Preguntas y respuestas sobre Jesucristo (9)


En los Evangelios se narran los milagros que Cristo realizó, propios de Dios. Mi pregunta es: ¿Hay escenas evangélicas en las que queda de manifiesto la humanidad de Nuestro Señor?

Hay varios pasajes del Evangelio en los que aparece claramente la humanidad de Cristo. Los evangelistas narran a veces detalles que pueden parecer irrelevantes, pero no lo son.

Se puede contemplar la flaqueza de su humanidad: cansado junto al pozo de Jacob, un cansancio real que no le impide atender a la samaritana. Tenía que pasar por Samaria. Llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, próxima a la heredad que dio Jacob a José, su hijo. Donde estaba la fuente de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se sentó sin más junto a la fuente: era como la hora sexta (Jn 4, 4-6). No puede dar ni un paso más. Se queda solo mientras sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar provisiones (Jn 4, 8). Jesús se fatiga realmente, necesita reponer fuerzas. Además, siente sed. Cansancio y sed reales, producidos por una larga caminata. Como es real el hambre que sintió una mañana, y el sueño que le lleva a dormir sobre un cabezal en la barca, a pesar del mal estado del mar, porque está agotado. Al día siguiente, al salir ellos de Betania, sintió hambre, y viendo de lejos una higuera con hojas, se fue por si encontraba algo en ella, y llegándose a ella, no encontró nada sino hojas, porque no era tiempo de higos (Mc 11, 12-13). El hambre del Señor nos indica que Él entiende perfectamente y ha participado de nuestras necesidades y limitaciones. Y así le vemos que se compadece de los que no tienen qué comer.

Jesucristo tiene un corazón humano, lleno de misericordia, con una capacidad de compasión inmensa. Se compadece de los que andan como ovejas sin pastor; de los necesitados. Se preocupa de las multitudes que le siguen y no tienen qué comer. No pasa de largo ante las necesidades de los hombres ni mira hacia otro lado. Siempre tiene una palabra de consuelo, de aliento, de perdón: nunca pasa indiferente. Pero sobre todo, le duelen los pecadores que caminan por el mundo sin conocer la luz y la verdad.

Cuenta san Lucas: Aconteció tiempo después que iba a una ciudad llamada Naín, e iban con Él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaban a las puertas de la ciudad vieron que llevaban un muerto, hijo único de su madre, viuda, y una muchedumbre bastante numerosa de la ciudad la acompañaba. Viéndola el señor, se compadeció de ella y le dijo: No llores. Y acercándose, tocó el féretro; los que lo llevaban se detuvieron, y Él dijo: Joven, a ti te hablo, levántate. Sentase el muerto y comenzó a hablar, y Él se lo entregó a su madre (Lc 7, 11-15).

Sus lágrimas manifiestan su sufrimiento por la cerrazón del hombre. Llora con lágrimas de hombre que sufre, a la vista de Jerusalén: cuando se acercó, al ver la ciudad, lloró sobre ella (Lc 19, 41). Pero también llora por la muerte de un amigo. Y este amor que muestra Jesús llorando es la expresión humana del amor que Dios tiene a los hombres, la manifestación sensible de la compasión con que nos mira.

Cristo, ante la tumba de su amigo Lázaro, lloró. Escena que permite contemplar la profundidad y delicadeza de los sentimientos de Jesús. Si la muerte corporal del amigo arranca lágrimas al Señor, ¿qué no hará la muerte espiritual del pecador, causa de su condenación eterna?

En Getsemaní, Cristo vivió momentos angustiosos, conocidos como su agonía. Nada más entrar en el recinto del huerto, les dice a sus discípulos: “Sentaos aquí mientras me voy allí a orar”. Y se llevó a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, y comenzó a entristecerse y a sentir angustia. Entonces les dice: “Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo”. En medio de un intenso sufrimiento, Jesús acude con confianza a Dios Padre, aceptando su Voluntad.

¿Me puede decir algo sobre la mirada de Cristo?

Según las páginas del Evangelio podemos imaginarnos la mirada del Señor. En algunas ocasiones su mirada aparece como imperiosa y entrañable. Entonces era una llamada, una invitación dulce y silenciosa a dejarlo todo y a seguirle, como en el caso de Leví. En otras, estaba llena de amor, como en el encuentro con el joven rico que no respondió al llamamiento que le hizo el Maestro. También han habido circunstancias que ha hecho que la mirada del Señor se llenara de tristeza, por ejemplo, ante la incredulidad de los fariseos. En otros momentos, su mirada era de compasión, como la que le vimos un día antes de entrar en la ciudad de Naín delante del cuerpo sin vida de un chico, hijo único de una mujer viuda.

Con su mirada sabía remover el corazón de los hombres, como hizo con un jefe de publicanos, llamado Zaqueo, en Jericó, produciendo su conversión. A veces su mirada traslucía su ánimo, como cuando se enterneció ante la fe y la generosidad de una mujer pobre que dio como limosna para el Templo todo lo que poseía.

Su mirada penetrante ponía al descubierto el alma frente a Dios, y suscitaba al arrepentimiento. Así miró Jesús a una mujer que había sido sorprendida en adulterio, y de la misma forma miraría, silencioso y lleno de ternura, a Pedro en la casa de Caifás, provocando las lágrimas amargas del dolor por el pecado cometido.

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