Solemnidad de Pentecostés. Homilía


Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar. Y de repente sobrevino del cielo un ruido, como de una ráfaga de un viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo (Hch 2, 1-4). El relato que hace san Lucas de la venida del Espíritu Santo con manifestaciones visibles sobre los discípulos es conciso en cuanto a las circunstancias de lugar y tiempo, pero al mismo tiempo lleno de contenido. Diez días después de la Ascensión del Señor, vino el Espíritu Santo sobre la primitiva comunidad cristiana que estaba reunida en el Cenáculo. El día de Pentecostés se considera el nacimiento de la Iglesia, su primera manifestación al mundo, pues Pentecostés significa, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, el comienzo de la andadura de la Iglesia. Ésta, animada por el Espíritu Santo, constituye el nuevo Pueblo de Dios que comienza a proclamar el Evangelio a todas las naciones y a convocar a todos los llamados de Dios.

La Iglesia conmemora en el último domingo del tiempo Pascual esta venida de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad sobre los Apóstoles, que esperaban la llegada del Paráclito perseverando unánimemente en oración, junto a María, la Madre de Jesús, y otros muchos discípulos. Pentecostés muestra el rostro de la Iglesia como una familia reunida con María, avivada por la efusión impetuosa del Espíritu Santo y dispuesta para la misión evangelizadora.

La Iglesia está llamada a hacer que en el mundo resplandezca la luz de Cristo, reflejándola en sí misma como la luna refleja la luz del Sol. En la Iglesia se han cumplido las antiguas profecías referidas a la ciudad santa de Jerusalén, como la estupenda profecía de Isaías: ¡Levántate, brilla Jerusalén, que llega tu luz! Caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora (Is 60, 1-3).

Antes de Pentecostés, el mismo día de la Resurrección del Señor, los Apóstoles habían recibido el Espíritu Santo, como narra san Juan en su Evangelio: Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: “La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20, 21). Cristo transfirió su propia misión a los Apóstoles. Estos son enviados por el Señor de la misma forma que Él fue enviado por el Padre, con la misión de extender y sembrar por todo el mundo su doctrina.

Sin embargo, la misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse. A principios del tercer milenio después de su venida, una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio. Es el Espíritu Santo quien impulsa a anunciar las grandes obras de Dios: Predicar el Evangelio no es para mí motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe; y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! (1 Co 9, 16).

Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn, 20, 19-23). La Iglesia ha entendido siempre -y así lo ha definido- que Jesucristo con estas palabras confirió a los Apóstoles la potestad de perdonar los pecados, poder que se ejerce en el sacramento de la Penitencia. El Señor, principalmente entonces, instituyó el sacramento de la Penitencia, cuando, resucitado de entre los muertos, sopló sobre sus discípulos diciendo: “Recibid el Espíritu Santo…”. Por este hecho tan insigne y por tan claras palabras, el común sentir de todos los Padres entendió siempre que fue comunicada a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de perdonar y retener los pecados para reconciliar a los fieles caídos en pecado después del Bautismo (Concilio de Trento).

El sacramento de la Penitencia es la expresión más sublime del amor y de la misericordia de Dios con los hombres, como enseña Jesús en la parábola del hijo pródigo. El Señor espera siempre con los brazos abiertos que volvamos arrepentidos, para perdonarnos y devolvernos nuestra dignidad de hijos suyos. Con qué fuerza san Juan Pablo II aconsejaba la recepción de este sacramento: Tened la valentía de alcanzar la gracia de Dios por medio de la Confesión Sacramental. ¡Esto os hará libres! Que el Espíritu Santo os conceda la gracia de un sincero arrepentimiento, de un firme propósito de la enmienda y de una sincera confesión de las culpas.

En la liturgia de la Palabra de la Misa de Pentecostés se lee algunos versículos de lo que san Pablo escribe en su primera carta a los cristianos de Corinto. El Apóstol se refiere a la diversidad de dones del Espíritu Santo. El origen de todos los dones espirituales es Dios. Nadie puede decir: “¡Jesús es Señor!” sino con el Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común (1 Co 12, 3-7). Hay un principio general para discernir las manifestaciones del Espíritu Santo: el reconocimiento de Cristo como Señor. De ahí que los diversos carismas no pueden estar en contradicción con la doctrina de la Iglesia.

Probablemente san Pablo al hablar de dones, ministerios y operaciones no se refiere a gracias esencialmente distintas entre sí, sino a los aspectos bajo los que pueden ser considerados, y a su atribución a las tres divinas Personas. En cuanto que son dones gratuitos se atribuyen al Espíritu Santo; en cuanto que son concedidos para utilidad y servicio de los demás miembros de la Iglesia, se atribuyen a Cristo, el Señor, que no vino a ser servido, sino a servir (Mc 10, 45); y en cuanto que son operativos y producen un bien, se atribuyen a Dios Padre. De esta forma las múltiples gracias que reciben los miembros de la Iglesia son reflejo vivo de Dios, que siendo uno en esencia, es trino en Personas. Tan importante es, por tanto, la diversidad de gracias y de dones como la unidad de los mismos, porque todos tienen el mismo origen divino y la misma finalidad, el provecho común.

El Espíritu Santo santifica por medio de la gracia, de las virtudes y de sus dones. Estos dones son: Sabiduría: nos hace saborear las cosas de Dios; Entendimiento: nos ayuda a entender mejor las verdades de nuestra fe; Consejo: nos ayuda a saber lo que Dios quiere de nosotros y de los demás; Fortaleza: nos da fuerzas y valor para hacer las cosas que Dios quiere; Ciencia: nos enseña cuáles son las cosas que nos ayudan a caminar hacia Dios; Piedad: nos hace amar más y mejor a Dios y al prójimo; Temor de Dios: nos ayuda a no ofender a Dios cuando flaquee nuestro amor.

Del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu (1 Co 12, 12-13). Era frecuente entre los clásicos griegos y latinos compara la sociedad con un cuerpo. San Pablo utiliza esta metáfora a la Iglesia, pero añade dos características importantes: 1) la identificación de la Iglesia con Cristo –así también Cristo-; 2) el Espíritu Santo como principio vital –fuimos bautizados en un mismo Espíritu, hemos bebido de un solo Espíritu-. De ahí que el Magisterio haya resumido esta doctrina definiendo a la Iglesia como Cuerpo místico de Cristo.

Esta identificación de la Iglesia con Cristo trasciende el ámbito de la metáfora y hace a la Iglesia una sociedad radicalmente distinta de cualquier otra. Toda la Iglesia, formada por la reunión de los fieles -porque todos los fieles son miembros de Cristo-, posee a Cristo por Cabeza, que gobierna su cuerpo desde el Cielo. La unidad maravillosa de la Iglesia proviene del espíritu Santo que no se limita a congregar a los fieles en una sociedad, sino que penetra y vivifica a los miembros, ejerciendo el mismo cometido que el alma en el cuerpo físico.

Una vez recibido el Espíritu Santo, los discípulos comenzaron a hablar en otras lenguas, y así la multitud congregada se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua. Estupefactos y admirados decían: “¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa?” (Hch 2, 6-8). Los cristianos, al realizar nuestra actividad apostólica anunciando las maravillas de Dios (Hch 2, 11), necesitamos y pedimos al Espíritu Santo el don de lenguas para que sepamos expresarnos de manera que aquellos a quienes se dirige nuestro apostolado nos entienda; para que sepamos adecuar nuestra exposición a la mentalidad y capacidad del que escucha y podamos así transmitir fielmente a nuestros oyentes la verdad de Cristo. Tenemos el ejemplo de la predicación de Jesucristo, que con parábolas anunciaba a las gentes el Reino de Dios.

Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo: para eso, necesita comprender y compartir las ansias de los otros hombres, sus iguales, a fin de darles a conocer, con “don de lenguas”, cómo deben corresponder a la acción del Espíritu Santo, a la efusión permanente de las riquezas del Corazón divino. A nosotros, los cristianos, nos corresponde anunciar en estos días, a ese mundo del que somos y en el que vivimos, el mensaje antiguo y nuevo del Evangelio (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 132).

Pentecostés no fue un hecho aislado en la vida de la Iglesia, sino con continúa, es perenne. Sabemos que cincuenta días después de la Pascua el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles. Así nació la Iglesia apostólica. Pero todavía hoy -y aquí está la continuidad- la Basílica de San Pedro en Roma y cada Templo católico, cada oratorio o capilla, cada lugar donde se reúnen los cristianos -discípulos del Señor- es una prolongación del Cenáculo.

La Virgen María, que concibió a Cristo por obra y gracia del Espíritu Santo, estuvo presente en el nacimiento de la Iglesia el día de Pentecostés, cuando el mismo Espíritu Santo desciende sobre los discípulos del Señor y vivifica en la unidad y en la caridad el Cuerpo Místico de Cristo. A Ella, proclamada Madre de la Iglesia, le pedimos que nos proteja a todos los bautizados, fieles cristianos de la Santa Iglesia.

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