Matteo Farina, un «virus» de amor


Un virus de amor” (Venerable Matteo Farina)

Jubileo de los jóvenes del Año Santo 2000

San Juan Pablo II se reunió en el campus de la Universidad de Roma Tor Vergata con dos millones de jóvenes que habían acudido a la Ciudad Eterna en la XV Jornada Mundial de la Juventud del Año Santo 2000. Y una vez más a lo largo de su pontificado el papa polaco conectó con lo que él llamó al principio de su ministerio petrino el porvenir del mundo, la esperanza de la Iglesia, mi esperanza, es decir, los jóvenes. El Romano Pontífice hizo un llamamiento a la juventud de todo el mundo para que defienda la paz y renuncie a la violencia y a la destrucción, aun a costa de la propia vida. Y animó a los asistentes a hacer del mundo un lugar más habitable y a no perder la fe. Lo reconozco, es difícil creer, pero con la ayuda de Jesús es posible. Y les pidió que dijeran “sí” a Cristo y que no se dejaran llevar por una sociedad donde únicamente parece tener valor la lógica del provecho y del interés personal. El Papa también tuvo palabras críticas hacia el aborto, al que calificó como atentado a la vida, y hacia las relaciones prematrimoniales. Quizás a vosotros no se os pedirá la sangre, pero sí la fidelidad a Cristo, que se ha de vivir cada día. Estoy pensando en los novios y su dificultad para mantener, en el mundo de hoy, la pureza antes del matrimonio. Y al hablarles de felicidad, les dijo: En realidad, es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad; es Él quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es Él la belleza que tanto os atrae; es Él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es Él quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejaros atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometeros con humildad y perseverancia para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna.

Estas palabras de san Juan Pablo II se materializaron en la vida sencilla y extraordinaria de Matteo Farina. Este joven siempre quiso testimoniar con convicción que la santidad es un camino para todos. Fue un simple niño que, de repente, cultiva la semilla del Amor de manera extraordinaria. Después llegan la adolescencia y la enfermedad. Una cruz que no sólo acepta , sino que llega a desear y amar con todo su ser.

Un sueño

Matteo Farina vivió su corta vida en Brindisi. Nació en el año 1990 el 19 de septiembre de 1990. Y murió en la misma ciudad antes de cumplir diecinueve años, el 24 de abril del 2009. Su vida terrena fue intensa, pero es de esas que dejan huella. Vivió rodeado Fue un joven que quería ser “un virus de amor”, con una personalidad llena de alegría. Vivió rodeado del afecto de su familia, de sus amigos, de la comunidad parroquial y de su novia. Como todos sus  compañeros de su edad practicaba diversos deportes y cultivaba algunos hobbies. Amaba la música y había aprendido a tocar algunos instrumentos musicales,  dando vida a una banda  al cual le dio el nombre de “No Nombre”. Fuertemente apasionado por la química, deseaba continuar sus estudios en el campo de la ingeniería ambiental. Le gustaba también la informática y era un excelente estudiante. Pero lo más destacado de su vida era su fe y su piedad. Participaba de la Santa Misa desde niño, leía cotidianamente la Palabra de Dios, recitando también el Rosario. Se confesaba cada semana. Dos hechos marcaron su vida: un sueño y el descubrimiento de un tumor cerebral.

En la fría noche del 2 al 3 de enero del año 2000, cuando sólo es un niño de nueve años, Matteo sueña con san Pio de Pietrelcina que le revela el secreto de la felicidad y le encarga de divulgarlo a todos. Éstas son las palabras del Padre Pío según el relato del pequeño Matteo: Si has conseguido comprender que quien está sin pecado es feliz, debes hacer que los demás lo comprendan, de manera que podamos entrar todos juntos, felices, en el Reino de los Cielos. Este mensaje del santo de Pietrelcina le sacude por dentro de tal manera que, en un instante, tiene clara su misión, sintiéndose impulsado a servir a Dios. Pero, ¿qué misión puede tener un niño de la periferia de Brindisi? Será él mismo quien lo explique en su Diario: Espero poder llevar a cabo mi misión de “infiltrado” entre los jóvenes hablándoles de Dios (iluminado precisamente por Él): observo a los que me rodean para entrar entre ellos silencioso como un virus y contagiarles de una enfermedad que no necesita tratamiento, ¡el Amor! Una misión que Matteo ya no abandonará, ni siquiera cuando llegue el momento de dejar esta tierra con sólo 18 años.

La enfermedad

En septiembre de 2003, tras un verano feliz y despreocupado, aparecieron los primeros síntomas del cáncer, Matteo empieza su viaje por la enfermedad, con fuertes dolores de cabeza y extraños problemas de vista. Comienza, acompañado por sus padres y su tío Rosario, una serie de controles: primero en Italia, en los hospitales de Avellino y de Verona y, después, en la clínica INI de Hannover, donde es sometido a una operación de cerebro para hacerle una biopsia. El veredicto es despiadado: tumor cerebral en grado III. Con sólo trece años se entera de su grave enfermedad, pero no se angustia ni se entristece. Se suceden altibajos en la enfermedad y, con la esperanza concreta de una curación física, Matteo es operado tres veces en el cerebro debido a la aparición de tres recidivas. Los ciclos de terapia son innumerables. Son seis largos años recorriendo el Via Crucis. Pero él no pierde la alegría de vivir su gran fe, mantiene su sonrisa, sostiene a los demás enfermos durante su internamiento para las numerosas intervenciones quirúrgicas.

La alegría de vivir

A pesar de su enfermedad, irradia luz, las terribles fiebres y dolores que lo golpean no son nada con la fiebre de vida con la que contagia a todos los que le rodean. Esto es lo que escribe en su Diario mientras la enfermedad afecta cada vez más a su vida cotidiana: Estoy viviendo una de esas aventuras que cambian tu vida y la de los demás. Te ayuda a ser más fuerte y a crecer, sobre todo, en la fe. Incluso en los momentos más difíciles, el niño tiene la audacia de no verse como un enfermo. Matteo vive, vive intensamente, disfruta, ama. Está siempre rodeado de amigos, que se pegan a él como las abejas a la miel, adora la música, toca y canta en un grupo. En la medida de sus posibilidades, va al colegio y se presenta a los exámenes, consiguiendo óptimos resultados. Matteo es sonrisa, alegría, vida que pulsa. Es capacidad de amar y de donarse a los otros sin límites. Había comprendido profundamente el valor de la vida, la responsabilidad de haber recibido el don de la fe, de la familia;  el compromiso de no perder la vida en cosas inútiles, sino de vivirla plenamente en el sentido humano y cristiano. Con solo mirarlo, no hay duda alguna: la luz que Matteo llevaba dentro e irradiaba, era la luz de su amado Jesús. Un Jesús que crecía dentro de él, que de niño se hacía adolescente, luego hombre. Un Jesús Amigo, Compañero, Padre y Maestro. Un Jesús que sellaba su vida con su Amor eterno y misteriosamente vivo en el presente.

Amistad e identificación con Jesús

En el marco excepcional de una enfermedad vivida de manera extraordinaria, asombra el hecho de que la semilla de santidad hubiera sido plantada en los días de la “normalidad”, como diciendo que Jesús y Matteo ya se habían elegido mucho antes de la Cruz: desde el principio. Esta preferencia de Dios se manifiesta en Matteo con la forma de una caridad que pulsa: “la dulzura hecha persona”, así lo describen en su barrio, donde todos le conocen. En el transcurso de su enfermedad escribe: Querrías  gritarle al mundo que harías todo por tu Salvador, que estás listo para sufrir por la salvación de las almas, a morir  por Él.  Tendrás la manera de demostrarle tu amor. Este deseo que el adolescente madura en su corazón, día tras día, fue una verdadera profecía. Sucederá realmente esto: paralizado y clavado en el lecho del sufrimiento, igual que Jesús en la Cruz, ofreció su larga enfermedad, hasta las últimas gotas de vida, por la salvación de las almas y la conversión de los pecadores.

De hecho, desde que era muy pequeño, Matteo desea llevar ese Amor que siente con fuerza dentro de su corazón a todos: familiares, compañeros, amigos. Espero poder conservar la alegría que siento ahora y darla a quien tiene necesidad de ella –escribe en su Diario-. Cuanta más alegría damos, más felices son los demás. Cuanto más felices son los otros, más felices somos nosotros”. Es un camino que, en algunas ocasiones, es arduo: aún siendo muy amado, Matteo es una persona bastante “incómoda”, para sus coetáneos, con los que no le faltan pruebas. Sobre todo cuando tiene que enfrentarse a la experiencia de quien quiere cambiar su profunda sed de verdad por los halagos del mundo. Como explica en su Diario el 19 de septiembre de 2005, día en que cumple 15 años: Me gustaría conseguir integrarme con mis coetáneos sin sentirme obligado a imitarlos en las equivocaciones. Me gustaría sentirme más partícipe en el grupo, sin tener que renunciar a mis principios cristianos. Difícil, ¡pero no imposible!”. Su gran amor por la vida y su indómito deseo de amar a todos le llevan a idear caminos siempre nuevos, para recorrer la vía de la Verdad sin hacer concesiones. Y todo lo que queda incompleto, Matteo lo ofrece con amor a su Jesús que, con el tiempo, forma una unidad con su corazón. Precisamente este deseo profundo y constitutivo de su alma será llevado a cumplimiento por Dios, que hace participar de la Cruz de Jesús.

Una muerte santa

En la Cruz, Matteo crecerá cada vez más en el Amor y en la Caridad: al ritmo del Rosario a su “Virgencita”, de la Palabra de Dios y de la adorada Eucaristía, el joven ofrecerá todas sus penas y su cruz para que cada alma pueda convertirse al Amor del Padre y cada pecador pueda encontrar la Salvación. En especial, Matteo se preocupa por las almas de los jóvenes que lleva en su corazón. Es una Cruz que Matteo no sólo acepta, sino que llega a amar con todo su ser. Cuando su hermana Erika intenta ayudarle y consolarle después de las agotadoras terapias, él siempre responde sonriente: Tanto es el bien que espero que cualquier dolor aprecio.

En las últimas semanas, cuando ya no podía levantar de la cama porque los miembros y varios órganos no responden, le decía a su madre: Debemos vivir cada instante como si fuera siempre el último, pero no con la tristeza de la muerte. ¡No! Debemos hacerlo en la alegría de estar siempre preparados al encuentro con el Señor nuestro Dios. En las noches de enorme sufrimiento -cuando ya los médicos anuncian la muerte cercana y, por lo tanto, informan de la suspensión de cualquier tipo de tratamiento-, es la madre la que, conociendo bien el alma de su hijo, habla por él: No, lo seguís tratando y hacéis lo posible hasta el último instante. Matteo, de hecho, con gran firmeza, le repetía siempre: ¡La vida hay que defenderla hasta el último instante!

En plena primavera de la vida, con sólo 18 años, Matteo, después de transformar su vida en una obra maestra de plenitud, entregó santamente su alma a Dios. Desde el Cielo continúa su misión, y mucho más que antes, obra por la conversión de todos los jóvenes al Amor de Dios.

Hacia los altares

Muerto en olor de santidad, se abrió el proceso de beatificación y canonización 11 de abril de 2016, siendo declarado Siervo de Dios un año después, el 24 de abril. El papa Francisco firmó el decreto de virtudes heroicas el 5 de mayo de 2020, por el cual ya Matteo Farina es venerable.

Si se mira lo que tuvo que soportar y cómo lo soportó, es fácil ver en Matteo virtudes heroicas. El Señor le compensó en la tierra con la gracia de una fe que mueve montañas. Y lo sostuvo en los momentos más oscuros, tan pequeño y, a la vez, tan fuerte como una roca contra la que arremete el mar en tempestad: Acurrúcate humilde entre los brazos de Dios –repetía el joven en los momentos de mayor prueba– y te sentirás seguro. Déjate ir, abandónate, porque Él te llevará dónde te quiera llevar.

El venerable Matteo fue un verdadero campeón de la fe. A propósito de esta virtud teologal solía decir: La fe es aferrarse a Dios para difundir su Palabra. Es rezar para nutrirse de su alimento, aquel que permanece para siempre. Es  empeñarse para  seguir los planes de  Dios de la mejor manera. Es  inclinar la cabeza sin levantarlo con orgullo. Es hacer el bien en silencio y  reflexionar sobre el mal hecho”. Y veía la felicidad como fruto de la fe: Abatirse no es bueno para nada, debemos ser felices y dar alegría.

Su misión aquí en la tierra se puede describir con estas palabras suyas: Dios mío tengo dos manos, haz que una esté siempre cerca de Ti; entonces ante cualquier prueba yo no me alejare de Ti, sino que estaré siempre más entrelazado; y la otra mano, te ruego, si es tu voluntad, déjala caer en el mundo… porque como te he conocido a través de los demás así también quien no cree pueda conocerte a través de mi. Quiero ser un espejo, el más límpido posible, y si es tu voluntad, reflejar Tu luz en el corazón de cada hombre. Gracias por la vida. Gracias por la fe. Gracias por el amor. Soy tuyo.

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