Viernes Santo. Homilía


En la Carta a los Filipenses san Pablo dice: Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2, 5-8). El anonadamiento del Señor tiene su punto culminante en la Pasión, donde la humillación de Jesús llega al extremo.

En el Viernes Santo no se celebra la Eucaristía, sino la Acción litúrgica de la Pasión del Señor. El comienzo de esta celebración es en silencio. El sacerdote se postra frente al altar, con el rostro en tierra, recordando la agonía de Jesús. En la Liturgia de la Palabra se proclaman dos lecturas: la primera del profeta Isaías (Canto del Siervo de Yavé) y la segunda de la Carta a los Hebreos. Y después del salmo responsorial se proclama el relato completo de la Pasión según san Juan. Meditemos lo que ocurrió después de la Última Cena, pues la Pasión y la Muerte del Señor son la prueba más palpable del inmenso amor que tiene Cristo por nosotros. No podemos acostumbrarnos a los relatos evangélicos de la Pasión: hay que leerlos cada vez con ojos nuevos y escucharlos con oídos nuevos. Además contemplemos a Santa María al pie de la cruz, desde la que Jesucristo ha vencido a los enemigos del hombre: el pecado y la muerte, y nos da, desde los clavos, la libertad de los hijos de Dios.

Jesús es vendido por treinta monedas y traicionado por un beso de un discípulo que Él había elegido y llamado amigo. Cuando Jesús es arrestado después del beso traidor de Judas Iscariote, casi todos apóstoles huyen y lo abandonan. Sólo estará presente en el Calvario el más joven de ellos, Juan. Pedro en un principio sigue a su Maestro, pero desde lejos, y después lo niega en el patio de la casa del sumo sacerdote. Y una vez que ha sido arrestado sufrirá toda clase de vejaciones. Humillado en el espíritu con burlas, insultos y salivazos; sufre en el cuerpo violencias atroces, los golpes, los latigazos y la corona de espinas desfiguran su aspecto haciéndolo irreconocible. Sufre también la infamia y la condena inicua de las autoridades, religiosas y políticas: es hecho pecado y reconocido injusto.

Desde la casa del sumo pontífice, Caifás, condujeron a Jesús al pretorio. Poncio Pilato no encuentra en Él ninguna culpa, y lo envía posteriormente a Herodes, y éste, después de burlarse del Señor y de tomarlo por loco, lo devuelve al gobernador romano; mientras le es negada toda justicia, Jesús experimenta en su propia piel también la indiferencia, pues nadie quiere asumir la responsabilidad de su destino. El gentío que apenas unos días antes aclamaba a Jesús con palmas y ramos de olivo en su entrada a Jerusalén, transforma las alabanzas en un grito de acusación, prefiriendo incluso en lugar de él sea liberado un homicida. ¡Qué pena da leer cómo los judíos piden para un ladrón y homicida la libertad y para Jesús la crucifixión! Pilato volvió a salir donde los judíos y les dijo: “Yo no encuentro ningún delito en él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos?” Ellos volvieron a gritar diciendo: “¡A ése, no; a Barrabás!” (Jn 18, 38-40).

En el interrogatorio, Pilato preguntó a Jesús de dónde era. Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?” Respondió Jesús: “No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado” (Jn 19, 9-11). El gobernador se admira del silencio del Señor que no se defiende, y cuando le dice a Jesús que tiene poder para condenarle o salvarle, Cristo Jesús le explica que todo poder en la tierra tiene su origen en Dios. Esta enseñanza lleva consigo que, consideradas las cosas en su verdad más profunda, cuando en el lenguaje corriente (jurídico, político y social) se habla de la soberanía del rey o del pueblo, estos poderes no se pueden tomar como términos absolutos, sino relativos, subordinados a la soberanía absoluta de Dios: de ahí que ninguna ley humana pueda ser justa y por tanto verdadera, obligando en conciencia, si no está de acuerdo con la ley divina.

El que me ha entregado tiene mayor pecado. Se refiere Jesucristo a todos los que han urdido su muerte, esto es, a Judas Iscariote, Anás, Caifás, los jefes religiosos de los judíos, etc. Ellos, en definitiva, son quienes llevan a Jesús hasta la Cruz. Viendo Pilato que nada adelantaba, sino que más bien se promovía más tumulto, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros (Mt 27, 24). Lo cual no exime de culpabilidad a Poncio Pilato. Una persona no se puede eludir la responsabilidad que tiene. Su obligación es actuar conforme al dictado de su conciencia.

La cobardía hizo que el procurador romano dictara la sentencia más injusta que ha habido en toda la historia de la Humanidad. Pilato trataba de librar a Jesús porque reconocía su inocencia. Pero los judíos gritaron: “Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César”. Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: “Aquí tenéis a vuestro Rey”. Ellos gritaron: “¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!” » Les dice Pilato: “¿A vuestro Rey voy a crucificar?” Replicaron los sumos sacerdotes: “No tenemos más rey que el César”. Entonces se lo entregó para que fuera crucificado (Jn 19, 12-16).

Llega de este modo a la muerte de cruz, dolorosa e infamante, reservada a los traidores, a los esclavos y a los peores criminales. La soledad, la difamación y el dolor no son todavía el culmen de su anonadamiento. Para ser en todo solidario con nosotros, experimenta en la cruz el misterioso abandono del Padre. Sin embargo, en el abandono, ora y confía: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46). Suspendido en el patíbulo, además del escarnio, afronta la última tentación: la provocación a bajar de la cruz, a vencer el mal con la fuerza, y a mostrar el rostro de un Dios potente e invencible. Jesús en cambio, precisamente aquí, en aquellos momentos tan dramáticos, abre las puertas del paraíso al ladrón arrepentido y toca el corazón del centurión. Si el misterio del mal es abismal, infinita es la realidad del Amor que lo ha atravesado, llegando hasta el sepulcro y los infiernos, asumiendo todo nuestro dolor para redimirlo, llevando luz donde hay tinieblas, vida donde hay muerte, amor donde hay odio (Papa Francisco).

La parte central de la celebración litúrgica del Viernes Santo es la Adoración de la Santa Cruz. La Iglesia a adorar la Cruz. Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la Salvación del Mundo, dice el sacerdote mostrando la Cruz, y los fieles responden: Venid a adorarlo. La Cruz de Cristo es árbol que engendra vida sin ocasionar la muerte, porque en él murió es el que Vida; ilumina en medio de las tinieblas que acompañaron a la muerte de Jesús sin producir sombras, por que en él está clavada la Luz del mundo; convierte el dolor en camino de santidad, porque en él padeció el Redentor; fructifica en todos los lugares, en todas las épocas y en la vida de todo apóstol con frutos imperecederos, porque está regado por la Sangre del Dios hecho hombre; introduce en el paraíso celestial, porque es la llave de la gloria.

Y después de adorar el dulce leño, nos fijamos en el Crucificado, en sus llagas. Él fue traspasado por nuestras iniquidades, molido por nuestros pecados. Soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus llagas hemos sido curados (Is 53, 5). Jesús nos invita sobre todo a entrar en el misterio de sus llagas, que es un misterio de su amor misericordioso. A través de ellas, como por una brecha luminosa, podemos ver todo el misterio de Cristo y de Dios: su Pasión, su vida terrena -llena de compasión por los más pequeños y los enfermos-, su encarnación en el seno de María. Toda la vida de Cristo es misterio de Redención. La Redención nos viene ante todo por la sangre de la cruz. Es este el camino que Dios nos ha abierto para que podamos salir, finalmente, de la esclavitud del mal y de la muerte, y entrar en la tierra de la vida y de la paz. Este Camino es Él, Jesús, Crucificado y Resucitado, y especialmente lo son sus llagas llenas de misericordia. Ante mis pecados o ante las grandes tragedias del mundo, me remorderá mi conciencia, pero no perderé la paz, porque me acordaré de las llagas del Señor. Él, en efecto, “fue traspasado por nuestras iniquidades” (Papa Francisco).

Él (Jesús) cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron (Jn 19, 17-18). San Juan es el único de los Evangelistas que dice claramente que Jesús llevó la Cruz a cuestas. Los otros tres mencionan la ayuda de Simón de Cirene. La actitud decidida de Cristo ante la Cruz nos debe llevar a imitar en nuestra vida ordinaria el ejemplo del Maestro. En esta tierra, el dolor y el amor son inseparables; en esta vida hay que contar con la Cruz. El que no cuenta con la Cruz no es cristiano; el que no cuenta con la Cruz, se la encuentra de todos modos, y además encuentra en la cruz la desesperación. Contando con la Cruz, con Cristo Jesús en la Cruz, podéis estar seguros de que en los momentos más duros, si vienen, estaréis acompañadísimos, felices, seguros, fuertes; pero para esto hay que ser almas contemplativas (San Josemaría Escrivá).

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena (Jn 19, 25). También estaba el evangelista Juan. La santa pureza que vivió siempre este apóstol adolescente hizo que estuviera en el Calvario acompañando a su Maestro y Señor. Y él dio testimonio de la muerte de Jesús cuando escribe: E inclinando la cabeza entregó el espíritu (Jn 19, 30).

Después de la muerte de Cristo, dos discípulos ocultos suyos -José de Arimatea y Nicodemo- tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús (Jn 19, 40-42). Jesús es depositado en sepulcro cuando aún se oyen los ecos de la tarde cruenta del viernes, con aquel grito desgarrador sin respuesta –Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27, 47)-, queda la esperanza de la resurrección. Al alba del primer día de la semana veremos que el Padre nunca le ha abandonado, y que su muerte se convierte en fuente de vida para cada hombre, para el mundo. Acompañemos a Santa María, que desde la Cruz, Jesucristo nos la dio como Madre nuestra. Con Ella esperamos la Resurrección del Señor.

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