Domingo III de Adviento. Homilía


El tercer domingo de Adviento es conocido como Domingo gaudete por las palabras de la Antífona de entrada de la Misa: Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos (Flp 4, 4). Y en la liturgia de la Palabra se lee unos versículos del libro del profeta Isaías que nos habla de alegría. Aquí está vuestro Dios, llega la venganza, la retribución de Dios. Él vendrá y os salvará (Is 35, 4). La Iglesia en este tiempo litúrgico previo a la Navidad quiere fomentar en los fieles la esperanza gozosa de que Dios viene para salvarnos. Regresarán los redimidos del Señor, llegarán a Sión con gritos de júbilo e infinita alegría en sus rostros, traerán regocijo y alegría, y desaparecerán la pena y los lamentos (Is 35, 10). Cuando rezamos la Salve nos dirigimos a la Virgen, diciéndole: A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva, a Ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas. Dios vendrá y nos salvará. Seremos los redimidos del Señor, y llegaremos por la infinita misericordia de Dios a la Jerusalén celestial con la alegría propia de los hijos de Dios. La vida en este valle de lágrimas tiene término. Y después de este destierro llegará la retribución, la vida eterna.

El profeta Isaías habla de una promesa de salvación. El ángel que se apareció a los pastores de Belén no habla en futuro, lo hace en presente: Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor (Lc 2, 10-11). Y la llegada del Salvador al mundo trae consigo los dones más excelentes: el reconocimiento de la gloria de Dios y la paz a los hombres. Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace (Lc 2, 14).

La alegría es un bien cristiano, fundamental en el cristianismo, que es por esencia evangelium, buena noticia. algo que se recibe con gozo. En un sermón de Navidad, san León Magno decía: Nuestro Salvador, amadísimos hermanos, ha nacido hoy; alegrémonos. No puede haber, en efecto, lugar para la tristeza, cuando nace aquella vida que viene a destruir el temor de la muerte y a darnos la esperanza de una eternidad dichosa.

Allí donde se predica el Evangelio, irrumpe la alegría, como se constata en el libro de los Hechos de los Apóstoles: el etíope que fue evangelizado por Felipe, después de ser bautizado por el apóstol, continuó alegre su camino (Hch 8, 39); Pablo anunció el Evangelio al que había sido su carcelero y a la familia de éste, y aquel hombre se regocijó con toda la familia de haber creído en Dios (Hch 16, 34).

Alegría también cuando hay dificultades. El apóstol Santiago nos dice: Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra (St 5, 7). Es una exhortación a la paciencia, una llamada a la serenidad en la esperanza hasta la venida del Señor. Paciencia porque el Señor llegará y dará recompensa por el bien realizado. Es verdad que hay dificultades en la vida del hombre. Pero todo es para bien, también esas dificultades. Dios así lo quiere, o así lo permite. Permite incluso, a veces, errores y miserias personales para sacar bien, para que crezca más amor hacia Él, con una humildad más sincera.

Dios es Padre, y muy Padre, y quiere el bien de cada persona. Es un Dios que perdona. Dios es omnipotente, ama inmensamente a todo hombre, a toda mujer, y es fiel a las promesas. Dios tiene paciencia. Aquí radica la alegría del creyente.

La alegría sólo es incompatible con el pecado. Debemos buscar la alegría en el espíritu de servicio; en el cumplimiento del querer divino; en la sinceridad; en la humildad; en el sacramento de la Penitencia; en el apostolado; en la filiación divina; en la generosidad; en el olvido de sí mismo; en saber perdonar; en Cristo.

El cristiano, que es testigo de Cristo y anunciador de la Buena Nueva, es por eso mismo hombre de alegría y hombre de esperanza, hombre de la fundamental afirmación del valor de la existencia, del valor de la Creación y de la esperanza de la vida futura. Naturalmente, no se trata ni de una alegría ingenua ni de una esperanza vana. La alegría de la victoria sobre el mal no ofusca la conciencia realista de la existencia del mal en el mundo y en todo hombre. El Evangelio enseña a llamar por su nombre el bien y el mal, pero enseña también que se puede y se debe vencer el mal con el bien. El bien no es fácil, sino que siempre es esa senda estrecha de la que Cristo habla en el Evangelio. Así pues, la alegría del bien y la esperanza de su triunfo en el hombre en el mundo no excluyen el temor de perder este bien, de que esta esperanza se vacíe de contenido.

La alegría esencial de la Creación se completa a su vez con la alegría de la Salvación, con la alegría de la Redención. El Evangelio es en primer lugar una gran alegría por la salvación del hombre. El Creador del hombre es también su Redentor. La salvación no sólo se enfrenta con el mal en todas las formas de su existir en el mundo, sino que proclama la victoria sobre el mal. “Yo he vencido al mundo”, dice Cristo. Son palabras que tienen su plena garantía en el Misterio pascual, en el suceso de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Durante la vigilia de Pascua, la Iglesia canta como transportada: O felix culpa, quae talem ac tantum meruit habere Redemptorem (“¡Oh feliz culpa, que nos hizo merecer un tal y tan grande Redentor!” Exultet). El motivo de nuestra alegría es pues tener la fuerza con la que derrotar el mal, y es recibir la filiación divina, que constituye la esencia del a Buena Nueva. Este poder lo da Dios al hombre en Cristo. “El Hijo unigénito viene la mundo no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve del mal” (San Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza).

El papa Francisco, en la bula Misericordiae Vultus habla del binomio Paciente y misericordioso que aparece frecuentemente en el Antiguo Testamento para describir la naturaleza de Dios. Pero también en el Nuevo Testamento aparece la paciencia de Dios. En Jesús, el amor de Dios por el hombre se revela como un amor capaz de una paciencia infinita. Cristo se presenta al mundo como el Redentor que no sólo perdona, sino que cancela el mal, disuelve las sombras de nuestra alma, regenera. Alguien ha escrito que en la misericordia absoluta del Dios cristiano está la prueba más convincente de su omnipotencia: no hay límites para su perdón, precisamente por Él mismo es Amor sin confines, un amor tan grande que soporta todo y todo perdona (Javier Echevarría).

La Bula Misericordiae Vultus termina con un deseo del Papa: En este Año Jubilar la Iglesia se convierta en el eco de la Palabra de Dios que resuena fuerte y decidida como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de amor. Nunca se canse de ofrecer misericordia y sea siempre paciente en el confortar y perdonar. La Iglesia se haga voz de cada hombre y mujer y repita con confianza y sin descanso: “Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eternos” (Sal 25, 6) (n. 25).

También nosotros debemos tener paciencia con nuestro prójimo. En el Evangelio también está recogida esta enseñanza del perdón y de la paciencia. Jesucristo, cuando Pedro le preguntó cuántas veces debía perdonar a su prójimo si éste le ofendía, después de contestarle, comenzó a decir: Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: “Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré”. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda (Mt 18, 23-27).

La deuda era cuantiosa. Aquel siervo suplicó a su señor que tuviera paciencia, no que le perdonara la deuda. Pero aquel rey fue misericordioso. Le condonó la deuda. Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: “Paga lo que debes”. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: “Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré”. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: “Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?” Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano (Mt 18, 28-35)

Ten paciencia, suplicó el que debía cien denarios a su compañero. Pero no tuvo ni paciencia ni caridad. Sin embargo, Dios tiene paciencia.

Perdona nuestras ofensas, como también nosotros a los que nos ofenden, le decimos a Dios en el Padrenuestro. Quien tiene una lista de agravios; quien es incapaz de pasar por alto una ofensa; quien es rencoroso, ¿cómo puede rezar el Padrenuestro? Es semejante al siervo de la parábola que no perdonó la deuda a su compañero por más que éste le rogaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré. Su falta de caridad hizo que su señor lo castigara. Termina Jesús la parábola diciendo: Del mismo modo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano. No olvidemos las palabras del Maestro: La medida que uséis, la usarán con vosotros (Lc 6, 38).

En el pasaje evangélico de la Misa de este domingo leemos: Entretanto Juan, que en la cárcel había tenido noticias de las obras de Cristo, envió a preguntarle por mediación de sus discípulos: “¿Eres tú el que va a venir, o esperamos a otro?” Y Jesús les respondió: “Id y anunciadle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio” (Mt 11, 2-5). Jesucristo les hace comprender que sus acciones son cumplimiento de lo que las antiguas profecías anunciaban como signos propios del Mesías y de su Reino. Era como decirles que, efectivamente,Él, Jesús, es el profeta que “iba a venir”.

Cristo, después de responder a los enviados de Juan Bautista, elogia a éste. La figura del Precursor aparece repetidamente en los textos del Adviento. Al comunicarle que Isabel iba a concebir un hijo, el arcángel san Gabriel le dijo a Zacarías que su hijo será grande ante el Señor, y que convertirá a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios.

San Juan Bautista cumplió su misión. Jesucristo destacó con claridad su voluntad recia y su empeño en cumplir la misión que Dios le había encomendado. Su vida estuvo al servicio del plan salvífico de Dios, de la redención obrada por Cristo. Él preparó el camino del Señor, predicando la necesidad de hacer penitencia y anunciando que el Mesías ya había llegado. Mostró a sus discípulos al Cordero de Dios. Es el pregonero de la Salvación. Pero simple pregonero, simple voz que anuncia. También a los cristianos se nos pide esta tarea: preparar el camino, anunciar a Cristo. Como Juan Bautista procuraremos hacerlo con humildad, valentía y espíritu de oración.

El prefacio II de Adviento también nos habla de alegría. A quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de Madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres. El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento, para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza.

A Santa María, causa de nuestra alegría, le pedimos que siempre estemos alegres, con la alegría propia de los hijos de Dios.

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