Solemnidad de la Inmaculada Concepción. Homilía


El Señor Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?” Éste contestó: “Oí tu voz en el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí”. Él replicó: “¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?” Dijo el hombre: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí”. Entonces el Señor Dios dijo a la mujer: “¿Por qué lo has hecho?” Y contestó la mujer: “La serpiente me engañó, y comí”. El Señor Dios dijo a la serpiente: “Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te pisará la cabeza mientras tú le herirás su talón” (Gn 3, 9-15). Este pasaje bíblico, denominado Protoevangelio, es profético. El anuncio de la derrota del diablo por el linaje de la mujer (Cristo) y el de la redención de la humanidad. Es la primera proclamación del Evangelio (la Buena Nueva), la cual es declarada por Dios mismo inmediatamente después de la caída de nuestros primeros padres, mostrando la verdadera intención de Dios de salvar a los hombres del pecado. Es, por tanto, el comienzo de la Historia de la Salvación.

Fijémonos en el protagonismo singularísimo de la Virgen María en la Historia de

la Salvación. Ella es la mujer que está en perpetua enemistad con la serpiente. Por el pecado de Adán y Eva vino la ruina del hombre. Pero queriendo Dios, infinitamente sabio y misericordioso, llevar a cabo la redención del mundo, al llegar la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo, nacido de mujer para que recibiésemos la adopción de hijos. El cual, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, descendió de los cielos y por obra del Espíritu Santo se encarnó de la Virgen María (Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, n. 52). Desde el momento, tantos siglos esperado, en que María acepta libremente la proposición divina, comienza a ser Madre de Dios y a participar de una manera activa en la obra de la Redención que su Hijo había de llevar a cabo. Gracias a Santa María, a su de la Anunciación, Dios se manifiesta y se hace cercano a nosotros. Escribió san Pablo: Él se manifestó en la carne (1 Tm 3, 16), cosa imposible sin una cooperación de María. El nacimiento en el tiempo del Hijo de Dios se realiza con la colaboración libre y personal de la Virgen. Ella es la aurora que precede el nacimiento del Sol de Justicia, Cristo nuestro Redentor.

Fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: “Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 26-28). Este saludo del ángel constituye uno de los textos en que se revela el dogma de la Inmaculada Concepción de María. Dios elige una virgen de la descendencia real de David; y esta virgen, destinada a llevar en su seno el fruto de una sagrada fecundación, antes de concebir corporalmente a su prole, divina y humana a la vez, la concibió en su espíritu. Y, para que no se espantara, ignorando los designios divinos, al observar en su cuerpo unos cambios inesperados, conoce, por la conversación con el ángel, lo que el Espíritu Santo ha de operar en ella. Y la que ha de ser Madre de Dios confía en que su virginidad ha de permanecer sin detrimento. ¿Por qué había de dudar de este nuevo género de concepción, si se le promete que el Altísimo pondrá en juego su poder? Su fe y su confianza, además, confirmadas cuando el ángel le da una prueba de la eficacia maravillosa de este poder divino, haciéndole saber que Isabel ha obtenido también una inesperada fecundidad: el que es capaz de hacer concebir a una mujer estéril puede hacer lo mismo con una mujer virgen (San León I Magno).

Dios quiso preparar una digna morada a su Hijo que no estuviera contaminada por el pecado original. La que había de ser vencedora de la serpiente y llena de gracia, no podía haber sido, ni por un solo instante, derrotada ni privada de gracia; fue preservada de toda mancha de culpa original en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios.

La Inmaculada Concepción de la Virgen es la condición que convenía a la mujer que debía ser favorecida con un don tan excepcional como es la Maternidad divina: la que, andando el tiempo, sería la Madre del Hijo de Dios, según la naturaleza humana, debía tener un grado de santidad y de gracia que la colocara a la altura de la situación única que iba a ocupar en los designios de Dios. Por tanto María fue concebida Inmaculada porque iba a ser la Madre de Dios hecho Hombre y en atención a los méritos del Hijo al que Ella dio la naturaleza humana, gracias a la cual pudo ser Salvador y Redentor. Esta doctrina fue definida como dogma de fe en la bula Ineffabilis Deus, de 8 de diciembre de 1854, por el beato Pío IX.

En vista de su maternidad, María fue preservada del pecado. Nada manchado hay en Ella. Es el esplendor de la luz eterna, el espejo sin mancha del actuar de Dios, imagen de su Bondad. Más que Ella sólo Dios. En Ella habita el Señor, en Ella encuentra el lugar de su descanso. Ella es la casa viva de Dios, que no habita en edificios de piedra, sino en el corazón del hombre vivo (Benedicto XVI). El pueblo cristiano ha traducido a su lenguaje este misterio, llamando a Santa María con una sola palabra: la Purísima.

Aunque fue a mediados del siglo XIX cuando se proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción, ya en España desde siglos antes el pueblo cristiano defendía esta verdad de fe. La piedad popular compuso coplas tales como ésta: Con pecado y sin pecado // uno afirma y otro niega: // Yo pongo el sin a mi lado // y ponga la gente ciega // aquel con desatinado: // aunque más ladre el mastín // a la Pura Concepción, diciendo con, con, sin fin // ¿Qué importa que diga con, si fue concebida sin? Y esta otra: Todo el mundo en general, // a voces, Reina escogida, // diga que sois concebida // sin pecado original. También está la popularizada expresión del famoso potuit, decuit, ergo fecit del beato Juan Duns Scoto: ¿Quiso y no pudo?, ¡no es Dios! // ¿Pudo y no quiso?, ¡no es Hijo! // Digan, pues, que pudo y quiso. Y por último, en muchos pueblos de Andalucía la jaculatoria: Ave María Purísima, se solía escribir en cancelas y azulejos así: ¡jesús! Y qué mal haría // el que en esta casa entrara // y por olvido dejara // de decir: ¡Ave María! // Como también quien, oída palabra tan celestial // no respondiera puntual: ¡Sin pecado concebida!

Huelva es una de las primeras ciudades españolas que secunda la creencia concepcionista. El 16 de mayo de 1515 se erige la Iglesia parroquial de la Concepción, que es uno de los primeros templos dedicados en España a la Purísima. Un siglo después se funda un convento mercedario, y serán los religiosos mercedarios, grandes amantes del misterio inmaculista, los que impulsen entre los onubenses la devoción a la Limpia y Pura Concepción de la Madre de Dios. A mediados del siglo XVII se erigió un triunfo (monumento a la Inmaculada) junto al Convento de la Merced. Este triunfo desapareció durante la Guerra de la Independencia. Por esos mismos años tuvo lugar el juramento concepcionista. Los vecinos de la villa de Huelva hicieron el voto de sangre por el que obligaban a defender la Pureza de María.

Creada la diócesis de Huelva en el año 1953, el papa Pío XII, por la bula Ut recens, proclamó a la Inmaculada Concepción Patrona de la diócesis onubense. Y en los primeros días de diciembre del Año Mariano 1954 -año del primer Centenario de la Definición del Dogma de la Inmaculada-, se celebraron en Huelva diversos actos para conmemorar tal efeméride. El día 8 de diciembre, como culminación de la celebración del Centenario, hubo una solemne misa pontifical en la Parroquia de la Purísima Concepción, oficiada por el obispo. Y por la tarde tuvo lugar un gran acto mariano, consistente en una gran procesión con las imágenes de las Patronas de muchos pueblos de la provincia. Y el 8 de diciembre de 2004, al celebrarse el 150 aniversario de la proclamación del Dogma, se erigió en Huelva un monumento a la Purísima Concepción (triunfo).

En la segunda lectura de la Misa de la Inmaculada se lee: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los cielos, pues en Él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia, por el amor (Ef 1, 3-4). Por estas palabras inspiradas de san Pablo sabemos que nosotros, desde siempre, hemos sido elegidos por Dios para vivir una vida santa, libre del pecado. Para conseguirlo, contemplemos a la Virgen Inmaculada, bella, toda hermosa; reconozcamos nuestro destino verdadero, nuestra vocación más profunda: ser amados, ser transformados por el amor, ser transformados por la belleza de Dios. Mirémosla a Ella, nuestra Madre, y dejémonos mirar por Ella, para acoger el tierno abrazo de su Hijo Jesús, un abrazo que nos da vida, esperanza y paz.

La fiesta de la Inmaculada nos hace contemplar a la Virgen, que por privilegio singular fue preservada del pecado original desde el momento de su concepción. Incluso viviendo en el mundo marcado por el pecado, no fue tocada: es nuestra hermana en el sufrimiento, pero no en el mal y en el pecado… Celebrar esta fiesta implica dos cosas: acoger plenamente a Dios y su gracia misericordiosa en nuestra vida; y convertirnos a su vez en artífices de misericordia mediante un auténtico camino evangélico. La fiesta de la Inmaculada se convierte en fiesta en todos nosotros si, con nuestros “sí” cotidianos, conseguimos vencer nuestro egoísmo y hacer más feliz la vida de nuestros hermanos, darles esperanza, secando algunas lágrimas y dando un poco de alegría (Papa Francisco).

El hombre llamó a su mujer “Eva”, por ser ella la madre de todos los vivientes (Gn 3, 20). Pero Eva por haber dado crédito a la serpiente, comunicó a sus hijos la maldición y la muerte; por su causa éramos por naturaleza hijos de la ira. Sin embargo, Santa María, Madre nuestra por designio de su Hijo, por haber dado su consentimiento a Dios, nos trajo la bendición y la vida, y recibimos a Jesucristo por quien renacemos hijos de la gracia, pues Dios nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos hizo gratos en el Amado (Ef 1, 5-6). Por eso se dice que lo atado por Eva con su incredulidad, fue desatado por la Virgen María mediante su fe.

El pasaje evangélico de la Misa nos hace contemplar a la Virgen como ejemplo perfecto de candor, de sencillez y de pureza cómo será esto, puesto que no conozco varón (Lc 1, 34)-; de humildad, de obediencia y de fe viva he aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38)-. Ella es la llena de gracia, toda santa. La verdadera devoción a Santa María nos debe llevar a tratar de parecernos más a Ella. Y como Ella no tiene ninguna mancha, nosotros debemos procurar no tener ningún pecado.

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