¿A quién le puede molestar un crucifijo?


¿A quién puede ofender un crucifijo?

En el invierno del 96 se produjeron dos hechos sin ninguna relación directa, pero unidos tal vez por el odioso vínculo de la intolerancia hacia los signos cristianos. La tropelía más salvaje se producía en una pequeña población madrileña, cuando unos vándalos arrasaron su cementerio, destrozando las sepulturas e invirtiendo las cruces después de arrancarlas y destrozarlas.

El otro sucedido pertenece más bien a la categoría de torpeza o imprudencia política al ser protagonizado por una concejala de Toledo a quién se lo ocurrió la idea de abolir por decreto la instalación del Belén navideño en el colegio público que dirige.

No deseo comentar el intolerante gesto de la concejala. Sólo quiero invitar a la reflexión sobre ciertos caminos por donde transita una parte de la juventud de esta década, a la que se ha privado de ideales, de ilusión, de futuro y de referencias éticas. Cuan a un renombrado alcalde de ideas agnósticas le propusieron quitar el crucifijo de la mesa de su despacho privado respondió: ¿A quién puede ofender un crucifijo? ¿No es Jesucristo un símbolo de paz y amor?

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