Los cristianos, hombres de Dios


Después de la Ascensión del Señor al Cielo, los apóstoles volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que dista poco de Jerusalén, el espacio de un camino sabático. Y cuando llegaron subieron a la estancia superior, donde vivían, Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas de Santiago. Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos (Hch 1, 12-14). En los Evangelios sinópticos aparece la lista de los doce apóstoles; y en la lista que está en los Hechos de los Apóstoles, como es lógico, no aparece el apóstol traidor Judas Iscariote, que se ahorcó durante la Pasión del Señor.

Es entrañable saber los nombres de los apóstoles, de aquellos que convivieron con Cristo y conocieron el mensaje salvífico de labios del divino Maestro. Ellos dieron testimonio de lo que habían oído, visto, contemplado y palpado con sus manos acerca del Verbo encarnado. Y para nuestro gozo nos lo anunciaron. El mismo Jesús los eligió para que constituir sobre ellos la Iglesia. El Señor no los llamó porque fueran sabios, poderosos, importantes… Su elección fue gratuita –llamó a los que quiso (Mc 3, 13)-. Fueron hombres normales y corrientes que respondieron con fe a la gracia de la llamada de Jesús. Excepto Judas Iscariote, todos fueron fieles. La Iglesia los venera con especial afecto y se siente orgullosa de ser continuadora -apostólica- de la misión sobrenatural que ellos iniciaron y de ser fiel al testimonio que supieron dar de las enseñanzas del Señor.

De algunos apóstoles se conoce bastante de su vida; de otros, casi nada. Digamos algo de cada uno de ellos. Santo Tomás tuvo varias intervenciones que recogen los evangelistas. Cuando Cristo decidió ir a Betania para resucitar a Lázaro, acercándose así de manera peligrosa a Jerusalén, santo Tomás dijo a los demás apóstoles: Vayamos también nosotros a morir con él (Jn 11, 16). Durante la despedida del Señor en la Última Cena, al decir Jesús: Pues para donde yo voy, vosotros conocéis el camino (Jn 14, 1-4), Tomás le preguntó: No sabemos adónde vas; ¿cómo podemos conocer el camino? (Jn 14, 5). Pero por lo que es más conocido es por incredulidad. Cuando en la noche del día de la resurrección del Señor, los apóstoles llenos de alegría, le dijeron: Hemos visto al Señor (Jn 20, 24). Mas Tomás no les creía, y dijo: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré (Jn 20, 25).

San Simón sólo aparece en el Nuevo Testamento en las listas de los Doce. Por tanto, las noticias que se refieren a él hay que buscarlas en escritos no bíblicos y en la Tradición. En los evangelios de san Mateo y de san Marcos, san Simón recibe el apelativo de Cananeo, y san Lucas, tanto en su evangelio como en el libro de los Hechos de los Apóstoles, lo apoda el Zelotes. Más conocido es Santiago el de Alfeo -Santiago el Menor-. En Evangelio de san Marcos lo cita aparece como pariente de Jesús, pues, según el estilo semítico, es llamado hermano. Y también san Pablo, en la Carta a los Gálatas cita a Santiago como el hermano del Señor. Es autor de un libro del Nuevo Testamento -la Carta de Santiago-. El libro de los Hechos de los Apóstoles subraya el papel destacado que desempeñó en la Iglesia de Jerusalén, de la cual fue su primer obispo.

San Judas Tadeo aparece en las cuatro listas de los Doce que vienen en el Nuevo Testamento. San Lucas, tanto en su evangelio como en el libro de los Hechos de los Apóstoles, para distinguirlo del traidor, lo llama Judas de Santiago. En las demás listas de apóstoles, se le menciona por el sobrenombre de Tadeo. Es autor de una Carta,en la que se presenta como Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Santiago. En el Evangelio según san Juan se recoge una petición que san Judas Tadeo a Jesús durante la celebración de la Última Cena. El Maestro dice: El que recibe mis preceptos y los guarda, ése es el que ama; el que me ama a mí será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él (Jn 14, 18-21). Y en este momento es cuando interviene Judas, no el Iscariote: Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo? (Jn 14, 22).

Lo que se sabe de san Felipe está en el cuarto evangelio. Era natural de Betsaida. San Juan narra su vocación, el encuentro de Felipe con el Señor y la llamada que le hizo el Maestro. Cristo vio a Felipe y le dijo sígueme. Hay una intervención suya recogida en el Evangelio. En un momento en que Cristo está hablando a los apóstoles de la unidad del Padre y del Hijo, Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le contestó: Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre? (Jn 14, 8-9).

El evangelista san Juan narra el encuentro de san Bartolomé con el Señor. El apóstol Felipe después de aceptar la invitación del Señor –sígueme– vio a Natanael, amigo suyo, y le hizo partícipe de su gozo por haber conocido al Mesías: Hemos encontrado a Aquél de quien escribieron Moisés en la Ley, y los profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José (Jn 1, 45). Ante la respuesta más bien escéptica de Natanael –¿De Nazaret puede salir algo bueno?-, Felipe le respondió: ven y lo verás (Jn 1, 46). Natanael hizo caso a su amigo, y fue al encuentro del Señor. Vio Jesús a Natanael que venía hacia Él, y dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño (Jn 1, 47). Al oír las palabras del Señor, Natanael, asombrado, replica: ¿De dónde me conoces? Contestó Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamase, cuando estabas debajo de la higuera te vi (Jn 1, 48). Entonces Natanael hizo un acto maravilloso de fe: Rabbí, tú eres el hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel (Jn 1, 49). Y Jesús le anunció: ¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores has de ver. Y añadió: En verdad, en verdad os digo que veréis abrirse el cielo y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre (Jn 1, 50-51).

San Mateo fue apóstol y evangelista. También se sabe de él cómo Cristo le llamó para que fuera apóstol. De su vida tenemos pocas e incompletas noticias. Su vocación la cuenta escuetamente él mismo: Jesús vio a un hombre, llamado Mateo, sentado ante la mesa de cobro de los impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él, levantándose, le siguió (Mt 9, 9). Lleno de gozo por esa predilección divina, invitó a Jesús a comer en su casa. Y sucedió que, estando Jesús a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores vinieron a colocarse junto a él y a sus discípulos (Mt 9, 10). La presencia de publicanos y pecadores provocó el escándalo de los fariseos, que criticaron duramente la actitud de Jesús. El Señor dijo a los que escandalizaban por conducta: No necesitan médico los sanos sino los enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores (Mc 2, 17).

San Andrés fue el primero de los apóstoles en ser llamados a seguir a Jesús. Siendo discípulo de san Juan Bautista, éste le mostró a Jesús que pasaba: He aquí el Cordero de Dios (Jn 1, 37). Estaba también con él uno de los hijos de Zebedeo, Juan. Preguntaron a Jesús: Rabbí, ¿dónde vives? Les respondió: “Venid y veréis”. Fueron y vieron dónde vivía y permanecieron aquel día con él (Jn 1, 38-39). Fue él quien llevó a su hermano Simón (san Pedro) al Señor. Encontró él luego a su hermano Simón, y le dijo: “Hemos hallado al Mesías, que quiere decir el Cristo”, y lo condujo a Jesús (Jn 1, 40-43). Días después el Señor llamó a los dos hermanos para le siguieran: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Ellos dejaron al instante las redes y le siguieron (Mt 4, 18-20). En una ocasión preguntó a Cristo cuando había de suceder la destrucción del Templo y los signos del fin del mundo: Dinos cuándo sucederá eso y cuál será la señal de que todas están cosas están para cumplirse (Mc 13, 4). Por la tradición sabemos que murió crucificado en una cruz en aspa, la cruz de san Andrés.

Santiago el Mayor fue el primer apóstol que dio su vida por su fe en Cristo. En aquel tiempo prendió el rey Herodes (Agripa I) a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Dio muerte por la espada a Santiago, hermano de Juan (Hch 12, 1-2). Había nacido en Betsaida. Era hijo de Zebedeo. Con san Pedro y su hermano Juan fue testigo de la transfiguración del Señor, de la resurrección de la hija de Jairo y de la agonía del Señor en Getsemaní. Los evangelistas han dejado constancia del carácter fuerte de los dos hermanos. Así se explica porque el Señor les llamó hijos del trueno. Fue llamado al apostolado cuando estaba en la barca con su padre y su hermano en la orilla del mar de Galilea remendando las redes. Santiago y Juan, cuando el Señor los llamó, al instante, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron (Mt 4, 22). En el Evangelio está recogida la petición que hizo la madre de Santiago a Jesucristo: Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino (Mt 20, 20-21). Entonces el Señor preguntó a los dos hermanos: “¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber?” Ellos dijeron: “Podemos” (Mt 20, 22).

San Juan es el discípulo amado. Aquel discípulo a quien amaba Jesús (Jn 21, 20), son las palabras con las que el mismo Juan se designa en un intento frustrado de pasar inadvertido. En su humildad, Juan no se dio cuenta de que pasaría a la historia con el apodo más precioso que persona alguna ha tenido nunca. Natural de Betsaida, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor. Fue discípulo de san Juan Bautista. Además de apóstol fue evangelista y autor de tres Cartas y del Apocalipsis. En su Evangelio cuenta su encuentro con el Señor y la llamada que Éste le hizo para que le siguiera. Al final de su vida, siendo muy anciano, se acordaba perfectamente de la hora en la que el Señor se cruzó en su camino: Era como la hora décima (Jn 1, 39). En el Calvario estuvo al pie de la cruz, junto a la Virgen María. Y es el Gólgota donde recibe a María como Madre. Ahí tienes a tu Madre (Jn 19, 26), oye que le dice Cristo. Y él, desde aquella hora, la introduce en su casa, en su vida; la coloca en el centro de sus afectos más puros. Además fue el primero de los apóstoles en llegar al sepulcro vacío, cuya imagen le quedó muy viva e hizo avivar su fe en la resurrección del Señor. También es el primero en reconocer a Jesús resucitado, cuando se aparece a un grupo de discípulos a la orilla del mar de Tiberíades. Lleno de júbilo comunica a Pedro: ¡Es el Señor! (Jn 21, 7).

San Pedro es el Príncipe de los Apóstoles. Su primer encuentro con Jesucristo se produjo gracias a san Andrés. Éste, después de haber estado con el Señor, al ver a su hermano Simón, le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que significa el Cristo). Y lo llevó a Jesús. Mirándolo Jesús le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas” (que significa Piedra) (Jn 1, 41-42). Cristo prometió a san Pedro el Primado sobre la Iglesia, inmediatamente después de la confesión en Cesárea de Filipo, con estas palabras: Y Yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16, 18). Después de su Resurrección, el Señor confirió a san Pedro el Primado jerárquico, constituyéndole Cabeza visible del nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia. En los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles, aparece con bastante frecuencia san Pedro. Es autor de dos Cartas que están en el Nuevo Testamento. Durante la vida de Jesús sobresale Simón Pedro por su espontaneidad. Después de la Ascensión del Señor estuvo en Jerusalén, Antioquía (capital de la provincia romana de Siria) y luego a Roma sucesivamente. En la capital del Imperio romano murió mártir en la persecución contra los cristianos del emperador.

El Señor había prometido a los apóstoles que les enviaría el Espíritu Santo, y ellos se prepararon para recibir al Paráclito con oración. San Lucas destaca dos aspectos de la espera hasta Pentecostés: su perseverancia en la oración y la presencia de la Virgen María.

Ejerciendo su misión de Primado, san Pedro escribe a las comunidades cristianas de Asia Menor: Sino alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria. Dichosos de vosotros, si sois injuriados por el nombre de Cristo, pues el Espíritu de gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros. Que ninguno de vosotros tenga que sufrir ni por criminal ni por ladrón ni por malhechor ni por entrometido: pero si es por cristiano, que no se avergüence, que glorifique a Dios por llevar este nombre (1 P 4, 13-16). La respuesta que da el cristianismo al dolor está en el Evangelio. Allí se encuentra la respuesta a todo. Por ejemplo, para el dolor se ve una respuesta en el Cristo crucificado. Su sufrimiento es una luz para el misterio y también una promesa de que habrá una recompensa. Nosotros no podemos convertirnos en Dios y creer que Él tiene que pensar como nosotros; por eso es esencial tener fe y aceptar ese misterio.

En Antioquía los discípulos de Cristo recibieron por primera vez el nombre de cristianos. Ser cristiano no puede convertirse nunca en motivo de vergüenza o de cobardía, sino de agradecimiento a Dios y de santo orgullo. Los cristianos amilanados -cohibidos o envidiosos- en su conducta, ante el libertinaje de los que no han acogido la Palabra de Dios, demostrarían tener un concepto miserable de nuestra fe. Si cumplimos de verdad la Ley de Cristo- si nos esforzamos por cumplirla, porque no siempre lo conseguiremos-, nos descubriremos dotados de esa maravillosa gallardía de espíritu, que no necesita ir a buscar en otro sitio el sentido de la más plena dignidad humana (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios,n. 38).

En el Catecismo de la Doctrina Cristiana, escrito por Gaspar Astete comenzaba con estas preguntas y respuestas: ¿Sois cristiano? Sí, por la gracia de Dios; Ese nombre de cristiano, ¿de quién lo hubisteis? De Cristo nuestro Señor; ¿Qué quiere decir cristiano? Hombre de Cristo; ¿Qué entendéis por hombre de Cristo? Hombre que tiene la fe de Jesucristo, que profesó en el bautismo y está ofrecido a su santo servicio.

Los cristianos somos hombres de Dios, y discípulos del Señor. En su oración, Jesucristo le habla al Padre de sus Apóstoles: He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra (Jn 17, 6), y ruega por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre Santo, guarda en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros (Jn 17, 9-11). Al pedir que los guarde en su nombre está rogando para que perseveren en la doctrina recibida y en comunión íntima con Él. Consecuencia inmediata de esta comunión es la unidad, y esa unidad que pide para los discípulos es reflejo de la que existe entre las tres Personas divinas.

Los cristianos, como los Apóstoles, estamos en el mundo, pero no somos del mundo, es decir, mundanos. Por eso Cristo pide al Padre: No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno (Jn 17, 15). Existe el riesgo de apoltronarse, de la comodidad, de la mundanidad en la vida y en el corazón, de concentrarnos en nuestro bienestar. Debemos evitar que lo mundano se convierta en el centro de la vida. Estemos en guardia contra la tentación seguir la moda -lo que es políticamente correcto- aunque sea contraria a la moral cristiana. Esta tentación de vivir mundanamente es muy peligrosa, de vivir con el espíritu del mundo que Jesús no quería. Pensad en la oración sacerdotal de Jesús cuando ora al Padre: “No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal”. La mundanidad va contra el testimonio, mientras que el espíritu de oración es un testimonio que se ve: se ve quién es el hombre y la mujer que rezan, así como quien reza formalmente pero no con el corazón. Son testimonios que la gente ve (Papa Francisco).

Para no ser mundanos, perseveremos en la oración, como los primeros discípulos del Señor, en compañía de María, la madre de Jesús. Ella, que también es Madre nuestra, nos ayudará a vivir en el mundo con espíritu cristiano sin dejarnos arrastrar por modas e ideologías opuestas al Evangelio.

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