Domingo III de Cuaresma. Homilía


Pero el pueblo, torturado por la sed, siguió murmurando contra Moisés: “¿Nos has hecho salir de Egipto para hacerme morir de sed, a mí, a mis hijos y a mis ganados?” Clamó Moisés al Señor y dijo: “¿ Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen”. Respondió el Señor a Moisés: “Pasa delante del pueblo, llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el Nilo y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la roca en el Horeb; golpearás la roca, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo”. Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Aquel lugar se llamó Massá y Meribá, a causa de la querella de los israelitas, y por haber tentado al Señor, diciendo: “¿Está el Señor entre nosotros o no?” (Ex 17, 3-7). La vida del cristiano tiene cierto paralelismo con el peregrinar del pueblo elegido por la península del Sinaí. El Señor, por medio de Moisés, libró a los hebreos de la esclavitud a la que estaban sometidos por los egipcios; y los condujo a la tierra prometida por el desierto durante cuarenta años. En este tiempo, los israelitas experimentaron la dureza de la vida del desierto, cuyo máximo exponente es el hambre y la sed. Pero el Señor estaba con ellos.

Antes del episodio del agua que salió de la roca, cuando el pueblo estaba sediento, ya anteriormente Dios había convertido por Moisés agua salobre en potable e hizo el prodigio del maná para alimentar a su pueblo. San Pablo llama al maná y al agua que brotó de la roca, alimento y bebida “espirituales”, por ser figuras de la Eucaristía. Con estos prodigios en favor de ellos, los hijos de Israel van fortaleciendo poco a poco su fe en Dios. Pero, ante las dificultades que encuentran, con frecuencia les asalta la duda de la presencia de Dios en medio de ellos.

Igualmente el hombre al recibir las aguas bautismales es librado del pecado, iniciando un camino por esta vida hacia el cielo. En este caminar terreno experimenta que está en un valle de lágrimas, donde los obstáculos no son pocos y siente la sed de lo absoluto. Mas sabe que Cristo quiere estar junto a nosotros en nuestro camino. Dejemos que el Señor se ponga a nuestro lado con la palabra de su Evangelio y la energía vital de sus sacramentos. La senda que hemos de recorrer se dibuja muy clara: la ha trazado Jesucristo durante su vida terrena, y la Iglesia la conserva intacta mediante sus sacramentos y sus enseñanzas, que nos hablan de cumplir amorosamente la Voluntad del Padre. Nosotros estamos llamados a caminar por el sendero abierto por el Hijo de Dios hecho hombre, para compartir así su marcha gozosa hacia el Padre, también en los momentos de auténtico dolor. Y el mismo Cristo nos da el alimento para el camino: Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida (Jn 6, 55).

A veces, puede ocurrir que ante una contrariedad o ante una dificultad, o cuando aparece el dolor y el sufrimiento, o viene una enfermedad, el hombre puede llegar a sentir una cierta vacilación o, incluso, venga la tentación de desconfiar de la bondad de Dios y de su omnipotencia, y diga como los israelitas: ¿Está el Señor entre nosotros o no? En esos momentos difíciles nunca debemos dudar, porque si la duda se alimenta deliberadamente, puede conducir a la ceguera de espíritu. Es precisamente entonces cuando debemos contemplar la Cruz del Señor y aceptar que el dolor forma parte de los planes de Dios. El agua que Moisés hizo brotar fue una señal más que dio seguridad a la fe de los israelitas. Y estando con Cristo en la Cruz podemos estar seguros de que los momentos más duros no perderemos la paz. No olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza, y tolera también que nos llamen locos y que nos tomen por necios (San Josemaría Escrivá).

La promesa hecha por Dios a los hebreos de que les daría una tierra que mana leche y miel (Ex 3, 8) hizo que caminaran por el desierto en busca de la tierra prometida. Nosotros sabemos que el Evangelio no es una promesa de éxitos fáciles. No promete a nadie una vida cómoda. Es exigente. Y al mismo tiempo es una gran promesa: la promesa de la vida eterna para el hombre, sometido a la ley de la muerte; la promesa de la victoria, por medio de la fe. La esperanza cristiana nos mueve, de una parte, a no perder nunca de vista la meta última de nuestra peregrinación terrena, que es la posesión de Dios en el Cielo; y, de otra, a alcanzar paz en la lucha, firmeza en las dificultades, victoria en las tentaciones, aunque de cuando en cuando caigamos por tierra, a causa de la debilidad humana, y hayamos de levantarnos (Javier Echevarría, Carta 1.I.1998, Romana n. 26).

La roca en el Horeb. En el Antiguo Testamento -y también san Pablo- el Señor era designado en ocasiones con el nombre de roca. San Pablo en la primera carta que escribió a los corintios dice que los israelitas bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo (1 Co 10, 4). El Apóstol de los gentiles al comentar que la roca “los seguía” es posible que se refiera -sin aprobarla- a una leyenda difundida por los rabinos que decía que la roca donde brotó el agua había seguido a los israelitas por el desierto. Pero sí se puede afirmar que es figura de Cristo, pues el mismo Señor dijo: Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba quien cre en mí. Como dice la Escritura, brotarán de su seno ríos de agua viva (Jn 7, 37-38). San Alfonso María de Ligorio comenta estas palabras de Jesús: Tenemos en Jesucristo tres fuentes de gracias. La primera es de misericordia, en la que nos podemos purificar de todas las manchas de nuestros pecados. La segunda fuente es de amor; quien medita en los sufrimientos e ignominias de Jesucristo por nuestro amor, desde el nacimiento hasta la muerte, es imposible que no se sienta abrasado en la feliz hoguera que vino a encender por la tierra en los corazones de todos los hombres. La tercera fuente es de paz, quien desee la paz del corazón venga a mí, que soy el Dios de la paz.

Los Santos Padre, apoyados en recuerdos bíblicos sobre el carácter prodigioso de las aguas, explicaban que el episodio de la roca manando agua al ser golpeada por Moisés prefigura los prodigios del bautismo: Contempla el misterio: Moisés es el profeta, el báculo es la palabra de Dios; el sacerdote toca la piedra y fluye el agua para que pueda beber el pueblo de Dios que consigue así la gracia (San Ambrosio).

También Cristo es la roca donde mana el agua que salta hasta la vida eterna (Jn 4, 14), pues de su costado traspasado por una lanza brotó sangre y agua (Jn 19, 34). San Agustín y la tradición cristiana ven brotar los sacramentos -manantiales de la gracia- y la misma Iglesia del costado abierto de Cristo: Allí se abría la puerta de la vida, de donde manaron los sacramentos de la Iglesia, sin los cuales no se entra en la vida que es verdadera vida.

Los israelitas tuvieron sed en el desierto. Y en nuestros días, los hombres tienen sed en los desiertos del mundo actual. Hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores (Benedicto XVI). En los desiertos del mundo secularizado, el alma del hombre tiene sed de Dios, del Dios vivo. Si hay sed física del agua indispensable para vivir en esta tierra, también hay en el hombre una sed espiritual que sólo Dios saciar. Podemos hablar de sed de libertad, de verdad y de paz; sed de justicia y dignidad; sed de conocimiento del infinito; sed de amor; sed de la verdadera vida. En definitiva, sed de Dios. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? (Sal 41, 3). Sólo Jesucristo puede saciar esta sed, como dijo a la mujer samaritana: Todo el que bebe de esta agua (el agua del pozo de Jacob) tendrá sed de nuevo, pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed nunca más (Jn 4, 13-14). Por tanto, quien recibe al Señor y se une a Él, no sólo sacia su sed, sino que además se transforma en fuente de agua viva.

En el Evangelio vemos como Cristo también tenía sed. Cuando llegó a Sicar, ciudad de Samaria, estando fatigado del camino se sentó junto al pozo de Jacob. Y he aquí que llega una mujer a sacar agua. Jesús le dice: “Dame de beber” (Jn 4, 7). Sorprendida la samaritana, dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana? (Jn 4, 9). Entonces Jesucristo habla del agua viva que sacia la sed de felicidad y de paz. Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva (Jn 4, 10). El agua que verdaderamente puede saciar la sed del hombre no es la de aquel pozo (el de Jacob) ni ninguna otra, es la gracia de Cristo, el agua viva que colma la vida espiritual. Pidamos al Señor, como la samaritana: Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed (Jn 4, 15). Esa agua es el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rm 5, 5). Este amor es el amor con que Dios nos ama -que se manifiesta en el envío del Espíritu Santo -, y el amor que Dios pone en nuestras almas para que le podamos amar.

La mujer samaritana, después de su conversión, fue a su localidad y dijo a la gente: Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será el Mesías? (Jn 4, 28-29). Y el resultado es que muchos samaritanos creyeron en la palabra de Cristo. La transformación que la gracia (el agua viva que Cristo le dio a beber) opera en esa mujer es maravillosa. El pensamiento de la samaritana se centra ahora solamente en Jesús y, olvidándose del motivo que le había llevado al pozo, deja su cántaro y se dirige al pueblo, deseando comunicar su descubrimiento, cumpliéndose en ella estas palabras de Cristo: El agua que yo le daré se hará en él fuente de agua (Jn 4, 14), de esa agua que salta hasta la vida eterna. Toda conversión auténtica se proyecta necesariamente hacia los demás, en un deseo de hacerles partícipes de la alegría de haberse encontrado con Cristo.

Jesús en la Cruz dijo: Tengo sed (Jn 19, 28). Desde la Cruz ha clamado: sitio!, tengo sed. Sed de nosotros, de nuestro amor, de nuestras almas y de todas las almas que debemos llevar hasta Él, por el camino de la Cruz, que es el camino de la inmortalidad y de la gloria del Cielo (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 202). Sí, Dios tiene sed de nuestra fe y quiere que encontremos en Él la fuente de nuestra auténtica felicidad. San Agustín decía que Dios tiene sed de nuestra sed de Él.

Acudamos a Santa María, Acueducto por el cual nos viene el agua viva que salta a la vida eterna, para que aprovechemos las gracias que Dios nos concede.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s