Fiesta de la Presentación del Señor. Homilía


Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar en ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor (Lc 2, 22-24). Escuetamente, san Lucas narra el misterio de la presentación del Niño en el Templo, después de hacer referencia a la purificación de la madre. María y José subieron a Jerusalén para ofrecer y consagrar a Jesús a Dios, como prescribía la Ley judía. Cumplieron con lo establecido por Moisés, pero no estaban obligados. Santa María nunca jamás tuvo mancha de la que tuviera que purificarse. Concebida sin pecado original, durante toda su vida mantuvo el alma limpia de todo pecado, falta o imperfección. Tampoco era preciso consagrar el Niño al Señor porque era Dios.

De la Virgen María y san José repite cuatro veces san Lucas que querían cumplir lo que estaba prescrito por la Ley del Señor. Se entiende, casi se percibe, que los padres de Jesús tiene la alegría de observar los preceptos de Dios, sí, la alegría de caminar en la Ley del Señor. Es algo que no podemos olvidar: toda verdadera alegría está en el Señor, en el cumplimiento del Decálogo. Fuera de Él no puede haber ninguna. Y de hecho es verdad que toda alegría que se da fuera de Él o contra Él no satisface, sino que, al contrario, arrastra al hombre a un remolino del que no puede estar contento.

Este episodio evangélico constituye una imagen de la entrega de la propia vida por parte de los hombres y mujeres que, por un don de Dios, asumen los rasgos típicos de Jesús virgen, pobre y obediente. Estas personas son las que han abrazado la vida religiosa. Sin embargo, esta entrega de sí mismos a Dios se refiere a todo cristiano, porque todos estamos consagrados a Él mediante el Bautismo. Todos estamos llamados a ofrecernos al Padre con Jesús y como Jesús, haciendo de nuestra vida un don generoso, en la familia, en el trabajo, en el servicio a la Iglesia, en las obras de misericordia (Papa Francisco).

La fiesta de la Presentación del Señor también es mariana y, además, conocida como la de la Purificación de nuestra Señora. Santa María se sometió al rito prescrito por la Ley sin necesitarlo. Pero nosotros sí estamos necesitados de purificación, pues todos hemos pecado. Sí, necesitamos de la misericordia de Dios, esa misericordia que es más grande que todas nuestras infidelidades. Y es Cristo quien nos ha lavado con su sangre derramada en la Cruz.

Así como los hijos participan de la sangre y de la carne, así también participó él de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud (Hb 2, 14-15). “Sangre” y “carne” se refieren a la naturaleza humana considerada en su debilidad. Jesucristo ha asumido la naturaleza del hombre: La ha asumido sin pecado pero con toda su capacidad de sufrir, dado que tomó una carne semejante a la carne pecadora; participó así “de la carne y de la sangre”, es decir, asumió una naturaleza en la que pudiera padecer y morir, lo cual no habría podido hacer en una naturaleza divina (Santo Tomás de Aquino).

Esta purificación que hace el Señor en el alma de los hombres –Aún cuando vuestros pecados resalten como la púrpura, lavaré vuestras almas hasta tal punto que aparecerán resplandecientes como la nieve (Is 1, 28)- es señalada en la primera lectura de la Misa de la Presentación del Señor: Es él como fuego de fundidor y como lejía de lavandero. Se sentará para fundir y purgar. Purificará a los hijos de Leví y los acrisolará como el oro y la plata; y serán para el Señor los que presentan la oblación en justicia (Ml 3, 2-3).

Volviendo al pasaje evangélico, aparecen dos ancianos. Simeón y Ana. ¿Qué dice san Lucas de estos ancianos que contemplan al Niño cuando es presentado por sus padres en el Templo? De Simeón afirma que era un hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel, y que el Espíritu Santo estaba con él (Lc 2, 25); dice que el Espíritu Santo le había revelado (Lc 2, 26) que antes de morir vería al Cristo, al Mesías, y por último fue al Templo impulsado por el Espíritu (Lc 2, 27). De Ana dice luego que era una profetisa, es decir, inspirada por Dios; y que estaba siempre en el Templo sirviendo a Dios con ayunos y oraciones (Lc 2, 37). En definitiva, estos dos ancianos están llenos de vida. Es un encuentro entre jóvenes (María y José) llenos de alegría al cumplir la Ley del Señor y los ancianos (Simeón y Ana) llenos de alegría por la acción del Espíritu Santo.

Simeón cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2, 28-32). La Iglesia ha incluido este cántico de acción de gracias en las Completas de la Liturgia de las horas.

Simeón agradece a Dios el consuelo indecible de contemplar al Mesías. También nosotros debemos dar gracias a Dios por contemplar a Cristo con los ojos de la fe bajo las especies sacramentales en la Eucaristía; por la presencia de Cristo entre los cristianos; por ser Luz que ilumina nuestro caminar terreno. Y al igual que el anciano Simeón, prorrumpir en un cántico de acción de gracias por creer en Jesucristo, Salvador del mundo.

La profetisa Ana, en el momento de ver al Niño alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén (Lc 2, 38). Comenta el papa Francisco: Admiramos el encuentro con la anciana profetisa Ana que, al ver al Niño, exulta de alegría y alaba a Dios. Simeón y Ana están esperando la profecía, Jesús es la novedad y el cumplimiento. Él se presenta a nosotros como la perenne sorpresa de Dios; en este Niño nacido por todos, se encuentran el pasado, hecho de memoria y de promesa, y el futuro, lleno de esperanza.

Quien, como Simeón y Ana, persevera en la piedad y en el servicio de Dios, por muy poca valía que parezca tener su vida a los ojos de los hombres, se convierte en instrumento apto del Espíritu Santo para dar a conocer a Cristo a los demás. He aquí que yo envío a mi mensajero a preparar el camino delante de mí (Ml 3, 1). Cada cristiano debe sentirse enviado por Dios para acercar Cristo a los hombres y acercar los hombres a Cristo.

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2, 33-35). Estas palabras del anciano Simeón dirigidas a la Virgen anuncian que María habría de estar íntimamente unida a la obra redentora de su Hijo. La espada de que habla Simeón expresa la participación de Santa María en los sufrimientos de Jesucristo durante su Pasión; es un dolor inenarrable, que traspasa el alma. El Señor sufrió en la Cruz por nuestros pecados; también son los pecados de cada uno de nosotros los que han forjado la espada de dolor de la Madre de Dios. En consecuencia tenemos un deber de desagravio no solamente con Dios, sino también con la Virgen María.

En la segunda lectura de la Misa, tomada de la Carta a los Hebreos, se hace referencia al sacerdocio del Señor, consistente en ofrecer una expiación, un sacrificio de reparación y de pacificación por los pecados de los hombres. Jesucristo, por ser Dios y Hombre, es mediador único entre Dios y los hombres, tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que toca a Dios, en orden a expiar los pecados del pueblo. Pues, habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados (Hb 2, 17-18). La finalidad principal del sufrimiento de Cristo en la Pasión fue la Redención de los hombres, que estaban privados de la amistad y vida divinas a causa del pecado. Pero nuestro Señor quiso sufrir también para darnos fuerza y ejemplo ante el dolor.

El dolor humano produce una especial y misteriosa unión con Cristo. El que sufre, y más todavía el pecador que hace penitencia, se sabe comprendido por Cristo, y esta comprensión humana y divina es fuente de consuelo y de paciencia. Tarde o temprano el dolor llama a nuestra puerta y, aunque no queramos abrirle, entra dramáticamente en nuestra existencia. La fe cristiana nos dice que no nos desanimemos, que mantengamos viva y alta la esperanza, que confiemos en Dios que no abandona ni olvida a nadie, y miremos a Jesús crucificado, Verbo divino encarnado, que quiso sufrir como nosotros y por nosotros (San Juan Pablo II, Discurso 23.III.1985). Y así, el sufrimiento -además de ser inevitable mientras vivamos sobre la tierra-, desde que ha sido redimido por Cristo en la Cruz, puede llegar a ser un medio de purificación, de crecimiento espiritual.

El relato de la Presentación del Señor en el Templo termina con estas palabras: Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él (Lc 39-40). La presentación del Niño en el Templo es el último episodio del Evangelio según san Lucas referente al nacimiento de Cristo, el cual se manifiesta por tres clases de testigos y de tres modos distintos: primero, por los ángeles que lo anuncian; segundo, por los pastores tras la aparición de los ángeles; y, en tercer lugar, por Simeón y Ana, movidos por el Espíritu Santo.

Por el Evangelio según san Mateo sabemos que antes de la vuelta de la Sagrada Familia a Nazaret acontecieron los sucesos de la huida y permanencia de Jesús, María y José en Egipto. San Beda comenta el último versículo diciendo: Nuestro Señor Jesucristo en cuanto niño, es decir, revestido de la fragilidad de la naturaleza humana, debía crecer y fortalecerse; pero en cuanto Verbo eterno de Dios no necesitaba fortalecerse ni crecer. De donde muy bien se le describe lleno de sabiduría y de gracia.

Terminamos con esta jaculatoria: Cor Mariae Perdolentis, ora pro nobis, ora pro me!, para desagraviar por esa espada que atraviesa su corazón y reparar por los pecados de los hombres de todos los tiempos.

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