Los «belenes» o «nacimientos», una costumbre cristiana


Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia pobre; unos sencillos pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del Cielo. San Lucas relata el nacimiento de Jesucristo de forma escueta, pero precisa. María y José han ido a Belén para empadronarse. Y sucedió que estando allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada (Lc 2, 6-7). El Hijo de Dios, viniendo a este mundo, encuentra sitio donde los animales van a comer: un pesebre es su primer lecho. El pueblo cristiano ha representado en el arte -especialmente en la pintura- este acontecimiento con imaginación y fantasía, pero siempre con piedad y de acuerdo con la verdad histórica de lo que ocurrió en la noche de Belén. La contemplación del nacimiento del Señor nos invita a ponernos espiritualmente en camino, atraídos por la humildad de Aquél que se ha hecho hombre para encontrar a cada hombre. Y descubrimos que Él nos ama hasta el punto de unirse a nosotros, para que también nosotros podamos unirnos a Él (Papa Francisco).

San Josemaría Escrivá acudía a los pasajes del Evangelio para impregnarse de las palabras y gestos del Señor, y se metía en las escenas evangélicas como un personaje más. Al contemplar el nacimiento de Jesús, se introducía en el portal de Belén: ¡Qué bueno es José! -Me trata como un padre a su hijo. -¡Hasta me perdona, si cojo en mis brazos al Niño y me quedo, horas y horas, diciéndole cosas dulces y encendidas!… (Santo Rosario, III misterio gozoso). Solía aconsejar: Procura no considerarte ajeno a esas escenas. Piensa delante de Dios que tú eres uno de los personajes que hay por allí, y reacciona como reaccionarías si de verdad, hace veinte siglos, hubieras estado muy cerca del Señor.

La tradición de poner “belenes” o “nacimientos” se remonta a san Francisco de Asís. Este santo, estando en Greccio, días antes de la Navidad manifestó como quería celebrarla. Deseo celebrar la memoria del Niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno. Y así surgió el primer “belén”. Desde entonces es una costumbre cristiana bien arraigada. Y no sólo se pone el “belén” en los hogares, sino también en los lugares de trabajo, en las escuelas, en los hospitales, en las cárceles, en las plazas… Muchos de esos “nacimientos” son realmente un ejercicio de fantasía creativa, en los que se utilizan materiales bien diversos para crear pequeñas obras maestras llenas de belleza. Y sin duda alguna, ayudan a meterse en el misterio de la Navidad, a hacer oración viendo gráficamente al Niño Jesús recostado en el pesebre, rodeado de María y José. Con imaginación, es fácil considerarse como un personaje más en la primera Navidad de la historia, quizá uno de los pastores que fueron adorar al Niño.

La preparación del “pesebre” en nuestras casas nos ayuda a revivir la historia que ocurrió en Belén. Naturalmente, los evangelios son siempre la fuente que permite conocer y meditar aquel acontecimiento; sin embargo, su representación en el “belén” nos ayuda a imaginar las escenas, estimula los afectos, invita a sentirnos implicados en la historia de la salvación, contemporáneos del acontecimiento que se hace vivo y actual en los más diversos contextos históricos y culturales (Papa Francisco).

El pesebre de Belén es una cátedra. Allí se pone de manifiesto la ternura de Dios. Desde esa cátedra, la Santísima Trinidad, con el concurso incondicionado de María y José, nos imparte lecciones de olvido de sí, de humildad, de pobreza, de abandono… Su lección mejor es la humildad. El que es Dios, Rey de reyes y Señor de señores, Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez queriendo nacer pobre, en la humildad de un establo, en un lugar destinado para animales. El Hijo de Dios eligió la pobreza para sí mismo en su nacimiento. Este hecho es implícitamente una llamada a seguirlo en el camino de la humildad y de la pobreza.

El nacimiento del Señor fue en la noche, según se deduce de este versículo evangélico: Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche (Lc 2, 8). En nuestros “nacimientos” representamos, por fidelidad a los relatos evangélicos, el cielo estrellado en la oscuridad y el silencio de la noche. Pero también por el significado que tiene. Con su nacimiento, el Señor trae luz donde hay oscuridad e ilumina a cuantos la noche envuelve sus vidas y a los que atraviesan las tinieblas del sufrimiento. Y su Palabra rompe el silencio para dar respuesta y sentido a todos los interrogantes sobre nuestra existencia: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Por qué nací en este momento? ¿Por qué amo? ¿Por qué sufro? ¿por qué moriré?

El hecho de nacer Jesús en Belén (Casa del pan) es un simbolismo de Eucaristía. En el heno del pesebre está acostado Aquél que dijo de sí mismo: Yo soy el pan bajado del cielo (Jn 6, 41), y que se nos da. Un simbolismo que ya san Agustín, junto con otros Padres, había captado cuando escribía: “Puesto en el pesebre, se convirtió en alimento para nosotros”.

En los “belenes” ponemos montañas, riachuelos, ovejas, pastores, ángeles… y una estrella encima del portal. Y así recordamos que toda la creación participa de la venida del Mesías. Los ángeles y la estrella son la señal de que también nosotros estamos llamados a ponernos en camino para llegar a la gruta y adorar al Señor (Papa Francisco). Hagamos como los pastores, que se dijeron: Vayamos hasta Belén, y veamos este hecho que acaba de suceder y que el Señor nos ha manifestado (Lc 2, 15), y se pusieron enseguida en marcha para encontrarse con Dios, que vino a nosotros en el Niño Jesús. Y fueron a toda prisa (Lc 2, 16). La prisa de los pastores es fruto de su alegría y de su afán por ver al Salvador. Nadie busca a Cristo perezosamente (San Ambrosio). Pongámonos en camino hacia el Niño Jesús para un encuentro de amor; y sepamos anunciar la salvación que viene de Belén. Aquellos pastores, humildes y pobres, reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas acerca de este niño (Lc 2, 17), y difundieron por toda la comarca la buena noticia de la llegada del Mesías esperado por toda la humanidad. Se convirtieron, pues, en los primeros testigos de la luz que Jesús trajo al mundo con su nacimiento.

Tenemos la costumbre de poner en nuestros “belenes” muchas figuras simbólicas, sobre todo, las de mendigos y de gente que no conocen otra abundancia que la del corazón. Ellos también están cerca del Niño Jesús por derecho propio, sin que nadie pueda echarlos o alejarlos de una cuna tan improvisada que los pobres a su alrededor no desentonan en absoluto. De hecho, los pobres son los privilegiados de este misterio y, a menudo, aquellos que son más capaces de reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros (Papa Francisco). Esta presencia de los pobres y de los sencillos en el “belén” es un recordatorio para nosotros del hecho que Dios se ha hecho hombre para aquellos que más sienten la necesidad de su amor y piden su cercanía.

Aunque geográficamente el palacio del rey Herodes estaba no estaba en Belén, sino en Jerusalén, en los “nacimientos” también está representado, generalmente al fondo, encima de un monte. Es el lugar sombrío o tétrico del “belén”, cerrado, donde no llega la alegría de la noticia de la venida del auténtico Rey de los judíos, como llamaron los Magos de Oriente al Niño recién nacido. Desgraciadamente hoy día hay quienes hacen oídos sordos al anuncio del mensaje salvífico proveniente de Belén, porque tienen cerradas las puertas de su corazón al divino Niño.

En nuestros “nacimientos” colocamos también figuras que no parecen tener relación alguna con los relatos evangélicos, como el herrero que trabaja en fragua o el panadero que saca los panes del horno; o bien el pastor cuidando su rebaño o los músicos tocando sus instrumentos. También aparecen las lavanderas lavando la ropa en el río y las mujeres que llevan cántaros de agua a sus casas. Igualmente se ven a los niños que juegan en la plaza y al pescador con su caña en el río esperando que algún pez pique el anzuelo. Tampoco faltan el carpintero haciendo puertas y ventanas, y la madre llevando de la mano a su hijo pequeño. La imaginación es grande, pero con la representación de estas personas, dice el papa Francisco, se nos habla de la santidad cotidiana, la alegría de hacer de manera extraordinaria las cosas de todos los días, cuando Jesús comparte con nosotros su vida divina.

En algunos “nacimientos” la gruta de Belén es sustituida por casas en ruina o palacios palacios, donde se contempla a Jesús recién nacido, junto con la Virgen María y san José. También esas ruinas tienen su simbolismo, pues es signo de la humanidad caída, de todo lo que está corrompido y deprimido; y este escenario nos dice que el Niño Dios es la novedad en medio de un mundo viejo, y que ha venido a sanar y reconstruir, a devolverle a nuestra vida y al mundo su esplendo original.

Al principio de la Navidad, en los “belenes” vemos por un camino lejano las figuras de los tres Reyes Magos, a cierta distancia del portal. Y según van pasando los días, los acercamos hasta la fiesta de la Epifanía, en que los colocamos delante del Niño. Allí adoran a Jesús y le ofrecen sus dones. Oro, incienso y mirra. También estos regalos tienen su significado: el oro honra la realeza de Jesús; el incienso, su divinidad; y la mirra su santa humanidad que conocerá la muerte y la sepultura.

Los Magos enseñan que se puede comenzar desde muy lejos para llegar a Cristo. Son hombres ricos, sabios extranjeros, sedientos de lo infinito, que parten para un largo y peligroso viaje que los lleva a Belén. Una gran alegría los invade ante el Niño Rey. No se dejan escandalizar por la pobreza del ambiente; no dudan ponerse de rodillas y adorarlo. Ante Él comprenden que Dios, igual que regula con soberana sabiduría el curso de las estrellas, guía el curso de la historia, abajando a los poderosos y exaltando a los humildes. Y ciertamente, llegados a su país, habrán contado este encuentro sorprendente con el Mesías, inaugurando el viaje del Evangelio entre las gentes (Papa Francisco).

En los “belenes” solemos poner muchas las figuras que se dirigen al portal. Allí encontrarán a Dios encarnado hecho Niño. Este Niño de Belén nos hace poner los ojos en todos los niños que sufren y son explotados en el mundo, tanto los nacidos como los no nacidos. En los niños convertidos en soldados y encaminados a un mundo de violencia; en los niños que tienen que mendigar; en los niños que sufren la miseria y el hambre; en los niños carentes de todo amor. En todos ellos, es el niño de Belén quien nos reclama; nos interpela el Dios que se ha hecho pequeño (Benedicto XVI).

Ya en el portal encontramos a la Virgen María y a san José, contemplando a Jesús Niño y mostrándolo a todos los que se han acercado a verle. El ejemplo de María y de José es para todos nosotros una invitación a acoger con total apertura de espíritu a Jesús, que por amor se hizo nuestro hermano. Gracias al “sí” de María fue posible la encarnación del Verbo; y Ella se convirtió en Madre de Dios sin perder la virginidad. Y ahora en Belén vemos que no tiene a su divino Hijo sólo para sí misma, sino que nos pide a todos nosotros que abramos las puertas de nuestro a Jesús.

Y también al entrar en el portal nos fijamos en José, y observamos una actitud de protección del Niño y de María. Por lo general, se representa con el bastón en la mano y, a veces, también sosteniendo una lámpara. San José juega un papel muy importante en la vida de Jesús y de María. Él es el custodio que nunca se cansa de proteger a su familia. Cuando Dios le advirtió de la amenaza de Herodes, no dudó en ponerse en camino y emigrar a Egipto. Y una vez pasado el peligro, trajo a la famila de vuelta a Nazaret, donde fue el primer educador de Jesús niño y adolescente. José llevaba en su corazón el gran misterio que envolvía a Jesús y a María su esposa, y como hombre justo confió siempre en la voluntad de Dios y la puso en práctica (Papa Francisco).

Le pedimos a María y a José que nos ayuden a percibir el asombro por el nacimiento de Jesús, el don de los dones, el regalo inmerecido que nos trae la salvación. El encuentro con Jesús, nos hará también sentir a nosotros este gran asombro. Pero no podemos tener este asombro, no podemos encontrar a Jesús, si no lo encontramos en los demás, en la historia y en la Iglesia.

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