Hermandad de El Calvario (Huelva). Quinario del 2020: Primer día.


Quinario de la Hermandad del Calvario

Primer día

Queridos hermanos de la Posconciliar Hermandad y Seráfica Cofradía de San Francisco de Asís, Nuestro Padre Jesús del Calvario y María Santísima del Rocío y Esperanza; y demás fieles que hoy habéis acudido a esta Capilla de Nuestro Padre Jesús del Calvario, sede canónica de la Hermandad, para asistir al primer día del Quinario dedicado a los Sagrados Titulares de la Hermandad.

Con sorpresa y agradecimiento recibí el encargo de predicar en este Quinario. Soy onubense. Los años de mi infancia y adolescencia los pasé en esta ciudad nuestra del Tinto y del Odiel. Por razones de estudio, salí de Huelva; y luego, por motivo de trabajo. En Roma hice los estudios eclesiásticos, y una vez ordenado sacerdote, he ejercido mi ministerio en Madrid. Ahora, cincuenta y cinco años después, estoy de nuevo en la ciudad en que nací.

En aquellos primeros años de mi vida fui testigo de varios acontecimientos de la vida de la Iglesia en Huelva. Uno de ellos fue la llegada del primer obispo de la recién creada diócesis onubense, don Pedro Cantero Cuadrado, de feliz memoria. De sus manos recibí por vez primera a Jesús Sacramentado. Pero el evento que más me impresionó fue la celebración en nuestra ciudad del Centenario de la Proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción. Fue el 8 de diciembre de 1954. Aquel día hubo una gran procesión mariana, con las imágenes de las Patronas de 28 pueblos de la provincia. El día fue lluvioso. Fue emocionante ver a la Virgen María, con distintas advocaciones, en las calles de Huelva acompañada del cariño de todos los católicos onubenses bajo una lluvia torrencial. Alguien dijo que el agua que caía eran las lágrimas que se les saltaban de los ojos a los ángeles viendo a su Reina llevada en triunfo por los fieles en el día de su Inmaculada Concepción.

Ya en mi niñez viví la Semana Santa onubense, presenciando las procesiones, y siendo monaguillo -antes de ser nazareno- hice la estación de penitencia en una de ellas. En la década de los años cuarenta del siglo pasado la Semana Santa en Huelva había adquirido relieve con la fundación de varias hermandades: Nuestro Padre Jesús de la Humildad en el Desprecio de Herodes; Santísimo Cristo del Amor de la Sagrada Cena, Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén, Santísimo Cristo de la Victoria Despojado de sus Vestiduras, Nuestro Padre Jesús de las Penas en sus Tres Caídas, Santísimo Cristo de la Sangre, y Nuestra Señora de la Soledad. La última hermandad fundada en aquella época fue la del Sagrado Descendimiento de Nuestro Señor Jesucristo, que hizo por primera vez la estación de penitencia en 1952.

Después vinieron los años sesenta que fueron de decadencia para la Semana Santa onubense. Tanto es así que una antigua hermandad -la conocida como la de los Judíos- no hizo su estación de penitencia en dos años. Pero lo más triste que presencié fue el abandono por parte de los costaleros de un paso de palio -el de María Santísima del Rosario- delante de la Residencia Sanitaria “Manuel Lois”. Allí permaneció horas, siendo custodiado por un solo nazareno.

Aquel período de decadencia tuvo su fin para dar paso a otro de mayor brillantez y devoción, que es el que se está viviendo en las últimas décadas, y que tuvo su inicio en año 1971 con la fundación de la hermandad de Nuestro Padre Jesús del Calvario, que trajo a la Semana Santa onubense aire nuevo, seriedad y fervor cofrade.

Después de este preámbulo pasamos a considerar el tiempo litúrgico que comienza mañana, miércoles de ceniza. La Cuaresma es tiempo penetrado de la memoria de la Pasión de Cristo. En una llamada de la Iglesia a centrar nuestra vida en Dios, meditando los misterios de la Pasión y Muerte del Señor, para después celebrar la Pascua, la Resurrección.

El espíritu de la Iglesia se va reflejando a lo largo del año, en las manifestaciones de la liturgia, que sigue paso a paso la vida de Jesucristo. Ahora, en la Cuaresma, los cristianos nos preparamos con oración y penitencia para conmemorar la Pasión y Muerte de Cristo. Oiremos más atentamente la Palabra de Dios, especialmente los relatos evangélicos de la Pasión, esas páginas ensangrentadas del Evangelio con la sangre de Dios hecho hombre.

Meditaremos los misterios centrales de nuestra Redención y nos meteremos en las llagas de Cristo Crucificado para purificarnos. Estaremos con Cristo en el Huerto de los Olivos, donde Nuestro Señor sintió angustia; le acompañaremos camino del Calvario para que siempre en nuestra vida tengamos la mirada puesta en la Cruz, pues allí está nuestra salvación. Y en el Gólgota permaneceremos junto a Santa María al pie de la Cruz agradeciendo a Jesús que muriera por nosotros para librarnos de la esclavitud del pecado y abrirnos las puertas del Cielo.

La meditación de la Pasión nos llenará de las ansias de sacrificio de Cristo, de expiación por nuestros pecados y por los pecados de todos los hombres. Nos ayudará a desagraviar y reparar por tantas ofensas hechas a Dios, especialmente en estos días que se celebran los carnavales.

Jesús va a padecer por amor a nosotros el sacrificio del Calvario que nos trae la Redención. Y nosotros, tú y yo, hacemos ahora el propósito de acompañarle, de no dejarle solo en la Cruz, de ser correndentores con Él. Y para esto: penitencia y sacrificio.

La Cuaresma es tiempo de penitencia, incluso en nuestros días, en esta época de una sociedad hedonista donde sólo se busca el placer y el bienestar material, con olvido de los bienes celestiales. Es tiempo de gracia y de perdón, de reflexión seria y de arrepentimiento, de preparación para la Pascua del Señor, en el que hemos de participar en los sufrimientos de su Pasión.

Sí, tiempo de penitencia. La penitencia no es necesaria en sí misma, sino por razón del pecado. Donde hay pecado, allí debe haber penitencia. Es una virtud que se requiere para compensar y reparar las ofensas que se hacen a Dios con el pecado.

Con qué fuerza hablaba san Juan Pablo II de la necesidad de la penitencia: En nuestros días vivimos auténticamente un clima de pecado. Por lo mismo hoy más que nunca nos será necesaria la penitencia. Pero uno de los pecados más graves y de más trascendencia en nuestro tiempo, que quizá sea el más grave mirado en su propia malicia y sus funestas consecuencias, es el pecado de no ver pecado en nada. Se ha perdido la conciencia de pecado, y sin embargo el pecado existe. Porque para destruirlo Cristo murió en la Cruz.

Desde siempre la Cuaresma ha representado un período de tiempo destinado a promover una mayor responsabilidad en la vida cristiana, a fomentar una “conversión” más profunda y en el sentido más amplio que da a éste término el Evangelio, de “cambio de mentalidad”. La Iglesia nos invita a considerar nuestras miserias, a detestar los pecados y borrarlos con la oración y la penitencia, puesto que la oración asidua y el pensar en nuestras faltas nos atraen el auxilio divino, sin el cual nada podríamos hacer.

Decir Cuaresma es decir camino de conversión para identificarnos cada vez más con Jesucristo. Un camino que según las mismas indicaciones de la Iglesia debe caracterizarse por la oración, la limosna y el ayuno. Escribió san León I Magno: En estos días (se refería a los días de Cuaresma) hay que poner especial solicitud y devoción en cumplir aquellas cosas que los cristianos deben realizar en todo tiempo; así viviremos en santos ayunos esta Cuaresma de institución apostólica y precisamente no sólo por el uso menguado de los alimentos, sino sobre todo ayunando de nuestros vicios.

Las primeras palabras de Cristo que recoge san Marcos en su evangelio son éstas: Haced penitencia. La Cuaresma nos habla de mortificación y penitencia, de ayunos y abstinencias, pues es conmemoración de aquel tiempo de cuarenta días y cuarenta noches del ayuno de Cristo en el desierto, tiempo de oración y de penitencia. La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 540).

Hoy día la palabra mortificación suena poco, pero es necesaria para la vida cristiana porque purifica el alma, eleva el pensamiento, somete la carne propia al espíritu, hace al corazón contrito y humillado, combate las tendencias de la concupiscencia, apaga el fuego de las pasiones y enciende la verdadera luz de la castidad (San Agustín).

Además es necesaria para desagraviar a Dios. Decía san Josemaría Escrivá: La vocación cristiana es vocación de sacrificio, de penitencia, de expiación. Hemos de reparar por nuestros pecados -¡en cuántas ocasiones habremos vuelto la cara, para no ver a Dios!- y por todos los pecados de los hombres.

Mortificación es ofrecer a Dios algo que cuesta con espíritu de reparación. No nos pide Dios grandes mortificaciones. Nos pide pequeñas mortificaciones hechas con amor, que viviéndolas con perseverancia es heroico. Un propósito que podemos hacer ya: ser generosos en la mortificación.

La Cuaresma también es una buena ocasión para renovarnos interiormente, para dar un paso hacia adelante en el camino de la santidad, procurando mejorar en la vida de piedad. Estemos bien unidos a Cristo en sus misterios pascuales: Pasión, Muerte y Resurrección. De la misma forma que Cristo murió y resucitó, también el cristiano debe morir al “hombre viejo” para vivir más conforme a Jesucristo.

En este tiempo litúrgico procuremos tener el corazón contrito y hacer de hijo pródigo y decir al Señor: Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; acudamos al Sacramento de la Penitencia, donde Dios muestra su infinita misericordia. La Iglesia en nombre de Dios, renueva la llamada a la conversión. Es una invitación a mejorar, a huir de la rutina en la vida de piedad, a salir de la tibieza, si se ha caído en ella. ¿Quién entre nosotros puede presumir de no ser pecador? Nadie. Todos lo somos. Escribe el apóstol Juan: Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero, si confesamos nuestros pecados, Él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia (1 Jn 1, 8-9)

Y Dios perdona los pecados, se olvida de nuestras infidelidades, de las ofensas que le hemos hecho, cuando arrepentidos acudimos a Él. Aún cuando vuestros pecados resalten como la púrpura, lavaré vuestras almas hasta tal punto que aparecerán resplandecientes como la nieve (Is 1, 28).

En el Calvario, al pie de la cruz, estaba la Madre de Jesús. A Ella, María Santísima del Rocío y Esperanza, nos encomendamos para que todos sepamos siempre descubrir y acoger el mensaje de amor y de salvación de la cruz de Jesús; y que todos tengamos el valor de caminar siempre en presencia del Señor.

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