Domingo de Resurrección. Homilía


¡Cristo ha resucitado! ¡Ha vencido a la muerte! Este anuncio gozoso llena de esperanza la vida de los cristianos. Dios siembra esta Buena Nueva en el corazón del hombre, que ya no está bajo el dominio del mal. El Señor ha roto la triple esclavitud a la que estaba sometido el hombre: la del pecado, la del diablo y la de la muerte. Ha triunfado el amor, la misericordia.

En la primera lectura de la Misa del Domingo de Resurrección están las palabras de san Pedro pronunciadas en la casa del centurión Cornelio. Es un breve discurso, el primero que el Príncipe de los Apóstoles dirige a no judíos, a gentiles. Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él; y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; a quien llegaron a matar colgándole de un madero; a éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos (Hch 10, 37-41). En pocas palabras hace un resumen de la vida pública de Jesucristo. Esta síntesis culmina con la afirmación de la resurrección del Señor, la mayor prueba de su divinidad. San Pedro da testimonio de esta verdad central de la predicación apostólica.

Además proclamar la resurrección del Señor, san Pedro se refiere a la misión judicial de Cristo, que al resucitar ha sido hecho Juez soberano de todos los hombres para el momento de la Parusía o segunda venida. Y nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Él (Cristo) ha sido constituido por Dios juez de vivos y muertos (Hch 10, 42). La Escritura atestigua que son dos las venidas del Hijo de Dios a la tierra. La primera, cuando por nuestra salvación se encarnó haciéndose hombre en las purísimas entrañas de la Virgen María; y la segunda, cuando al fin del mundo venga a juzgar a todos los hombres. Esta venida de Cristo como Juez implica que los hombres se presentarán dos veces ante el Señor para dar cuenta de su vida, es decir, de sus pensamientos, palabras, obras y omisiones. La primera tiene lugar en el momento de la muerte; y la otra en el juicio universal, que será al final de los tiempos.

Acerca de Él (Jesús) testimonian todos los profetas que todo el que cree en Él recibe por su nombre el perdón de los pecados (Hch 10, 43). Simón Pedro acaba su discurso hablando de la necesidad de creer en Cristo para obtener la salvación, que sólo el posible cuando el alma está limpia de pecados graves.

En la segunda lectura, san Pablo nos exhorta a que, muertos al pecado y resucitados con Cristo por el bautismo, llevemos una vida nueva, para ser con Él glorificados. Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él (Col 3, 1-4). La vida nueva es sobrenatural, pues participamos ya en este mundo de la vida gloriosa de Jesucristo resucitado. Esta vida es de momento espiritual y oculta, pero en la Parusía, cuando venga nuestro Señor con toda su gloria, llegará a ser manifiesta y gloriosa. Dejemos, pues, en el sepulcro del Señor los andrajos de nuestro hombre viejo, y resucitemos con Él a una vida nueva de gracia y santidad. Vida rejuvenecida en una primavera espiritual de esperanza, vida perennemente orientada hacia el cielo.

Buscad las cosas de arriba, es decir, las de Dios. Los cristianos, peregrinando hacia la ciudad celeste, deben buscar y gustar las cosas de arriba, lo cual en nada disminuye la importancia de la obligación que les incumbe de trabajar con todos los hombres en la construcción de un mundo más humano (Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 57). El trabajo, las relaciones familiares y sociales, cada una de las realidades humanas, han de ser vividas con espíritu de fe. Porque la vida normal y corriente, los afanes diarios, el deseo de mejorar y de servir a los demás tienen valor santificador cuando están animados por el amor a Dios. Además, quienes se esfuercen por buscar la santidad vivirán la esperanza, serán optimistas y alegres, y participarán después de su muerte en la gloria del Señor, que será plena al fin de los tiempos.

En el pasaje evangélico narra los primeros testimonios de las santas mujeres y de los discípulos acerca de la Resurrección gloriosa de Cristo. Tales testimonios se refieren, en un primer momento, a la realidad del sepulcro vacío. Después relatarán diversas apariciones de Jesús Resucitado.

El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro (Jn 20, 1). María Magdalena, junto a la Virgen María y otras santas mujeres, estuvo en el Calvario al pie de la Cruz de Jesús. Y después vio dónde fue sepultado el cuerpo sin vida de Cristo. El domingo, una vez pasado el reposo obligado del sábado, muy temprano va al sepulcro para honrar el cuerpo del Señor, pero lo encuentra abierto y vacío. Es el amor y la veneración lo que la hizo ir sin demora, antes del amanecer, cuando todavía estaba oscuro.

En nuestras iglesias está el Cuerpo del Señor, pero no muerto, sino vivo, con su Sangre, Alma y Divinidad. Por eso nos acercamos al Sagrario para la adoración eucarística fuera de la Misa: Postrémonos largo rato ante Jesús presente en la Eucaristía, reparando con nuestra fe y nuestro amor los descuidos, los olvidos e incluso los ultrajes que nuestro Salvador padece en tantas partes del mundo (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Mane nobiscum, Domine).

María Magdalena al no encontrar el cuerpo de Cristo en el sepulcro abierto echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: “Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto” (Jn 20, 2). En el prefacio de la Misa de esta santa se la nombra Apóstol de los apóstoles, y se hace que ella fue la primera persona en ver a Cristo resucitado, pues ella lo había amado en vida, lo había visto morir en la cruz, lo buscaba yacente en el sepulcro, y fue la primera en adorarlo resucitado de entre los muertos; y él la honró ante los apóstoles con el oficio del apostolado para que buena noticia de la vida nueva llegase hasta los confines del mundo (Prefacio de la Misa de Santa María Magdalena).

Al recibir la noticia de la desaparición del cuerpo de Cristo, los apóstoles Pedro y Juan fueron deprisa, al sepulcro. Aunque los dos corrían, Juan por ser más joven -y, por tanto, más rápido-, llegó antes. Se inclinó y vio allí los lienzos caídos, pero no entró (Jn 20, 5). No entró por deferencia hacia Simón Pedro. Este detalle da a entender que ya entonces san Pedro era considerado como cabeza de los Apóstoles. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó (Jn 20, 6-8).

Las palabras que emplea san Juan para describir lo que Pedro y él vieron en el sepulcro vacío expresan con vivo realismo la impresión que les causó lo que allí encontraron, y cómo quedaron grabados en su memoria algunos detalles a primera vista irrelevantes. Hasta tal punto fueron significativas las características que presentaba el sepulcro vacío, que se dieron cuenta de que no podía tratarse de un robo, como María Magdalena suponía, pues vieron que los lienzos y el sudario se encontraban de uno modo especial, por lo que intuyeron que el Señor verdaderamente había resucitado. Vieron y creyeron.

La Resurrección de Cristo es un acontecimiento real con manifestaciones históricamente comprobadas, como lo atestigua el Nuevo Testamento. Hay que interpretarla en el orden físico, es decir, el alma de Cristo se unió de nuevo a su cuerpo. Jesucristo realmente volvió a la vida después de su muerte en la cruz. El primer dato que registran los Evangelios es el del sepulcro vacío, y los demás datos que lo acompañan son señales perceptibles por los sentidos.

La posibilidad del robo del cuerpo de Cristo por parte de sus discípulos ya fue contemplada por los príncipes de los sacerdotes y los fariseos, que fueron a Pilato para que se custodiase el sepulcro. El Procurador romano accedió. Entonces, con el permiso de Poncio Pilato, los enemigos del Señor fueron al sepulcro para sellar la piedra y poner la guardia. Es decir, pusieron todos los medios para que el cuerpo de Cristo no fuera robado.

Hay que descartar que los apóstoles robaran el cuerpo del Señor. Su estado de ánimo no hace pensar que tuvieran la valentía y osadía para llevar a cabo tal cosa. Durante la pasión de su Maestro, todos se escondieron, a excepción de Juan. Y en caso de que lo hubieran intentado, habría habido una lucha con los soldados que custodiaban el sepulcro, y pensar que en esa pelea vencieron los discípulos es echar demasiada imaginación al asunto: unos pobres pescadores de Galilea vencen a los soldados del Procurador romano.

Además, después de la resurrección de Jesús, los soldados no hacen ninguna referencia a lucha alguna. Después de ver la piedra quitada y el sepulcro vacío, los soldados fueron a la ciudad y comunicaron todo lo sucedido a los príncipes de los sacerdotes. Estos sobornaron a los soldados con una buena suma de dinero diciéndoles: Tenéis que decir: “Sus discípulos han venido de noche y lo robaron mientras que nosotros estábamos dormidos” (Mt 28, 13). Los soldados aceptaron el dinero y divulgaron el rumor de que el cuerpo de Jesús había sido robado. Seguramente, pagarían con la vida la propagación de esa mentira, pues uno ya se puede imaginar el castigo que recibirían en aquella época unos centinelas dormidos. Ningún crédito se le puede dar a un testigo que da testimonio de lo que ocurrió mientras estaba dormido.

Y otro dato importante: la sorpresa de Pedro y Juan de encontrar allí los lienzos. Si alguien hubiera entrado para hacer desaparecer el cadáver, ¿se habría entretenido en quitarle los lienzos para llevarse sólo el cuerpo? No parece lógico. Pero es que, además, el sudario estaba todavía enrollado, como lo había estado el viernes por la tarde alrededor de la cabeza de Jesús. Los lienzos permanecían como habían sido colocados envolviendo al cuerpo de Jesús, pero ahora no envolvían nada y por eso estaban aplanados, huecos, como si el cuerpo de Jesús se hubiera esfumado y hubiera salido sin desenvolverlos, pasando a través de ellos. Y todavía hay más datos sorprendentes en la descripción de lo que vieron. Cuando se amortajaba el cadáver, primero se enrollaba el sudario a la cabeza, y después, todo el cuerpo y también la cabeza se envolvían en los lienzos. El relato de Juan especifica que en el sepulcro el sudario permanecía en el mismo sitio de antes, esto es, conservando la misma disposición que había tenido cuando estaba allí el cuerpo de Jesús. Esta descripción del evangelio señala con extraordinaria precisión lo que contemplaron atónitos los dos apóstoles. Era humanamente inexplicable la ausencia del cuerpo del Jesús. Era físicamente imposible que alguien lo hubiera robado, ya que para sacarlo de la mortaja, habría tenido que desenvolver los lienzos y el sudario, y éstos habrían quedado allí sueltos. Pero ellos tenían ante sus ojos los lienzos y el sudario tal y como estaban cuando habían dejado allí el cuerpo del Maestro, en la tarde del viernes. La única diferencia es que el cuerpo de Jesús ya no estaba. Todo lo demás permanecía en su lugar. Hasta tal punto fueron significativos lo que encontra­ron en el sepulcro vacío que entonces comprendieron que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos (Jn 20, 9).

La Resurrección del Señor es la culminación del Evangelio, es la Buena Noticia por excelencia: Jesús, el crucificado, ha resucitado. Este acontecimiento es la base de nuestra fe y de nuestra esperanza: si Cristo no hubiera resucitado, el cristianismo perdería su valor; toda la misión de la Iglesia se quedaría sin brío, pues desde aquí ha comenzado y desde aquí reemprende siempre de nuevo. El mensaje que los cristianos llevan al mundo es éste: Jesús, el Amor encarnado, murió en la cruz por nuestros pecados, pero Dios Padre lo resucitó y lo ha constituido Señor de la vida y de la muerte. En Jesús, el Amor ha vencido al odio, la misericordia al pecado, el bien al mal, la verdad a la mentira, la vida a la muerte. No nos dejemos robar el fundamento de nuestra esperanza, que es precisamente éste: Christós anesti (Cristo ha resucitado). No privemos al mundo del gozoso anuncio de la Resurrección (Papa Francisco).

La Resurrección de Jesús es la mejor garantía de nuestra vida después de la muerte, pues ésta ha sido vencida y redimida. La Madre del Resucitado no fue al sepulcro a buscar entre los muertos al que está vivo. A Ella le pedimos que nuestra fe en las palabras de Cristo sea cada vez mayor, y que aumente nuestra esperanza en que un día resucitarán nuestros cuerpos para la gloria del Cielo.

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