Hermandad de El Calvario (Huelva). Quinario del 2020. Segundo día.


Quinario de la Hermandad del Calvario

Segundo día

Queridos hermanos de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Calvario y María Santísima del Rocío y Esperanza; y demás fieles que habéis acudido a esta Capilla, sede canónica de la Hermandad, para asistir al segundo día del Quinario.

La celebración de la Pascua del Señor, centro de convergencia de la Historia y de la vida de la Iglesia, constituye la fiesta principal del año litúrgico. De aquí que, cuando en el siglo II, la Iglesia comenzó a celebrar anualmente la Pascua de la Resurrección de Cristo, advirtió la necesidad de una preparación adecuada, por medio de la oración y del ayuno. Esta preparación se realiza en el tiempo fuerte del año litúrgico, que es la Cuaresma, y que comienza hoy, miércoles de ceniza.

En este día tiene lugar el rito de la imposición de la ceniza. El sentido de este sacramental es poner de manifiesto la realidad de nuestro ser. En el momento de la imposición de la ceniza sobre nuestras cabezas, el sacerdote pronuncia las palabras que Dios dijo a Adán, después del pecado de nuestros primeros padres: Acuérdate, hombre, de que eres polvo y en polvo te has de convertir. Quiere la Iglesia que meditemos la fugacidad de esta vida, que pongamos el corazón, no en las cosas de esta tierra, sino en el Señor.

Poner el corazón en Dios significa estar dispuestos a poner todos los medios para vivir como Él espera que vivamos, ser sinceros, estar entregados, amar a Dios con toda el alma y alejar de nuestra vida cualquier pecado deliberado. Apartarnos siempre del pecado, que envejece y mata.

Pero también esas palabras del Génesis es una invitación para que meditemos sobre los novísimos.

En todas tus obras acuérdate de tus postrimerías y no pecarás jamás, leemos en el Sirácida. Es importante considerar estas verdades. Es una eternidad lo que está en juego. San Juan Pablo II escribió: La Iglesia tampoco puede omitir, sin grave mutilación de su mensaje esencial, una constante catequesis sobre los cuatro novísimos del hombre: muerte, juicio, infierno y cielo. Es el amor, no el temor, lo que nos mueve a considerar frecuentemente estas verdades eternas. Nos ayudan a vivir cara a Dios, con sentido de eternidad. No se puede olvidar que tenemos un destino eterno.

En la actualidad se habla poco de los novísimos. Hoy reflexionemos sobre ellos, y lo primero que viene a la mente son unas palabras de la Escritura: No tenemos aquí ciudad permanente (Hb 13, 14). Estamos en la tierra de paso, camino hacia la vida eterna.

Dios creó al hombre con la posibilidad de no morir, pero por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte (Rm 5, 12). Desde entonces vemos la realidad de la muerte. Sin embargo, el hombre no quiere pensar en su muerte; para él la muerte es asunto de los demás. Nosotros vemos la muerte con visión cristiana: La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo (Prefacio de difuntos).

Con su Muerte y con su Resurrección, Cristo ha vencido la muerte. San Pablo escribió: La muerte ha sido absorbida por la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? (1 Co 15, 55). Jesucristo, al morir en la Cruz -ofreciéndose a Dios Padre como reparación por todas las ofensas de los hombres-, ha vencido al pecado y al demonio que tenía poder por el pecado. Y completa la victoria derrotando a la muerte mediante su Resurrección.

La muerte ha sido vencida. Es verdad que todos moriremos, pero detrás de la muerte está la Vida (con mayúscula). Para el creyente la muerte es Vida. Dijo el Salmista: Preciosa es ante los ojos del Señor la muerte de sus fieles (Sal 115, 15).

Un escritor pagano, de la época del Imperio Romano, dijo que toda la vida del hombre no es sino un caminar hacia la muerte. San Juan Pablo II difería de este consideración tan negativa de la vida y dijo que la vida de aquí abajo no es un camino hacia la muerte, sino hacia la vida, hacia la luz, hacia el Señor.

Conservo en mi memoria la Misa que celebró san Juan Pablo II en el cementerio de La Almudena de Madrid, el día 2 de noviembre de 1982. Antes de comenzar la Eucaristía, dijo: “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él” (Rm 6, 8). Corroborados en esta certeza, elevamos al cielo ‑aun entre las tumbas de un cementerio‑ el canto gozoso del Aleluya, que es el canto de la victoria. Nuestros difuntos viven con Cristo, después de haber sido sepultados con Él en la muerte. Para ellos el tiempo de la prueba ha terminado, dejando el puesto al tiempo de la recompensa.

Nosotros estamos en el tiempo de la prueba. Cada día que pasa nos acercamos al momento de la muerte. Pero para el creyente, la muerte es la puerta que nos introduce en la vida que no muere jamás. Pidamos a Dios Nuestro Señor que para cada uno de nosotros el morir sea cerrar los ojos y dormirse, para despertar en el Cielo.

La muerte puede venir en cualquier momento, y vendrá inexorablemente. No sabemos cuándo, ni dónde, ni cómo. Lo único cierto es que vendrá. Cristo nos aconseja: Vigilad, pues, porque no sabéis el día ni la hora (Mt 25, 13).

Los jefes comuneros, Padilla, Bravo y Maldonado, fueron derrotados, apresados y ajusticiados. Antes de la ejecución, dijo Padilla a Bravo: Señor Juan Bravo, ayer era día de pelear como caballeros, y hoy de morir como cristianos. Para todos los hombres es muy importante el momento de la muerte. Lo verdaderamente importante es tener el alma limpia de pecado, morir como buenos cristianos.

Tras la muerte viene el juicio particular. Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre (Catecismo de la Iglesia Católica). Por tanto, en este juicio son posibles dos sentencias: una, salvífica; la otra, condenatoria. No es posible apelación a instancias superiores.

Todos los hombres nos presentaremos al juicio divino. Está establecido que los hombres mueran una vez, y después de esto el juicio (Hb 9, 27). Inmediatamente después de separarse del cuerpo, el alma comparece ante el tribunal de Dios, y allí se hace examen justísimo de todo cuanto en cualquier tiempo haya hecho, dicho o pensado, y también, de las omisiones.

Un epitafio de un cementerio me llamó la atención: Yo no le temo a la muerte, que la muerte es algo natural. Sólo le temo a la cuenta que a Dios le tengo que dar. Hemos recibido muchos talentos. El Señor nos pedirá cuenta de estos talentos recibidos y de si lo hemos hecho producir, y examinará si nuestras obras están llenas de Dios, si hemos actuado con rectitud de intención.

Hay que saber en todo instante cuál es el estado de nuestra alma para que no haya sorpresas. Los buenos comerciantes hacen balance cada jornada y examinan sus ganancias o sus pérdidas. El gran negocio de la santidad requiere también esa contabilidad: el examen de conciencia.

Me hizo gracia que hable usted de la “cuenta’”que le pedirá Nuestro Señor. No, para ustedes no será Juez -en el sentido austero de la palabra- sino simplemente Jesús. Estas palabras se las dijo a san Josemaría Escrivá un obispo de Ávila. Ahora, pensemos que para nosotros quién nos juzgará será Nuestro Padre Jesús del Calvario, y esto nos llena de confianza y de esperanza. Él no será un Juez austero, sino este Jesús que nos acompaña con amor en el camino de nuestra vida.

El infierno existe. Para negar esta verdad de fe habría que arrancar bastantes páginas del Evangelio. La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno” (Catecismo de la Iglesia Católica).

La existencia de este lugar de castigo eterno debe hacer que tengamos horror al pecado grave, y muy en cuenta los consejos de Jesucristo: ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? (Mt 16, 26). Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncalo y arrójalo lejos de ti, porque te conviene más perder uno de tus miembros antes de que tu cuerpo entero sea arrojado al infierno (Mt 5, 29).

También es de fe la existencia del purgatorio, que no es un infierno reducido, sino un lugar de purificación. Las benditas ánimas del purgatorio aman a Dios, tienen la certeza de la salvación eterna y de que tarde o temprano estarán con Dios… y para siempre.

Hablemos ahora del Cielo. La vida humana tiene un destino que no se identifica con la oscuridad de la muerte. Hay una patria futura para todos nosotros, la casa del Padre, a la que llamamos Cielo. La existencia de este lugar de felicidad eterna nos llena de esperanza, de esta virtud siempre ilusionante.

Por cielo se entiende el estado de felicidad suprema y definitiva. Todos aquellos que mueren en gracia de Dios y no tienen necesidad de posterior purificación, son reunidos en torno a Jesús, a María, a los ángeles y a los santos, formando así la Iglesia del cielo, donde ven a Dios “cara a cara” (1 Co 13, 12), viven en comunión de amor con la Santísima Trinidad e interceden por nosotros. (Compendio del Catecismo).

Cristo Jesús nos habla del Cielo: En la casa de mi Padre hay muchas moradas; voy a prepararos el lugar. Cuando yo me haya ido y os haya preparado el lugar, de nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros (Jn 14, 1-3).

Navegamos por los mares de la vida, en medio de tormentas y tempestades, con vientos huracanados y con los escollos de las dificultades cotidianas, pero siempre con la esperanza del Cielo, con la aspiración de llegar hasta Dios, de gozar de la gloria eterna.

En la Vida eterna no hay hambres, ni lágrimas, ni achaques, ni vejez, ni muerte, ni llantos, ni noches, ni dolores, ni excesivos fríos, ni excesivos calores. Todo es favorable. Todo es imponente. Todos los sueños del corazón: satisfechos. Todo es gozo: con Dios, con Cristo, con Santa María, con san José, y con nuestro Ángel Custodio, y con todos los amores grandes y nobles que nos han acompañado en este mundo, ¡pero más! Todas las ilusiones de aquí, ¡pero mejor! Las ambiciones santas de acá, ¡pero para siempre! Todo lo que tiene de hermoso la vida, tiene entrada en el Cielo.

En el Avemaría le pedimos a la Virgen María que ruegue por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Ella es Madre que no se hace rogar. Confiamos en su ayuda en ese trance fundamental de nuestra existencia. Y también la invocamos -en la Salve- Abogada nuestra. Ella presentará a su Hijo nuestras buenas obras en el momento en que seamos juzgado. Por eso la llamamos también Esperanza nuestra y Estrella de los mares, porque nos guía siempre hacia el puerto de salvación, hacia el Cielo.

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