Domingo III de Pascua. Homilía


En los Hechos de los Apóstoles san Lucas recoge el primer discurso de san Pedro en el mismo día de Pentecostés. Habla a los judíos y a los habitantes de Jerusalén. Su intención es demostrar que Jesús de Nazaret es el Mesías anunciado por los profetas. Por eso recuerda a sus oyentes los milagros del Señor, así como su Muerte. Israelitas, escuchad estas palabras: A Jesús, el Nazareno, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros, como vosotros mismos sabéis, a éste, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos (Hch 2, 22-23). Muy claramente dice que fueron ellos quienes crucificaron a Cristo, valiéndose del poder y autoridad del procurador romano Poncio Pilato. Por eso les exhorta a la conversión, al arrepentimiento. Pero lo más importante de su predicación es que también se refiere a la Resurrección de Cristo y a su Ascensión a los cielos. A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, a la diestra de Dios (Hch 2, 32-33).

Las palabras de san Pedro fueron instrumento de la gracia de Dios para mover el corazón de los que le escuchaban, que impresionados, preguntan con sencillez cómo deben actuar. El resultado fue que se bautizaron unas tres mil personas.

Años después, san Pedro escribe una carta dirigida a las comunidades cristianas que vivían en diversas regiones de Asia Menor. En ella hace referencia a la dignidad del cristiano, que es hecho hijo de Dios en virtud de la obra redentora de Cristo. Además hace un resumen muy breve del plan de salvación de Dios sobre los hombres, que se realiza en Cristo: desde toda la eternidad, Dios ha previsto salvar a los hombres por medio de Jesucristo. Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros; los que por medio de él creéis en Dios, que le ha resucitado de entre los muertos y le ha dado la gloria, de modo que vuestra fe y vuestra esperanza estén en Dios (1 P 1, 18-21).

Dios le ha resucitado de entre los muertos. El Príncipe de los Apóstoles hace hincapié en la resurrección de Jesucristo, porque es el fundamento de la fe y de la esperanza del cristiano y constituye el argumento supremo de la divinidad de Jesús y de su misión. San Pedro y los demás apóstoles son, sobre todo, testigos de la Resurrección del Señor, siento ésta el núcleo de su predicación. Jesucristo resucitó por su propio poder, el de su Persona divina; el Catecismo Romano aclara que si bien leemos alguna vez en las Sagradas Escrituras que Cristo nuestro Señor fue resucitado por el Padre, esto se le ha de aplicar en cuanto hombre; así como se refieren a Él mismo en cuanto Dios aquellos textos en que se dice que resucitó por su propia virtud.

Entre las apariciones de Cristo resucitado están las que hace a los Once, pero no son las únicas que narran los evangelistas. Hay una relatada por san Lucas con bastante extensión: la de los discípulos de Emaús. Referente a este episodio evangélico dijo el papa Francisco: El camino de Emaús se convierte en símbolo de nuestro camino de fe. Las Escrituras y la Eucaristía son los elementos indispensables para el encuentro con el Señor. También nosotros llegamos a menudo a la misa dominical con nuestras preocupaciones, nuestras dificultades y desilusiones. La vida a veces nos hiere y nos marchamos tristes, hacia nuestro “Emaús”, dando la espalda al proyecto de Dios. Nos alejamos de Dios. Pero nos acoge la Liturgia de la Palabra: Jesús nos explica las Escrituras y vuelve a encender en nuestros corazones el calor de la fe y de la esperanza, y en la Comunión nos da fuerza. Palabra de Dios, Eucaristía. Leed cada día un pasaje del Evangelio. Los discípulos de Emaús acogieron la Palabra; compartieron la fracción del pan, y, de tristes y derrotados como se sentían, pasaron a estar alegres.

Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado (Lc 24, 13-14). Aquellos dos discípulos veían sus vidas como un frasco rebosante de ilusiones perdidas, sin lugar para sueños nuevos; estaban desanimados, con una sensación de fracaso. Hay que destacar la impaciencia de Cleofás y su compañero. No han transcurrido aún tres días, y ya abandonan. Ni siquiera se paran a considerar la posibilidad de ser ciertas las buenas noticias que se han recibido durante la mañana del domingo. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban incapacitados para reconocerle. Él les dijo: “¿De qué habláis entre vosotros mientras vais caminando?” Ellos se pararon con aire entristecido (Lc 24, 15-17). El Señor es el Buen Pastor y sale en busca de aquellas dos ovejas que están abandonando el redil. Por eso inicia la conversación. Y en esa conversación de Jesús con Cleofás y su compañero está resumida perfectamente la desilusión de los que habían seguido a Cristo, ante el aparente fracaso que representaba para ellos la muerte de su Maestro en la cruz.

Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: “¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?” Él les dijo: “¿Qué cosas?” Ellos le dijeron: “Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron” (Lc 24, 18-23). Aquellos dos hombres abren su corazón a Cristo, le cuentan el motivo de su tristeza: la vida comienza a parecerles sin sentido. En las palabras de Cleofás está recogida la vida y misión de Cristo, su Pasión y Muerte, la desesperanza de estos discípulos al cabo de tres días, y los hechos acaecidos la mañana del domingo.

Jesús les escucha, comprende su dolor, habla y les explica el sentido de la Escritura. Él les dijo: “¡Oh necios y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?” Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras (Lc 24, 25-27). Las palabras de Cristo son consoladoras. Les hace ver que la Cruz no es un fracaso, sino el camino querido por Dios para el triunfo definitivo de Cristo sobre el pecado y la muerte. En la Sagrada Escritura estaba anunciado que el plan salvador de Dios se realizaría por medio de la Pasión y Muerte redentora del Mesías. Además el Señor deshace la idea que todavía pudieran tener de un Mesías terreno y político, haciéndoles ver que la misión de Cristo es sobrenatural: la salvación del género humano. A lo largo de la conversación Cleofás y su compañero van pasando de la tristeza a la alegría, recobrando la esperanza.

Durante su ministerio público, Jesucristo había dicho a los judíos: Escudriñad las Escrituras, ya que vosotros pensáis tener en ellas la vida eterna: ellas son las que dan testimonio de mí (Jn 5, 39). Nos da así un camino seguro para conocerle. Si hoy día hay un desconocimiento de la vida de Cristo o se tiene una imagen borrosa de su figura es porque no se lee la Sagrada Escritura. Para conocer mejor a Jesús, leamos cada día un párrafo del Evangelio, con una lectura meditada.

Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: “Quédate con nosotros, porque ya está anocheciendo y va a caer el día”. Y entró a quedarse con ellos (Lc 24, 28-29). Los dos discípulos de Emaús percibieron una extraordinaria atracción hacia ese hombre misterioso, y lo invitaron a permanecer con ellos esa noche. Comenta san Josemaría Escrivá: Aquellos dos que -sin darse cuenta- han sido heridos en lo hondo del corazón por la palabra y el amor de Dios hecho hombre, sienten que se vayan. Porque Jesús les saluda “con ademán de continuar adelante”. No se impone nunca, este Señor Nuestro. Quiere que le llamemos libremente, desde que hemos entrevisto la pureza del Amor, que nos ha metido en el alma (Amigos de Dios, n. 313).

Aceptó el Señor la invitación y entró con ellos para cenar. También nosotros queremos estar siempre junto a Jesús. Sí, Señor, quédate con nosotros porque necesitamos que tu consejo nos guíe; que nos hables con esa palabra tuya que ilumina con la verdad; que tu fuerza nos sostenga en los combates que hemos de librar contra el Maligno; que tu virtud penetre en nuestro ser; que tu amor nos embriague; que tu presencia nos consuele en todos los momentos de nuestra vida. Quédate, Señor, con nosotros. No te alejes de nosotros, que estamos recorriendo el camino de la vida. Contigo, Señor, estamos seguros. Si alguna vez tropezamos, Tú mismo nos levantarás enseguida.

Jesús no se hizo rogar, pues está escrito: Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo (Ap 3, 20). Y ya en Emaús, en casa de los dos discípulos, sucedió que estando juntos a la mesa tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su presencia (Lc 24, 30-31). Ellos quedaron llenos de estupor, pero también con una gran alegría: verdaderamente su Maestro había resucitado.

Muchos Padres de la Iglesia han visto en esta acción del Señor una consagración del pan como en la Última Cena. El modo peculiar con que bendice y parte el pan les hace ver que es Él. Pero en el cenáculo sólo estaban los apóstoles. Sin embargo, estos contarían con todo detalle a los discípulos del Señor que no eran del grupo de los Doce lo que había ocurrido en la Cena Pascual. Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros (1 Jn 1, 3). Por eso, tras ser iluminados por la Palabra, habían reconocido a Jesús resucitado al partir el pan, nuevo signo de su presencia.

Habían estado con el Señor. La conversación mantenida con Él en el camino fue una verdadera oración. Se dijeron uno a otro: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24, 32). Estas palabras de los discípulos de Emaús debían salir espontáneas, si eres apóstol, de labios de tus compañeros de profesión, después de encontrarte a ti en el camino de su vida (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 917).

Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan (Lc 24, 33-35). Sintieron la urgencia de comunicar su gozo y compartir su alegría. Fueron anunciadores y testigos de Cristo resucitado. En ocasiones, habrá que desandar lo andado, recorrer en sentido inverso el mismo camino polvoriento, sin tristezas, desánimos o sensaciones de fracaso. Que sepamos, con la ayuda de Santa María, ser pregoneros de la buena nueva de la Resurrección de Cristo.

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