Homilía de la Fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán (año 2019)


En la liturgia de la Palabra de la Misa de la fiesta de la Dedicación de la Catedral de Roma -Archibasílica del Salvador y de los santos Juan Bautista y Juan Evangelista-, más conocida por Basílica de San Juan de Letrán, está el relato de la expulsión de los mercaderes del Templo, del Evangelio según san Juan. Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos (Jn 2, 13-14).

La Pascua era la fiesta religiosa más importante de los judíos. Según la Ley de Moisés, en esta fiesta todo israelita debía presentarse ante el Señor (Ex 34, 23). Jesús cumple con esta piadosa costumbre de la peregrinación al Templo. Con ello hace pública manifestación de su observancia de la Ley de Dios. Pero, según muestran los hechos narrados por el evangelista, se ve que Jesucristo acude al Templo como quien es: el Hijo Unigénito, que debe velar por el decoro y honor debido a la casa de su Padre.

Comenta san Beda: Cuando el Señor vino a Jerusalén, se dirigió en seguida al templo a orar, dándonos ejemplo de que cuando lleguemos a algún punto donde hay un templo de Dios, debemos dirigirnos lo primero a él y hacer oración. El Señor se encontró la Casa de Dios -lugar de oración- convertida en un mercado con el beneplácito de las autoridades religiosas que obtenían así buenos ingresos. Los escribas y fariseos facilitaban que en la Pascua hubiese esta clase de animales (bueyes, ovejas y palomas) en el Templo, para que los peregrinos que venían de muy lejos y no podían traer consigo lo que habían de ofrecer como sacrificio (un buey o una oveja, si eran rico; o dos palomas, si eran pobres), lo comprasen allí, en el atrio exterior del Templo. Y así, este atrio, también llamado patio de los gentiles se llenaba de vendedores y cambistas, con las consecuencias imaginables: ruido, vocerío, mugidos, estiércol…

Nuestras templos e iglesias, con la presencia real de Jesucristo sacramentado en el sagrario, son lugares destinados al culto divino y a la oración. Sitios donde el silencio es necesario para el recogimiento. Pero a veces el silencio brilla por su ausencia, especialmente antes e inmediatamente después de la celebración de funerales, primeras comuniones y matrimonios. Es como si la iglesia fuera un lugar de encuentro y saludos, donde las conversaciones entre las personas allí reunidas adquieren muchos decibelios. Olvidan los asistentes que están en un lugar sagrado, donde se debe guardar respeto y silencio.

En agosto de 2011 tuvo lugar en Madrid la Jornada Mundial de la Juventud con la presencia del papa Benedicto XVI. Durante la vigilia hubo una gran tormenta con gran aparato eléctrico y lluvia torrencial. Una vez que dejó de llover, se expuso al Santísimo Sacramento en la custodia para la adoración. Fue una imagen impresionante. El Papa de rodillas ante la Sagrada Hostia y dos millones de jóvenes en silencio adorando a Jesucristo Sacramento durante largos minutos. A la semana siguiente, un sacerdote que atendía una iglesia de un lugar veraniego, habiendo visto por la televisión aquel ejemplo maravilloso de los jóvenes, en la homilía de la misa dominical hizo referencia al comportamiento lleno de fe, respeto y silencio de la juventud reunida en el aeródromo de Cuatro Vientos. Y pidió a los asistentes que guardaran silencio dentro de la iglesia una vez finalizada la misa, pues era habitual que nada más acabar la Eucaristía, todos comenzaran a hablar, saludándose uno y otros sin respetar el lugar sagrado. Desgraciadamente el aviso cayó en saco roto.

Volviendo al relato evangélico, el Señor haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: “Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado”. Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará (Jn 2, 15-17). Ya los profetas había fustigado este abuso de poner un mercado en el mismo Templo de Jerusalén. Mas el Señor, no queriendo que en la Casa de su Padre hubiese negociaciones terrenas, ni aun las que parecían honestas, arrojó fuera a todos los negociantes.

Un Padre de la Iglesia comenta estos versículos diciendo: ¿Pero qué fin se propuso el Salvador al obrar con tanta vehemencia? El que había de curar en día sábado y había de hacer muchas cosas que parecían contrarias a la Ley, hizo esto, aunque con peligro, para no aparecer como enemigo de Dios, dando a entender que aquél que en los peligros se expone por el honor que se debe a la casa de Dios, no menosprecia al Señor de ella, y por lo tanto, para demostrar su conformidad con Dios, no dijo “la casa santa”, sino “la casa de mi Padre”. Y por esto añade también el Evangelista: “Y se acordaron sus discípulos que está escrito: el celo de tu casa me consume” (San Juan Crisóstomo).

Refiriéndose al Templo como la Casa de su Padre y actuando con gran fortaleza cuando echaba a los vendedores del Templo, Jesucristo se proclama ante todos el Mesías anunciado por los profetas. El celo del Señor por la gloria de su Padre no pasó inadvertido a los discípulos, que vieron en la conducta de su Maestro el cumplimiento de las palabras de la Escritura: pues me devora el celo de tu casa, y caen sobre mí los insultos de los que te insultan (Sal 68, 10).

Ojalá todos los cristianos tuviéramos celo por las cosas de Dios. El celo, cuando se toma en buen sentido, es cierto fervor del alma en que ésta se enciende, prescindiendo de todo respeto humano, por la defensa de la verdad. Y tengamos en cuenta que el Señor entra todos los días en su Iglesia espiritualmente y allí atiende cómo se porta cada cual. Evitemos, pues, en la Iglesia las conversaciones, las risas, los odios y las ambiciones, no sea que viniendo el Señor cuando menos se le espera, nos arroje de su Iglesia a latigazos.

Los judíos entonces le replicaron diciéndole: “¿Qué señal nos muestras para obrar así?” Jesús les respondió: “Destruid este Templo y en tres días lo levantaré”. Los judíos le contestaron: “Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?” Pero él hablaba del Templo de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús (Jn 2, 18-22).

El Templo de Jerusalén era el lugar escogido por Dios durante el Antiguo Testamento para manifestar de una manera especial su presencia en medio del pueblo. Pero era sólo un anticipo imperfecto de la plena presencia de Dios entre los hombres, que es el Verbo de Dios hecho carne. Jesús, en el cual habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2, 9), es la plena presencia de Dios aquí en la tierra y, por lo tanto, el verdadero Templo de Dios. Por eso, cuando Jesús dice destruid este Templo se refiere a su Cuerpo.

Los judíos le piden al Señor una señal de su poder, querían conocer por qué arrojaba del Templo aquellos negocios acostumbrados que estaban permitidos por la clase sacerdotal judía. La respuesta de Jesucristo, que quedó oscura hasta el momento de su Resurrección, la intentaron transformar las autoridades judías en una invectiva contra el templo, digna de la pena de muerte; la utilizaron después con sarcasmo contra el Señor agonizante en la Cruz.

La declaración de que Jesús es el Templo de Dios quedó encubierta para todos, judíos y discípulos. Estos, antes de la Resurrección no entendían las Escrituras, porque aún no habían recibido al Espíritu Santo que aún no les había sido enviado porque Jesús no había sido glorificado todavía. Mas en el mismo día de la resurrección, cuando el Señor se apareció a sus discípulos, les aclaró sus inteligencias para que comprendiesen lo que acerca de Él estaba escrito en la Ley y en los profetas. Y entonces creyeron en las Escrituras, esto es, en los profetas que habían predicho la resurrección de Jesucristo en el tercer día, y en las palabras del Salvador, cuando dijo: “Destruid este templo” (Alcuino).

El texto veterotestamentario de la Misa de la Dedicación de San Juan de Letrán cuenta una visión del profeta Ezequiel. Me llevó a la entrada del Templo, y he aquí que debajo del umbral del Templo salía agua, en dirección a oriente, porque la fachada del Templo miraba hacia oriente. El agua bajaba de debajo del lado derecho del Templo, al sur del altar. Luego me hizo salir por el pórtico septentrional y dar la vuelta por el exterior, hasta el pórtico exterior que miraba hacia oriente, y he aquí que el agua fluía del lado derecho. Me dijo: “Esta agua sale hacia la región oriental, baja a la Arabá, desemboca en el mar, en el agua hedionda, y el agua queda saneada. Por dondequiera que pase el torrente, todo ser viviente que en él se mueva vivirá. Los peces serán muy abundantes, porque allí donde penetra esta agua lo sanea todo, y la vida prospera en todas partes adonde llega el torrente. A orillas del torrente, a una y otra margen, crecerán toda clase de árboles frutales cuyo follaje no se marchitará y cuyos frutos no se agotarán: producirán todos los meses frutos nuevos, porque esta agua viene del santuario. Sus frutos servirán de alimento, y sus hojas de medicina” (Ez 47, 1-2.8-9.12).

La visión del torrente que mana de la fachada sur del Templo y llega hasta el Mar Muerto, revitalizando todo lo que encuentra a su paso tiene un carácter simbólico y muestra como la renovación del Templo y del culto aportará toda clase de bienes al pueblo. En el Nuevo Testamento hay un eco de esta visión en las palabras de Jesús que recoge el evangelista san Juan: Si alguno tiene sed, venga a mí; y beba quien cree en mí. Como dice la Escritura, de sus entrañas brotarán ríos de agua viva (Jn 7, 37). Los Santos Padres unen este texto joánico con la visión de Ezequiel y ven en el manantial del Templo las aguas del bautismo, que brotan de Cristo que es la vida, o del costado de Cristo en el ara de la Cruz: Esto significa que nosotros bajamos al agua repletos de pecados e impurezas y subimos cargados de frutos en nuestro corazón, llevando en nuestro espíritu el temor y la esperanza de Jesús (Epístola de Bernabé)

También cada cristiano es templo de Dios. Dice san Pablo a los corintios: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios es sagrado, y vosotros sois ese templo (1 Co 3, 16-17). La imagen del cristiano como templo de Dios manifiesta la inhabitación en el alma en gracia por la Santísima Trinidad. En efecto, por medio de la gracia de Dios inhabita en el alma justa como en un templo, de un modo íntimo y singular (León XIII). Aunque en otros sitios del Nuevo Testamento se atribuye al Espíritu Santo, realmente tiene lugar por la presencia de toda la Trinidad, ya que todas las operaciones divinan que terminan fuera del mismo Dios deben referirse a la única naturaleza divina.

El mismo Cristo ha revelado este misterio. El Espíritu de la verdad permanece a vuestro lado y está en vosotros. Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él (Jn 14, 17.23). La consideración de esta maravillosa realidad ayuda a caer en la cuenta de la trascendencia que tiene el vivir en gracia de Dios, y el profundo horror que ha de tenerse al pecado mortal, que destruye el templo de Dios, privando al alma de la gracia y amistad divinas.

La presencia de la Trinidad en el alma en gracia invita a procurar un trato más personal y directo con Dios, al que en todo momento podemos buscar en el fondo de nuestras almas. Aconsejaba san Josemaría Escrivá: Frecuenta el trato con el Espíritu Santo -el Gran Desconocido- que es quien te ha de santificar. No olvides que eres templo de Dios. -El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones (Camino, n. 57).

La Virgen María, verdadero Sagrario del Dios vivo, nos sostenga en nuestro caminar terreno para ser en todos los momentos de nuestra vida templos de Dios donde estén las tres Personas Divinas.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s