Solemnidad de la Natividad del Señor. Homilía


Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los pueblos (Tt 2, 11). Estas palabras del apóstol san Pablo manifiestan el misterio de la Navidad: Dios viene a habitar con los hombres, elige la tierra como su morada para estar junto al hombre y dejarse encontrar allí donde el hombre vive sus días en la alegría y el dolor. Y los primeros en saberlo después de María y José son los pastores. Ellos descubren que un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado (Is 9, 5) y que el Niño que ven acostado en un pesebre es el Mesías esperado. En ese regalo maravilloso y gratuito -el Niño Jesús- se hace concreto el amor de Dios para nosotros. Pero aquellos humildes hombres comprenden que toda gloria, toda alegría y toda luz se concentran en el Niño que ven en la gruta de Belén en aquella noche santa.

Dios ha querido compartir nuestra condición humana hasta el punto de hacerse una sola cosa con nosotros en la persona de Jesús, que es verdadero hombre y verdadero Dios. La presencia de Dios en medio de la humanidad no se ha dado en un mundo ideal, idílico, sino en este mundo real, marcado por cosas buenas y malas, por divisiones, maldad, pobreza, prepotencias y guerras. Él ha elegido habitar en nuestra historia así como es, con todo el peso de sus límites y de sus dramas. Haciendo así se ha demostrado de forma insuperable su inclinación misericordiosa y llena de amor hacia las criaturas humanas. En la Navidad, Dios se revela no como uno que está en las alturas y que domina el universo, sino como el que se abaja. Dios se abaja, desciende a la tierra, pequeño y pobre, esto significa que para ser como Él nosotros no podemos ponernos por encima de los demás, sino abajarnos, ponernos al servicio, hacernos pequeños con los pequeños y pobres con los pobres.

En el portal de Belén vemos que Dios se hace pequeño por nosotros. Él no viene con poderío. El poder de un Niño, Hijo de Dios y de María, no es el poder de este mundo, basado en la fuerza y en la riqueza, es el poder del amor. Viene como niño inerme y necesitado de ayuda. No quiere abrumarnos con la fuerza. Pide nuestro amor: por eso se hace niño. No quiere de nosotros más que nuestro amor, a través del cual aprendemos espontáneamente a entrar en sus sentimientos, en su pensamiento, y en su voluntad: aprendamos a vivir con Él y a practicar también con Él la humildad de la renuncia que es parte esencial del amor. Dios se ha hecho niño para que nosotros más fácilmente pudiéramos acogerlo y amarlo.

En el misterio de la Navidad, junto a María está la presencia silenciosa de san José. El ejemplo de María y de José es para todos nosotros una invitación a acoger con total apertura de espíritu a Jesús, que por amor se hizo nuestro hermano. Él viene a traer al mundo el don de la paz: En la tierra paz a los hombres de buen voluntad (Lc 2, 14), como lo anunció el coro de los ángeles a los pastores. El don precioso de la Navidad es la paz, y Cristo es nuestra auténtica paz. Y Cristo llama a nuestro corazón para darnos la paz, la paz del alma. Abramos la puertas a Cristo.

En la Navidad, además de fijarnos en el Niño, también nuestra mirada agradecida se dirige a la Virgen. Ella hizo posible -gracias a su fiat (hágase)- la encarnación del Hijo de Dios, la revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos (Rm 16, 25). María nos enseña a captar el momento favorable en el que Jesús pasa por nuestra vida y pide una respuesta disponible y generosa. Y Jesús pasa. En efecto, el misterio del nacimiento de Jesús en Belén, que tuvo lugar históricamente hace más de dos mil años, se realiza, como acontecimiento espiritual, en el “hoy” de la Liturgia. El Verbo, que encontró una morada en el seno virginal de María, en la celebración de la Navidad viene a llamar nuevamente al corazón de cada cristiano: pasa y llama (Papa Francisco).

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: “Ya reina tu Dios!” (Is 52, 7). Los profetas del Antiguo Testamento anunciaron la venida del Mesías. Desde el inicio de la Humanidad, Dios ha hablado con el hombre; ha ido revelándose. Por esta revelación, Dios habla a los hombres como amigo, movido por su gran amor, para invitarles al trato con Él. Poco a poco va dando a conocer los misterios de Dios, su ser íntimo y su voluntad con vistas a la salvación eterna de todos los hombres.

En la Carta a los Hebreos se dice: Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas (Hb 1, 1). Dios habló en las diversas etapas de la historia del pueblo elegido y por medio de visiones, palabras, acciones y acontecimientos históricos. Pero en la plenitud de los tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos (Hb 1, 2). Dios, al hablarnos por medio de su Hijo, nos revela claramente su voluntad salvífica, ya desde la Encarnación, porque viene al mundo la segunda Persona de la Trinidad, para redimirnos con su muerte y abrirnos el Cielo con su glorificación. Todos los acontecimientos de la vida del Señor son fuente de salvación, como se contiene en la misma enseñanza de Jesucristo.

A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado (Jn 1, 18). Todas las visiones que los profetas tuvieron de Dios fueron indirectas, ya que sólo contemplaron la gloria divina, esto es, el resplandor de su grandeza: por ejemplo, Moisés vio la zarza ardiendo; Elías sintió la brisa en el monte Horeb; Isaías contempló el esplendor de su majestad. Pero con la llegada del Señor, esa manifestación de Dios se hace más próxima y casi directa, ya que Jesucristo es la imagen visible del Dios invisible; es la revelación máxima de Dios en este mundo, hasta el punto de que asegura: el que me ha visto a mí ha visto al Padre (Jn 14, 9).

El nacimiento de Jesús es el acontecimiento más importante de la historia de la humanidad. Jesús, Dios hecho hombre, viene a la tierra para realizar la reconciliación de la divinidad con la humanidad; para dar muerte a las tinieblas del pecado y vida a los hombres. Por eso nos llena de confianza y de esperanza, porque Dios está con nosotros y Dios se fía todavía de nosotros. Por tanto, aunque la tierra después del pecado de Adán no es un paraíso, no podemos decir que sea solamente un “valle de lágrimas”, sino el lugar donde Dios mismo ha puesto su tienda, es el lugar del encuentro de Dios con el hombre, de la amistad de Dios con los hombres. Jesús es Dios-con-nosotros, desde siempre y por siempre está con nosotros en los sufrimientos y en los dolores de la historia. La Navidad de Jesús es la manifestación de que Dios se ha puesto del lado del hombre “de una vez y para siempre”, para salvarnos, para levantarnos del polvo de nuestras miserias, de nuestras dificultades, de nuestros pecados (Papa Francisco).

Prorrumpid a una en gritos de júbilo, soledades de Jerusalén, porque ha consolado el Señor a su pueblo, ha rescatado a Jerusalén (Is 52, 9). En la noche santa de la Navidad todo cambió en la faz de la tierra. En el silencio profundo de la gruta, en el regazo de la Madre, y en la tierna mirada del Niño, se nos revela el verdadero rostro de Dios. Estamos llamados a proclamar el mensaje de Belén en todos los rincones de la tierra, la buena nueva de una gran alegría: el Salvador del mundo vino a compartir nuestra naturaleza humana, por tanto no estamos ya solos ni abandonados. La Virgen María nos ofreció a su Hijo como principio de vida nueva. La luz verdadera vino a iluminar nuestra existencia, recluida con frecuencia bajo la sombra del pecado. En él (en el Niño de Belén) estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron (Jn 1, 4-5). A partir de entonces, Cristo y su Evangelio brillarán para siempre entre los hombres a pesar de la oposición del mundo, venciéndolo, según las palabras de Jesús: Confiad: yo he vencido al mundo (Jn 16, 33).

San Juan Bautista considerado por algunos como el último de los profetas es, sin embargo, el primero que da testimonio del Señor. Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz (Jn 1, 6-8). Todo el Antiguo Testamento es una preparación para la venida de Cristo. Así los Patriarcas y Profetas anunciaron de diversas maneras la salvación que vendría por el Mesías. Pero es san Juan, el Precursor del Señor, quien señaló con dedo al propio Mesías, siendo su testimonio la culminación de todas las profecías mesiánicas anteriores.

Juan da testimonio de él y clama: “Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo” (Jn 1, 15). Esta era su misión: ser testigo de la mesianidad y divinidad de Jesús.

En Cristo está el término de la Revelación. Dios ha quedado como mudo, y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en parte a los Profetas ya lo ha hablado en Él todo, dándonos al Todo, que es su Hijo (San Juan de la Cruz). El Hijo, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, con una superioridad sobre los ángeles tanto mayor cuanto más les supera en el nombre que ha heredado. En efecto, ¿a qué ángel dijo alguna vez: Hijo mío eres tú; yo te engendrado hoy; y también: Yo seré para él Padre, y él será para mi Hijo? Y nuevamente al introducir a su Primogénito en el mundo dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios (Hb 1, 3-6). En Belén nace Jesús, y no solamente son los pastores y los Magos de Oriente quienes adoran al Niño, sino también los ángeles, que reconocen la superioridad del Señor sobre ellos. Y adoran también la Humanidad del Señor, que debe ser adorada ahora y siempre tanto por los ángeles como por los hombres, ya que en ella se adora a Jesucristo, que es una sola persona, la divina, con dos naturalezas, la divina y la humana; recibe así una sola adoración, que se dirige al mismo tiempo a la Divinidad y a la Humanidad.

La adoración debida a Cristo por encima de todo ser creado recuerda estas palabras inspiradas de san Pablo: Al nombre de Jesús dóblese toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los abismos (Flp 2, 10). Se trata de la Humanidad de Cristo glorificado. Es justo que la Santa Humanidad de Cristo reciba el homenaje, la aclamación y adoración de todas las jerarquías de los ángeles y de todas las legiones de los bienaventurados de la Gloria (San Josemaría Escrivá, Santo Rosario, 2º misterio glorioso).

En el Evangelio según san Lucas, cuando se narra la aparición de un ángel a los pastores para anunciarles el nacimiento del Señor, se dice: De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc 2, 13-14). Los Ángeles con devoción alaban al Señor y le dan gracias por su venida del Cielo a la tierra para la Redención, no siendo ellos los redimidos, ¿qué debemos hacer nosotros que somos los redimidos? Si aquéllos así dan gracias por la gracia y misericordia ajena, ¿qué debemos hacer los que fuimos redimidos por el Hijo de Dios encarnado?

Sólo con el corazón de María, la humilde virgen nazarena, convertida en Madre del Hijo de Dios, es posible alegrarse por el gran don de Dios que es la Natividad del Señor, acontecimiento único en la historia. Que Ella nos ayude a percibir el asombro por el nacimiento de Jesús, el don de los dones, el regalo inmerecido que nos trae la salvación. El encuentro con Jesús, nos hará también sentir a nosotros este gran asombro. Pero no podemos tener este asombro, no podemos encontrar a Jesús, si no lo encontramos en los demás, en la historia y en la Iglesia.

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