Domingo V del Tiempo Ordinario. Homilía


Comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre sin techo, viste al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano (Is 58, 7). Son palabras de Dios recogidas por el profeta Isaías y son una invitación para que pongamos nuestra mirada en los sufrimientos de los enfermos, en la soledad de los ancianos, en la marginación de los indigentes, en el hambre de los pobres, en los jóvenes atrapados por la droga, en los desheredados sin futuro, en los huérfanos sin el calor de un hogar, en los moribundos.

A Dios no le agrada la piedad hipócrita que se ha compatible con la injusticia. Las obras de misericordia recomendadas por Isaías resuenan el el discurso de Jesucristo sobre el juicio final. La espiritualidad cristiana ha insistido siempre en el amor al prójimo y en el ejercicio efectivo de las obras de misericordia como demostración cierta del amor a Dios y de la verdadera religión, pues las obras de misericordia son la prueba de la verdadera santidad (Rabano Mauro)

La Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario. Pero, al mismo tiempo, la caritas-agapé supera los confines de la Iglesia; la parábola del buen Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado “casualmente”, quien quiera que sea (Benedicto XVI). Y ¿en cuántas ocasiones hemos hecho como el sacerdote y el levita que pasaron de largo al ver a aquel hombre malherido? Un propósito: No dar nunca más la espalda al hermano necesitado y saber compartir nuestros bienes.

San León Magno enseñaba: Que cada uno de los fieles se examine, pues, a sí mismo, esforzándose en discernir sus más íntimos afectos; y, si descubre en su conciencia frutos de caridad, tenga por cierto que Dios está en él y procure hacerse más y más capaz de tan gran huésped, perseverando con más generosidad en las obras de misericordia (Sermones, 48, 3).

El distintivo de los cristianos es el amor. Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros (Jn 13, 34-35). Cada seguidor de Cristo debe iluminar este mundo -y lo digo parafraseando a san Josemaría Escrivá- con la luminaria de su fe y de su amor. Si ofreces tu propio sustento al hambriento, y sacias el alma afligida, entonces tu luz despuntará en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía (Is 58, 10).

Los discípulos de Jesús deben ser también -como Cristo mismo- luz para los que yacen en tinieblas, según palabras del Señor: Vosotros sois la luz del mundo (Mt 5, 14). El cristiano ha de ser un punto de luz en medio de la oscuridad de Dios que padece sociedad de nuestros días. Luz que es amor de Dios, a la vez que caridad grande, con obras. Luz que es fuego que da calor, que enciende los corazones en vibración apostólica. Santa Teresa del Niño Jesús escribió de esta luz: Me parece que esta antorcha representa la caridad que debe iluminar y alegrar no sólo a aquellos que más quiero, sino a todos lo que están en la casa. Con la caridad, todas las buenas obras serán instrumentos de apostolado cristiano: Son innumerables las ocasiones que tienen los laicos para ejercer el apostolado de la evangelización y la santificación. El mismo testimonio de su vida cristiana y las obras hechas con sentido sobrenatural tiene eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios: “alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5, 16) (Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 6).

En la primera evangelización, la que se llevó a cabo después de la Ascensión del Señor a los cielos, la caridad fraterna -de modo especial con los más necesitados física o espiritualmente, e incluso con los perseguidores- fue uno de los elementos determinantes de la rápida expansión del cristianismo: “¡Mirad cómo se aman!”, pone Tertuliano en boca de aquellos paganos, deslumbrados por el mensaje de Cristo. Y añade: Mirad cómo están dispuestos a morir el uno por el otro, mientras ellos están dispuestos, más bien, a matarse unos a otros” (Javier Echevarría, Carta 1.I.14).

El amor es la esencia del cristianismo; hace que el creyente y la comunidad cristiana sean fermento de esperanza y de paz en todas partes, prestando atención en especial a las necesidades de los pobres y los desamparados. Ésta es nuestra misión común: ser fermento de esperanza y de paz porque creemos en el amor. El amor hace vivir a la Iglesia, y puesto que es eterno, la hace vivir siempre, hasta el final de los tiempos.

San Vicente de Paúl se distinguió por el amor a los pobres, a cuyo servicio entregó toda su vida. Cuentan que un día hablando con la reina de Francia, Ana de Austria, le dijo que ella podía hacer un milagro que Cristo en el desierto no quiso hacer: Convertir en pan las piedras preciosas que llevaba colgadas al cuello. Y dicen que la reina se quitó las joyas y se las entregó al santo para que sirviera de alimento a niños huérfanos.

A veces acusamos a Dios de no solucionar los sangrantes problemas que existen en muchas zonas del mundo. Y no es justo. Dios nos tiene a nosotros, a los que decimos creer en Él. Espera que seamos sus manos para repartir y sus pies para ir al encuentro del hermano necesitado. Lo que ocurre es a nosotros nos cuesta vender nuestras joyas -nuestro tiempo, nuestro cariño, nuestra inteligencia, nuestro dinero-, y darlas. ¿Y si encima resulta que hasta lo que creemos más nuestro es Dios?

También Cristo nos dice: Vosotros sois la sal de la tierra (Mt 5, 13). La imagen de sal utilizada por Jesús refleja la condición de quien es discípulo suyo. La sal preserva de la corrupción los alimentos y le da sabor. Así los cristianos debemos dar sabor divino a todo lo humano y preservar al mundo de la corrupción y del mal. Si un cristiano pierde su identidad cristiana, se queda en nada. Es lo que ocurre con los restos de sal. Si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente (Mt 5, 13). Igualmente un cristiano se convierte en un sinsentido si su seguimiento de Cristo no se traduce en obras concretas. Hemos de llevar otras personas al Señor, ante todo, con el ejemplo de nuestra vida. No podemos ser como los carteles de las carreteras, que indican la dirección a una ciudad, pero ellos no van. Nosotros debemos señalar a nuestros amigos cuál es el camino que lleva a Dios, pero yendo por delante con nuestra lucha esforzada, bien apoyados en el Señor.

Dios no nos ha dado la luz para que la tengamos apagada –debajo de un celemín (Mt 5, 15)-, sino encendida y puesta sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa (Mt 5, 15). Con el bautismo recibimos la luz de la fe, y con esta luz debemos iluminar. Tenemos la misión de llevar la luz a todas las naciones, indicando a los hombres el verdadero camino. Id a Belén, allí nació Cristo; id a Nazaret, allí pasó los treinta años de su vida oculta; deteneos en las riberas del lago de Galilea y en tantos lugares de Tierra Santa, donde Él enseñó y realizó milagros, dando signos de su poder divino; y, sobre todo, id a Jerusalén, donde fue crucificado para quitar los pecados del mundo y revelarse como Redentor del hombre, id a Jerusalén, donde resucitó al tercer día, manifestando el poder de vida que hay en Él, vida que es más fuerte que la muerte física y espiritual (San Juan Pablo II, Homilía 6.I.1995).

Hay que predicar a Cristo que es la luz verdadera, la luz de los hombres, la luz que brilla en las tinieblas. Y lo debemos hacer como lo hizo san Pablo. Y yo, hermanos, -escribe a los de Corinto- cuando vine vine a vosotros, no vine a anunciaros el misterio de Dios con elocuencia o sabiduría sublimes, pues no me he preciado de saber otra cosa entre vosotros sino a Jesucristo, y a éste, crucificado (1 Co 2, 1-2). El centro de la predicación del Apóstol de los gentiles es Cristo y Cristo en la cruz, puesto que la fe, más que basarse en sabiduría humana, tiene en la cruz y en la potencia divina su solidez inalterable. Mi predicación no se han basado en palabras persuasivas de sabiduría, sino en la manifestación del Espíritu y del poder, para que vuestra fe no se fundamente en la sabiduría humana, sino en poder de Dios (1 Co 2, 4-5).

Hoy día hay una confusión muy grande en el mundo. ¿Cuántas personas bautizadas tienen una imagen borrosa de Jesucristo? Qué misión tan hermosa tenemos por delante: conocer a Jesucristo y comunicar a nuestros semejantes la amistad con Él. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Hacer conocer a fondo la fe cristiana significa aumentar el amor hacia Cristo (Papini). Quien no tiene fe, no tiene luz; quien no tiene religión, no tiene esperanza. Y la fe y la esperanza aseguran que nuestra vida continúa más allá de ese terrible momento que se llama muerte.

Es verdad que existe mucha pobreza material, incluso en los países ricos, pero en éstos quizá mayor la pobreza espiritual. Hay mucha ignorancia de la religión en países que tradicionalmente son cristianos. Y esta ignorancia es una trágica forma de pobreza, pues sólo la ignorancia puede permitir a un hombre cometer crímenes sin saber que los comete. Me habéis oído decir tantas veces (…) que el mayor enemigo de Cristo y de la Iglesia es la ignorancia, y que, por eso, tenemos la obligación de formarnos, de conocer bien la doctrina para luego transmitirla, sin desfigurarla, a pesar de nuestros errores personales (San Josemaría Escrivá).

Los caminos de la enseñanza de la palabra divina, según la Iglesia son: el testimonio de la vida, que ayuda a descubrir la fuerza del amor de Dios y hace persuasiva la palabra del predicador; la predicación explícita del misterio de Cristo a los no creyentes; la catequesis y la exposición ordenada y orgánica de la doctrina de la Iglesia; y la aplicación de la verdad revelada al juicio y a la solución de los casos concretos. Con esas condiciones, la predicación muestra su belleza y atrae a los hombres, deseosos de ver la gloria de Dios, también hoy.

¿Cómo es posible alcanzar una constante reevangelización de la vida, obrando una auténtica conversión?, ¿cómo anunciar el Evangelio de la esperanza? San Pablo da la respuesta: Si no tengo amor, no soy nada. Son palabras que llaman antes que nada a la conversión, y que recuerdan que antes incluso de predicar, de orar, antes de cualquier servicio apostólico, debemos tener caridad. Sin amor no se tiene a Dios y no se puede dar a los demás. Más aún, ni siquiera se le conoce. Incluso si entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, que es Dios, todo es un desperdicio de energías, diría Agustín.

Durante 33 años vivió Jesús en la tierra y plantó en el jardín del mundo las semillas del amor trinitario, que la Fuente esperanza riega con sus aguas frescas y limpias. Nosotros, hijos de la Iglesia, trabajemos para hacer florecer estas semillas en colores infinitos y bellísimos, para que se realice esa nueva primavera del cristianismo. Contemplemos juntos la belleza de estas flores del amor, que son el esplendor del arte de amar.

Santa María, Madre amantísima, en Caná de Galilea vivió con delicadeza la virtud de la caridad, permaneciendo discretamente oculta e hizo que Jesús adelantara su hora y que los discípulos del Señor creyeran en Él. La Virgen, Estrella de la evangelización, lleva a los hombres hasta su Hijo.

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