sintió llorar, y creyó que era la alegría del paraíso. Lo vio, finalmente, vilipendiado, y creyó siempre que era Dios; y aunque todos los demás vacilaban en la fe, Ella permaneció siempre firme, sin titubeos.

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