Sinodalidad: la palabreja que faltaba


Ha finalizado el Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes, y ha surgido una palabra -mágica, dirán algunos-: sinodalidad. ¡Es lo que faltaba! Parece ser que los jóvenes estaban esperando que se les hablara de la sinodalidad para ir a la Iglesia, frecuentar los sacramentos y llevar una vida coherente con la fe cristiana. Pero yo discrepo totalmente.

A los jóvenes, más que hablarles con palabras rebuscadas, hay que hablarles de Jesucristo y de su mensaje salvífico. Por cierto, la palabra Jesucristo apenas aparece en el documento final del Sínodo. El venerable Juan Pablo I decía: Es sólo a Jesucristo a quien tenemos que presentar al mundo. Fuera de esto, no tendremos ninguna razón, ningún argumento: no nos escucharán.Y san Juan Pablo II atraía a los jóvenes. ¿Por qué? Porque les hablaba de Jesucristo, de las Bienaventuranzas, del Evangelio, sin rebajar lo más mínimo las exigencias -benditas exigencias- del seguimiento de Cristo. De él son estas palabras dirigidas a la gente joven: Acercaos al Maestro si queréis encontrar respuestas a los anhelos de vuestro corazón. Buscad a Cristo que siendo Maestro, modelo, amigo y compañero es el Hijo de Dios hecho hombre, Dios con nosotros. Dios vivo que, muerto en la cruz y resucitado, ha querido permanecer a nuestro lado para brindarnos el calor de su amistad divina, perdonándonos, llenándonos de su gracia y haciéndonos semejantes a Él. Cristo es el que tiene para de vida eterna porque Él es la Vida misma. Y en otra ocasión: Cuento con vosotros para difundir un sistema nuevo de vida. Ése que nace de Jesús, hijo de Dios y de María, cuyo mensaje os traigo. 

Por último, por favor, no hablemos de sinodalidad a los jóvenes, que nos tomarán por gente rara y ridícula. Dejemos de emplear palabras que no dicen nada, y no son entendidas por nadie, y evangelicemos con los Santos Evangelios.

Si el programa de gobierno de la Conferencia Episcopal es desarrollar la sinodalidad será una oportunidad perdida para la evangelización de nuestro país, que lo que necesita es que se le hable de Jesucristo y de su mensaje de salvación con palabras sencillas y claras, como hacía el divino Maestro con las parábolas, sin inventarse palabras raras y nada comunes.

 

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