Domingo de Ramos. Homilía


El cual (Cristo Jesús), siendo de condición divina, no consideró presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando forma de siervo haciéndose semejante a los hombres; y mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Flp 2, 6-8). Estos versículos de la Carta a los Filipenses son conocidos como la kénosis. En la teología cristiana, la kénosis es el vaciamiento de la propia voluntad para llegar a ser completamente receptivo a la voluntad de Dios. Son sinónimos de vaciamiento los términos anonadamiento, despojamiento, desapego y desasimiento, del alma.

Se anonadó. Cristo no se despojó de su naturaleza divina, sino de la gloria externa que le correspondía y de la que lógicamente debía haber disfrutado su humanidad. Desde toda la eternidad había existido en cuanto Dios, y a partir del momento de la Encarnación comienza a ser hombre. Su anonadamiento no sólo ha consistido en que la divinidad haya unido a Sí en unidad de persona algo que corporal y finito -una naturaleza humana-, sino que, además en esa condición de hombre, no ha hecho ostentación de su gloria. No podía dejar de ser Dios, pero sí renunciar temporalmente el ejercicio de los derechos que se derivan de su condición divina, y así lo hizo.

En la kénosis vemos la humillación de Jesús, que no consistió solamente en hacerse hombre, como nosotros, ocultando la gloria de su Divinidad en su Humanidad Santísima, sino que además llevó una vida de sacrificios y sufrimientos, que alcanzarían su consumación en la cruz, en la que fue despojado de todo, como un esclavo. San Pablo ensalza la humildad de Cristo y la autenticidad de su encarnación cuando se rebajó hasta la muerte; pero también proclama su exaltación a la gloria como respuesta del Padre a su obediencia. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre (Flp 2, 9-11). Jesucristo, Dios y Hombre, culmina su existencia terrena crucificado en una cruz, y, por la cruz, entra en la gloria, como Señor y Mesías.

En los relatos de la Pasión que aparecen en los Santos Evangelios, veremos el desprecio de los jefes del pueblo y sus engaños para acabar con Él. Asistiremos a la traición de Judas, uno de los Doce, que lo venderá por treinta monedas. Veremos al Señor apresado y tratado como un malhechor; abandonado por sus discípulos; llevado ante el Sanedrín, condenado a muerte, azotado y ultrajado. Escucharemos cómo Pedro, la “roca” de los discípulos, lo negará tres veces. Oiremos los gritos de la muchedumbre, soliviantada por los jefes, pidiendo que Barrabás quede libre y que a Él lo crucifiquen. Veremos cómo los soldados se burlarán de Él, vestido con un manto color púrpura y coronado de espinas. Y después, a lo largo de la vía dolorosa y a los pies de la cruz, sentiremos los insultos de la gente y de los jefes, que se ríen de su condición de Rey e Hijo de Dios. Ésta es la vía de Dios, el camino de la humildad. Es el camino de Jesús, no hay otro. Y no hay humildad sin humillación (Papa Francisco).

La Pasión de Cristo estaba profetizada en el libro de Isaías, en los cantos del Siervo de Yavé. El Señor Dios me ha abierto el oído, yo no me he rebelado, no me echado atrás. He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas a los que me arrancaban la barba. No he ocultado mi rostro a las afrentas y salivazos (Is 50, 5-6). Los evangelistas vieron cumplidas la profecía de Isaías, especialmente en lo que se refiere al valor del sufrimiento y a la fortaleza callada del Siervo. La descripción de los sufrimientos que afrontó el Siervo resonó en el corazón de los primeros cristianos al meditar la Pasión del Señor y recordar que comenzaron a escupirle en la cara y a darle bofetadas (Mt 26, 67), y que más adelante los soldados romanos le escupían, y le quitaban la caña y le golpeaban en la cabeza (Mt 27, 30).

Dios me sostiene, por eso no me siento avergonzado; por eso he endurecido mi rostro como el pedernal y sé que no quedaré avergonzado (Is 50, 7). El Siervo sufre en silencio y con docilidad, pero no por cobardía, sino porque Dios le ayuda y le hace más fuerte que sus verdugos.

En la Misa del Domingo de Ramos se lee la Pasión del Señor. Son las páginas ensangrentadas del Evangelio. La lectura -y si es meditada, mejor- de la Pasión de Cristo ha hecho muchos santos en la historia de la Iglesia. Acompañemos a Jesús por la vía Dolorosa; fijemos nuestra mirada en la Cruz, pues allí está nuestra salvación; desagraviemos por nuestros pecados; metámonos en las llagas de Cristo Crucificado y purifiquémonos. Pocas cosas habrá más provechosas para un cristiano que contemplar despacio, con piedad y hasta con asombro, las acontecimientos salvadores de la muerte del Hijo de Dios hecho hombre.

Cuando Poncio Pilato presentó a Jesús al pueblo después de ser azotado y coronado de espinas diciendo Ecce homo he aquí al hombre (Jn 19, 5)- el cuerpo del Divino Redentor era ya un retablo de dolores: su cabeza atravesada con las duras espinas de la corona; su cara golpeada y escupida; y su espalda machacada por la terrible flagelación. Después vendría el agotamiento, lleno de dolores y fatigas, de sus brazos y piernas hasta el desfallecimiento cuando caminaba con la cruz a cuestas hacia el Gólgota. Y finalmente, ya en el Calvario, serían sus pies y sus manos taladrados con los clavos; y su pecho atravesado por una lanza.

Poncio Pilato, después de hacer varios intentos para soltar a Jesús, cedió ante la presión del pueblo judío y se lo entregó para que fuera crucificado (Mt 27, 26). Entonces los soldados del procurador romano llevaron a Nuestro Señor al pretorio, reuniéndose en torno a Él toda la cohorte. Le desnudaron y le echaron encima un manto de púrpura; y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y en su mano derecha una caña; y doblando la rodilla delante de él, le hacían burla diciendo: “¡Salve, Rey de los judíos!”; y después de escupirle, cogieron la caña y le golpeaban en la cabeza. Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y le llevaron a crucificarle (Mt 27, 28-31). El Evangelio describe con escueta sobriedad la entrega sin resistencia de Jesús a los tormentos y al ridículo. Los hechos hablan por sí solos. Jesús toma sobre sí, por amor al Padre y a nosotros, el castigo que los hombres merecemos por nuestros pecados. En nuestro corazón debe brotar, generosamente, el agradecimiento a Jesucristo y, junto con el agradecimiento, el dolr de nuestros pecados, el amor, los deseos de sufrir en silencio junto a Jesús, el ansia de reparar nuestros propios pecados y los de los demás: ¡Señor, nunca más pecar; pero ayúdanos tú a serte fieles!

La figura de Poncio Pilato es la de un hombre cobarde que por miedo actúa en contra de su propia conciencia. Reconoce la inocencia de Cristo y sabía que le habían entregado por envidia (Mt 27, 18). Las acusaciones de los príncipes de los sacerdotes y de los ancianos contra Jesús no tenían consistencia alguna. Y de esto era consciente el procurador. Los jefes religiosos del pueblo judío había visto cómo la muchedumbre se iba tras de Cristo. Este hecho les llenaba de una envidia, que se fue convirtiendo en un odio a muerte. San Mateo deja constancia del aviso que recibió Pilato de su mujer. Mientras estaba sentado en el tribunal, le mandó a decir su mujer: No te mezcles en el asunto de ese justo; pues hoy en sueños he sufrido mucho por causa suya (Mt 27, 19).

Queriendo dejar libre a Jesús, Pilato, que por la fiesta de Pascua tenía costumbre de soltar un preso al pueblo; el que quisieran (Mt 27, 15), propuso a los judíos que eligieran entre Barrabás y Cristo. Pensaría el procurador que los judíos pedirían la libertad de Jesús, porque Barrabás era un preso famoso y homicida. Pero los príncipes de los sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud para pidiese a Barrabás e hiciese morir a Jesús (Mt 27, 20). San Josemaría Escrivá comenta este episodio así: Es duro leer, en los Santo Evangelios, la pregunta de Pilato: “¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, que se llama Cristo?” -Es más penoso oír la respuesta: “¡A Barrabás!” Y más terrible todavía darme cuenta de que ¡muchas veces!, al apartarme del camino, he dicho también “¡a Barrabás!”, y he añadido “¿a Cristo?… ¡Crucifige eum! -¡Crucifícalo!” (Camino, n.296).

Viendo el procurador romano que no conseguía calmar a los enemigos de Cristo, sino que el tumulto se iba haciendo mayor, tomó agua y se lavó las manos delante de la gente diciendo: “Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis” (Mt 27, 24). Pilato pretende justificar públicamente su falta de fortaleza, a pesar de tener en sus manos los elementos necesarios para emitir un juicio recto. La cobardía de este hombre, encubierta por un gesto externo, termina por condenar a Cristo a la muerte.

San Juan dice Jesús cargó con la cruz, llevándola al sitio llamado “de la Calavera” (Jn 19, 17). Después de los tormentos sufridos, los soldados ven que a Jesús no le quedan fuerzas para llevar la cruz hasta la cima del Gólgota, y encontrando a un hombre de Cirene llamado Simón, le obligaron a llevar su cruz (Mt 27, 32). El Señor recompensó al Cireneo esta ayuda. La gracia de Dios vino sobre Simón Cireneo, el padre de Alejandro y de Rufo (Mc 15, 21), que serían pronto cristianos destacados de la primera hora. Y es que Dios no se deja ganar en generosidad.

Llegado al Calvario, Jesús fue crucificado. Estando en la cruz, los príncipes de los sacerdotes se burlaban a una con los escribas y ancianos diciendo: A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel es: que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere; ya que dijo: “Soy Hijo de Dios” (Mt 27, 41-43). Aquellos hombres, pertenecientes al Pueblo elegido, no reconocieron al Señor como Hijo de Dios. Sin embargo, un gentil -el centurión romano- al ver cómo había expirado Cristo en la cruz hizo una maravillosa profesión de fe en la divinidad del Señor: En verdad éste era Hijo de Dios (Mt 27, 54).

Jesús, dando de nuevo una fuerte voz, entregó el espíritu (Mt 27, 50). Con su muerte, Cristo culmina su entrega a la voluntad del Padre; lleva a cabo la salvación del género humano; y nos da la mayor prueba del amor de Dios. Esta fidelidad de Jesús hasta la muerte ha de ser un estímulo permanente para nuestra perseverancia hasta el fin, conscientes de que sólo quien es fiel hasta la muerte recibirá la corona de la vida.

La muerte de Cristo no fue un fracaso, sino un triunfo. El fin ignominioso del Señor parecía ser el triunfo definitivo del odio y de la muerte sobre el amor y la vida. Sin embargo, no fue así. En el Gólgota se erguía la Cruz, de la que colgaba un hombre ya muerto, pero aquel Hombre era el Hijo de Dios. Con su muerte salvó al hombre de la ruina en que había caído por el pecado de Adán.

La Virgen María participó de modo pleno en la obra de nuestra salvación. Por eso estuvo presente en los momentos dramáticos de la Pasión y Muerte de su Hijo. A Ella le pedimos que sepamos estar con Cristo crucificado en esta tierra para que después de esta vida estemos por toda la eternidad junto a Jesús resucitado y glorioso en el Cielo.

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