Solemnidad de la Ascensión del Señor al Cielo. Homilía


Entre las grandes solemnidades que celebra la Iglesia en su liturgia está la de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo al Cielo. La vida terrena de Jesús culmina con el acontecimiento de la Ascensión, es decir, cuando Él pasa de este mundo al Padre y es elevado a su derecha. Mientras sube a la Ciudad Santa, donde tendrá lugar su éxodo de esta vida, Jesús ve ya la meta, el Cielo, pero sabe bien que el camino que le vuelve a llevar a la gloria del Padre pasa por la Cruz, a través de la obediencia al designio divino de amor por la humanidad. También nosotros debemos tener claro, en nuestra vida cristiana, que entrar en la gloria de Dios exige la fidelidad cotidiana a su voluntad, también cuando requiere sacrificio, requiere a veces cambiar nuestros programas (Papa Francisco).

En los tres evangelios sinópticos está narrada muy escuetamente los últimos momentos de Jesús en la tierra antes de subir a los Cielos. San Lucas en los Hechos de los Apóstoles cuenta con más detalles este misterio de la vida de Cristo. Vamos a fijarnos primeramente en el relato que hace san Mateo: Los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y, al verlo, le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 16-30).

Este breve pasaje tiene mucha importancia. Los apóstoles viendo a su Maestro resucitado le adoran, se postran ante Él como ante Dios, porque reconocen su divinidad. Esta actitud de los discípulos indica que son conscientes de lo que ya, mucho antes, tenían en el corazón y habían confesado: que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios. Ante la maravilla que, extasiados, contemplan sus ojos, se llenan de alegría. Ya no piensan que esa figura tan entrañable para ellos sea un fantasma como ocurrió cuando lo vieron andar sobre las aguas del mar de Tibiríades. Antes, les hubiera parecido imposible ver al Resucitado. Pero ahora lo están viendo, es una realidad, y el asombro deja paso a la adoración. Y Jesús les habla con la majestad y autoridad propia de Dios: se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra. La Omnipotencia, atributo exclusivo de Dios, es también atributo suyo: está confirmando la fe de sus apóstoles, de aquellos que le adoran. Y, a la vez, enseña que el poder que ellos van a recibir para realizar la misión universal que le va a encomendar, deriva del propio poder divino.

Allí, en el monte que Jesús les había indicado, los Apóstoles -y después de ellos, sus legítimos sucesores- reciben el mandato de enseñar a todas las gentes la doctrina de Jesucristo: lo que Él mismo había enseñado con sus obras y sus palabras, el único camino que conduce a Dios. Por tanto, la Iglesia, y en ella todos los fieles cristianos, tienen el deber de anunciar, hasta el fin de los tiempos, con su ejemplo y con su palabra, la fe que han recibido. La misión de la Iglesia no es otra que la de continuar por siempre la obra de Cristo: enseñar a los hombres las verdades acerca de Dios y la exigencia de que se identifiquen con esas verdades, ayudándoles sin cesar con la gracia de los sacramentos.

La misión de Cristo en la tierra ya ha sido cumplida. Vino para redimir al género humano. Llega el momento de subir al Padre, donde va a ser exaltado en su Humanidad Santísima a la derecha de Dios, a recibir la gloria que ha merecido con su Pasión y Muerte. Pero con su Ascensión el Hijo de Dios llevó junto al Padre nuestra humanidad que Él asumió y quiere atraer a todos hacia sí, llamar a todo el mundo para que sea acogido entre los brazos abiertos de Dios, para que, al final de la historia, toda la realidad sea entregada al Padre.

Yo estoy con vosotros todos los días. Cristo promete acompañar a su Iglesia y no abandonarla para que pueda llevar a cabo la tarea que le ha encomendado mientras exista este mundo. Por eso la Ascensión no indica la ausencia de Jesús, sino que nos dice que Él vive en medio de nosotros de uno modo nuevo. Ya no está en un sitio preciso del mundo, ahora está en el señorío de Dios, presente en todo espacio y tiempo, cerca de cada uno de nosotros. En nuestra vida nunca estamos solos: contamos con este abogado que nos espera, que nos defiende.

San Lucas cuenta que el Señor promete a los discípulos el envío del Espíritu Santo y les anuncia el comienzo del expansión de la Iglesia. Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra (Hch 1, 8). En los Hechos de los Apóstoles se relata cómo se cumplen las palabras de Jesús. La Ciudad Santa es el punto de partida: en ella comienza el desarrollo de la Iglesia; y ésta se va extendiendo a través de Judea y Samaria hasta los últimos límites del planeta.

Después de decirles Jesús a los Apóstoles esas palabras fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos. Estando ellos mirando fijamente al cielo mientras se iba, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Éste que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo” (Hch 1, 9-11). La Ascensión se sitúa en el término de la existencia terrena de Jesús y en los orígenes de la Iglesia; se desarrolla, por así decirlo, entre el Cielo y la tierra. San Juan Crisóstomo se pregunta: ¿Por qué le ocultó una nube a la mirada de los Apóstoles? Y él mismo responde: La nube era un signo de que Jesús había entrado ya en los cielos: no fue en efecto un torbellino o un carro de fuego como ocurrió con el prpfeta Eliseo, sino una nube, que simboliza el mismo cielo. En la Biblia se ve cómo la nube acompaña las teofanías, las manifestaciones de Dios, tanto en el Antiguo (No se apartó del pueblo ni la columna de nube por el día, ni la columna de fuego por la noche -Ex 13, 22-) como en el Nuevo Testamento (Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor. Y vino una voz desde la nube, que decía: “Éste es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle” -Lc 34-35-).

La subida del Señor al Cielo no es sólo un estímulo para que levantemos el corazón, tal como se nos invita a hacer en el prefacio de la Santa Misa, con el fin de buscar y amar las “cosas de arriba”. La Ascensión de Cristo -unida a los demás misterios de su vida, Muerte y Resurrección- nos salva. Hoy no sólo hemos sido constituidos poseedores del paraíso sino que con Cristo hemos ascendido, mística pero realmente, a lo más alto de los Cielos, y conseguido por Cristo una gracia más inefable que la quw habíamos perdido por la envidia del diablo (San León Magno). Por eso la Ascensión del Señor nos habla de esperanza. En la oración colecta de la Misa de esta solemnidad pedimos a Dios: Concédenos, Señor, rebosar de alegría al celebrar la gloriosa ascensión de tu Hijo, y elevar a ti una cumplida acción de gracias, pues el triunfo de Cristo es ya nuestra victoria y, ya que él es la cabeza de la Iglesia, haz que nosotros, que somos su cuerpo, nos sintamos atraídos por una irresistible esperanza hacia donde él nos precedió.

Vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo. Los ángeles se refieren a la Parusía, es decir, a la segunda venida del Señor como Juez de vivos y muertos. Les dijeron: ¿Qué hacéis ahí mirando al cielo? Estas palabras están llenas de solicitud y sin embargo no anuncian como próxima la segunda venida del Salvador. Los ángeles afirman sólo lo más importante, es decir, la certeza de que Jesucristo vendrá de nuevo y la confianza con la que hemos de esperar su retorno (San Juan Crisóstomo).

En el pasaje de la Carta a los Efesios que se lee en la liturgia de la Palabra de la Misa de la Ascensión, san Pablo dice que Cristo está sentado a la diestra de Dios Padre, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación y de todo cuanto tiene nombre no sólo en este mundo sino también en el venidero. Bajo sus pies sometió todas la cosas y le constituyó Cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo, la Plenitud del que lo llena todo en todo (Ef 1, 21-23). Estar sentado a la “derecha” del Padre significa que Cristo resucitado participa del poder regio de Dios. El Apóstol de los gentiles se sirve de una imagen muy conocida en las asambleas públicas de la época, en la que emperador gobernaba sentado en un trono. El trono ha sido siempre el símbolo del poder supremo. Por esto explica el Catecismo Romano que, estar sentado no significa en este lugar, situación y figura del cuerpo, sino que expresa la posesión firme y estable de la regia y suprema potestad y gloria que Cristo recibió del Padre.

La preeminencia de Cristo es absoluta: sobre la creación entera, tanto material como espiritual, terrestre y celeste. Todo Principado, Potestad, Virtud y Dominación: Son los espíritus angélicos, a quienes los falsos predicadores querían presentar como superiores a Cristo. San Pablo subraya, por el contrario, que Jesucristo en su Resurrección ha sido exaltado por Dios por encima de todos los seres.

Para san Pablo nuestra esperanza está en lo que Dios nos ha revelado. Por eso sus oraciones son para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa (Ef 1, 17-19). Junto al conocimiento profundo de Dios, el Apóstol pide para los cristianos el conocimiento pleno y vital de la esperanza, pues ambas realidades -Dios y nuestra esperanza- van inseparablemente unidas.

El espíritu de sabiduría: se trata de aquella sabiduría, don del Espíritu Santo, que penetra los misterios de Dios: ¿Quién hubiera conocido tu voluntad, si tú no le hubieses dado la Sabiduría y no le hubieses enviado de lo alto tu Espíritu Santo? (Sb 9, 17). Esta sabiduría que ha sido dada a la Iglesia. Con este don Dios nos ilumina para que descubramos las consecuencias que tiene haber sido elegidos -llamados- a formar parte del pueblo santo de Dios, la Iglesia. Y de ahí, nuestra esperanza, que es también un don de Dios.

El fundamento de la esperanza es el amor y el poder de Dios que se ha manifestado en la Resurrección de Cristo. Ese mismo poder de Dios actúa en el cristiano. Como el proyecto de nuestra santidad es eterno, el mismo que nos ha llamado nos introducirá en una vida celeste e inmortal. Que el poder de Dios actúe en nosotros no significa que nos veamos libres de dificultades.

Los Apóstoles, después de ver a su Maestro subir al Cielo, llenos de esperanza, regresaron a Jerusalén. Y allí, en el cenáculo, siendo perseverantes en la oración, esperaron la venida del Espíritu Santo. San Lucas dice que también estaba María la Madre de Jesús (Hch 1, 14). Esta presencia de la Virgen es una muestra de la maternidad que ejerce sobre toda la Iglesia, tanto en un origen como en su desarrollo. Por eso la invocamos como Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los Pastores, que la llaman Madre amorosa (San Pablo VI). Ella, junto a su Hijo nos esperan en el Cielo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s