Fiesta del Bautismo del Señor. Homilía


En la Misa de la fiesta del Bautismo del Señor, en la primera lectura se lee el comienzo del primero de los cuatro cantos del Siervo de Yavé escritos por el profeta Isaías. Mira a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. He puesto mi Espíritu sobre él: llevará el derecho a las naciones (Is 42, 1). Este Siervo es el Mesías futuro, esperado por Israel. Tiene atributos excepcionales, universales y trascendentes. Esta profecía mesiánica tiene su cumplimiento en el bautismo de Jesucristo en el Jordán. Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: “Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3, 16-17). Dios Padre manifiesta igualmente su complacencia en el Siervo y en el Señor.

Isaías habla de la acción humilde del Siervo. No gritará, ni chillará, y no hará oír en la calle su voz. Caña quebrada no partirá, y mecha mortecina no apagará. Lealmente hará justicia (Is 42, 2-3). También el hecho de acudir Jesús al Jordán para ser bautizado por Juan es un gesto de profunda humildad. Cristo se pone en la fila con los pecadores para hacerse bautizar, sin tener ninguna necesidad, pues Él, siendo Dios, no tiene pecado alguno, es inocente en todo y la santidad misma. Durante su ministerio público Jesucristo dijo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mt 11, 29). ¿Qué enseñanza podemos sacar de aquí? Nos enseña a poner en el sitio de la malicia, la inocencia; en el lugar de la fuerza, el amor; en el lugar de la soberbia, la humildad.

La justicia que anuncia el Siervo, lleno del Espíritu, no es una virtud ruidosa como dice Isaías. En Jesucristo podemos ver su amable suavidad al realizar sus potentes milagros, obrando una justicia humilde. El Señor así hace triunfar la Justicia de su Padre, su plan de revelación y salvación, de uno modo silencioso y profundo. Y su misión redentora, como “siervo sufriente”, que comienza a manifestarse con el Bautismo en el Jordán tiene su culminación en su pasión y muerte.

El profeta anuncia además la fortaleza del Siervo hasta implantar en la tierra el derecho (Is 42, 4), ser luz de las gentes y abrir los ojos de los ciegos, sacar de la prisión a los cautivos y del calabozo a los que viven en tinieblas (Is 42, 6-7). Todo ello lo podrá realizar “el Siervo” porque el Señor ha puesto su Espíritu sobre él, es decir, se trata de alguien que ha sido elegido por Dios y cuenta con el auxilio del Espíritu del Señor en su tarea de enseñar su Ley hasta los confines de la tierra. La profecía del Siervo (en cada uno de los cuatro cantos) se cumple en Jesucristo. En concreto, los rasgos característicos del Siervo del primer canto han sido interpretado como un vaticinio de la figura de Jesús, objeto de la más plena complacencia del Padre, que en la unidad del Espíritu Santo es verdaderamente luz para todas las naciones y liberador de todos los oprimidos.

San Mateo, que escribió su evangelio para los judíos de la diáspora, cita explícitamente los versículos de este oráculo de Isaías para mostrar que en Jesús se cumple la profecía del Siervo, rechazado por los dirigentes del pueblo, cuyo magisterio amable y discreto había de traer al mundo la luz de la verdad.

Luz de las naciones (o de las gentes) tiene eco en lo que Jesús dice de sí mismo:

Yo soy la luz del mundo (Jn 8, 12), y en el cántico de Zacarías (el Benedictus). El sol que nace de los alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz (Lc 1, 78-79) es Jesucristo. La Iglesia reconoce su responsabilidad de trabajar para que Cristo se manifieste verdaderamente como luz de las gentes en todo tiempo y lugar. La constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II comienza así: Cristo es la luz de los pueblos. Por eso este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas (Lumen gentium, n. 1).

El pasaje evangélico de la Misa del Bautismo del Señor vemos como Juan se resistía a bautizar a Jesús. Entonces aparece Jesús, que viene de Galilea al Jordán donde Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” Jesús le respondió: “Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia”. Entonces le dejó (Mt 3, 13-15). Hasta este momento Jesús había pasado unos treinta años en lo que normalmente llamamos vida oculta. Es admirable el silencio del Verbo de Dios Encarnado durante todo ese tiempo. Muchas pueden ser las razones de esta larga espera de Jesús antes de comenzar su ministerio público. Puede haber influido en ello la costumbre judaica de que los rabinos hubieran cumplido los treinta años antes de ejercer su oficio de maestros. En todo caso, Nuestro Señor, con sus largos años de trabajo en el taller de san José, enseña a los cristianos el sentido santificador de la vida y trabajo ordinarios. Además, Jesús comienza su misión después de que su Precursor ha preparado al pueblo, según el plan divino, para recibir al Mesías.

Jesús quiso someterse al bautismo de Juan antes de empezar su predicación, el anuncio de la llegada del Reino de Dios, para enseñarnos a obedecer a todas las disposiciones divinas. Ya antes se había sometido, sin estar obligado, a la circuncisión, a la presentación en el Templo y rescate como primogénito. Los planes de Dios disponían que Jesús se anonadase hasta someterse a la autoridad de los hombres. Los Santos Padres comentan que el Señor fue a recibir el bautismo de Juan para darnos ejemplo de humildad, para ser conocido por todos, para que todos creyeran en Él y para dar fuerza vivificante al agua del Bautismo. El Señor deseó ser bautizado para proclamar con su humildad lo que para nosotros era necesidad (San Agustín). Además, con el bautismo de Jesús en el Jordán quedó preparado el Bautismo cristiano, que fue directamente instituido por Jesucristo, e impuesto como ley universal.

El Espíritu Santo descendió sobre Jesús en el Jordán y dio inicio a su obra de redención para librar al mundo del pecado y de la muerte. A Él le pedimos que prepare nuestros corazones al encuentro con los hermanos más allá de las diferencias de ideas, lengua, cultura, religión; que unja todo nuestro ser con el aceite de la misericordia, que cura las heridas de los errores, de las incomprensiones, de las controversias; la gracia de enviarnos, con humildad y mansedumbre, a los caminos, arriesgados pero fecundos, de la búsqueda de la paz (Papa Francisco).

El bautismo de Juan Bautista prefiguraba el Bautismo cristiano. Aquel no producía justificación (no limpiaba el alma de los pecados), mientras que el Bautismo cristiano perdona los pecados y da la gracia santificante. Además éste es necesario para la salvación de todos aquellos a quienes el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este sacramento. Cuando Cristo, momentos antes de su Ascensión, envió a los Apóstoles a ir por todo el mundo para que predicasen el Evangelio, les dijo: El que creyere y fuere bautizado se salvará (Mc 16, 16). Y bien claro se lo dijo a Nicodemo: En verdad, en verdad te digo que si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de los cielos (Jn 3, 5).

Los hombres, al recibir el Bautismo, quedan consagrados por la invocación y virtud de la Trinidad Beatísima. El abrirse de los cielos significa que la fuerza de este Sacramento, su eficacia, viene de arriba, de Dios, y que por él queda expedita a los bautizados la vía del Cielo. Los compromisos bautismales se viven contemplando el rostro de Cristo, a la vez que se escuchan las palabras del Padre y se recibe el amor que nos viene del Espíritu Santo.

Las disposiciones para recibir el Bautismo cristiano son: fe en Cristo (el que creyere) y apartamiento del pecado. En el bautizo de los niños basta la fe de los padres; en el caso de los adultos, éstos han de manifestar su creencia en Jesucristo. Por eso la necesidad de anunciar el Evangelio a todas las gentes. Es lo que hizo san Pedro en casa del Cornelio: Entonces Pedro tomó la palabra y dijo: “Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato. Él ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos. Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10, 34-38).

El breve discurso de Pedro es el primero que el Príncipe de los Apóstoles dirige a personas no pertenecientes al pueblo judío. Dios no hace acepción de personas y desea que todos los hombres se salven mediante el anuncio del Evangelio. Cuando Dios ofrece la salvación y llama a sus elegidos no juzga como los hombres. Para Él carecen de valor las diferencias de clase social, raza, sexo o cultura. San Pedro hace un resumen de la vida pública de Jesús. Además proclama que las profecías del Antiguo Testamento según las cuales judíos y gentiles formarán una única nación bajo el Mesías; y las palabras de Jesús que llama a todos a formar parte de su Reino deben ser entendidas literalmente.

Cornelio y los de su casa creyeron (familiares y criados), y fueron bautizados. Recibieron la gracia y comenzaron una nueva vida, la vida sobrenatural. Es lo mismo que le ocurrió a un anciano. Después de ochenta años de paganismo, encontró la luz de la fe, se convirtió y recibió el Bautismo. Dos años después cayó gravemente enfermo; todos sus familiares se dieron cuenta de que le había llegado el momento de la muerte. Alguien le preguntó cuántos años tenía, y el anciano respondió: En verdad, sólo puedo contar con dos años de vida. Nadie encontraba explicación a esta respuesta. El enfermo moribundo añadió: No es cosa tan difícil de entender como creéis, pues comencé a vivir al recibir el Bautismo; mi vida anterior es como si no existiera. En efecto, lo realmente importante en el hombre es la vida de la gracia porque nos conduce a la eterna felicidad del Cielo; gracia que se recibe por primera vez en el Bautismo. Pues por este sacramento renacemos a la gracia de Dios y nos hacemos cristianos.

La Iglesia Católica siempre ha recordado la obligación que tienen los padres de pedir que sus hijos sean bautizados cuanto antes, porque los niños, por su tierna edad, están expuestos a muchos peligros de muerte. La Iglesia bautiza a los niños puesto que, naciendo con el pecado original, necesitan ser liberados del poder del Maligno y trasladados al reino de la libertad de los hijos de Dios (Compendio de la Iglesia Católica n. 258). Pidamos a Santa María su ayuda para conservar la gracia recibida en el Bautismo.

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