Alegría cristiana


La alegría esencial de la creación se completa a su vez con la alegría de la salvación, con la alegría de la Redención. El Evangelio es en primer lugar una gran alegría por la salvación del hombre. El Creador del hombre es también su Redentor. La salvación no sólo se enfrenta con el mal en todas las formas de su existir en el mundo, sino que proclama la victoria sobre el mal. Yo he vencido al mundo, dice Cristo. Son palabras que tienen su plena garantía en el Misterio pascual, en el suceso de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Durante la vigilia de Pascua, la Iglesia canta como transportada: O felix culpa, quae talem ac tantum meruit habere Redemptorem (¡Oh feliz culpa, que nos hizo merecer un tal y tan gran Redentor! (Exultet). El motivo de nuestra alegría es pues tener la fuerza con la que derrotar al mal, y recibir la filiación divina, que constituye la esencia de la Buena Nueva. Este poder lo da Dios al hombre en Cristo. El Hijo unigénito viene al mundo no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve del mal.

(San Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza)

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