Hermandad de El Calvario (Huelva). Quinario del 2020. Función Principal.


Función principal de la Hermandad del Calvario

Queridos hermanos de la Posconciliar Hermandad y Seráfica Cofradía de San Francisco de Asís, Nuestro Padre Jesús del Calvario y María Santísima del Rocío y Esperanza; y demás fieles que hoy habéis acudido a esta Capilla de Nuestro Padre Jesús del Calvario, para asistir a la Función Principal de la Hermandad.

Hoy, domingo, es el día del Señor. Cada semana celebramos la Resurrección de Jesucristo, su triunfo sobre la muerte. Los cuatro evangelistas narran este hecho glorioso de la vida del Señor. Lo acontecido en aquella mañana del primer día de la semana es el tema principal de la predicación de los Apóstoles: Y los apóstoles daban testimonio con gran fortaleza de la resurrección del Señor Jesús (Hch 4, 33). Si no fuera así, no tendría sentido la fe del cristiano: Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es vana (1 Co 15, 17).

El misterio de la Resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Durante cuarenta días estuvo Cristo apareciéndose a diversas personas: María Magdalena, las santas mujeres, los Apóstoles, los discípulos de Emaús… Aunque los Evangelios no lo dicen, bien seguro que el Señor se apareció en primer lugar a su Madre, la Virgen María.

“La contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el Resucitado!”. El Rosario ha expresado siempre esta convicción de fe, invitando al creyente a superar la oscuridad de la Pasión para fijarse en la gloria de Cristo en su Resurrección y en su Ascensión (San Juan Pablo II).

Hay que resucitar con Cristo a una vida nueva de gracia y santidad. Vida rejuvenecida en una primavera espiritual de esperanza, vida perennemente orientada hacia el Cielo, adonde Cristo sube para preparar el lugar a sus discípulos; vida regida por ese Espíritu celestial, que el mismo Jesús envía a la tierra para continuar su obra.

Cristo vive. Ésta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia (San Josemaría Escrivá). ¡Jesucristo ha resucitado! Nuestra fe tiene un firme apoyo. Jesús es Dios. La Iglesia celebra con júbilo el triunfo de Cristo, su Resurrección, que es la prueba mayor de la divinidad de Nuestro Señor. La fe de los cristianos es la Resurrección de Cristo; esto es lo que tenemos por cosa grande: el creer que resucitó (San Agustín).

Cristo ha roto las cadenas de la triple esclavitud a la que estaba sometido el hombre. Sobre el cristiano, como sobre Cristo, la muerte no tiene la última palabra; el que vive en Cristo no muere para quedar muerto; muere para resucitar a una vida nueva y eterna. La muerte ha sido vencida y redimida. Los creyentes en Cristo están llamados al gozo de la resurrección y de la vida inmortal a través de la muerte.

El viernes, el cuerpo sin vida de Cristo fue bajado apresuradamente de la cruz y puesto en el sepulcro. En la mañana del domingo, María Magdalena y María la de Santiago y Salomé (Mc 16, 1), tristes y desconsoladas, fueron al sepulcro y se encontraron con que la piedra había sido removida del sepulcro (Lc 24, 2). Al entrar no hallaron el cuerpo del Maestro. Mientras estaban allí, perplejas y confusas, dos hombres con vestidos resplandecientes las sorprendieron, diciendo: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado (Lc 24, 5-6). Jesús, el Hijo de Dios encarnado, no se ha quedado en el sepulcro, porque no podía permanecer bajo el dominio de la muerte, y la tumba no podía retener al que vive (Ap 1, 18), al que es la fuente misma de la vida. La Vida pudo más que la muerte.

El anuncio del ángel a las mujeres resuena en la Iglesia esparcida por todo el mundo. Es la culminación del Evangelio, es la Buena Noticia por excelencia: Jesús, el crucificado, ha resucitado; con su cuerpo lleno de vida, vencida la muerte, nos repite hoy el anuncio gozoso de la Pascua: He resucitado y estoy aún y siempre contigo.

La Buena Nueva de la Resurrección nunca puede ser separada del misterio de la Cruz. La Resurrección de Jesús es el sello definitivo de todas las promesas de Dios, el lugar del nacimiento de una humanidad nueva y resucitada. En el umbral de un nuevo milenio, los cristianos pueden y deben mirar al futuro con gran confianza en la potencia gloriosa del Resucitado de hacer nuevas todas las cosas (San Juan Pablo II).

En las páginas del Nuevo Testamento vemos a san Pedro pregonar la buena nueva de la Resurrección; y cómo san Pablo nos exhorta a que, muertos al pecado y resucitados con Cristo por el bautismo, llevemos una vida nueva, para ser con Él glorificados, y que busquemos los bienes de arriba, donde está Cristo.

 La Resurrección del Señor es misterio central de la fe cristiana. Este misterio nos habla de esperanza, como bien afirmó san Agustín: la Resurrección del Señor es nuestra esperanza. Este Padre de la Iglesia explicaba que Jesús resucitó para que nosotros, aunque destinados a la muerte, no pensáramos que con la muerte se acaba totalmente la vida. Cristo ha resucitado para darnos la esperanza. Jesucristo, crucificado y sepultado, ha resucitado con su cuerpo glorioso. Jesús ha resucitado para que también nosotros, creyendo en Él, podamos tener la vida eterna (Benedicto XVI).

El mensaje que los cristianos debemos llevar al mundo es éste: Jesús, el Amor encarnado, murió en la cruz por nuestros pecados, pero Dios Padre lo resucitó y lo ha constituido Señor de la vida y de la muerte. Sí, nosotros, cristianos del siglo XXI, debemos testimoniar nuestra fe en Cristo. ¿De qué Cristo?, dirán algunos. Del Cristo eternamente joven, del Cristo vencedor de la muerte, del Cristo resucitado para siempre, del Cristo que en el Espíritu comunica la vida del Padre, del Cristo a quien debemos recurrir para fundamentar y asegurar la esperanza del mañana. Porque en Jesús, el amor ha vencido al odio, la misericordia al pecado, el bien al mal, la verdad a la mentira, la vida a la muerte. No nos dejemos robar el fundamento de nuestra esperanza, no privemos al mundo del gozoso anuncio de la Resurrección.

Después de la muerte del Maestro, los discípulos por temor se habían recluido en el cenáculo; todo parecía que había terminado, muertas las esperanzas. Pero Jesús se apareció a los Apóstoles la misma tarde del domingo en que resucitó. Se presenta en medio de ellos sin necesidad de abrir las puertas, ya que goza de las cualidades de su cuerpo glorioso; pero para deshacer la posible impresión de que sólo es un espíritu, les muestra las manos y el costado: no queda ninguna duda de que es Jesús mismo y de que verdaderamente ha resucitado. Además les saluda por dos veces con la fórmula usual entre los judíos, con el acento entrañable que en otras veces tendría en ese saludo. Con esas amigables palabras quedaban disipados el temor y la vergüenza que tendrían los Apóstoles por haberse comportado como se comportaron durante la Pasión. De esta forma se volvió a crear el ambiente de intimidad, en el que Jesús va a comunicarles poderes trascendentales, entre otros, el de poder perdonar los pecados.

Ocho días después se apareció de nuevo a los Apóstoles, en esta ocasión también está Tomás, pues la vez anterior no estuvo presente. Ha quedado reflejada en la Sagrada Escritura la incredulidad de este discípulo cuando los demás le dijeron que habían visto a Jesús resucitado. El Señor le dijo: Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente (Jn 20, 27). El apóstol respondió: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20, 28).

La incredulidad de santo Tomás movió al Maestro a darle una prueba especial de la realidad de su cuerpo resucitado. Y la respuesta del discípulo no es una simple exclamación, es una afirmación: un maravilloso acto de fe en la Divinidad de Jesucristo: ¡Señor mío y Dios mío! Estas palabras constituyen una jaculatoria que han repetido con frecuencia los cristianos, especialmente como acto de fe en la presencia real de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía.

La Resurrección de Jesucristo es prenda de la resurrección de los santos, es la mejor garantía de nuestra vida después de la muerte. Mas ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primicia de los que murieron. Puesto que por un hombre vino la muerte, también por un hombre la resurrección de los muertos (1 Co 15, 20-21). Nuestros cuerpos, tras su disolución en la sepultura, resucitarán a su tiempo por el poder del Verbo de Dios para la gloria del Padre, que revestirá de inmortalidad nuestra carne corruptible, pues la omnipotencia de Dios se manifiesta perfecta en lo que es débil y caduco (San Ireneo de Lyon).

Por tanto, fe en la resurrección del Señor y fe en que resucitaremos corporalmente un día. Pero también hay que tener fe en las resurrecciones espirituales después de nuestras caídas y miserias: todo lo puedo en Aquel que me conforta (Flp 4, 13).

Terminamos con unas palabras del papa Francisco: Tenemos necesidad de escuchar la pregunta del ángel. Esta pregunta, “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?”, nos ayuda a salir de nuestros espacios de tristeza y nos abre los horizontes de la alegría y de la esperanza. Esta esperanza que mueve las piedras de los sepulcros y alienta a anunciar la Buena Noticia, capaz de generar vida nueva para los demás. Repitamos esta frase del ángel para tenerla en el corazón y en la memoria y luego cada uno responda en silencio. Él está vivo, está con nosotros. No vayamos a los numerosos sepulcros que hoy te prometen algo, belleza, y luego no te dan nada.

La Madre del Resucitado nunca dudó de las palabras de su Hijo. Por eso no fue al sepulcro, como las santas mujeres, en el amanecer del primer día de la semana, a buscar entre los muertos al que está vivo (Lc 24, 5). Su fe en la resurrección de su Hijo era total. Invoquemos a María, Estrella de la Esperanza, para que nos conduzca siempre a su Hijo, crucificado y resucitado, Rey victorioso. A Ella le pedimos que nuestra fe en las palabras de Cristo sea cada vez mayor, pues somos de los que creemos sin haber visto. María Santísima del Rocío y Esperanza, ruega por nosotros.

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