Jueves Santo. Homilía


Antes se decía: Hay tres jueves que relucen más que el sol: Jueves Santo, la Ascensión y Corpus Christi. Hoy día, con la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, la Ascensión y el Corpus Christi se celebran en domingo, y solamente ha quedado el Jueves Santo. Este día reluce más que el sol porque en él se conmemora la institución de dos sacramentos: la Eucaristía y Orden sacerdotal.

En Éxodo se describe con bastantes detalles la institución de la Pascua judía. Dios habla a Moisés y a Aarón comunicándoles una serie de normas para celebrar la Pascua y los acontecimientos que en ella se conmemoran. Las palabras del Señor resumen de modo admirable el sentido profunda de aquella fiesta del Pueblo elegido, conectada con la historia de la salida de los hebreos de Egipto. Dijo Dios a los israelitas: Este día (el de la liberación de la esclavitud) será para vosotros memorable y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor; lo celebraréis como institución perpetua de generación en generación (Ex 12, 14).

Nuestro Señor Jesucristo eligió el contexto de la Cena Pascual como marco adecuado para la institución de la Eucaristía. En la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo se lee el relato escrito por san Pablo de este acontecimiento: El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y dando gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en conmemoración mía”. Y de la misma manera, después cenar, tomó el cáliz, diciendo: “Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, hacedlo en conmemoración mía” (1 Co 11, 23-25). Jesús ofreció a su Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies del pan y del vino y, dando un alimento a los Apóstoles, les mandó perpetuar la ofrenda de su memoria. Al igual que Dios quiso que los israelitas celebrara la Pascua para siempre, Jesucristo, al instituir la Eucaristía, quiso que se repitiera hasta el fin de los tiempos instituyendo así el sacerdocio.

En la Última Cena, Jesús tomó el pan y dio a sus discípulos su Cuerpo; tomó el cáliz con el vino y les dio su Sangre. Y en cada Misa, es el mismo Cristo quien nos da a comer su Carne y a beber su Sangre. Así es el amor de Dios, un amor hasta el extremo.

El sacerdocio existe para el sacrificio. Por eso la Eucaristía, sacrificio del Nuevo Testamento, es la principal y central razón de ser del Sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía y a la vez que ella (San Juan Pablo II). Cuando Cristo manda a los Apóstoles: Haced esto en conmemoración mía, no se trata de recordar meramente la cena celebrada en el cenáculo, sino de renovar su propio sacrificio pascual del Calvario, que está ya anticipadamente presente en la Última Cena. Por tanto, el sacerdote cumple este mandato del Señor celebrando el memorial de su sacrificio. Cada vez que coméis este pan y bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga (1 Co 11, 26). Al hacerlo, ofrece al Padre lo que Él mismo ha dado al hombre: los dones de su Creación, el pan y el vino, convertidos por el poder del Espíritu Santo y las palabras de Cristo, en el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo: así Cristo se hace real y misteriosamente presente.

El Jueves Santo, la Iglesia conmemora la institución de los sacramentos de la Eucaristía y el del Orden Sacerdotal. El sacerdocio cristiano es imprescindible para la vida de la Iglesia, pues el sacerdote es verdadero mediador entre Dios y los hombres. El Sacerdote ‑quien sea‑ es siempre otro Cristo (San Josemaría Escrivá). Esta identidad está vinculada a la Eucaristía. Además, el sacerdote sirve a la Iglesia de una manera insustituible cuando cumple fielmente el ministerio de la reconciliación que se ejerce sobre todo en el Sacramento de la Penitencia. La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes santos, que sepan sacar de la riqueza del Evangelio las respuestas a los interrogantes del hombre de hoy: a la oscuridad de la duda, han de responder con la luz de la fe, extraída de la propia intimidad con Jesús; a la debilidad de la condición humana, con la fortaleza de los sacramentos; a la tristeza de la soledad, con la alegría de la reconciliación con el Padre. El núcleo del sacerdocio es ser amigos de Jesucristo. Sólo así podrá el sacerdote hablar verdaderamente in persona Christi.

Antes de comenzar la celebración de la Pascua, Jesús era consciente de que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre; y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (Jn 13, 1). Sabía que uno de sus apóstoles -Judas Iscariote- lo había traicionado, que lo entregaría esa misma noche. Nos fijamos en el amor del Señor. Jesús nos ama hasta el extremo. Y da la vida por cada uno de nosotros, y se enorgullece de ello -no tiene reparo en decirlo- y lo quiere así porque Él tiene amor, porque Dios es amor (1 Jn 4, 16). Amar hasta el extremo no es fácil para nosotros, porque todos somos pecadores, todos tenemos límites, defectos… Es verdad que todos nosotros sabemos amar, pero no somos como Dios que ama sin mirar las consecuencias, hasta el fin.

Manifestación del amor de Cristo por los suyos es el lavatorio de los pies. El Señor se levantó de la cena, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó. Después echó agua en una jofaina y empezó a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido (Jn 13, 4-5). No resulta difícil imaginar la sorpresa de los apóstoles al ver a su Maestro realizar una tarea propia de los criados. ¿Quién no se llena de estupor al ver sus pies lavados por el Hijo de Dios? (San Agustín). Lavar los pies era una costumbre de entonces, antes de los almuerzos y de las cenas, porque la gente andaba por caminos polvorientos; y después de caminar, con el polvo y el sudor, los pies estaban sucios, y posiblemente desprendieran un mal olor. Por tanto, era un gesto de cortesía cuando se recibía a una persona en casa, y también en el momento de sentarse a la mesa para comer. Pero el lavatorio no lo hacía el anfitrión, sino los siervos. Sin embargo, Jesús invierte este uso y lo realiza Él.

Jesús -como siervo- lava los pies de sus discípulos. Con este gesto profético, Él expresa el sentido de su vida y de su pasión, como servicio a Dios y a los hermanos: El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir (Mt 20, 28). El Señor vivió siempre con esa actitud de servicio. Nosotros podemos alejarnos de esta actitud del servicio por un poco de pereza, que hace tibio el corazón. Cuando digo servicio, digo todo: servicio a Dios en la adoración, oración y alabanzas, y al prójimo, y servicio hasta las últimas consecuencias. Es servicio en humildad: como Él, que siendo Dios se humilló a sí mismo, se abajó, se anonadó: para servir. Es servicio en la esperanza y esta es la alegría del servicio cristiano (Papa Francisco). Sí, el servicio es signo cristiano. Quien no vive para servir, no sirve para vivir. Existe una alegría grande: la de servir. La Virgen María al enterarse por el arcángel san Gabriel de que su prima Isabel en su ancianidad estaba esperando un hijo, sin dudarlo un instante fue deprisa a la casa de su pariente para prestarle ayuda, para servir.

San Juan, que es el único evangelista que narra este episodio, no dice con quien empezó Jesús el lavatorio, pero sí cuenta la negativa de san Pedro a que su Maestro le lavara los pies. Llegó a Simón Pedro; éste le dijo: “Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?” Jesús le respondió: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde”. Le dice Pedro: “No me lavarás los pies jamás”. Jesús le respondió: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”. Simón Pedro le replicó: “Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza”. Jesús le dice: “El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos” (Jn 13, 6-10).

Es conmovedora la escena. Pedro no comprende nada, lo rechaza. Quizás ese rechazo sea porque comprende de manera particular lo profundo de la humillación del Señor, y se rebela, como ya lo hizo en otras circunstancias, oponiéndose a la idea del sufrimiento de Cristo. Pero Jesús se lo explica, nos lo ha explicado también a nosotros: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis (Jn 13, 12-15). Es el ejemplo del Señor: Él es el más importante y lava los pies porque, entre nosotros, el que está más en alto debe estar al servicio de los otros.

“Os he dado ejemplo”, insiste Jesús, hablando a sus discípulos después de lavarles los pies, en la noche de la Cena. Alejemos del corazón el orgullo, la ambición, los deseos de predominio; y, junto a nosotros y en nosotros, reinarán la paz y la alegría enraizadas en el sacrificio personal (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 94). Si queremos de verdad aprender a servir y ponernos a disposición de todas las gentes, tratemos más a Jesús en la Eucaristía; si de verdad queremos ser servidores -hombres, mujeres, que ayudan- seamos almas de Eucaristía.

Porque sabía quién le iba a entregar, por eso dijo: “No todos estáis limpios” (Jn 13, 11). los Apóstoles ya estaban limpios, porque habían aceptado sus palabras y le habían seguido, a excepción de Judas Iscariote que había decidido traicionarle. Y comenta un Padre de la Iglesia: Estáis limpios porque habéis recibido mi palabra, habéis recibido la luz, estáis libres de los errores judíos. Dice el Profeta: “Lavaos, purificaos, arrojad de vuestras almas la perversidad” (Is 1, 16). Jesucristo llama puros a los Apóstoles, según lo que dijo el Profeta, porque ya han arrojado toda malicia de sus corazones y han vivido con su Maestro en pureza de espíritu y de corazón (San Juan Crisóstomo).

Por otra parte, cuando el Señor habla de la limpieza de los Apóstoles, en este momento inmediato a la institución de la Sagrada Eucaristía, está aludiendo a la necesidad de tener el alma limpia para recibirle. San Pablo repite esta enseñanza cuando dice: Quien coma o beba el cáliz del Señor indignamente será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor (1 Co 11, 27). La Iglesia, basada en estas enseñanzas de Jesús y de los apóstoles, establece que para comulgar es preciso confesarse previamente, si hay conciencia, o duda positiva, de pecado grave.

Agradezcamos a Cristo Jesús el gesto de amor y humildad que supuso lavar los pies a sus Apóstoles; su amor hasta el extremo que le llevó a instituir la Eucaristía para permanecer siempre junto a nosotros; y el sacerdocio de la Nueva Ley que hace posible la renovación incruenta del sacrificio redentor del Calvario. En la Eucaristía, por estar realmente presentes el Cuerpo y la Sangre de Cristo, se encuentra una fragancia de la Virgen que, por obra del Espíritu Santo, dio el Cuerpo y la Sangre a nuestro Redentor. Acudamos a la intercesión de María para ser almas de Eucaristía.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s