Preguntas y respuestas sobre Jesucristo (8)


Jesucristo es Dios encarnado. ¿Esto quiere decir que sea verdadero Dios y verdadero hombre?

Efectivamente. El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica dice: En la unidad de su Persona divina, Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, de manera indivisible. Él, Hijo de Dios, “engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre”, se ha hecho verdaderamente hombre, hermano nuestro, sin dejar con ello de ser Dios, nuestro Señor (n. 87). Por tanto, Jesucristo tiene dos naturalezas: la divina y la humana, que no están confundidas, sino unidas en la Persona del Verbo.

¿La naturaleza humana de Cristo es completa, con alma y cuerpo?

La naturaleza humana está compuesta de alma y cuerpo. Al ser Jesús perfecto hombre, tiene un verdadero cuerpo humano dotado de un alma racional humana. Esta alma con sus facultades: inteligencia y voluntad. Con su inteligencia humana Jesús aprendió muchas cosas mediante la experiencia. Pero también, como hombre, el Hijo de Dios tenía un conocimiento íntimo e inmediato de Dios su Padre.

Jesucristo, según has dicho, tiene voluntad humana. Supongo que al ser Dios, también tiene voluntad divina. ¿Hubo siempre concordancia entre las dos voluntades del Señor?

Sí. En su vida terrena, el Hijo de Dios ha querido humanamente lo que Él ha decidido divinamente junto con el Padre y el Espíritu Santo para nuestra salvación. La voluntad humana de Cristo secunda, sin oposición o resistencia, su voluntad divina, y está subordinada a ella (Compendio, n. 91).

Sin embargo, en Getsemaní, Cristo pidió a su Padre Dios “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42). Parece ser que hay disconformidad entre la voluntad de Jesús (“mi voluntad”) y la del Padre (“tuya”)…

Parece, pero no hay tal disconformidad. En el huerto de los olivos, le atormentaba el conocimiento de los inmensos dolores que iba a padecer durante su Pasión, pero que aceptó voluntariamente. En cuanto hombre, a Cristo no le apetecía lo más mínimo padecer. Su humanidad se sentiría inclinada a rebelarse, a no beber ese cáliz de amargura. Pero rechazó la tentación de decir no a lo que le pedía su Padre. Para entender el pasaje evangélico de Getsemaní, es preciso explicar que su inclinación natural o su sensibilidad podían apetecer algún bien distinto del querer divino, pero estaban enteramente sometidas a Él por el acto libre de la voluntad racional (que es la facultad que llamamos propiamente “voluntad humana”). Esto resulta manifiesto cuando dice que no se haga “mi voluntad” (la voluntad como inclinación natural y sensible), “sino hágase” (éste es el acto de la voluntad como elección libre y racional), “la tuya” (la voluntad divina).La petición: No se haga mi voluntad, sino la tuya, manifiesta la realidad de su voluntad humana y su perfecta conformidad con la voluntad divina.

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