Homilía del trigésimo primero domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C


Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros delitos, nos dio vida por Cristo (Ef 2, 4-5). En la Sagrada Escritura se habla repetidas veces del amor y misericordia de Dios. En el libro de la Sabiduría se manifiesta con fuerza expresiva la misericordia divina con los hombres pecadores. Te apiadas de todos, porque todo lo puedes; no miras los pecados de los hombres a fin de que se conviertan (Sb 11, 23). Dios es todopoderoso, no hay nada ni nadie que le pueda resistir; su misericordia no es efecto de debilidad, sino del amor. Es un Dios que perdona. Tú perdonas a todos, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida (Sb 11, 26). El amor del Señor es universal.

San Gregorio Magno, en sus homilías al pueblo de Roma, exhortaba a buscar la inmensa misericordia de Dios con los pecadores: He aquí que llama a todos los que se han manchado, desea abrazarlos, y se queja de que le han abandonado. No perdamos este tiempo de misericordia que se nos ofrece, no menospreciemos los remedios de tanta piedad que el Señor nos brinda. Su benignidad llama a los extraviados y nos prepara, cuando volvamos a Él, el seno de su clemencia. Piense cada cual en la deuda que le abruma, cuando Dios aguarda y no se exaspera con el desprecio. El que no quiso permanecer con Él, que vuelva; el que menospreció estar firme a su lado, que se levante (Homilía sobre el Evangelio).

Corriges poco a poco a los que caen; los corriges recordándoles sus pecados, para que se aparten del mal y crean en ti, Señor (Sb 12, 2). Es por un designio misericordioso por el que Dios corrige a los hombres. Y así hay que verlo. Dios reprende al que ama, como un padre al hijo querido. Sería insensato despreciar la corrección de Dios o enojarse por su amonestación.

En el Evangelio según san Lucas se narra la conversión de Zaqueo. Jesús llegó a Jericó, porque le cogía de paso, quizás sin intención de detenerse, según se deduce de estas palabras: y atravesaba la ciudad (Lc 19, 1). Pero Jesús es la encarnación de la infinita misericordia de Dios. Y en Jericó se dio un cambio de planes del Señor: en vez de seguir su camino, Cristo decidió quedarse unas horas en la ciudad. ¿El motivo? Un hombre pecador necesitaba de su misericordia. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos y rico. Intentaba ver a Jesús para conocerle, pero no podía a causa de la muchedumbre, porque era pequeño de estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, porque iba a pasar por allí (Lc 19, 2-4).

Zaqueo había oído hablar de Cristo, del nuevo Profeta que había surgido de Galilea. Se entera de que Jesús va a pasar por Jericó, su ciudad. Es su oportunidad. Quizá no se presente otra ocasión para conocerle. Decide aprovechar aquella oportunidad; pero surgen dificultades: hay demasiada gente y él es bajo de estatura. No se echa atrás. Pone los medios. Se sube a un árbol. Vence los respetos humanos. Sí, saltándose los respetos humanos. Así debe hacer todo hombre en su búsqueda de Dios: ni la falsa vergüenza ni el miedo al ridículo deben impedir que ponga los medios para encontrar al Señor.

Asusta el daño que podemos producir, si nos dejamos arrastrar por el miedo o la vergüenza de mostrarnos como cristianos en la vida ordinaria (San Josemaría Escrivá). ¡Fuera los respetos humanos! ¿Vergüenza para formar una familia numerosa? ¿Vergüenza para bendecir la comida cuando hay invitados en la mesa o cuando estás en un restaurante? ¿Vergüenza para decirles a unos compañeros entretenidos en ver cierto tipo de revistas que la pornografía los embrutece, y que no son más hombres por dejarse llevar por las más bajas pasiones? ¿Vergüenza para asistir a Misa los domingos porque los amigos del barrio te pueden ver entrar en la iglesia?

Y podemos continuar con más preguntas: ¿Vergüenza para hacer una genuflexión al pasar delante del Sagrario o para ponerte de rodillas durante la consagración y elevación de la Sagrada Hostia durante la Eucaristía? ¿Vergüenza para seguir a Cristo y serle fiel, aunque otros no lo sean? ¿Vergüenza para salir en defensa de la Iglesia o del Papa? ¿Vergüenza para hablar de Dios? ¿Vergüenza para confesarte?

Cuando Jesús llegó al lugar, levantando la vista, le dijo: “Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa” (Lc 19, 5). Zaqueo consiguió mucho más de lo que pretendía. Quería ver a Jesús; pero he aquí que Jesucristo le llama, se mete en su vida. Bajó rápido del sicómoro y abrió con alegría las puertas de su casa al Maestro divino, al único que tiene palabras de vida eterna. Jesús llamó individualmente, por su nombre a Zaqueo pidiéndole que lo recibiera en su casa. El evangelista subraya que lo recibió prontamente y con alegría. Así debemos responder nosotros a las llamadas que Dios nos hace por medio de su gracia.

Al ver esto, todos murmuraban diciendo que había entrado a hospedarse en casa de un pecador (Lc 19, 7). Muchos murmuraron contra Jesús porque entró en casa de Zaqueo, que era jefe de publicanos y rico. Ante estas críticas maliciosas, el Señor, en vez de excusarse por tratar afectuosamente a quien los murmuradores consideraban un pecador, manifiesta claramente que ha venido a eso: a buscar a los pecadores. Jesucristo es el Salvador de los hombres; ha curado a muchos enfermos, ha resucitado a muertos, pero sobre todo ha traído el perdón de los pecados y el don de la gracia. En esta ocasión, Jesús trae la salvación a Zaqueo, puesto que la misión del Hijo del Hombre es salvar lo que estaba perdido.

Zaqueo se convirtió. Fue generoso y dijo sí a Dios, correspondiendo a la gracia. Dios siempre premia el esfuerzo que el hombre realiza por encontrarle. Una vez convertido, Zaqueo no tiene vergüenza de manifestar su propósito de iniciar una nueva vida, devolviendo el cuádruplo de lo que había defraudado y dando la mitad de sus bienes a los pobres. Jesús le dijo a Zaqueo: Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán; porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19, 9-10).

Los escribas y los fariseos se escandalizan porque Jesús perdona los pecados: sólo Dios puede perdonar los pecados. Es el amor misericordioso que resucita a los muertos, física y espiritualmente. Jesús ha perdonado siempre, a todos absuelve de cualquier pecado, por grave que sea. Y no sólo ha perdonado, sino que ha recreado a las personas con su perdón, hasta el punto de transformarlas en instrumentos de su amor misericordioso: hizo de Pedro, que le negó tres veces, su primer vicario en la tierra, e hizo del perseguidor Pablo el apóstol de los gentiles, mensajero de su misericordia: Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.

Dios es misericordioso. Y Cristo nos dice: Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso (Lc 6, 36). Jesucristo ha enseñado que el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a “usar misericordia” con los demás. “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7). La Iglesia ve en estas palabras una llamada a la acción y se esfuerza por practicar la misericordia. (…) El hombre alcanza el amor misericordioso de Dios, su misericordia, en cuanto él mismo interiormente se transforma en el espíritu de tal amor hacia el prójimo (San Juan Pablo II, Encíclica Dives in misericordia, n. 14).

¿Cuándo somos misericordiosos? Cuando practicamos las obras de misericordia, tanto las espirituales como las corporales. Un cristiano nunca puede cerrar los ojos ante la indigencia del prójimo. Ciertamente no lo puede hacer ante la miseria moral de tantos y tantos con el alma maltrecha, peor que el cuerpo malherido. Pero tampoco ante las necesidades materiales, porque quien poseyendo bienes de este mundo, ve a su hermano necesitado y le cierra el corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios? (1 Jn 3, 17). Es misión de los cristianos llenar el mundo de caridad. Y como siempre, tenemos el ejemplo del Maestro. Como a los primeros doce, también a nosotros el Señor puede insinuarnos y nos insinúa continuamente: Os he dado ejemplo (Jn 13, 15): nos dado ejemplo de servicio desinteresado a los demás.

En la segunda carta a los cristianos de Tesalónica, san Pablo escribió: En cuanto a la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestro encuentro con él, os rogamos, hermanos, que no se inquiete fácilmente vuestro ánimo ni os alarméis. Ni por revelaciones, ni por rumores, ni por alguna carta que se nos atribuya, como si fuera inminente el día del Señor (2 Ts 12, 1-2). Vemos como el Apóstol de los gentiles vive la obra de misericordia de dar consejo al que lo necesita. Ante el temor de algunos cristianos que consideraban inminente el momento de la segunda venida del Señor a la tierra, san Pablo les aconseja que no se inquieten ni se alarmen.

Ahora nos fijamos en esta otra obra de misericordia, también espiritual: Rogar a Dios por los vivos y por los difuntos. El apóstol san Pablo nos da ejemplo en vivir esta obra de misericordia. También por eso oramos en todo momento por vosotros, para que nuestro Dios os haga dignos de su vocación y con su poder haga realidad todos vuestros deseos de hacer el bien y de practicar la fe (2 Ts 1, 11).

Vivimos la Comunión de los Santos, no solamente acudiendo a la intercesión de los bienaventurados que están en Cielo, sino también cuando encomendamos a los que aún están en peregrinación por esta tierra, y cuando ofrecemos sufragios por los fieles difuntos. Por eso rezamos por las benditas alma del Purgatorio, invocando para ellas la misericordia divina para que sus almas saboreen de la paternal bondad de Dios. Las acompañamos con nuestra oración, encomendándolas a la protección celestial de María. Que el Señor les conceda, por intercesión de la Virgen Santísima, el descanso prometido a sus amigos, y en su misericordia las introduzca en el reino de la luz y de la paz.

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