Domingo IV de Pascua. Homilía


San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, relata la predicación de san Pedro el mismo día de Pentecostés a una multitud de personas de las más variadas procedencias. En su discurso señala que los tiempos mesiánicos profetizados por el profeta Joel ya se han realizado; y que Jesús de Nazaret, crucificado por los judíos, es el Mesías prometido por Dios y esperado con ansias por los justos del Antiguo Testamento, y que ha llevado a cabo el plan salvífico de Dios. Para demostrarlo recuerda a sus oyentes los milagros de Jesús, así como su Muerte, su Resurrección y su gloriosa Ascensión al Cielo. Y termina diciendo: Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado (Hch 2, 36).

A lo largo de toda su historia, la Iglesia no ha dejado de proclamar que sólo en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está la salvación; sólo Él puede satisfacer las aspiraciones más profundas del corazón humano. La transmisión de la fe cristiana es ante todo el anuncio de Jesucristo para llevar a la fe en Él. Desde el principio, los primeros discípulos ardieron en deseos de anunciar a Cristo: No podemos nosotros de dejar de hablar de lo que hemos visto y oído (Hch 4, 20). Y ellos mismos invitan a los hombres de todos los tiempos a entrar en la alegría de su comunión con Cristo. Para esto ha nacido la Iglesia: para, dilatando el reino de Cristo por toda la tierra, hacer partícipes a todos los hombres de la redención salvadora, y, por medio de ellos, orientar verdaderamente todo el mundo hacia Cristo (Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, 2).

Las palabras de san Pedro fueron instrumento de la gracia de Dios para mover el corazón de los que le escuchaban, que, impresionados, preguntan con sencillez cómo deben actuar. ¿Qué hemos de hacer, hermanos?” Pedro les contestó: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro” (Hch 2, 37-39). La respuesta del Príncipe de los Apóstoles es una exhortación al arrepentimiento, a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Cielo. Les pide un cambio radical de su existencia por medio de un comportamiento nuevo que nace de la aceptación del Evangelio. Además les dice: Salvaos de esta generación perversa (Hch 2, 40), es decir, de la parte del pueblo judío que había rechazado a Jesucristo y su mensaje; y de todo el mundo alejado de Dios.

La Evangelización comenzó el día de Pentecostés, y es una misión que compete a toda la Iglesia. El Espíritu Santo descendiendo sobre los apóstoles, les hace salir de la sala en la que estaban cerrados por el miedo, los hace salir de sí mismos, y los convierte en anunciadores y testigos de las maravillas de Dios (Hch 2, 11). Y esta transformación obrada por el Espíritu Santo se refleja en la multitud que acudió al lugar y que provenía de todas las naciones que hay bajo el cielo (Hch 2, 5), por lo que todos escuchaban las palabras de los apóstoles, como si fueran dichas en su propia lengua.

San Lucas termina el relato de lo ocurrido en Pentecostés diciendo: Los que acogieron su Palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas tres mil almas (Hch 2, 41). Más adelante señala con frecuencia el aumento numérico de la Iglesia. Estos datos de crecimiento son un signo elocuente de la eficacia de la Palabra evangélica anunciada con valentía por los Apóstoles, y quieren decir que la predicación constante y decidida del Evangelio prende en todo terreno y encuentra siempre hombres y mujeres dispuestos a aceptarlo y vivirlo.

La predicación oral fue cómo los apóstoles, al principio, transmitieron lo que habían aprendido de las obras y palabras de su divino Maestro. San Lucas recoge en los Hechos de los Apóstoles los primeros discursos de san Pedro. Él y los demás apóstoles se dedicaron asiduamente a la oración y al ministerio de la palabra (Hch 6, 4). Pero también los mismos apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo. Y así surgió el Nuevo Testamento, donde están dos cartas escritas por san Pedro. Éste, consciente del encargo que había recibido de Jesucristo de apacentar la grey del Señor, aprovecha las ocasiones y los medios a su alcance para dar a conocer a Jesucristo. Y escribe a los cristianos que vivían en diversas regiones de Asia Menor, muchos de ellos eran conversos del paganismo, para confirmarlos en fe recibida.

Si obrando el bien soportáis el sufrimiento, esto es cosa bella ante Dios. Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas. El que no cometió pecado, y en cuya boca no se halló engaño; el que, al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba, sino que se ponía en manos de Aquel que juzga con justicia; el mismo que, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia; con cuyas heridas habéis sido curados. Erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas (1 P 2, 20-25). Estas palabras son un hermoso himno a Cristo en la Cruz; en Él se ha cumplido las profecías del Siervo de Yavé contenidas en el libro de Isaías. Los padecimientos de Jesucristo no han sido en vano, pues tienen valor redentor: Él ha cargado con nuestros pecados y ha subido con ellos a la Cruz, ofreciéndose como sacrificio expiatorio. Así, con Cristo son crucificados también nuestros pecados, de manera que quedamos libres de ellos –muertos a los pecados– y podemos vivir para la justicia, es decir, para la santidad.

El ejemplo de Cristo paciente es siempre para los cristianos punto obligado de referencia: por grandes que sean los sufrimientos que se padezcan, nunca serán tantos ni tan injustos como los del Señor.

Con este versículo –Erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas- san Pedro aplica aquí a Jesucristo lo que el profeta Ezequiel pone en boca de Dios: Yo reconoceré mis ovejas y las congregaré de todos los lugares donde han sido dispersadas en día de nubes y brumas (Ez 34, 12). El Señor ha fundado la Iglesia como redil cuyas ovejas, aunque conducidas ciertamente por pastores humanos, son no obstante guiadas y alimentadas por el mismo Cristo, buen Pastor y Príncipe de los pastores, que dio su vida por las ovejas (Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, n. 6).

En los Evangelios Jesucristo se presenta como Buen Pastor que cuida de sus ovejas, busca la extraviada, cura la herida y carga sobre sus hombros la extenuada, cumpliéndose en Él las antiguas profecías. Además, el Señor se adjudica a sí mismo la imagen de la puerta por la que se entra en el aprisco de las ovejas que es la Iglesia. Ésta es un redil cuya única y obligada puerta es Cristo. En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz (Jn 10, 1-4).

En los dos milenios de existencia de la Iglesia, sus enemigos han procurando dañar al rebaño de Cristo. Unas veces se introducen en el redil ocultándose para hacer daño desde dentro; otras lo hacen desde fuera, abierta y violentamente. ¿Quién es el buen pastor? El que entra por la puerta de la fidelidad a la doctrina de la Iglesia; el que no se comporta como el mercenario, que bien venir al lobo, desampara las ovejas y huye; y el lobo las arrebata y dispersa el rebaño (San Josemaría Ecrivá, Es Cristo que pasa, n. 34).

Las ovejas del rebaño de Cristo no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraño (Jn 10, 5). Al hacer el Señor uso de esta imagen, tan familiar a sus oyentes, del buen pastor quiere mostrar una enseñanza divina: ante voces extrañas, es necesario reconocer la voz de Cristo -actualizada de continuo por el Magisterio de la Iglesia- y seguirle, para encontrar el alimento abundante de nuestras almas. Cristo ha dejado a sus seguidores una guía en la tarea de comprender y vivir el Evangelio. Envió el Espíritu Santo a la Iglesia, que guía a los sucesores de los Apóstoles, los Obispos, a quienes se les encargó mantener la fe y predicar el Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15). Con su voz transmiten la palabra del Señor. La fidelidad a la Iglesia implica vivir en íntima comunión con los Pastores, puestos por el Espíritu Santo para regir el Pueblo de Dios; es aceptar con docilidad su Magisterio; es dar a conocer sus enseñanzas.

Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba. Entonces Jesús les dijo de nuevo: “En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 6-10). Hemos visto cómo Cristo prefigura a la Iglesia como un redil y se llama a Sí mismo “puerta de las ovejas”. Al redil entran los pastores (el Papa, los Obispos…) y las ovejas (los bautizados en la Iglesia Católica). Tantos unos como otras han de entrar por la puerta que es Cristo. Yo -predicaba san Agustín- queriendo llegar hasta vosotros, es decir, a vuestro corazón, os predico a Cristo: si predicara otra cosa, querría entrar por otro lado. Cristo es para mí la puerta para entrar en vosotros: por Cristo no entro en vuestras casas, sino en vuestros corazones. Por Cristo entro gozosamente y me escucháis hablar de Él. ¿Por qué? Porque sois ovejas de Cristo y habéis sido comprados con su Sangre.

Como en el Antiguo Testamento y en tiempos de Jesús; y en los dos mil años de historia de la Iglesia, también ahora en nuestra época hay “falsos pastores”, ladrones de almas, verdaderos herejes, que no dan vida sino muerte. Jesucristo es el verdadero Pastor que nos da la vida en abundancia; y vela por su criatura, el hombre, reuniendo a los seres humanos y conduciéndolos al verdadero pasto. En la Iglesia son pastores los que gobiernan a las ovejas, pero éstos sólo serán buenos pastores en la medida que sigan fielmente la enseñanza del Señor, que es quien realmente guía y alimenta a las ovejas.

San Pedro, a quien el Señor resucitado había confiado la misión de apacentar a sus ovejas, de convertirse en pastor con Él y por Él, llama a Jesús el Pastor supremo, y con esto quiere decir que sólo se puede ser pastor del rebaño de Jesucristo por medio de Él y en la más íntima unión con Él.

Acudamos a la intercesión de Santa María para obtener de Dios la gracia de ser buenas ovejas del único rebaño de Jesucristo, la Iglesia Católica.

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